El asesinato de Juárez

Este texto se publicó originalmente el 21 de agosto de 2015

“No siempre basta decir la verdad para ser creído, aun es preciso que lo que se dice parezca verosímil a la población a la que uno se dirige”, afirma Guy Durandin. De igual manera podemos aplicar esa sentencia a la mentira; aunque fraguar una siempre será más complejo que decir la verdad.

En su libro, La mentira en la propaganda política y en la publicidad, Durandin cuenta un caso del famoso nazi, inventor de rumores y experto en desinformación: Joseph Goebbels:

“Un día Goebbels fue a ver a Hitler y lo encontró loco de contento: acababa de enterarse de que un crucero británico había sido hundido frente a Trondheim (Noruega). […] Goebbels tuvo, pues, que revelar a éste que la victoria había sido puro y simple invento”.

Mucho más grave fue el libelo de la falsa conspiración de los judíos, y que sería usado por Hitler como libro de cabecera: Los protocolos de los sabios de Sion; que avivaría el fanatismo contra ese pueblo. Aún hay ingenuos que creen en su autenticidad.

Algo parecido ocurre con una novela firmada por Joel Verdeja Sousse (después será Soussa), cuyo personaje principal, Oliveria del Pozo, envenena a Benito Juárez en La Carambada. Realidad mexicana (Editorial Polis. 1941), y con ello comienza el mito de que Juárez murió con “veintiunilla”, la yerba que mata a los 21 días de ingerida.

Siete décadas y media después, como se puede ver en decenas de sitios en la red, muchos creen que Juárez fue asesinado. Esta credibilidad se la dan incluso conocedores como Francisco Martín Moreno en Las Grandes Traiciones de México (2000), de tal forma que hasta lo sigue el doctor Moisés González Navarro en su libro Polifonías sobre Benito Juárez (vol. 3. Colegio de México.2007). Sobre la invención de Verdeja escribe también Rodolfo Arroyo en Benito Juárez. ¿Muere envenenado? (Impresora del Norte. 1990). Y así una decena de libros más. También cae el historiador Alejandro Rosas, quien cree lo que circula en la web:

“Le apodaban ‘la Carambada’, pero su nombre era Oliveria del Pozo, dama de compañía de la emperatriz Carlota. Pesaba, sobre ella, la mala fama de que encabezaba una banda de salteadores de caminos y que, conservadora e imperialista, puso sus encantos al servicio del segundo imperio.

“Entonces, ’la Carambada’, con el corazón roto, decidió romper el de don Benito. Gracias a sus encantos, el 28 de junio de 1872, fue invitada, por Guillermo Prieto, a una cena en casa de Sebastián Lerdo de Tejada. A sabiendas de que el presidente Juárez sería el invitado de honor, preparó el veneno y cumplió su cometido. El 18 de julio de 1872, después de 21 días, don Benito falleció”. (“¿Quién mató a Benito Juárez?”, en la revista Quo . Especial deHistoria 2011: (http://quo.mx/2012/03/21/expediente-q/quien-mato-a-benito-juarez).

Sin embargo, una es la historia que cuenta Verdeja Sousse, y otra Valentín F. Frías (a quien se considera el padre de la historia queretana).

Verdeja, ¿escritor fantasma?

Curiosamente Verdeja Sousse no aparece en los diccionarios de escritores consultados (ni en los de literatura ni en los de historia tampoco pude obtener ningún dato de su biografía, solo una mención de su libro La era Nahoa por Ascensión H. de León Portilla en su diccionario.

Supongo que Verdeja Sousse fue un seudónimo o que, con tan poca obra, no lo tomaron en cuenta los autores de biografías y diccionarios de escritores.

En su libro, el escritor crea un personaje de prosapia. Habla su personaje:

“Mi nombre es Oliveria del Pozo. Mi madre fue pariente muy cercana del Emperador Iturbide y mi padre hijo bastardo del Conde de Moncada y de una india huachichile originaria de Pozo del Carmen, de ahí el origen de su apellido. Yo nací en la hacienda de Batan, en el año de 1842. Mi padre murió el año de 1846 combatiendo con (sic) los americanos en el ataque de Tenería. Mi madre fue horriblemente vejada por el federalista Mariano Salas, que, en connivencia con el voraz Gómez Farías, la despojaron de sus bienes.

“Mi madre se trasladó a París tan pronto pasó la invasión americana, y así pude ser internada con las monjas del Sacre Coeur. Dos años más tarde y muerta ya mi madre, conocí al padre Montes de Oca, que hoy es obispo de Tamaulipas y pariente también mío, por cuyo medio supo Maximiliano mi parentesco con Iturbide, siendo por ello nombrada dama de compañía de la Emperatriz, juntamente con las condesas de Kollonitzy y de Zichy. Ese fue el principio de todas mis desgracias” (La Carambada, pp. 16-17).

