Cinque Terre

Iván de la Torre

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Egresado de la Facultad de Ingeniería de la Universidad de la Pampa, Argentina

El placer de leer un “buen mal libro”

La definición de “buen mal libro” es simple y se la debemos a George Orwell, quien, a su vez, la tomó de G.K. Chesterton. Christopher Hitchens la tradujo como “el libro que no tiene pretensiones literarias pero permanece legible cuando otros más respetables han desaparecido”.

En su ensayo, Orwell separó los buenos malos libros en dos categorías: en la primera está la literatura escapista, que no intenta mostrar la vida real, pero “mantiene su lugar mientras innumerables novelas-problemas y documentos humanos con denuncias terribles han sido olvidados”. En la segunda coloca a los libros con intenciones más serias, cuyos autores eran novelistas “no inhibidos por el buen gusto”.

De acuerdo con Orwell, el supremo “buen mal libro” es La cabaña del tío Tom, “intencionadamente ridículo” y lleno de “incidentes melodramáticos” (aunque la definición podría incluir también varios libros de Dickens).

El factor común entre las dos tendencias del “buen mal libro” –el libro de género (Sherlock Holmes) y el libro malo pero con ambiciones (La cabaña del tío Tom)– es la facilidad con que se deja leer: las tramas son directas, simples y tienden a repetir un esquema básico donde el lector se encuentra cómodo desde el principio; la diferencia con el simple bestseller que se lee y se olvida es que aquellos incluyen un plus secreto que les permite sobrevivir a libros superiores, incluso, dentro de la obra del mismo autor.

Anthony Burgess se lamentaba en el mismo prólogo de su novela de la reedición constante de La naranja mecánica: “Es altamente probable que sobreviva, mientras otras obras mías muerden el polvo. Esta no es una experiencia inusual para los artistas”.

Arthur Conan Doyle también prefería cualquiera de sus novelas a los libros de Sherlock Holmes. Cuando mató al personaje, sus lectores lo obligaron a resucitarlo y siguió escribiendo las historias sin fijarse en los detalles. Cien años después, un grupo de fanáticos conocidos como “Los Irregulares de la Calle Baker” se juntan una vez por semana para encontrarle justificaciones a esas incongruencias, convencidos de la genialidad de Doyle. La segunda característica visible del “buen mal libro”, entonces, es su capacidad para sobrevivir a pesar de las intenciones manifiestas del propio autor o la falta de apoyo crítico.

Hoy el lugar más fácil para hallar muestras de buen/mal arte no son los libros sino las películas. Tomemos como ejemplos “Karate Kid” y “Volver al futuro”: cintas pletóricas de personajes de cartón y tramas predecibles; y preguntémonos: ¿qué es lo que las hace tan adictivas, cuando obras mejores han sucumbido? ¿Qué es, exactamente, lo que permite que estas “buenas malas películas” sobrevivan en el tiempo?

Mi respuesta es simple: no lo sé. Hace una semana encontré casualmente “Karate Kid I” y comencé a verla, pensando en escribir un artículo riéndome despiadadamente de ella: no llegué al segundo párrafo; de hecho, siquiera pude empezar: instantáneamente estaba disfrutándola y no podía dejar de verla, a pesar de conocer la trama y saber lo que iba a pasar; realmente la disfrutaba como el mismo chico que era cuando la estrenaron y fui a verla al cine con mis amigos del barrio a los siete u ocho años.

¿Por qué todos esos elementos que definen una mediocre cinta B funcionan y atrapan al vidente? ¿Por qué, si la película es mediocre y uno lo sabe, no puede dejar de verla? Simple: porque es una “buena mala” película, un filme que sobrevive y cosecha espectadores año tras año, mientras sus competidores desaparecen sin dejar rastro, a pesar de sus buenas intenciones o de su “mensaje”.

Volviendo a la literatura, la pelea entre Stephen King y Harold Bloom por Harry Potter (uno a favor, otro en contra) parece indicar claramente el alcance de la disputa: ¿qué es lo que estaba en discusión? Básicamente un forma de lectura: Bloom no puede entender que los libros de Potter tengan una popularidad tan grande y puedan sobrevivir intactos a su furia de crítico implacable e inapelable (“la serie de Harry Potter es una porquería. Como toda porquería, eventualmente, el tiempo la dejará en el olvido”). Mientras que King –al igual que Borges, un lector atento a la cultura popular–, sabe que junto a los clásicos hay espacio para los libros malos pero entretenidos como Potter o Sherlock Holmes, que son los que permiten la entrada de nuevos lectores seducidos por su aparente facilidad. Estos lectores, en gran parte, son los que mantienen vivo al “buen mal libro”.

Las elecciones del propio Borges demuestran su predilección por libros que no forman parte de ningún canon oficial, incluyendo sagas que él ayudo a popularizar entre los sectores normalmente críticos a esto, como la del Padre Brown de G.K. Chesterton.

Borges no es el único en elegir libros que han sobrevivido con sus fallas y contradicciones a la vista del lector: Tomás Eloy Martínez definió a Jules Verne como su autor preferido, alguien que le revela un mundo que ningún otro autor puede darle; Vargas Llosa prefiere a Dumas y Los Tres Mosqueteros; Rodrigo Fresán a Emilio Salgari, y Guillermo Cabrera Infante a Corín Tellado.

En definitiva, incluso los autores consagrados por la alta cultura tienen un “buen mal libro” del que les cuesta hablar en público.

Los “buenos malos libros” sobreviven precisamente gracias a esa fidelidad de sus lectores –famosos o desconocidos– que encuentran en ellos lo que títulos más serios no pueden darles; cada año, Jules Verne, Alexandre Dumas o Walter Scott encuentran nuevos lectores, aunque la muerte de dichos escritores haya sido anunciada una y otra vez por los críticos; autores de libros que leemos pese a saber que bordean peligrosamente el folletín barato, la aventura sin sentido, los personajes cuadrados y el happy end que detestamos en la maquinaria hollywoodense.

“Clásico –escribió Borges– no es un libro (lo repito) que necesariamente posee tales o cuales méritos; es un libro que las generaciones de hombres, urgidas por diversas razones, leen con previo fervor y una misteriosa lealtad”. Tal vez por esa razón –o precisamente por esa razón–, entre los 50 autores más leídos del mundo aún figuran Agatha Christie, Jules Verne, George Simenon, Isaac Asimov, James Hadley Chase, Robert Ludlum, Ruth Rendell, Alexandre Dumas, Jack London, Robert Louis Stevenson y Charles Dickens.

¿El secreto de su éxito? Imposible de demostrar. Como lo definió Mario Vargas Llosa en su crítica a La dama de las camelias de Dumas hijo: “¿Por qué una tan mediocre, convencional y truculenta novela, repleta de lugares comunes, escrita sin nervio ni fantasía, que manipula tan groseramente la sensiblería de los lectores y exhibe una moral tan falsa, puede alcanzar una audiencia tan descomunal? Es uno de los misterios de la literatura en particular y del arte en general. La dama de las camelias no es el primer caso, ni será el último, en que un muy mediocre producto artístico consigue, como si hubiera sido esperado ávidamente por un vasto público, llenar un vacío, satisfacer un apetito psicológico, moral o intelectual, que las más grandes realizaciones del arte o la literatura son incapaces de llenar”.

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