Cinque Terre

Mariano Yberry

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Periodista.

La Cuba sin Fidel (V)

Habana, Cuba. Enviado. La Habana ha regresado a su rutina cotidiana. En las calles hay salsa, reggaetón y bullicioso. El duelo ha terminado, y la imagen de Fidel seguirá en la isla ya sea por la televisión o por las decenas de pancartas que hacen referencia a la inmortalidad que le adjudican al comandante en jefe y que están pegadas en cientos de edificios y casas. La vida sigue igual que el primer día que llegamos pero ahora con más de ese sabor que todo mundo imagina en los cubanos.


Cada esquina es una fiesta particular. En las banquetas y en el malecón, todos beben cerveza Cristal o un poco de ron mientras esperan a que alguien pase con alguna grabadora sonando una buena canción para bailar, a todas horas. Quizá no tienen nada más que hacer. Las mujeres salen de sus casas luciendo sus caderas como en pasarela, como si el verano hubiera empezado de un día para el otro y es necesario retomar ese breve lapso del que nadie habla.


La revolución se hace presente: hay policías en cada esquina cuidando que nadie rompa con el orden civil. En el centro, sobre avenida Monserrate, a unas cuadras del Capitolio, tres gendarmes patean a un indigente borracho que está tirado en el piso pidiendo un par de pesos. Un cuarto agente nos sigue con la mirada para asegurarse que no tomemos fotos.


La fuerza policiaca de la isla se hace más presente después del duelo impuesto y, en donde hay más de cinco jóvenes, dos agentes pasan a un lado del grupo con dos perros de guardia vigilando que todo se encuentre en orden.


Sobre la avenida 23, en la noche, los bares vuelven a abrir. Hoyos subterráneos donde está prohibido tomar fotos y los cubanos bailan como remolinos con extranjeros, donde el alcohol se vende un poco menos que el agua y las bebidas energetizantes, porque la droga de los habitantes es el baile; ese acto con aires de invocación vudú donde en 10 segundos han dado más de unas 20 vueltas, le han tocado las caderas a una inglesa y le dijeron algo cachondo al oído mientras ella piensa si aventurarse o no en algo más que un baile. Un idioma propio que es familiar para los latinoamericanos pero a la vez claramente inaccesible al ver cómo vuelan los pies y cómo se sacuden los brazos.


La fiesta nunca acaba. Ni en la Habana Vieja. Aún con el panorama desolador, la música no deja de sonar y la alegría vuelve a hacerse presente en las calles donde hay pocos altares en memoria de Castro.


Pero en realidad parece que aquí nada pasó. Los cubanos siguen con su vida, sin pensar, a pesar de la muerte del patriarca. Porque quizá la figura de Fidel sólo era el símbolo histórico con el que se sostiene el Estado, porque a pesar de que pudiera tener injerencia en las decisiones de su hermano Raúl, para los cubanos da lo mismo quién esté en el poder: todo el sistema es castrista y tiene raíces profundas que no cambian de un día para el otro.


Al menos esa fue la visión de Ernesto, el estudiante de Derecho que conocimos en La Habana. Sabe que las cosas están cambiando, muy lentamente, y espera que en algún punto el bloqueo económico ya no asfixie a la isla; desea que en algún momento los cubanos puedan actuar como ciudadanos de una democracia que ejercen sus derechos y no sean sólo hijos de un gobierno paternalista que por protegerlos los limita. Pero como Ernesto deben ser pocos los que piensan, ya que sólo se ve con diarios a los viejos y a los jóvenes del Comité de Defensa de la Revolución. El resto está ocupado yendo al trabajo, pensando en la tarea de la escuela, o en cómo conseguir un par de CUC ya sea vendiendo, ilegalmente, ron y tabaco en las calles, como taxistas, maleteros o cazando turistas incautos o simplemente piensan cómo “vivir el momento” que es lo que tienen (además de un pasado en constante de repetición como propaganda permanente para legitimar una revolución que se convirtió en dictadura, aunque todos los mensajes queden sólo como ruido en el aire).


