Cinque Terre

Alejandro Colina

Analista político, escritor y psicoterapeuta.

Las imprescindibles rutas del arte

Este artículo se publicó originalmente el 20 de abril de 2017.


Un ensayo sobre la naturaleza del arte

Toda obra creadora nos remonta al origen de donde se puede volver, si no necesariamente con novedades, con originalidad, como distinguió Machado.”

Gabriel Zaid

Arte y verdad

“El neurótico es un creador que ha fracasado”. Sólo en apariencia un comienzo arbitrario. Adelante embonarán las piezas. Por lo pronto dejo allí colgada la advertencia y abordo la reflexión prometida. ¿Qué es el arte? Propongo una respuesta filosófica. Sí, filosófica. El arte es un devenir concreto de formas de la infinita diversidad que, según Parménides, es el devenir del Uno, el principio de todas las cosas, ese manantial único, infinito e inmutable del que brota todo lo que existe. Evidente: el arte integra parte de todo lo que existe, pero desde la respuesta metafísica de Parménides articula una expresión concreta del Uno que origina todo lo que existe. Pequeña pero decisiva diferencia. El problema con esa respuesta no es que sea filosófica, sino que es metafísica. Y la metafísica, como demostró Heidegger y resulta inobjetable hoy en día, murió en escolástica. No obstante, Heidegger reflexiona sobre el ser y él mismo acude a Parménides y otros presocráticos para reiniciar su develación sin escolástica. Es decir, juzgó indispensable despojar la respuesta de Parménides de platonismo, neoplatonismo, judaísmo, cristianismo, aristotelismo, cartesianismo y demás ismos de la filosofía moderna occidental, para rescatar el logos griego en su sentido original. Este famoso logos se extravió por muchos lados. Considero que no fue menor comprometerlo con la innecesaria idea de la separación del alma y el cuerpo.

Como la filosofía, el arte constituye una vuelta al origen. Una metáfora que contiene varias interpretaciones. Aludo veloz a la antropológica, para continuar en orden. Desde su origen la especie humana ha creado y recreado subjetividades, cultura, mundo. Así el arte es vuelta y reorganización de una o varias tradiciones, nueva actualización de revelaciones y gestos anteriores, encuentro personal de uno mismo con los otros a través de la obra, traducción de “mitologías fundamentales”, en voz del filósofo humanista Rob Riemen. Todo lo esencial ya ha sido pensado y representado en el pasado, pero sin arte nuevo el arte del pasado en realidad no existe.

La poesía –recién nos ha recordado la poeta Pura-López Colomé– es fuente de verdad, un humilde pastoreo del ser. Para seguir hilvanando esa intuición con Heidegger: el lenguaje es la casa del ser. En su morada habita el hombre. Los pensadores y poetas son los guardianes de esa morada. Su guarda consiste en llevar a cabo la manifestación del ser, en la medida en que, mediante su decir, ellos la llevan al lenguaje y allí la custodian”.

Existe entonces objetividad en el arte. Pero en su legítima aspiración a la perfección formal pierde camino sino altera de algún modo nuestra subjetividad. Si no ha ampliado, transformado y depurado la imagen que nos hacemos de nosotros mismos y del mundo que nos ha tocado vivir, la experiencia estética no ha tenido lugar. Quien participa de la experiencia estética emerge otro de ella, pero bajo la certeza de que es el mismo de siempre. Sólo así se verifica la vuelta al origen que implica el arte, no encuentro otro modo. Lo mismo sucede con la vida. El mundo cambia y uno también, y a veces uno regresa a ser lo que fue, pero de otro modo. A través del arte –aunque no sólo del arte, también de la filosofía, la religión, la psicología, del asombro científico y de la propia experiencia personal– los individuos adquirimos noticia de algo permanente y cierto en el camino. Cada una de las disciplinas y oficios con logrado sentido humanista lo revelan o intuyen, y a final de cuentas en esa certidumbre o búsqueda cada practicante se ancla, o al menos intenta anclarse. Lo importante, como se advierte, no son tanto las disciplinas y los oficios sino la objetividad, el grado de verdad alcanzado en ellos. El buen cultivo de cada disciplina u oficio resulta indispensable pero no suficiente para conferirle la medida del arte. Además se requiere mantener un contacto cierto con el sentido de la balanza de la justicia al que alude el poema de Parménides:

