Cinque Terre

Daniel Herrera

Escritor. Autor de Quisiera ser John Fante.

La semilla dentro del pop

Este texto se publicó originalmente el 28 de diciembre de 2017

Reciclaje y repetición

En el verano del 2013, un cantante blanco, bien parecido pero mediocre, consiguió después de casi 20 años de una oscura carrera y sin verdaderos éxitos, un número uno que dominó las listas del verano. Robin Thicke nos entregó Blurred Lines, una canción creada para las pistas de baile y que, al ritmo de un funk con perfecta producción, nos hablaba de casi violar a una chica, aunque se quedaba justo en una nebulosa frontera de lo políticamente correcto.

En fin, la canción apenas daba para el arranque y ni siquiera producía ese placer que entregan las buenas canciones de pop superficial pero sabroso, como el gusto por reventar burbujas de plástico de los empaques. A pesar de lo anterior, el single trascendió porque sonó en la radio con insistencia y se promocionó con un video donde tres supermodelos desnudas, Emily Ratajkowski, Jessi M’Bengue y Elle Evans; convivían con el mismo Thicke, con el productor y músico Pharrel Williams, y con el rapero T.I. Además, el single fue noticia más allá del ámbito pop porque, después de vender 700 mil copias en Estados Unidos, recibió una demanda por plagio de parte de la familia del cantante Marvin Gaye.

La demanda no sólo sacó a la luz asuntos como la forma en que se construyen los éxitos, chismes sobre consumo de drogas y un cantante con poca fama que se siente fracasado porque jamás pudo escribir un gran hit, sino también terminó con Thicke y su verdadero creador, Pharrel Williams, pagando 7.3 millones de dólares a los herederos de Marvin. Fue entonces que la industria del pop comenzó a temblar. El veredicto pavimentaba un camino hacia las constantes demandas por plagio entre herederos y compositores. Hasta ahora, los temores no parecen estarse cumpliendo y los tribunales no están saturados con demandas absurdas porque una línea melódica se repite en múltiples canciones.

Y es lo anterior, con precisión, uno de los asuntos del pop: su reciclaje continuo. Es sencillo encontrar esto en las líneas armónicas, como lo prueban los videos de los comediantes Axis of Awesome, donde montan un show tocando cuatro acordes y combinando distintas canciones que tienen la misma estructura armónica. O, por ejemplo, cuando algunos se escandalizaron el día en que se enteraron que Despacito podía sonar muy similar a De música ligera. Me parece que muchos vieron la forma en que la supuesta pureza del rock se resquebrajó.

No debería sorprender a nadie porque el reciclaje también aparece en la sección rítmica, en las melodías e incluso en los temas que abordan las canciones.

Algo que es conocido desde hace tiempo, pero que sorprende de vez en vez o que le permite a algunos presumir que encontraron el hilo negro del plagio pop, es, en realidad, junto a la sencillez, la superficialidad y la alegría, una de las esencias de la música popular del siglo XX y XXI.

Debo aclarar que utilizo la palabra pop en un contexto distinto al más común; aquí sigo el paradigma de Bob Stanley en su libro Yeah! Yeah! Yeah!, en donde menciona que el pop abarca desde el rock atravesando todos los géneros que se derivan de este hasta llegar al hip-hop, el metal e incluso el electrónico. En otras palabras, la música pop es universal y masiva, como dice él mismo: “Si canta canciones folk a capela en un pub de barrio, no se dedica al pop. El pop requiere de un público al que el artista no conozca en persona; ha de ser un público transferible”. De esa forma, todo aquello que entre a las listas de éxito es pop, un grupo de covers tocando en un bar local no hace pop, pero Metallica y Daddy Yankee sí hacen pop, a pesar de que son dos géneros musicales distintos. En este caso, el pop no es tanto el estilo, sino la cultura mercadológica y la posibilidad de comercializar de forma masiva una serie de canciones.

Así, es más sencillo entender las palabras de Lester Bangs en la edición especial de la Rolling Stone de 1980, cuando encuentra un hilo conductor entre The Ramones y Richie Valens:

“De acuerdo con una teoría, el rock punk se remonta hasta ‘La Bamba’ de Ritchie Valens. Sólo considera los tres acordes de mariachi chillón a la luz de ‘Louie Louie’ de los Kingsmen, entonces considera ‘Louie, Louie’ a la luz de ‘You Really Got Me’ de los Kinks, entonces, ‘You Really Got Me’ a la luz de ‘No Fun’ de los Stooges, entonces, ‘No Fun’ a la luz de ‘Blitzkrieg Bop’ de los Ramones, y, finalmente, aprecia que ‘Blitzkrieg Bop’ suena muy similar a ‘La Bamba’. Ahí están: veinte años de historia del rock & roll en tres acordes, tocados más primitivamente cada vez que fueron reciclados”.

Es también esta cita, la idea que me gustaría actualizar utilizando la luz que produce la historia. En la semilla del pop se encuentra el reciclaje, es incluso esta la que permite que la música popular no se detenga.

A diferencia de otros géneros que no se masifican de la misma manera, por ejemplo, el jazz o la música de cámara, el pop no tiene el peligro de fosilizarse en un museo. A pesar de los intentos por crear museos del rock, en el fondo esta música tiene la tendencia a mantenerse en movimiento y, por lo tanto, a alejarse de la posibilidad de entrar a un mausoleo. Este estira y afloja entre la tradición y la originalidad, entre el pasado y el presente, entre el arte y el mercado, nos ha entregado obras de arte y formas originales, pero también nos ha llevado por un camino comercial de simplicidad y repetición del cual cada vez es más complicado escapar.