 


El cambio ya inició, desde antes de la muerte de Fidel. Para los fidelistas -pragmáticos como buenos marxistas- apenas inició el ciclo de una nueva era porque veían en el comandante el timón del barco. Así piensa Enrique, el anciano de Matanzas, que abiertamente nos dijo que el barco se tambalea, opinión que comparte con sus amigos, ancianos también. No creen que la isla ahora tenga un rumbo pero confían en que la labor que tanto alaban de Castro sea suficiente para guiar y retomar el camino hacia la revolución.


Y, al mismo tiempo, en Varadero, sigue la fiesta. Sólo se preocupan porque todos bailen en el bar Calle 62, porque los turistas renten cuartos, consuman en los restaurantes y cafeterías, y compren la mayor cantidad de playeras del “Che” Guevara. Vivir el momento, dicen en La Habana, porque con o sin Fidel, la vida sigue y el que ya no esté no significa, en lo concreto, nada significativo para su vivir cotidiano. El régimen continúa. El bloqueo sigue. Las tarjetas de alimentación y el sistema de salud totalmente subsidiado. La libertad coartada a cambio de que el Estado controle cada aspecto de su vida.



La Cuba sin Fidel no es muy diferente a la Cuba con él, porque todo el escenario desolador que se observa en las calles lleva décadas oculto en una campaña permanente antiimperialista que utiliza el grave bloqueo económico estadounidense para justificar las deficiencias de un Estado totalitario (¿por qué obligar a un pueblo a un luto que, en teoría, tendría que hacer en automático si tanto amor le tienen al patriarca fallecido?).


Esta Cuba pobre no cambió con la muerte de Fidel. La gente camina descalza entre basura y mierda para comprar el racionamiento que les da el régimen, y que justifica esas casas carcomidas con el tiempo y que se sostienen sólo por deber histórico; los turistas de primer mundo siguen caminando, seguros, entre las calles de La Habana Vieja fotografiando a niños con sólo un short, jugando con una pelota ponchada en las calles sucias y con tuberías abiertas, viendo a la anciana sentada afuera de su casa observando la nada y con un enorme cansancio en el rostro; pasean entre las tiendas de electrodomésticos que en México serían reliquia porque son equipos viejísimos; los extranjeros seguirán resaltando esa estética tan particular de Cuba pensando en cómo subir su foto en Instagram, mientras la joven que tienen enfrente de ellos será prostituida por su madre por 15 mil dólares a un estadounidense.


La Cuba sin Fidel es un espejismo. Fidel está presente desde las pancartas y la televisión, hasta en la compra de comida y en los hospitales, en los licenciados que optan por ser taxistas; en las calles rotas y la pobreza palpable. No hay Cuba sin Fidel, con todo y ese legado que dejó con la Revolución y que la historia no absolverá.


Partimos al aeropuerto de La Habana con esa mezcla de sensaciones de haber cenado en La Bodeguita de En Medio y tomado el legendario mojito de Hemingway, con son cubano, y la tristeza de ver a la gente literalmente hundida en la mierda; disfrutamos del místico baile cubano y sus sensuales movimientos y registramos la decadencia de un pueblo acostumbrados a turistas que los observan como animales de zoológicos. Las contradicciones de Cuba, sus eternas contradicciones que existen desde que Fidel Castro tomó el poder y que no acaban con él en la tumba.


“Este es tiempo virtuoso y hay que fundirse en él”, se lee la frase de José Martí en un puente camino al aeropuerto, con la imagen de Fidel a un lado. Un eufemismo para “vivir el momento”, como dicen los ciudadanos de a pie. No tienen más, literalmente, más que el momento que viven. No tienen pasado, ni presente ni futuro, porque todo es la Revolución, por y para la Revolución, aun cuando el estandarte principal de la revolución murió el 25 de noviembre. Aún no hay Cuba sin Fidel. Habrá una Cuba sin Fidel cuando la fiesta y el baile sean lo único que quede en la memoria cuando va a la isla.

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