Tú que con las yeguas que te llevan alcanzas hasta nuestra casa, ¡Salud! Pues no es un mal hado el que te ha inducido a seguir este camino -que está por cierto fuera de transitar los hombres-, sino el Derecho y la justicia. Es justo que lo aprendas todo, tanto el corazón imperturbable de la persuasiva verdad como las opiniones de los mortales, en las cuales no hay creencia verdadera.

Se requiere entonces un compromiso religioso con la propia integridad para encaminarse en la senda bien entendida del arte y el humanismo. Se necesita, en otras palabras, humildad y autocrítica, pero también espacios libres y rentables de indagación, práctica del oficio y difusión, públicos interesados y mínimamente formados. Seguro en la Atenas del siglo V a.C. no era así, pero el México de hoy es diferente. Si los foros que cuentan no son rentables, el arte se disuelve en clowns que se mueren de hambre mientras los turistas pasean alrededor como en un Oxxo, pero a veces sin llevarse nada –lo que no suele ocurrir en los Oxxos normales, a los que la gente casi acude para llevarse algo. La demanda parece gremial, pero resulta decisiva: sin un ágora autosustentable e influyente, capaz de distinguir la verdad y la mentira de una forma tal que la mayoría de la gente la advierta en forma mínima, no hay creación original ni democracia posibles. No hablo de recursos públicos, sino del establecimiento cultural en su conjunto. Si ese establecimiento no consigue actualizar la evidencia de que no existe una sociedad libre sin arte, la libertad está en juego, como ha quedado claro en los EU, donde ha triunfado la idea de que el arte sólo es show, y el show, bisne. Más aún: no existe democracia sin una sociedad que haya asimilado hasta el hueso que la autoderminación individual mantiene un lazo con lo esencial ubicado más allá de las apariencias. Todo cambia, el mundo, el arte, nosotros mismos. No obstante, hay algo que la obra capta del mundo, la condición humana y la verdad en general, algunas huellas apenas de lo permanente y esencial que orquesta el incesante cambio de todo lo que existe. La audacia de Parménides consistió en advertir que la esencia es permanente y las apariencias y las formas mudables. El arte actualiza de algún modo eso permanente, fijándolo en formas únicas, originales. En ese sentido existe como una fuente de la verdad y una modalidad de la historicidad. Sin embargo integra también un juego, una ironía, una mentira que descubre la verdad para que la verdad se nos oculte de nuevo a la espera de un nuevo desocultamiento.

Arte y deporte

Las similitudes entre el deporte, el arte, el amor y el erotismo son tan reveladoras como sus diferencias. En las cuatro esferas de la experiencia concurren el talento, la ética, una modalidad de reglas, el espíritu lúdico, la vida, la vitalidad, el decaimiento, el triunfo, el fracaso, la muerte, una forma de la verdad cuando el propósito está bien logrado y de la mentira cuando se frustra. Cuando hablamos de la verdad no podemos dejar de hablar de la libertad y la tragedia. Tampoco de la vida y la muerte. La verdad no existe si alguien no la revela, es decir, si alguien no la pone al descubierto. Arte, deporte, amor y erotismo demandan un juego de autocontrol y autoliberación que requiere iniciación, antes que aprendizaje. Las cuatro áreas exigen sus calistenias y aportan un arduo grado de dificultad, pero de distinta naturaleza. Deportistas de alto nivel sólo unos cuántos. Se podría decir lo mismo del erotismo y el arte. A pesar de todo, considero que no del amor. Pese a todo, insisto. Así se haga con odio, el verdadero arte se hace con amor. Incluso cuando el artista abomina la vida y la humanidad, las ama. Si no es así su obra se encuentra mal lograda o se mal logrará en algún momento. Por sí misma la prosa de Cioran representa un portento de amor a la vida. Dudo que el autor de Breviario de podredumbre admitiría que la reflexión sobre el arte es la reflexión sobre la libertad, pero eso no impide que su prosa transcurra como agua fresca y clara. Esa prosa y su caso me recuerdan a Artaud, pero en cruel paradoja a Artaud lo perdió no haber perdido la esperanza. Cioran desconoce la complacencia consigo mismo y por eso no muestra ninguna complacencia con la humanidad.

