Cinque Terre

Alejandro Colina

Analista político, escritor y psicoterapeuta.

Elena y Octavio

Un sábado por la mañana Elena Garro subió en su bicicleta. Dos vecinas la invitaron. Visitarían el lago que se encuentra detrás del Deportivo Zaragoza.

En aquel tiempo no existía ese deportivo. En su lugar se extendía un campo de futbol. Sin embargo, el sitio se llamaba igual que ahora: Sopas Perico. El mismo sitio donde se instala, desde hace unos años, la feria a finales de junio.

En aquellos años ningún congestionamiento vial ahogaba a San Pedro. Aquél era un campo solitario. Las niñas no planearon detenerse allí. Las obligó la ponchadura de una de las llantas de la bicicleta de Elena. Pero sus amigas no se resignaron a suspender el paseo. Siguieron adelante y Elena se vio obligada a esperarlas sola. Acomodó la bicicleta en el suelo, debajo de una portería. Entonces decidió que el tiempo pasaría como un rayo. Pero para que el tiempo transcurra veloz se requiere una ocupación amena y absorbente y ella no atinaba en qué ocuparse. Por eso el tiempo se empantanó y ella cayó en la desesperación.

Creía que la desesperaba el tiempo, pero desesperaba de sí misma. Desesperaba de su incapacidad para entregarse a una actividad que hiciera habitable el tiempo. Y así, desesperada, trepó en la portería. Durante los primeros minutos la utilizó como barra de ejercicios, pero luego montó la viga horizontal como a un caballo. ¿Quién podría prever que a media cabalgata experimentaría ese placer extraño, intenso y desconocido? ¿Quién que acechaba ese animal vivo en medio de sus piernas? ¿Y cómo no iba a perseverar en el meneo? Sin saber qué hacía sintió un goce extremo, al que siguió un desvanecimiento ingobernable e inédito. Al cabo se tranquilizó. No supo qué ocurrió sino hasta cuatro años más tarde, cuando volvió a repetir la experiencia como en una exitosa improvisación de jazz.

Cuando sus amigas volvieron del lago, ella jugaba al avión como si nada hubiera sucedido. Como la niña que era.

Elena cursaba el segundo año de secundaria cuando, estimulada por una historieta, se masturbó por segunda ocasión en la vida. Entonces cayó en la cuenta de que su primer acto onanista tuvo lugar en aquella portería del Deportivo Zaragoza. Recordó que tenía entonces nueve años de edad y rió con fingido espanto su precocidad inocente.

Había muchas diferencias entre la niña de esa época y la de ahora. Ahora tenía catorce años. Así que por primera vez anheló tener relaciones sexuales con un muchacho.

Pero se daba cuenta que aún no se encontraba preparada para arriesgar un paso de esa naturaleza. En primer lugar por el miedo que le producía la experiencia en sí misma.

En segundo, porque advertía que llevaba las de perder en el mundo donde le había tocado vivir: el machismo que la rodeaba se erguía como un difícil obstáculo entre su deseo y cualquier oportunidad concreta de cumplimiento. El machismo era como el Grinch de la Navidad. Aún peor. Si una chica permitía que un muchacho la acariciara en sus partes más húmedas y selváticas, con frecuencia el sujeto procedía a devaluarla frente a sus amigos. No quería imaginar qué ocurriría si ella se acostaba con uno.

Así que por el momento debía resignarse. A todas luces carecía de la fuerza necesaria para enfrentar esas cosas. David había derrotado a Goliat, pero ella no era David y las bestias eran peores que Goliat.

Poco después Elena asistió a la fiesta de una de sus vecinas. El principio fue aburrido. Los invitados se sentaron a contemplarse las caras. Incómodos se miraban unos a otros mientras disimulaban mirar la pared, el techo o el piso. Oscilaban entre los quince y dieciocho años.

Ninguno bailaba y apenas platicaban. Casi sin proponérselo formaron grupos por género. Los niños de un lado; las niñas del otro. Ellas cuchicheaban, ellos inventaban tonterías para que el tiempo no se hiciera pesado. Pero el tiempo no cedía. Continuaba su curso, lento y grave, como si fuera un tiranosaurio rex incapaz de divertirse con sus pequeñas manos de humano reptiliano. O no con sus pequeñas manos. Con sus grandes colmillos o sus vigorosas patas traseras. Ya de menos comiéndose a un reptil viajero. Pero nada de eso. Por fortuna alguien propuso jugar bote pateado. Eran las nueve de la noche y en la calle funcionaba una sola lámpara, así que abundaban los rincones oscuros donde esconderse. Gracias a una decisión que favoreció a quienes debían ocultarse y desfavoreció a quien debía buscarlos, colocaron la lata justo debajo de la lámpara. A nadie se le ocultó que desempeñar el papel de buscador en esas condiciones constituía una dura condena, una calamidad de la que resultaría muy difícil emerger sano y salvo. Pero no le tocó a Elena. Cuando lanzaron la lata y corrieron en pos de un escondite, se separaron. Elena se arrinconó en un terreno baldío, entre una barda sucia y un par de magueyes secos, viejos y deformes. Primero escuchó una respiración. Luego un ruido a su lado. Alarmada imaginó que era una rata, pero sus ojos ya se habían acostumbrado a la oscuridad y consiguió distinguir unos tenis blancos y unos ojos azules temblando.

-¿Quién eres? –preguntó con un susurro.

-Paz, Octavio Paz.

Elena no lo conocía, pero formar parte del mismo juego los amistaba en los hechos. De modo que cuando Paz se acercó, Elena aflojó sus sistemas de defensa. En secreto se sintió complacida por aquella presencia. Enseguida se fraguó entre ambos una atmósfera clandestina.

A despecho de las probabilidades en contra, el buscador descubrió a un par de muchachos que habían escogido un buen escondite. Ganarle a ese buscador no constituía una empresa fácil.

-¿Desde cuándo conoces a la muchacha de la fiesta? –preguntó Octavio con voz de murmullo al tiempo que se aproximó con el pretexto de que el buscador no los escuchara. Elena contestó y Paz intentó persistir en la plática. ¿Acaso aquel tipo padecía algún tipo de amnesia disociativa? A decir verdad, Elena carecía de los elementos para afirmarlo, pero el comportamiento de Paz indicaba que había olvidado que jugaban bote pateado. Sólo se centraba en un objetivo: aproximarse cada vez más a ella. Ella, por su parte, no fue ella, sino otra. O fue ella, pero sin querer, por obra de la graciosa autonomía de su cuerpo. La emoción cimbró sus huesos, su carne y aun su pelo y, presa de ese revuelco intempestivo, besó a ese muchacho de ojos azules que aún no sabía cómo se llamaba. Paz aprovechó ese beso para comunicar su ardor introduciéndole la lengua. Buena cosa: Elena decidió cogérselo en ese mismo instante. Ese instante eterno fue el único que ocurrió entre ellos. Todo lo demás que dicen que pasó, jamás sucedió. O al menos no en este plano de la realidad, que es el de la ficción.

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