Cinque Terre

Marco Levario Turcott

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Director de etcétera

El escritor y la prensa sensacionalista

Este texto fue publicado originalmente el 21 de enero de 2016, lo abrimos de manera temporal dada su relevancia periodística.

 


 

La literatura es como el universo real: comprende una cantidad inconmensurable de estrellas. Y en esas constelaciones hemos distrutado la búsqueda de la mujer por liberarse a través de emular las novelas de amor, y al hombre que es libre y emprende sus aventuras gracias a las historias de caballerías. Durante 24 horas hemos caminado por la ciudad de Dublín que en la realidad no existe, y también participamos del sufrimiento inexpugnable de una señora que se llamará para siempre Ana además de participar en el renacimiento del miserable que es perdonado. La galaxia literaria es inabarcable, insisto: comprende todo: la dimensión de la venganza y el desvarío existencial, además del corazón palpitante o los zapatos embarrados de lodo que se denuncian a sí mismos, instantes más tarde de matar al otro.

Es cierto: esos modelos de planetas que llamamos novelas, son mentiras. Se concibieron por seres que no estaban satisfechos con su vida, o con vivir una sola vida, y crearon otras vidas con las que nos identificamos, por ejemplo al creer que nosotros tambien lanceamos molinos de viento o perseguimos el hilo de agua inagotable de Dublín, andamos los pasos de aquella habitación propia que encarcela a la mujer que quiere escribir, curamos las heridas de amor con una pastilla y nos ensabanamos con quien sea. O sólo estamos solos, como el lobo que halla en la estepa la placidez de la realización humana. También nos situamos en el otro que se humedece al mirar a la nínfula o al joven apuesto y los tormenos que le significan al tipo de edad madura.

En esos planetas ficticios emborrachamos el juicio, andamos por los vericuetos y los aromas sórdidos y hasta platicamos con Mefistófeles sino es que nos solidarizamos con las penas de amor del otro. Esto es definitivo: cuando leemos nos abandonamos y anhelamos, dejamos de ser aquel pedacito de realidad que somos y nos fundimos en la urdimbre literaria; sujetamos la piel de zapa, la ensanchamos lo más posible y deseamos vivir proezas dignas de ser contadas por Scheherezade. Escudriñamos en los vicios terribles y los misterios del alma y otros espacios siderales. Dentro de la constelacion de la ficción, en realidad, las palabras nos transforman.

En las novelas, la creencia es más fuerte que el conocimiento. Evocaciones, actos de fe, los relatos permanecen con nosotros si tienen fuerza persuasiva. Son mentiras en el espacio de la realidad pero tan reales en el espacio de la imaginación que es también nuestro espacio, impulso creativo, la ensoñación de los deseos frustrados que nos hacen hermosos y malditos o en la epifania del escritor hasta podemos ser escarabajos: seres enclaustrados en la cárcel del tormento frente al mundo real impasible. Son los artilugios de la escritura, recursos para moldear el destino.

En las novelas el invento es arte, si hacen creíbles las mentiras. Mejor: la narrativa literaria es el arte de entrecruzar la realidad con eso que somos, con lo que quisiéramos ser y lo que jamás podremos ser. Hermosa ironía: la ficción literaria también revela la mentira de nuestras vidas.

Estoy de acuerdo con Umberto Eco y Jean-Claude Carriére: “Nadie acabará con los libros”, y no me refiero al formato sino al registro de las historias, vale decir, de nuestras historias. Y en tal sentido de la memoria de lo que también somos; la epifanía de seres complejos; asperos, secos, extravagantres y discretos que nos miramos en la escritura portentosa. Nadie acabará con los libros, digo, a no ser que nosotros acabemos con nosotros mismos.

 

Dijo Borges en una de sus célebres relatos: “Una dispersa dinastía de solitarios ha cambiado la faz del mundo”. Así pienso en los escritores de novelas, en hombres y mujeres solitarios que al dejar en su obra las reminiscencias de su propia humanidad nos revelan a nosotros mismos. Es una revelación que implica libertad sea cual sea la circunstancia, porque ser libre signfica imaginar, proyectar y anhelar. En tal sendero, aquella dinastía azuza el ímpetu para buscar y hallar la propia identidad. Si leer es un acto personal, al hacerlo nos adentramos en la propia individualidad: nos concemos más, vaya paradoja, a través de saber de los otros, y en ese conocimiento afianzamos nuestra esencia social. Así, la literatura puede cambiar la faz de los anhelos del hombre.

Todo esto pensé al ver a la prensa sensacionalista resaltando la vida privada de uno de esos solitarios de la dinastía de la que habla Borges. Entiendo: la faz del mundo implica también los terrenos fangosos en donde unos seres enjuician al otro, hacen escarnio o se burlan de él como expiando las culpas propias en la integridad de los demás. Se trata de uno de aquellos mundos cretinos de la realidad nefanda que ya recreó Aldous Huxley, que se basa en la idea de suprimir los misterios de nuestra esencia, por ejemplo el amor y el erotismo o cualesquier otro de esos inciertos caminos empedrados de incertidumbre, por los que transitamos.

Es inevitable: al ver a esa prensa sensacionalista entrometida en la vida del escritor, pienso en Pantaleón Pantoja o en Las visitadoras juzgando a la tía Julia, la madrastra y hasta en los cuernos de don Rigoberto. O a quien sea, que puedo ser yo mismo o cualquiera de nosotros. Nada hay qué hacer, sin embargo, ni siquiera proferir sermones: el propio escritor ya habló de la sociedad del espectáculo y de las personas que también se vuelven mercancías en las empresas de los medios de comunicación.

 

Dije antes que en cada novela están las reminiscencias de quien la concibió. Desde luego, lo escribe mejor Virginia Woolf: “Cada secreto del alma de un escritor, cada experiencia de su vida, cada atributo de su mente, se hallan ampliamente escritos en sus obra”. Esos vestigios son parte de la obra, el pulso incandescente de los deseos y las frustraciones del artista, del que el lector siempre es un testigo y, a veces también, un cómplice silente. Quizá por ello, en sus propias palabras dichas hace casi 30 años, encuentro alguna explicacion para saber lo que ahora sucede con él:

“Sólo la literatura dispone de las técnicas y poderes para destilar ese delicado elixir de la vida: la verdad escondida en el corazón de las mentiras humanas”.

Comprendo: el solaz del gran público frente al enamoramiento del escritor es una de esas mentiras humanas mediante las que cada vouyerista expande la propia insatisfacción. Para mí, siempre será hermoso ver a dos viejos apretándose la mano, con el vigor incandescente de los cuerpos que se imantan, como cierta vez ocurrió, en un barco que navega con destino incierto, con Florentino Ariza y su Fermina Daza.

Sobre todo: no tengo prenda alguna para atribuirme el derecho a opinar sobre sus desvaríos amorosos y sus pasiones desenfrenadas, además se me caería la cara de vergüenza si yo mismo anduve en correrías acompañado del Sinchi, con Olga Arellano, “La brasilena” y Leonor Curinchillla, “Chuchupe”. Sí, porque muchos de sus personajes ficticios son parte de la vida en muchos rincones del planeta. Y es que, como él mismo señaló alguna vez:

“Para que una obra de ficción lo sea, ella debe añadir al mundo, a la vida, algo que antes no existía, que sólo a partir de ella y gracias a ella formará parte de la inconmensurable realidad”.

Larga vida a Mario Vargas Llosa.

 

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