Una obra de arte fascista no es una obra de arte aunque se encuentre perfectamente realizada. Los nazis abominaron el arte de vanguardia porque lo juzgaron una perversión. Como sabemos algunas vanguardias y artistas de primer orden han presentado a lo largo del tiempo posiciones fascistas –y aquí podemos discutir otra vez si el fascismo soviético era de diferente naturaleza que el fascismo nazi, pero no resulta necesario: sabemos que era fascismo y con eso basta. Si es leal a sí mismo el arte es antifascista porque se cifra en la autoconstitución individual. Es decir, en la libertad ciudadana. En el acto mismo de escribir uno se instituye como persona y en el de publicar como ciudadano. La clave radica en descubrirse ante los demás como dueño de la voz, develarse como tlatoani en pleno acto de gobierno. Ya si el lector no lo advierte es porque no quiere ser liberado a su propia conciencia. No importa: de todos modos llegará la ocasión en que se perderá en ella, como nos sucede a todos los mortales.

Hay quien identifica el fascismo en el arte con su elitismo. Se trata de una confusión lamentable. Los dos existen, es cierto, e integran un problema, pero no un problema de la misma especie. El arte es elitista por fallas en el consumidor y fascista por fallas en el artista. Las obras de arte válidas de autores fascistas o que simpatizaron en algún momento con una faceta del fascismo no se revelan válidas por sus alabanzas al fascismo, sino a pesar de ellas. El arte elitista es válido, sin embargo, aunque permanezca inaccesible para la mayoría de las personas. Así Becket y muchos más. Hay que decirlo sin ambages: en alguna medida el arte siempre es elitista. Para apreciarlo se requiere, en primera instancia, comprender que existe como una esfera que puede y debe distinguirse de la religión, la filosofía y la psicología, y ocurre que la mayoría de la gente no distingue esas esferas con claridad. Ocurre que la mayor parte de la gente experimenta el arte como si fuera religión, psicología o filosofía. Sin embargo, no nos riamos a su costa: ya ven que luego esas personas admiten que se trata de una bonita obra de arte porque el retrato es fiel, nada más.