Nada menos. Si se fueron a Francia en 1849, ella tenía siete años, dos años más tarde, a la muerte de su madre, tendría nueve, y difícilmente alguien, pariente o no, la recomendaría como “dama de compañía”, y mucho menos con Maximiliano quien, en esa época, ni en sueños imaginaba que los conservadores clericales lo llamarían para gobernar el país más de una década después.

Es curioso que ella se enorgullezca de su origen pero omite el apellido de la madre, pariente de Iturbide, lo que le depararía un lugar especial, incluso un título nobiliario, ya que Maximiliano sentía admiración por el defenestrado primer emperador.

En el libro, ese origen ficticio de la “Carambada” es útil para acercarla a la corte donde se enamorará de un oficial: “José Joaquín Rodríguez, jefe de su Estado Mayor”.

No obstante, el Jefe del Estado Mayor de Fernando Maximiliano era Severo del Castillo, y ni era coronel ni era joven: era general y estaba bastante maduro. [Del Castillo sí aparece en el libro, pero como aspirante a padrino de bodas de Oliveria].

Verdeja convierte a la futura bandida en una mujer muy hermosa que despertará la lujuria de Maximiliano, como lo describe en una escena donde ella yace en su cama con poca ropa cubierta por una sábana. El austriaco, creyéndola dormida, admira sus formas. En otra ocasión el emperador entra al baño donde ella está desnuda, sin embargo, no lo rechaza, dice ella “por vanidad de que viese mis perfecciones” y le permite que él la acaricie, la bese y lo deja “que se arrodillase extático delante de mí”. (Pág.25).

A la caída de Querétaro su amante es apresado. Ella intenta verlo pero el coronel Zenea lo impide. Ella busca a Juárez en San Luis Potosí, quien le niega el indulto. Al regresar a Querétaro, su novio ha muerto por órdenes de Zenea. A partir de aquí, ella se convierte en el terror de la comarca en la espera del día de su venganza.

Forma una gavilla con el famoso Macedonio “Cucho” Montes (llamado así por una deformidad en los labios y muerto en realidad en 1840) y el “Compadre Atilano” (otro personaje queretano importante) y se cambia el nombre por el de Leonarda Medina.

Luego de cometer muchos ilícitos, en 1872 viaja la ciudad de México acompañada de Atilano a cumplir su venganza contra Juárez. En San Juan del Río un ganadero les habla de la “veintiunilla” y de que, en Nopala, Hidalgo, una vieja la prepara en brebaje para matar.

Verdeja Soussa prepara el destino para que la “Carambada” conozca a Guillermo Prieto cuando éste la chulea en un mercado de la ciudad de México. El poeta de inmediato los acerca con Sebastián Lerdo de Tejada (quien estaba en Querétaro cuando ella fue a pedir el indulto; debió recordar a esa belleza, pero no se indica nada). Son invitados a una cena con el Presidente en casa de Lerdo. Sebastián la presenta con Juárez; el Indio de Guelatao tiene excelente memoria, pero por alguna razón no la recuerda. A la desconocida, la sientan a la derecha del Presidente. Algo prácticamente imposible.

Así, el universo se confabula para que ella, ante tantos invitados, criados y guardias, le pueda poner el veneno en la copa a Juárez sin que la vean, excepto Lerdo, quien lo advierte pero no dice nada, incluso alienta a Benito a que beba. Como presidente de la Suprema Corte, sería sucesor del oaxaqueño.

Claro, todo pasaba exactamente veintiún días antes de la muerte del Patricio, si no, la yerba dejaría de llamarse “veintiunilla”.

Las mentiras de Verdeja Sousse

Un día, la bandolera es herida de cinco balazos en un enfrentamiento contra los rurales “camino de Celaya” y falleció un día después (probablemente en mayo de 1884). Pero ¿cómo se enteró Sousse que La “Carambada” asesinó a Benito Juárez? (es decir, ¿de la confesión de la moribunda?), pues porque, convenientemente, una enferma que estaba al lado la escuchó. Afirma el escritor:

“La confesión de La Carambada no la escuchó solamente el ilustrísimo Sr. D. Ramón Camacho, Obispo de Querétaro, sino también una joven profesora [ni tanto, nació en 1828] que ya estaba en franca convalecencia de una operación quirúrgica y que estaba encamada en la misma sala de la paciente (sic) y a la que ocultaba nada menos que el altar en que había sido puesto el Sagrado Depósito”.

