Cinque Terre

Marco Levario Turcott

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Director de etcétera

El ser agonizante de Albert Camus

Este texto fue publicado el 4 de enero de 2016

La herida está ahí, el escritor sólo la describe como lo podría hacer con el rezumbido de la mosca que oscila en el piso, a punto de morir. El escritor reseña indiferente ese pedazo de mundo desgarrado que es Europa luego de la primera y la segunda guerra mundiales, o sea, como si narrara la persistencia de la mosca que se estrella una y otra vez en la ventana.

El escritor subraya sobre la herida: si el hombre no cree en nada y todo carece de sentido, el hombre vive como el ciclo de una larva, la única diferencia es que las larvas no se destruyen entre sí. El hombre podría ser mujer o llamarse como sea, no importa, digámosle Meursault y pongámosle la indolencia tatuada en el rostro. El escritor dice que Meursault cree que la vida es un teatro donde todos debemos actuar pero que él, Meursault, no quiere actuar, no para decir que le duele la muerte de su madre o para arrepentirse de haberla dejado en ese lejano asilo; tampoco va a impostar un amor que no siente ni añorar una compañía que no necesita, en todo caso podría disfrutar el café humeante en los entresijos de los barrotes donde la luna se asoma, porque está en la cárcel, o podría desear encontrarse otra vez entre los muslos de esa mujer con la que nadó en la playa, antes de matar a ese otro con la misma indiferencia de la ventana que recibe la embestida del insecto extraviado.

Pero Meursault está incapacitado para sentir, vive la mayor desgracia del ser humano que es no saber o no poder amar. Corrijo: no saber o no poder amar, significaría que el hombre desea saber o sentir, pero eso no ocurre. Meursault no desea nada, aunque comprende que no llorar en el funeral de la madre le implica el juicio de la sociedad y que no hacer promesas a la mujer dispuesta le implica dejar de recibir sus besos. Meursault es tan indiferente a esto que no le interesa decirlo con palabras. Es un extranjero en su propia tierra y nada más.

El escritor apunta la indiferencia, la vida sin sentido, y la mira como una herida provocada por las guerras mundiales y al hombre lo entiende como si estuviera padeciendo los estertores de una mosca que finaliza su ciclo dibujando elipses por el piso. Dice Mario Vargas Llosa que en tal descripción el escritor pretende subrayar la necesidad de la mentira en las relaciones humanas: “El sentimiento fingido es indispensable para asegurar la coexistencia social, una forma que, aunque parezca hueca y forzada desde la perspectiva individual se carga de sustancia y necesidad desde el punto de vista comunitario”. No sé, quizá el escritor no quiso advertir cuáles podrían ser los gestos del vodevil para participar en el teatro de las relaciones humanas. Tal vez Albert Camus, que murió un día como hoy, lo único que pretendió fue aludir al ser que ha perdido el sentido de la vida, el amor, el compromiso y la solidaridad con los otros, y que ahora mismo agoniza igual que un bicho cualquiera que en este preciso instante rezumba en el piso.

 

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