Cinque Terre

Marco Levario Turcott

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Director de etcétera

Natalia. Un relato

Este texto se publicó originalmente el 26 de enero de 2018

El parque está abrumado de niños que gritan. Por eso apenas llama la atención la imagen de aquella anciana sentada en lo que parecen los restos de un ahuehuete.

La anciana solloza, siente angustia de perder lo único que le queda que es pasado, y éste se le escapa irremediablemente, como una parvada de vencejos que se alejan del invierno. Por eso redobla esfuerzos frunciendo el ceño rumbo al horizonte.

Revista Mira

Natalia escombra en la memoria, lo hace con la persistencia del tic-tac del reloj Junghans de mediados del siglo antepasado que la acompañó casi toda su vida en la vieja casona de Mar Célebes, en la colonia Popotla. Al fin se mira otra vez con el cabello plateado, espeso, que ordena una peineta de carey. Su delantal blanco, roído, y sus manos largas y delgadas. Ya entonces su andar era cansino y tardo, como los dedos al piano de Claro de Luna.

Natalia sube las escaleras de la vieja casona de dos pisos, bien sujeta del barandal. Uno y otro paso, resuella, mientras observa las vigas de madera del techo. Llega a un lado de la buhardilla envuelta en enredaderas y sirve café poco antes de sentarse en la silla austriaca destrenzada, quiere que el aire fresco de otoño le roce la cara. Natalia cierra los ojos en tanto sorbe del pocillo que también tiene aroma de menta. El olor me atrae a ella, mi abuela, y así es como juntos hallamos refugio en la memoria.

La tarde es espléndida. Natalia y yo estamos en la cocina sentados, oyendo en la radio sobre la recién inaugurada Torre Latinoamericana. Le sobo con apretones fuertes su mano derecha abatida por las reumas, pero me estoy durmiendo −soy un niño de siete años−; mi abuela me pide que cambie de estación en el cuadrante y, entre los zumbidos de la amplitud modulada, elijo a Los Panchos: “Esas palabras tan dulces puede que sean sinceras pero no…”. Huele a frijoles negros con epazote que hierven en la olla.

Llega mi abuelo Juan, un hombre corpulento, de cejas pobladas y facciones toscas; que tiene la piel bruñida por la tierra. Deja el periódico en la mesa: habla de unos guerrilleros de Cuba que se entrenan en México para derrocar a Batista. Aunque a mí me interesa la fotografía del reluciente cine “Variedades” que anuncia una película de Fernando Soler. A Natalia le gusta el box, reconoce a Raúl, el “Ratón” Macías porque él siempre agradece a su mánager y a la virgencita de Guadalupe por los triunfos pero si alguien le gusta cómo pelea es José “Toluco” López. “¡Nuestro flamante campeón nacional supergallo!”, declama Tala entusiasmada, que seguro hará papilla al “Huitlacoche” Medel. El “Toluco” López es un ídolo de las multitudes, entre otras razones, porque sus momentos de gloria están en las derrotas más estrepitosas, lo mismo porque subía al ring con varios tlachicotones dentro que porque dejaba el alma en cada intercambio de golpes. Mientras mi abuela decía todo esto lanzaba varios moquetes contra un adversario invisible hasta simular propinarme un jab en la quijada.

Juan se quita el sombrero, un tardán gris desvencijado, y deja al descubierto la calva embadurnada de pecas que se adorna en las orillas con una franja de pelo blanco. Entre nubarrones, recuerdo que habla de Adolfo Ruiz Cortines como dictando cátedra, y de lo bien que va el país, pero estoy seguro de que lo hace para machacar en la retórica de siempre: preguntar si Javier, el segundo de sus dos únicos hijos, ya había conseguido trabajo. No, respondí rompiendo de tajo el silencio de Natalia y su mirada que me perforaba los ojos.

Al fondo se escucha la radio:
“Me voy pa’l pueblo
Hoy es mi día Voy a alegrar toda el alma mía”.

Mi tío Javier falleció meses después por sus malandanzas entre tafia, suripantas y burdeles −eso dijo Natalia− y yo vivía con mis abuelos −eso me dijo Mercedes, mi mamá− porque Antonio, mi papá, estaba preso en Lecumberri debido a que medio mató a un hombre por líos de borrachos. Lo cierto es que aún ignorábamos lo que sucedería con el crápula de mi tío.

  Audelino Macario

Aquella tarde de la que nos acordamos, comimos albóndigas al chiplote que mi abuela inflaba untando pan molido, arroz puchero, cachitos de clara y yema de huevo, salpicadas de clavo y azúcar morena, entre otros inexpugnables sortilegios. Eso y sopita de fideo. Claro, no faltan los frijoles. Lo recordamos bien porque el sazón de la comida de Natalia –así como el pulque fermentado con boñiga envuelta en un pedazo de trapo− era lo único que podía apaciguar los ánimos caldeados de Juan que, además, había tenido una jornada difícil como conductor de taxi en el sitio que está en la calzada México−Tacuba.

Juan toma curado de pitaya y Tala teje su chal de calicó con ganchos color marfil. Platican y yo lavo los trastes, recreando la golondrina que maté en el Parque Cañitas con el tiro certero desde mi resortera y, sobre todo, recreando cómo gané a mis amigos al balero y las canicas.

En la radio siguen Los Panchos (“…Esas palabras tan dulces, puede que sean sinceras, pero no, no y no…”).

Mis abuelos van a misa de siete mientras hago la tarea, y bien con letra clara, porque la tralla de Natalia es vigorosa, luego me baño a baldazos de agua tibia. Más tarde cenamos conchas con frijoles y café con leche. Juan bolea sus zapatos y los míos y Natalia recoge la ropa de la banasta para lavar mañana. Yo rezo el Padre Nuestro y al Ángel de la Guarda, mi dulce compañía. Del reloj Junghans de encino americano surgen diez campanadas que, al completarse, dejan en silencio todo, excepto el canto de los grillos.

La noche está muy oscura. Tengo miedo. Desde mi ventana alcanzo a ver que los árboles no tienen ramas sino brazos. Estoy sudando. Recuerdo que Natalia me advirtió que por comer tantos tamarindos con ollitas de barro me llevaría el cacomixtle. Corro desaforado a buscarla. Es extraño: en este instante los dos reímos (mientras con mi dedo índice hago cascadas con su cabello), yo sentado en sus piernas y ella en la destrenzada silla austriaca. Sabemos que ya no está Juan, que un día amaneció yerto, empapado de nuestros besos.

Mi abuela tiene la mirada extraviada en no sé dónde y yo la miro de frente, está en el Parque Cañitas sentada en lo que parecen ser los restos de un ahuehuete. Ya no tengo miedo, mis brazos se extienden a ella como las ramas de un árbol frondoso, y abrazan su cuerpo frágil y lánguido. Está perdiendo su pasado, pero me tiene a mí ahora mismo, bebiendo su llanto que me sabe a albóndigas con chipotle y sopa de fideo.

La llevo a casa. Estoy seguro de que mañana nos volveremos a cobijar en la memoria.

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