Ana Paulina Chavira Mendoza

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Periodista. Cancerbera de la ortografía.

Errores ortográficos de los medios

Este texto se publicó originalmente en la edición de agosto de 2012.

 

Además de informarnos de lo más reciente y relevante que sucede en nuestra sociedad, los medios de comunicación también nos forman: a través de ellos nos hacemos de una opinión, incrementamos nuestro conocimiento y, en el mejor de los casos, se convierten en nuestros referentes.

Por ello, esperaríamos que quienes laboran en revistas, periódicos, radio y televisión tuvieran un manejo y uso excepcional del lenguaje, incluido el uso estricto de las reglas de la ortografía. Desafortunadamente no siempre es así. Las nuevas formas de comunicación han contribuido a que el rigor que los “comunicadores” debieran tener, se vea –por decir lo menos– como poco necesario, como una habilidad deseable, no indispensable.

¿Cuántas veces no hemos escuchado aquello de que “quien lee mucho tiene buena ortografía”? Parece que tomamos este adagio como mantra, y confiamos en que aquellos que se toman el tiempo para leer más de los 2.9 libros que en promedio leemos los mexicanos –según los datos de la Encuesta Nacional de Lectura (2006)–, sean los encargados de revisar los textos que llegan a nosotros. Sin embargo, el rigor se ha ido disolviendo en las redacciones. Los errores ortográficos pasan a segundo plano cuando la rapidez y la oportunidad se convierten en ejes rectores de los medios. No es de extrañar entonces que nos encontremos con faltas graves a la buena ortografía, cometidas ni más ni menos que por los medios de comunicación, quienes en un mundo ideal debieran ayudar incluso a que nosotros tuviéramos una mejor ortografía y no se lo dejáramos todo a los libros y a nuestro muy deficiente sistema educativo.

Si ponen atención, es poco probable que encuentren errores en los medios impresos: en su proceso de revisión hay más ojos, más tiempo (aunque ni eso los exenta; la revista Travel & Leisure, enero 2012, olvidó la tilde de fría). Parece que al tener enfrente la responsabilidad de que lo escrito sea impreso y quede prueba de ello, los editores se esforzaran más y fueran un poco más rigurosos con lo que escriben y la forma en la que lo hacen.

Sin embargo, el proceso actual de edición y revisión de las redacciones se ha visto modificado completamente con la inmediatez de las páginas en línea y las redes sociales. Ahora, en lugar de un especialista en el lenguaje, se busca a alguien que –en la mayoría de los casos– permanezca conectado todo el día a las redes más populares de nuestro país, Twitter y Facebook, y que publique “la nota” antes que la competencia. Con ello, el rigor lingüístico que antes se procuraba ha perdido importancia. Así ha sucedido porque, al final, la gran mayoría de los usuarios de redes sociales parecen preguntarse “¿para qué voy a escribir bien aquí? Así es como hablo, y aquí, la cosa es relajada”. Pero pareciera que quienes trabajan en los medios, tal vez en busca de una cercanía con los lectores, opinaran lo mismo; hay
una grave laxitud en cuanto a la decisión de los encargados de publicar su información en las redes.

¿Por qué es importante escribir bien? La buena ortografía es una excelente carta de presentación. Podemos tener un currículo con experiencias laborales interesantes, con grandes proyectos, pero el empleador dudará cuando se tope con una falta de ortografía, por muy pequeña que sea. La semilla de duda habrá quedado sembrada, hará pensar en falta de cuidado o de conocimientos. Lo mismo pasa con los medios de comunicación: ver una falta de ortografía en sus notas expresa el poco cuidado que tienen con su trabajo, la poca importancia que le están dando a eliminar cualquier ambigüedad lingüística para entregar correctamente el mensaje que están dando a conocer. Es como un pastel delicioso con un decorado horrible.

Los horrores

Publimetro ha sido el medio en el que más errores he encontrado. Faltas tan aberrantes como acentuar “magnitúd” en un titular o escribir “a pasado” en sus notas.

Pero ellos no son los únicos. También en el sitio de noticias de la periodista Carmen Aristegui encontré que escribieron “espot” en el titular de una noticia del 6 de junio de 2012 (http://bit.ly/NDAZE8), ¡y a la fecha no lo corrigen!  Como vemos, desafortunadamente, ni quienes leen más de 2.9 libros al año salen bien librados.

El origen de la mala ortografía reside, sin duda, en la calidad de la educación que tenemos; además de un menosprecio constante de la cultura. El Instituto Nacional para la Evaluación de la Educación publicó en 2009 “La ortografía de los estudiantes de educación básica en México”, y sostiene que, según las investigaciones que llevaron a cabo, los hombres tienen más faltas de ortografía que las mujeres; que los alumnos de sexto de primaria cometen 31 errores ortográficos de 100 palabras que escriben, mientras que los alumnos de tercero de secundaria yerran en 13 de cada 100 palabras. Al parecer no solo a los medios, sino a los mexicanos en general, se nos complica la acentuación: en mayor medida, nos equivocamos al omitir tildes o al ponerlas donde no van.

Más allá de esto, pareciera que escribir con corrección no es tan importante culturalmente –”el chiste es darse a entender”– y los esfuerzos, muchos o pocos, que se han realizado para que desde que aprendemos a escribir lo hagamos como debe ser, son siempre insuficientes. Recuerdo que cuando era niña, mi mamá me mandaba a buscar todo al diccionario: cualquier duda que tuviera, por más pequeña que fuera, debía ser consultada en el Pequeño Larousse que había en casa. Me fastidiaba hacerlo, al igual que leer cinco palabras nuevas cada día para aumentar mi vocabulario. Hoy le agradezco infinitamente que haya infundido ese hábito en mí y que a la fecha siga consultando cualquier duda que aparezca ante mis ojos.

Gracias a los avances tecnológicos, tenemos a nuestro alcance –a solo un clic, en el lugar que sea– las referencias lingüísticas más reconocidas que nos ayudan a escribir mejor, y con ello, a entendernos entre todos los que usamos el español como nuestra lengua. La más importante: la Real Academia Española, cuya misión principal es “velar por que los cambios que experimente la Lengua Española en su constante adaptación a las necesidades de sus hablantes no quiebren la esencial unidad que mantiene en todo el ámbito hispánico”; es usada como medio de consulta de las palabras que existen en español, su acentuación y conjugación, entre otras. En nuestro país, tenemos desde 1875 la Academia Mexicana de la Lengua, como representación de la Real Academia Española, que recientemente publicó en proyecto conjunto con El Colegio de México el Diccionario del Español de México. Como su misión lo dice, ambas academias van adaptándose a las necesidades de los hispanohablantes, y con ello, constantemente dan a conocer modificaciones o nuevas palabras. Por ejemplo, hace apenas unas semanas, compartieron que ya son aceptadas palabras como blog(uero), tuit(ear), chat(ear), y USB; y por otro lado, el año pasado decidieron que palabras como solo, guion, truhan y los pronombres demostrativos como este, esta o aquel dejaran de acentuarse.

A pesar de que se anunciaron estos cambios, aún hay pocos medios que usan ‘expresidente’ o que han dejado de acentuar ‘solo’. Sorprende todavía que a pesar de tener a un clic de distancia las referencias para resolver cualquier duda ortográfica, periodistas o “especialistas de la comunicación” sigamos siendo poco rigurosos con la manera en que nos expresamos. ¿Qué no se supone que a esto nos dedicamos?

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