Cinque Terre

Daniel Iván

Miembro del equipo de Gestión y Formación de AMARC-México. Presidente de La Voladora Comunicación A.C. www.danielivan.com.

La idea de sabernos “buenos”

Este articulo fue publicado originalmente el 24 de febrero 2014.


No hay, en mi opinión, amenaza más intensa para la libertad ni para la evolución del pensamiento que la idea de sabernos “buenos”. Comienzo este párrafo con un silogismo ético que aspira a ser incendiario porque la caracterización de una “verdad codificable” tiene justamente un eje transversal en el ardid de la ética y en sus implicaciones. Y porque hoy, en el terreno de la digitalia, el fenómeno de lo correcto y del empirismo de lo “bueno” constituye no solo una de las formas más vigentes del espectáculo sino también una de las expresiones más pragmáticas del fundamentalismo.

Llamo a la experiencia de lo “bueno” una experiencia empírica porque de eso trata la ética. La ética no nos habla de leyes generales de comportamiento sino de una comprensión fundamental de la experiencia humana que parta de lo individual para encontrarse con el otro. Ese encuentro no únicamente delimita para nosotros el tratamiento de la realidad y de la comprensión que de ella tenemos sino que pone en el centro de toda convivencia la pregunta: ¿soy capaz de comprender la experiencia del otro? ¿Soy capaz de entender lo que para otro es bueno y/o correcto?

El ethos como camino de pensamiento y de acción radica justamente en el equilibrio que seamos capaces de establecer entre esas preguntas y todas las posibles respuestas que seamos capaces de articular; respuestas que cambian según el habitus, la educación, la predisposición de cada cual y según el paradigma ético al cual nos enfrentemos. La ética no es, pues, una certeza sino una pelea de la cual nunca deberíamos salir bien parados. Particularmente porque la única experiencia de lo bueno y lo correcto la tenemos desde nuestra limitada, pobre, intransferible y empírica experiencia.

Los pasos de baile que llevan a cabo los grandes sistemas morales tienen como principal objetivo subvertir esta noción central de la ética y convencer a la mayor cantidad posible de personas de que la experiencia humana está sujeta a una lista más o menos larga (nunca demasiado) y más o menos compleja (nunca demasiado) de generalidades que ellos tienen la mar de claras y que lo “bueno” y lo “correcto”, lo intrínsecamente necesario, es lo que ellos defienden, lo que ellos han descubierto, lo que se contiene en las lindes de su praxis; lo que ellos caracterizan, por lo regular escudándose en alguna noción de supra-humanidad, como “la verdad”. Esta caracterización mía, pobre como es, no habla de las agendas ocultas o evidentes detrás de este afán, ni de su probidad o su vileza. Y no lo hace, claro está, por su propia agenda oculta (que más adelante, no se preocupe el lector, me ocuparé de hacer evidente).

Cuesta no sentir escalofríos al pensar en un mundo “ideal” en el que solo hiciéramos, dijéramos y viviéramos “lo correcto” y “lo bueno”. Si usted, estimado lector, sintió el impulso de adosar la simplona pregunta “¿según quién?”, no se alarme, aún en su inherente bravuconería, la pregunta es un asomo de ética. Es egoísta, pero también es una pregunta siempre pertinente porque, como ya habrá usted notado, transcurre en doble sentido. Si la primera respuesta es “según yo”, usted está entrando en los terrenos de la reflexión y la acción ética, y tiene la oportunidad valiosísima de retar los lindes de su conocimiento y sus convicciones.

Por supuesto, si la conclusión a la que llega es “según yo y porque aquí nomás mis chicharrones truenan”, usted es tal vez un político, un religioso o un académico y, sin lugar a dudas, un simplón. Pero no debería sentirse mal, ni solo: resulta sorprendente que las miles de personas que lucran con las más diversas nociones de verdad incontrovertible (ya sea en posiciones de poder político o religioso, de brillo académico, de activismo supeditado a la cooperación internacional y todas las otras formas de la moral adhoc) haya en la digitalia un ejército de personas que voluntariamente y sin ningún beneficio aparente se dediquen a apuntalar un sistema cada vez más reducido de bondades y correcciones que comienza a ser, primordialmente, escalofriante.