Si soy leal, en el deporte le sigo yendo a mi equipo, aunque juegue mal. Pero en el arte no. La belleza del arte se ubica más allá de mis adherencias emocionales. Por más que mis adherencias emocionales definan mi identidad, la belleza del arte no depende de ellas. Con todo, una obra sin emoción es una obra muerta. El dilema consiste entonces en averiguar por qué privilegio mi adherencia emocional en el deporte –cuando mi equipo juega mal le sigo yendo– pero retiro mi favor a la obra que está mal hecha, así haya sido hecha por un autor que antes creó una obra meritoria. El mal juego no es definitivo en mis preferencias deportivas, y el mal arte lo es en mis preferencias estéticas. La diferencia se urde sutil e interesante. Pero hay una diferencia más radical entre el espíritu deportivo y el artístico: el arte tiende un vínculo con la verdad en general y el deporte con una modalidad particular de verdad; a saber: la que encierra en cuanto deporte, poco más allá. Aunque ambos funcionan con reglas, con frecuencia el arte y el deporte rebasan las rígidas fronteras de la lógica. Sin duda incide que lo esencial se revele ilógico. El amor y el erotismo lo son. Las reglas del arte se distinguen de las reglas del pensar, pero si no se piensa un poco sus reglas no se entienden. Igual las del deporte. Lo mismo en el arte y el deporte, sin embargo, “las reglas del juego son para no volverse loco en el juego que es lío”. Como con el amor o con Alicia. Pero sucede que no es Lewis Carroll, sino David Bohm, filósofo humanista y físico cuántico, quién nos regaló esa joya de significado. Como sea queda demostrado que se puede llegar a pensar ilógicamente. No apelo a los surrealistas – aunque a todas luces el lenguaje surrealista ofrece una posibilidad en el juego del arte–, sino al propio Heidegger, quien entendió que la lógica, –como toda la metafísica occidental– había muerto en escolástica. Por esa razón nos invitó a regresar a los presocráticos y él mismo nos entregó varias lecturas luminosas de ellos. Aquí lo he seguido para aclarar que el arte está vinculado con la verdad en general y el deporte con la verdad en particular. El arte y el deporte son juegos competitivos y con reglas, pero el sentido humano que el arte construye es más amplio que el del deporte.

En la competencia deportiva no existe la compasión. Tampoco en el juego del arte. Mostrar compasión del rival a media competencia deportiva constituye una ofensa, una burla indignante. Por fortuna no hay muchas competencias artísticas donde los competidores se vean la cara, pero en las que se la ven resulta igual que en el deporte. Lo cierto es que las dos disciplinas demandan un espíritu invencible, que fracasa si se carece de un sustrato de verdad en lo que se hace: en el deporte, el deporte mismo, en el arte, el arte mismo, pero también la historicidad, es decir, la develación del ser en general en cada momento histórico de las sociedades que lo albergan.

Arte y ética

De acuerdo con José Luis Cuevas la ética del pintor es el dibujo. Aquí la ética es técnica y la técnica, ética. La de Cuevas resume una ética que desde Duchamp no puede regir en exclusiva las artes pláticas. La razón es sencilla: Duchamp elevó la ironía del arte a arte, algo que no se comprende sin la reflexión sobre el propio arte dentro de la historia de Occidente. Los bigotes a la Mona Lisa o el urinario famoso, para aludir a los más célebres gestos duchampianos, no configuran ya sino incomprensibles reliquias que denunciaban la conversión de las obras de arte en mercancías que valen por lo que cuestan o, lo que resulta una derivación de lo mismo, por el prestigio que otorgan si uno acude a un museo aunque no entienda nada, sólo por la pose de turista o de persona de la alta y culta aristocracia que habla de la Mona Lisa y no entiende que mira así porque ya ha recorrido la autopista del blues, no por otra cosa. Las obras de arte no valen lo que cuestan, sino mucho más. Como representan lo inconmensurable tienen un valor inconmensurable. Pero las obras se intercambian por dinero, a veces demasiado. Otras, en cambio, se intercambian por nada o por muy poco dinero. La gran paradoja consiste en que el arte no es una mercancía, pero el artista debe entrar en el mercado para sobrevivir.

A principios de siglo pasado, cuando surgieron las vanguardias artísticas en Europa, la alta sociedad europea mantenía estilos aristocráticos e imperiales. Igual que en el México de hoy. Obvio: en aquel lejano arranque del siglo pasado la mayor parte de la gente de México y el mundo no entendió a Duchamp, y a todas luces lo sigue sin comprender. Por fortuna los mexicanos nacidos en la segunda mitad del siglo veinte tuvimos oportunidad de encontrar, en cualquier librería –ya sabemos que existen muy pocas pero, bueno, existen–, esa cumbre del ensayo estético mexicano que se llama Apariencia desnuda, de Octavio Paz.

