Cinque Terre

Marco Levario Turcott

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Director de etcétera

Toulouse-Lautrec y el cobijo de la noche que trascendió en el arte

Este texto fue publicado originalmente el 9 de septiembre de 2018

Un día como hoy, en 1901, murió un hombre que asumió la adversidad como fuente de inspiración para trascender a través del arte. Con una impresionante debilidad ósea, por lo que sólo creció 1.52 cm y rechazado por la nobleza de la que él descendía, encontró en los bajos fondos parisinos el refugio para hallar, entre el vodevil y el amor comprado, los motivos esenciales para alejarse del impresionismo que sólo abarcaba paisajes y acercase, como un genio del estilo fotográfico, al rostro genuino de quien actúa para recibir el aplauso sincero o la súplica anhelante del pagador de caricias en la noche.

Toulouse-Lautrec, amigo de Van Gogh y retratista de Óscar Wilde, captó como pocos en la época la refulgencia del rostro desvelado y también el frenesí por el placer. Así estuvo en los mejores centros nocturnos de la época, dibujando cartelones para promoverlos y bebiendo hasta enloquecer -alguna vez llenó de balazos el techo de su departamento suponiendo que lo atacaban arañas- y, luego, morir de sífilis cuando aún no cumplía los 37 años.

Toulouse-Lautrec me parece admirable no sólo por su estilo único como artista sino también por su sentido de búsqueda y su forma de encarar la doble moral y la hipocresía de la nobleza que lo repudió. De ahí que esos gestos de tristeza y abandono que retrató en los hombres, así como haciendo su propio autorretrato, me seducen siempre, al lado de la mujer que lo mira ofreciendo la sonrisa como una flor de noche y su entresexo al colibrí revoloteando en la orfandad.

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