Cinque Terre

Marco Levario Turcott

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Director de etcétera

Nueva York: 11-S, duelo en el WTC

Este artículo fue publicado originalmente el 11 de septiembre 2009.

Cuarta parte
Manhattan, Nueva York.- Aquí hay un hoyo enorme y lo cruza el aire gélido. Es el vacío que hay en el mundo de lo que alguna vez fueron las Torres Gemelas del World Trade Center.
Me encuentro entre Fulton y William Street, en una de las esquinas del centro financiero más poderoso del globo y en cada uno de quienes nos congregamos, unos diez minutos después de las ocho de la mañana, está ese hueco. Aquí le llaman zona cero y se nota en el rostro impávido, en la cara todavía incrédula, en las lágrimas y el coraje, en la mirada extraviada y en los gestos como de roca, blanca, negra, cobriza y amarilla.
El cielo es gris, la llovizna pertinaz y la remembranza inevitable aún en esta nación que busca la fortaleza en el olvido. La víspera en la noche sólo se reflejaron un par de luces “purple” rumbo al infinito en señal de lo que aquí hubo hace no mucho.
Son las ocho y cuarenta y seis de la mañana, la hora del primer impacto contra la Torre Norte. De pronto suenan las campanas de la esperanza y el cuerpo se estremece. Con un café en la mano camino hacia la capilla episcopal St. Paul’s Chapel, una de las más viejas edificaciones de la isla, construida en 1766 entre otros complejos del imperio británico.
En este lugar, desde hace ocho años, se narran varias de las miles de historias de la tragedia. Una en estos momentos donde estoy destaca al reverendo Lyndon Harris que como pudo ayudó a tantas personas provenientes de todas las nacionalidades, razas y religiones. Las cuidó o las ayudó a morir, las arrancó de la muerte y les alentó para la vida. Muchos de los que ahí llegan se salvaron aquel día y están ahí para dar gracias a Dios con rezos, música y canto. Incluso hay algunas personas que, en realidad, festejan lo que consideran el nacimiento de una nueva esperanza para el hombre y por eso advierten, igual que los panorámicos del lugar, que “una nueva plaza toma lugar”.
Somos 172 personas.
Minutos después doblan las campanas por la torre sur, y luego en recuerdo de cuando, más o menos una hora después, los dos colosos se vinieron abajo. Además, en algún momento, comienzan a leerse los nombres de las 2 mil 752 personas que, según el recuento oficial, fueron las que murieron por los ataques terroristas.
Un violín sigue la partitura de los nombres de las víctimas. Mientras, me resguardo un poco del agua con la edición de The New York Times, cuyo reporte principal hecho por N. R. Kleinfield, alude al día después del 11, o sea, al miedo de lo que aquí podría pasar a partir de aquel día.
La lluvia arrecia y el viento sopla tan fuerte que es casi imposible traer paraguas. Encuentro techo en la esquina del Century 21 que anuncia ofertas espectaculares y que convoca a mucha más gente. Afuera con una persistencia similar a la de la lluvia continua la lista de los muertos. “Siempre estarán en nuestros corazones”, dice el de la voz que sigue leyendo la identidad de los caídos mientras tengo la sensación de que a sus nombres se los lleva el viento.
Estoy en Cortland esquina con Church, son casi las diez de la mañana y hacemos un minuto de silencio porque a esa hora hace ocho años se colapsó el segundo edificio.
A las diez y veinte de la mañana, de momento se han ido el viento, la lluvia y los acordes del violín. Siguen los nombres dichos en todas las tonalidades, algunos con la voz quebrada y el llanto que explota. Pero el paseo como indiferente de cientos de transeúntes nos dice que la vida sigue y, paradójicamente, también subraya que ahí, en la dinámica cotidiana se halla la fuerza con la que esta nación busca remontar la tragedia.
Vuelvo a la Iglesia y escucho cantos cristianos pero también, poquito más adelante, algunos gritos paganos que aseguran que todo esto es un asunto interno, que el derrumbe de las torres se fraguó dentro de las altas esferas de la política estadounidense y que por eso debe haber una investigación a fondo.
Camino de prisa. Estoy otra vez en Cortland y Church y la gente canta por lo que llama una nueva esperanza. Los nombres mencionados están con ellos, lo dicen una y otra vez como a ritmo de blues y yo no resisto las ganas de balbucear esas palabras que no entiendo bien pero que siento. La guitarra ocupa el lugar del viento y las lágrimas el de la lluvia. De eso se los juro, es testigo el hueco que dejaron las torres.
Son casi las once de la mañana y ahora hay silencio. Regresa el violín y vuelven los últimos nombres y el viento testarudo se los lleva y se los lleva con la lluvia, cual si fuera un oleaje rumbo al cielo. Casi no hay periodistas y aunque resulte imposible entenderlo eso constata que la noticia de ayer es noticia muerta.
Escucho la radio y me entero de que Obama habla en la Casa Blanca sobre todo esto y de los desafíos que enfrentará la que, dice, es una grandiosa nación.
Quedamos 113 personas, o sea que somos pocos y seremos menos. El frío, la lluvia y el viento arrecian cerca de las 12 del día y yo voy a comprame un suetercito de oferta en el Century 21. Esperen un momento…
Nado entre un torbellito de personas que buscan la mejor oferta, pero la marea me ahoga y entonces prefiero el frío y el viento y la lluvia y la indiferencia de cientos de transeuntes. Una vez más encuentro techo en el Century21, al lado de unos padres que muestran orgullosos a su hijo que hace ocho años se lo tragó el concreto.
Ahora nada más somos 32 y los nombres ya se han dicho. Se dispersa el silencio y entonces camino por Fulton para andar empapado hacia quién sabe dónde. Como un hotdog y nada más veo en el horizonte el puente de Brooklyn a donde me adentro a cruzar el río de los recuerdos.
La niebla me cobija.

Nota de Redacción: El Museo Nacional del 11-S en Nueva York ha creado una página web donde pueden ser vistos los materiales que grabaron o fotografiaron testigos del atentado. Usted puede consultar esta página en la dirección www.911history.org

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