Marcel Duchamp no fue –como ahora lo es Gabriel Orozco entre nosotros–, un artista popduchampiano. ¿Cómo iba a serlo si Duchamp fue Duchamp y no había arte duchampiano antes de Duchamp? Claro. Y si no había arte duchampiano, mucho menos pop-art. Ya no se diga arte pop-duchampiano: Gabriel Orozco no podía existir sino como embrión inmaterial cuando Duchamp pintó Mujer bajando la escalera, una obra que hace honor, entre otras cosas, a la ética plástica sintetizada por Cuevas. Por qué mi amigo y heroico director de etcétera, Marco Levario Turcott, se ha convertido en un espontáneo detractor de Orozco constituye un misterio para mí. La única explicación que encuentro es que tenga para él que la única ética del artista plástico que existe es la que resumió José Luis Cuevas, pues los razonamientos que hasta ahora nos ha regalado sobre la más reciente obra de Orozco transcurren como si no entendiera que, si Marcel Duchamp abrió otra ética del arte en general, con mayor razón y claridad en las artes plásticas en particular.

Arte y compasión

En Occidente la compasión no es una virtud grecolatina, sino judeocristiana. En latín existe gracias a Cristo, no a los griegos. En los griegos la compasión no constituye una forma de la piedad religiosa porque sus dioses no eran compasivos. Frente al fracaso artístico no cabe la compasión, pero una obra que no contempla la compasión en su seno resultará hija de la soberbia y la frialdad. Observemos el punto en un ejercicio comparativo con la cumbre del erotismo: el orgasmo. La acción deportiva no es compasiva. Tampoco el orgasmo. Para alcanzarlo se requiere cierta agresividad. Incluso sadismo. Al menos un poquito. O sadomasoquismo. Si bisexual, mejor, pues en la bisexualidad anida la semilla del genio (pero si no se olvida que sin amor no hay genio, claro está). Un paréntesis que aprovecho para citar a Swedenborg:

La naturaleza viene del divino amor.

El amor es calor que vivifica.

Si la luz es fría, se carece de amor,

nada vivifica.

tal como es la vida de cada uno,

tal es su amor.

Para comprender el poema anterior no se requiere tener presente que, además de su poesía mística esencial para la historia de Occidente, Swedenborg publicó libros de matemáticas, geología, química, física, minerología, anatomía, biología y psiquiatría, pero saberlo ayuda a concederle a nuestra apreciación una perspectiva más amplia.

Así como en el despliegue activo del erotismo no concurre la compasión, no comparece humor. No obstante, en el arte y el amor el humor sí tiene o debería tener un lugar privilegiado en el juego. El amor sin erotismo –concediendo que exista una persona ajena por entero al erotismo, cosa, por cierto, imposible de conceder– digo, el amor sin erotismo puede ser amor, pero no de pareja, como decimos un poco torpemente en México. El erotismo bien logrado es condición de una vida plena tanto como lo son la compasión, el amor, la generosidad, el arte y el deporte, así solamente se practique el deporte contemplándolo en el estadio o la pantalla televisiva. Si el arte es llevar algo a su plenitud, en todas las actividades humanas hay arte, pero en el entendido de arte malogrado. Si no coinciden conmigo, evalúen el entorno y comprueben que casi nadie ni nada alcanza su plenitud entre nosotros. Ni modo: así como no hay arte sin humor, no lo hay sin tragedia.

Arte y tragedia

Por fuerza la verdad incluye la puesta en escena de una forma de la tragedia. En un universo sin tragedia la tristeza sería prescindible, pero no en el nuestro. Como en ese universo tampoco habría lugar para lo sublime, entonces no habría en él necesidad de deporte, arte, amor ni erotismo. Entonces mejor no pensemos en ese mundo. El nuestro es el mejor de los mundos posibles y es posible sólo gracias a la tragedia.