Y sostiene:

“Es un deber mío como novelista el advertir a los lectores que lo que la protagonista refiere en su confesión al Obispo (que es un hecho real) no es una serie de anécdotas cuya autenticidad nadie ha puesto en duda y que el pueblo queretano sabe que gravitan alrededor de La Carambada, pero que nadie se había atrevido a enlazar por razón quizá de la apatía del alma mexicana”. (Pág.22).

Verdeja, con esto, indica que la moribunda le narró toda su vida al obispo, lo cual escribió luego la profesora en documentos que Verdeja halló (“nos apoderamos de los más interesantes detalles de aquella confesión”) y por eso fue posible hacer el libro. Increíble.

Verdeja se refiere a María Nestora Téllez Rendón (1828-1890), maestra y escritora queretana, conocida principalmente por su historia alegórica Staurofila. Cuando ella tenía un año de edad sufrió una enfermedad en los ojos y quedó ciega; y sí se sometió a una intervención ocular, llevada a cabo por el doctor Carmona y Valle; pero eso ocurrió en 1873, es decir, más de diez años antes de que muriera “La Carambada” [un corrido dice que murió en 1886, pero creo que fue en 1884], por lo que Nestora nunca pudo escuchar esa confesión.

Tampoco fue contemporánea de Macedonio “El Cucho” Montes, quien fue ejecutado el 17 de diciembre de 1840, frente a la fuente de “Los Ahorcados” junto a la Alameda antes de que naciera la bandolera en 1842”.

Nunca fue la “Carambada” ayudante de Carlota Amalia. María Carlota Amalia Augusta Victoria Clementina Leopoldina, tuvo veinte damas de compañía, pero en la lista oficial no aparece ninguna Oliveria (ni Leonarda).

El supuesto novio de Oliveria, “José Joaquín Rodríguez, jefe de su Estado Mayor”, no fue lo que se afirma, ya que como señalamos antes, el jefe era el general Severo del Castillo, a quien le conmutaron la pena de muerte por cárcel en San Juan de Ulúa; también le fue perdonada la vida al príncipe Salm Salm.

La “Carambada” dice en el libro que la princesa Salm Salm acudió a visitarla y la invitó a San Luis para ver a Juárez: “Al día siguiente salimos en una diligencia que debía llegar a San Luis en dos días”.

Agnes de Salm Salm (1840-1912), escribió un diario que, traducido del alemán, se publicó como: Querétaro. Apuntes del diario de la princesa Inés de Salm Salm (México.1869 después se editaría como: Diez años de mi vida.1862-1872 (Detroit. 1878).

Ahí no dice nada de una Oliveria (ni de Leonarda). Afirma sí, que la primera vez que acude a Juárez, viaja acompañada por su criada Margarita y del “Teniente coronel Azpiroz”.

La presencia de otra mujer que solicita el indulto, debió ser consignada por los testigos, como en los escritos de la esposa de Miramón, por ejemplo. Y Juárez no la olvidaría ni la pondría en su mesa años después. Otra posible mentira de Verdeja es adjudicar la muerte del novio de Leonarda a Benito Zenea. No hay registro de ello. El veracruzano Benito Santos Zenea, no era gobernador de Querétaro en 1867 (cuando mueren Maximiliano y el supuesto amante de la “Carambada” lo fue del 21 de marzo al 21 de abril de 1868. Y luego, del 17 de abril de 1873 al 15 de septiembre de 1875.

Verdeja dice que ella, a su vez, asesinó al ya gobernador Zenea de un golpe en la nuca y que lo mutiló en sus partes nobles. Él falleció de un ataque al corazón la noche del 15 de septiembre de 1875 y no hay ningún dato de la mutilación.

En otra parte del libro, cuando llega a Querétaro, ella se molesta, porque se le puso el nombre de su enemigo al famoso jardín queretano. Zenea murió cuando la obra aún no se concluía. En el libro de Verdeja, se dice que la “Carambada” era la jefa de la gavilla, sin embargo, en el periódico queretano La Sombra de Arteaga del 10 de mayo de 1884, se consigna que ella (llamada Leonarda Martínez), junto con su “amante Víctor Medina” (tal vez este apellido toma Verdeja para llamar a su personaje “Leonarda Medina”) y otros criminales, apresados el 6 mayo del mismo 1884, confiesan que el jefe era Guillermo Rodríguez “El Amito”. (Dato citado por José Martín Hurtado Gálves). Entonces era gobernador el general Rafael Olvera, y por esa época, también, fue atrapado ahí “Chucho el Roto”.