Los primeros que encontraron la necesidad de voltear al pasado y reciclar aquello que alguna vez hizo feliz a millones de personas fueron The Beatles.

En noviembre de 1968 lanzaron el llamado álbum blanco, un disco que combinaba tanto algunas piezas que quedaron fuera del “Sgt. Pepper’s Lonley Hearts Club Band”, como canciones que sonaban a los viejos Beatles, esos que veían en los Beach Boys una influencia, y, además, piezas que mostraban una preocupación por reflejar sus conocimientos sobre el avant garde. Incluso, podemos hallar ahí uno de los primeros temas hard rock de la historia: Helter Skelter.

El asunto es que, después de la innovación que significó el disco anterior, decidieron reciclar de forma consciente su propio pasado. Es probable que entendieran que la fuerza primigenia del rock comenzaba a agotarse, de esa manera, decidieron regresar al pasado para imprimirle la fuerza necesaria a través del reciclaje. Su mejor muestra es la apropiación que hicieron de la canción “Back In The U.S.A.” de Chuck Berry, al combinarlo con el sonido original de los Beach Boys y que dio luz a una de sus más famosas canciones: “Back In The U.S.S.R”.

Por supuesto que no fueron los únicos. Frank Zappa volteó a ver el viejo doo-wop para reciclarlo y subvertirlo en su disco “Cruising with Ruben & the Jets”, y, por su lado, los Stones grabaron “Beggar’s Banquet”, donde volvieron a sus raíces bluseras.

Este es tan sólo un pequeño ejemplo de la necesidad del pop de voltear a ver el pasado en un intento de seguir alimentado la maquinaria enorme de éxitos y fracasos que exige la industria musical contemporánea.

Este eterno retorno del pop es una constante que ha evolucionado en dos sentidos. Por un lado, la industria musical exige ventas constantes, algo que los mismos músicos también necesitan. La manera de lograrlo, desde hace bastantes años, es a través de incorporar elementos externos a la música como los videos, el arte de los discos o la misma prensa musical. A partir del cambio de milenio y de la desaparición de la industria del disco como la conocíamos, más elementos se han agregado y los productos deben satisfacer todas esas exigencias.

Por otro lado, la grabación y producción musical se ha beneficiado de la tecnología y se espera que el próximo éxito pop no sólo muestre una calidad promedio, sino que oculte las deficiencias compositivas a base de brillo deslumbrante y múltiples detalles que parecen no estar ahí, pero que con un poco de atención se van descubriendo. Es, desde mi perspectiva, la sobreproducción de todos los éxitos. Es cada vez más visible la mano de los productores incluso ocultando el trabajo de los compositores.

El asunto del reciclaje, como sucede en cualquier lugar, es que cada vez se vuelve más complicado reciclar algo que ya fue reusado una y otra vez. De esa manera, el pop actual no sólo parece más desesperado y menos creativo, sino, además, repetitivo. Sólo debemos voltear a ver la fuerza descomunal que significa el reguetón, género que comenzó en las calles de Puerto Rico y que ahora se ha convertido en el rey de las listas de éxitos. Después de casi 20 años, el reguetón se convirtió en un elemento más del pop. La estructura de múltiples canciones que tienen como invitado a algún reguetonero, deben permitir no sólo que pueda soltar su discurso, sino que los ritmos rumberos de las percusiones junto a un bajo muy grave parezcan un elemento fundamental de la canción. El reguetón ha recorrido el mismo camino que pisó el hiphop en Estados Unidos en menor tiempo, pero con resultados menos trascendentales.

El asunto es que las estructuras armónicas y melódicas del reguetón son muy limitadas y es por eso que sólo cambia el discurso de cada canción. Cuando uno escucha una hora de este género, descubre que ha escuchado todo su lenguaje. Su reciclaje es tan específico que tuvo que unirse tanto a otros géneros como regresar a sí mismo, cuando hace diez años se producía de otra manera. El gran problema es que la nostalgia por lo retro, que también es fundamental para el pop, no es tan efectiva cuando el viaje al pasado en realidad es apenas de unos cuantos años.

Hay más respecto a la decadencia del pop y su reciclaje. La repetición en las letras pop siempre ha existido. Escúchese Satisfaction de los Stones y su constante recordatorio de que Mick no puede conseguir nada que lo haga feliz. O, My Generation, de The Who, en donde el coro aparece una y otra vez. También se puede escuchar a James Brown y su Sex Machine, una pieza machacona que funciona como apunte de que el baile y el sexo son parte de lo mismo.

Todas esas piezas, incluso una de las más repetitivas del mundo, como es Around the World de Daft Punk, convierten la letra y voz en un instrumento más y siempre podremos esperar que el pop nos recete muy seguido esta fórmula.

Pero las fórmulas también se agotan, y Rhianna es el mejor ejemplo, pues ha basado todos sus éxitos en comprimir las letras hasta el ridículo, siguiendo el camino de múltiples estrellas del R&B. Esta simplificación musical y letrística hace sospechar si el pop, con la caída de la industria discográfica y las cada vez menos importantes listas de éxitos, agoniza. ¿Será que esta nueva manera de comercializar la música terminará por desaparecer una forma de hacer arte y cultura? Lo único que sé es que el mercado exprimirá hasta el final al pop que siempre parece encontrar recursos para vender el siguiente éxito .

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