Cinque Terre

Marco Levario Turcott

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Director de etcétera

King Crimson

Hace 48 años el mundo asiste entusiasmado y también conmovido al último concierto de los Beatles en aquella celebre azotea y ellos lo saben, sus rostros lo transmiten, y acaso por ello rasgan la guitarra y entonan sus voces con una energía que al mismo tiempo parece que les desgarra el alma; Ringo sufre pero como si estuviera ausente, Paul tiene el ceño tenazmente fruncido –está enojado–, mientras Lennon guarda su intensidad para cuando le toque cantar No me dejes y hacerlo frente a Yoko, en tanto que Harrison los mira displicente. El sueño ha terminado, sí. Pero también en esos momentos se estaba colocando la primera piedra de un prodigio de sonidos diversos e infinitos, no exagero, como el gran caudal de una cascada, el prodigio se llama King Crimson y su creación musical Rock Progresivo.

Creo que el álbum blanco de los Beatles es el mejor disco de la historia, y lo digo así, sin un solo reparo, en el entendido de que las preferencias son subjetivas por definición (y también, claro está, se encuentran determinadas por la educación auditiva). Como sea, aquel disco tuvo una influencia tremenda, para King Crimson por ejemplo, como acicate para la creación y la improvisación, experimentar como una de las principales consignas para buscar sonidos y empalmarlos, bifurcarlos, contrastarlos e incluso hacerlos estallar en el caos.

Se conoce que Peter Sinfield, el letrista, comentó que el nombre de la banda inglesa aludía al príncipe de los demonios, Balcebú, y que, según Robert Fripp, ello significa “el hombre que ambiciona”; como sea, creo que Fripp es precisó cuando afirmó que King Crimson no es una banda si a esta se define sólo por un estilo o sólo por sus integrantes, no, el nombre es una forma de hacer las cosas. Por ello, con excepción del mismo Fripp, el Rey Carmesí ha tenido heterogénas alineaciones, donde han participado decenas de músicos que dieron vida o que eran parte ya de otras conformaciones virtuosas: Emerson, Lake and Palmer, Camel o Genesis, entre otras.

Peter Sindfiel creó Epitafh, una pieza emblemática de King Crimson en su primer disco hace 48 años: In the Court of the Crimson King. En esa canción, interpretada por Greg Lake, está el registro de una estado de ánimo decaído que sobrevendría a finales de los 60, como cierta resaca después de la fiesta juvenil. No es cierto que todo lo que necesitas es amor, más aún, el amor terminó: “Veo cómo la suerte de toda la humanidad está en manos de locos”, clama y parece que reclama Lake en una voz que no se apaga sino que se esparce como al infinito. No exagero: esas atmósferas auditivas sólo las ha podido lograr el Rey Carmesí.

Soy, somos más insignificantes de lo que pensamos frente a inconmensurables portentos de la naturaleza y frene a los resultados de la imaginación y la sensibilidad musical de hombres y mujeres. Pero lo somos todo al escuchar a grupos como este, todo me refiero a la totalidad que es la cosa misma y el hombre fundidos, es la interacción entre la sensibilidad (también la improvisación) los instrumentos y de estos, provistos de sensibilidad para la ejecución de los virtuosos del mellotrón y los címbalos, o de cualquier otro en una armonía antes concebida o ahí mismo, en el instante, durante el momento de la ejecución donde se entrega el éxtasis de eso que llamamos alma. Hablo de derivaciones de Jazz y música clásica al principio, y luego de los más recónditos resquicios experimentales y creativos.

Esa forma de hacer las cosas llamada King Crimson se encuentra entre las más longevas, y en unos días estará en México. Eso es un milagro. Primero porque signa que la diversidad en el país da para que grupos como este encuentre respaldo entre miles de seguidores que ya agotaron las localidades del primer día. Me da mucho gusto, sin mayor presencia mediática, la banda persuade por su técnica, su imaginación creativa y por su punzante critica y su burla a los hombres y mujeres que encuentran su vida nada más en el mundo de las cosas (en ese camino para mí, sus mejores discos, que además desprenden una sensualidad y un erotismo como pocos grupos han logrado, son “Larks’ Tongues in Aspic” (1973) y “Starless and bible black” (1974) –imaginen en las percusiones a Bill Bruford, o mejor oigan The Talking Drum y acaso desnuden el torso como hace años este escucha agradecido hizo en el Metropolitan al bailar, sí, cuando los tambores hablan.

¡Viva el Rey Carmesí!

 

 

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