En el deporte la tragedia se celebra en la derrota, pero también en la injusticia de juegos bien jugados que no son recompensados, a veces incluso por intervención del azar. En el arte la tragedia debe estar representada de alguna forma. Incluso el espíritu de la comedia la da por sentada en el fondo de lo que en la superficie solo se presenta como alegre representación. En el amor la tragedia se organiza en su irrenunciable aspiración a la eternidad, que tarde o temprano se ve frustrada por una cosa u otra, en última instancia por la muerte. En tanto que integra nuestra probada más sensible de la unidad perdida y siempre añorada, el erotismo verifica la tragedia como una caída en la cuenta de que la recuperación de la unidad perdida ha sido una probada de la unidad, no su recuperación. La única recuperación de la Totalidad –según esa ilusión de la unidad perdida que se recupera– se celebra en la muerte. Por esa razón George Bataille la emparenta con el erotismo. El vínculo metafórico que Bataille ha establecido entre muerte y erotismo resulta muy sugestivo y de larga data, pero a mí no me persuade. El autor de El Erotismo ha convertido ese vínculo en el núcleo de su disertación porque la tragedia forma parte del erotismo. Pero la tragedia no sólo forma parte del erotismo: forma parte estructural de todo lo que existe. El erotismo nos procura una ilusión creíble de la recuperación de la unidad con la Totalidad, como la muerte, pero se trata sólo de una ilusión. Tragedia y muerte casi son sinónimos, pero no lo son. Cuando la muerte ocurre la tragedia se disuelve, salvo que vaya continuada de un nuevo nacimiento, como sucede en la naturaleza. En la naturaleza accedemos, con el espectáculo de cada nueva vida, al espectáculo de una nueva tragedia. Así que al menos en la naturaleza la muerte no disuelve la tragedia. Pero la naturaleza no es la Totalidad. La naturaleza, en palabras de Heidegger, no es un ser, sino un ente. Nosotros también somos un ente; un ente que tiene que hacerse cargo conscientemente de su ser. Me temo que por ese detalle debo realizar un viraje abrupto y como surrealista hacia la psicología.

Arte y psicología

El del arte urde un juego a vida o muerte, pero no vale la pena perder la morada, es decir, la vida, por el arte. Sólo en los casos en que la vida resulta un engaño morir por el arte se antoja una audacia justificada, al menos metafóricamente hablando. La creación atinada completa la situación inacabada “mientras que, para acabar una situación, la neurosis crea un síntoma”. Traducción: una persona no puede administrar el problema (ojo: toda vida representa un problema a administrar, no a resolver: la única verdadera solución al problema que es la vida, es la muerte) que representa su vida e inventa un síntoma, se enferma él mismo (ojo; por eso advierte Kafka que escritor que no escribe, enferma). Las formas de somatización resultan innumerables. Pero léase neuróticos donde dice neurosis y retomemos la bonita frase con la que arranqué este ensayo: “el neurótico es un creador que ha fracasado”. Es de Otto Rank, quien incurrió en la ingenuidad de suponer en cada persona un artista de su propia vida. De acuerdo a Rank, la creación atinada completa la situación inacabada “mientras que, para acabar una situación, la neurosis crea un síntoma”. ¿Pero qué entendemos aquí por situación (ya no digamos por una situación inacabada –los enterados del arte de vanguardia no lo confundan con situacionismo, por favor)? O mejor planteado: ¿a cuál situación nos referimos? ¿A la que me encuentro ahora, mientras escribo y cae la noche, o a la que viviré mañana con mi novia o pasado mañana con mis amigos, socios y asociados o el año próximo, o el que viene? Y más aún: ¿cómo se completa la situación inacabada que es la vida? Perdón, pero debo reiterarlo: con la muerte. Debía reiterarlo para recordar que nuestros días están contados y advertir que somos lo que somos con los otros, en el mundo, o no somos.

 

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