Rene González Chávez

Director del periódico Ecos de la Costa

El diario de Bruno

De entre los más de 50 libros que ha escrito Rogelio Guedea –cuya variada obra va desde poemarios y novelas hasta ensayos, y aun traducciones–, no es fácil elegir unos cuántos. En lo personal, sin duda me quedaría en primerísimo lugar con su obra poética y su narrativa, sin demérito del resto de su prolífica obra literaria y académica.

Hoy me detiene esta novela para niños, El Diario de Bruno (Harper Collins México, 2018), cuya fluidez narrativa me atrapó desde la primera línea. No hay desdoro en la calidad de su texto si digo que parte de ese efecto aprisionador es, tal vez, porque al ser mi vida cercanísima al autor, los referentes me son propios también.

Con inicio en enero, como empiezan los diarios y todos los buenos propósitos, con la presencia de Maya en la vida de Bruno y una bolita en la muñeca que a él le parecería maligna, El Diario de Bruno relata su estancia en Nueva Zelanda –con lapsos de residencia en Nayarit y Colima– y es, me parece, autoconfesional. La obra le permite al autor el relato de las circunstancias y apremios de su hijo Bruno, de 9 ó 10 años, en una mágica mezcla de sentimientos que van unidos a los personajes y las situaciones del propio autor, de sus vivencias y sus temores de niño. Son las dolencias obsesivas del autor, las cuales vierte en el diarista para tratar acaso de entender sus tormentos: un temible dolor del corazón, las ronchas que le aparecieron, el tobillo que podría gangrenarse, la bolita (maligna) en la muñeca, la guitarra de dos cuerdas, el ataque de pánico… su residente ¡temor a morirse!, con lo cual Guedea entreteje el día a día y los afanes de Bruno, con sus malestares personales.

Rogelio Guedea es un magnífico fabulador, muy apegado a la realidad. Desvela regiones que tal vez un tratado de psicología debería mostrar, para entender muchas de las conductas del ser humano prohijadas en la infancia. Ponerlas de relieve, dando muestras de capacidad indagatoria, genera una explosión liberadora de las conductas que permite a los niños reflejarse en su yo interno, y a los adultos entender en mucho la condición humana.

Escrito en el tono confesional Yo-Mundo, como su nombre lo indica, en El Diario de Bruno, Rogelio Guedea afronta acaso su propio origen y su realidad, al encontrar el modo en que, como individuo, percibe al mundo, y cómo él mismo se percibe en el mundo que habita. En el texto, fácilmente te atrapan todas las tribulaciones de un niño, que están aquí puestas por el autor para ayudarnos quizá a entender el mundo infantil, y con ello, a nosotros mismos. En eso se reflexiona en El Diario: ahí están los temores, las ansiedades, los amores y los deseos de los niños –nosotros, sin ser un tratado de psicología, porque la fluidez narrativa, convertida en delicia literaria, nos permite escuchar sonidos y semblantes, los que se escuchan y los que no, pero que ambos nos roban el corazón:

El clóset casi revienta de tanta cosa inservible, y mi mamá casi revienta pero de coraje, porque no logro deshacerme de ellas. Me da mucha tristeza. A veces me digo: ya no sirven, ya no sirven, tengo que tirarlas, tengo que tirarlas. Pero ni siquiera los regaños de mi mamá consiguen que las tire a la basura. Por eso no quiero que vendan el carro aunque esté viejo y tenga toda la pintura del cofre descascarada (p. 34).

Bruno es un niño que vive peripecias, como cualquier niño de su edad, y sus tribulaciones son las preocupaciones de todos los niños, con la virtud de que las comparte en su diario, y con la característica especial de su gran sensibilidad; trastorno de ansiedad, según su psicólogo. Tiene otra característica, que va muy a modo de los tiempos que corren, es bicultural. No por nacimiento, sino por adopción: ha migrado porque su padre gana una plaza de profesor universitario en Nueva Zelanda y en sus preocupaciones nos muestra sus dos mundos, las dos realidades culturales en las que tiene que vivir:

Le escribí a Maya, por fin. Esperé mucho estos días para ver si me escribía ella primero, pero no lo hizo. Luego pensé: cómo va a escribirme si no tiene mi correo electrónico. ¡Qué tonto! No lo había pensado antes, ni se me había ocurrido. Entonces le escribí. Le conté un poco lo que me ha pasado en esta últimas semanas, sobre todo las cosas buenas y malas de estar acá (…) y no es como en Nueva Zelanda, que todos están escondidos en sus casas, sin salir para nada. Las calles están siempre vacías y no se escucha ningún ruido, tal vez por eso están siempre limpias y ordenadas, porque nadie las camina” (pp 83-84).

Esta magnífica novela, El Diario de Bruno, inicia con una dedicatoria proverbial: “A mi hijo Bruno,/ para que nunca olvide/ que el amor lo cura todo”. Y con esa misma expresión habría de terminar, ahora en forma de reflexión del propio Bruno, como antídoto para desterrar sus miedos y alcanzar la felicidad: “No cabe duda. Como me lo dijo mi mamá: el amor lo cura todo… Lo bueno es que siempre está, sin costo alguno, al alcance de nuestras manos”.

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