En las postrimerías de los años noventa del siglo pasado, Umberto Eco se preguntaba sobre los peligros que la preocupación por la corrección –particularmente por la política– ponía sobre los hombros de la vida académica. Ya entrada la primera década de los 2000, Eco articuló esas ideas en “Sobre lo Políticamente Correcto”[1], un contundente escrito que planteaba, sobre todo, diversas preguntas acerca de la tensión entre la diversidad inherente al conocimiento y la naturaleza humana y las agendas adhoc, políticas y semánticas, de diversos grupos de presión; fuera que representaran a minorías raciales, lingu%u0308ísticas, etcétera. Por supuesto, era de anticiparse que esas agendas tendieran a diversificarse (la corrección política hoy atiende prácticamente a todo el espectro, desde los temas de género o diversidad sexual hasta los de inclusión económica y cualquier otro que se le ocurra también era previsible que tendieran a lo agresivo; ya en lo discursivo, ya en lo consecuente. También era previsible que fuera en el ámbito de lo digital, y en este caso en el terreno de las redes sociales, donde la expresión de esa agresividad tuviera las muestras más diáfanas.

Justine Sacco, una empleada de relaciones públicas a la que se despidió luego de hacer un simplón e incorrectísimo chiste racista en Twitter (“Voy a Africa. Espero no contraer SIDA. Solo bromeo. Soy blanca”). Steve Martin, comediante que tuvo que correr a pedir disculpas luego de que la fanaticada lo acribillara por “racista” después de hacer una broma sobre la pronunciación de la palabra “lasagna” según se sea negro o italiano; también en Twitter. Phil Robertson, actor de una omisible serie de televisión, Duck Dinasty, que en una entrevista viralizada vertió más de una brutalidad acerca de lo poco que entendía a los gays y lo mucho que apreciaba las vaginas. Muestras de estupidez humana sería difícil no encontrar en las redes sociales; particularmente en una que limita las posibilidades de articulación a 140 caracteres y tal vez como consecuencia lógica de su afán de premura e inmediatez. Más allá de que la respuesta corporativa sea la anulación de la incorrección política, resulta aún más violento que en general se celebre esa anulación como un triunfo de la razón, de la corrección o, ya puestos, de la “naturaleza humana”. Allá en los noventa, se debatía si debía “permitirse” que los grupos de extrema derecha tuvieran páginas web para impulsar su agenda. Yo sostenía que la preocupación central no estaba en que esa extrema derecha se expresara de manera más o menos articulada en esa “nueva” plataforma, sino que las agendas con contenido humanista o pacifista o de cualquier otro “ista” que nos pareciera correcto no lo hicieran. Hoy probablemente no sea ése el caso, pero el fantasma de la idea de “anulación” como la más pertinente y tentadora sigue estando allí.

La función primordial de la estupidez no es desaparecer. Habla bien de nosotros que respondamos de manera tan automática con el nivel de repudio del que cada cual sea capaz (y no como decía mi mamá, “como si te hubieran puesto un cohete en los fondillos” lo que no habla bien de nosotros es que la tendencia general sea a la anulación y el escarnio y no al intercambio de ideas. Sobre todo porque por cada estúpido que anulemos vienen otros 50; y vienen ofendidos. ¿Usted no lo estaría luego de ser anulado y humillado? Los buenos dirán que no; pero los buenos no existen. ¿Es más difícil la confrontación que la burla? Lo es, y es por eso que el activismo, el más o menos consecuente, no corre a pedir leyes que condenen ni a pedir anulaciones, prohibiciones o años de prisión, sino que atiende al principio básico de la ética: la confrontación, entendida como el espacio en el que dos experiencias de vida radicalmente opuestas se encuentran y, si todo va bien, se conocen y reconocen. El adagio latino “in fermentum veritas” articulaba particularmente bien esa idea subyacente a toda ética: “la verdad está en el fermento”. La verdad, si es que es posible, solo puede estar en el paso del tiempo, en la discusión añeja. Es decir, en el tiempo la verdad nos rebasa. Nunca la veremos.

In fermentum veritas

Nota:

1 Cita en Umberto Eco, “A Paso de Cangrejo: artículos, reflexiones y decepciones (2000-2006)”, Editorial Debate, 2007.

 

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