La verdadera Carambada

Valentín F. Frías (1862- 1926), considerado el padre de la historia queretana, escribió, entre otras obras, Leyendas y tradiciones queretanas (Querétaro. 1900). En la Leyenda número XIV, don Valentín cuenta (respeto la ortografía de la época):

“Leonarda (que así se llamaba nuestra Carambada) fue originaria de un pueblito de indios cercano a ésta ciudad, llamado ‘La Punta’ y cuyos vecinos, dicho sea de paso, siempre han tenido fama de ser discípulos de Caco […]Muy temprano se entregó a la crápula y los vicios, y por ende no era extraño verla en sus excursiones nocturnas en compañía de los cacos, sacándose los caballos ó bueyes de los ranchos vecinos […]

“Leonarda era chaparra, demasiado trigueña, de ancha cara con una cicatriz en el carrillo izquierdo, de pelo negro y ojos vivarachos, gorda y de levantado pecho […].

“[…] una noche salió Vicente Otero, segundo de rurales, con un piquete de estos, con objeto de aprehender a Leonarda, á la cual encontró por la hacienda de la Capilla, camino de Celaya, a orillas de esta ciudad. Inmediatamente Otero hizo fuego sobre ella y compañeros, pero sólo se logró coger á dos, pues los demás huyeron. Leonarda también fue presa é inmediatamente allí mismo se le aplicó la ley fuga, quedando tirada revocándose en su sangre. Acto continuo se condujo á los bandidos á la cárcel y el cuerpo de Leonarda fue atravesado en un burro y llevado al hospital para hacerle la autopsia. Al día siguiente los practicantes reconocieron que todavía tenía vida, y reanimándola se logró que hablara y pidiera un sacerdote, con quien se confesó detenidamente, muriendo hasta el otro día con muestras de arrepentimiento”.

Nada dice de la belleza que describe Verdeja, ni de la niñez en Paris, ni en la corte de Maximiliano; tampoco dice nada de un obispo confesor ni de ningún rumor sobre la muerte de Zenea ni de Juárez.

¿Dónde empieza el mito?

En 1900, fecha en que Valentín F. Frías publica Leyendas y tradiciones queretanas, el cuento de que una mujer envenena a Benito Juárez aún no existía. Por lo tanto, esta leyenda –iniciada por quien no entendió que, lo que hizo Joel Verdeja Sousse, era fruto de su imaginación, combinada con algunos datos reales– es posterior a 1941, después de publicarse La Carambada. Realidad mexicana (Editorial Polis. 1941). [Alguno señala que existe una edición publicada en Tepic en 1940, pero no logré ubicarla].

Por otro lado, en los corridos que cantan las hazañas de la bandolera (el que selecciona Gabriel Zaid para su Ómnibusde poesía mexicana lo fecha en 1872) nada dicen sobre Juárez y Zenea. Por ejemplo, Higinio Vásquez Santa Anna en su libro Historia de la canción MexicanaCanciones, cantares y corridos mexicanos (1931), dice que la “Carambada”, asaltaba diligencias y se burlaba de los viajeros, pero ni una palabra de los supuestos asesinatos de famosos. Juan Diego Razo Oliva, en Las mujeres de mi general: corridos de la Costa Chica y del Bajío (Revista de Literaturas Populares, julio–diciembre de 2002), apunta:

“En la primera ocasión en que Higinio Vázquez Santa Anna (1926:62) publicó el corrido de La Carambada, con letra y guión musical, no señaló su procedencia; simplemente anotó a pie de página que surgió en el estado de Querétaro, hacia 1870-1873, como canto de glorificación de una mujer que se hizo célebre por dicha región; ‘mujer de alma atravesada, varonil e intrépida, que asaltó a veces ella sola o con dos o tres de sus corifeos a las diligencias’. En la segunda ocasión (1953: II, 95-98), con el corrido, ahora sin guía melódica, publicó más datos del contexto, dio el nombre de ella y trazó rasgos de su retrato psico-físico, todo ello citando con cierta vaguedad el libro Leyendas y tradiciones queretanas, del escritor costumbrista Valentín F. Frías. Estando hoy agotada esta obra, no nos ha sido posible cotejar los textos”.

Cuando Vázquez Santa Anna publicó por primera vez su trabajo, aún no aparecía el libro de Verdeja Sousse (esto lo ignora Razo), al salir este a la luz, también engañó a Santa Anna quien, en la siguiente edición (Fiestas y costumbres mexicanas.1953), suscribe los datos apócrifos de Verdeja (ya la llama Leonarda Medina). Razo no pudo cotejar con el libro de F. Frías, pero nosotros ya vimos que lo que dice el historiador queretano sobre Leonarda no tiene nada que ver con lo que escribirá Verdeja cuarenta años más tarde.

Sigue Razo Oliva:

“Aparentemente, por disgustarle que La Carambada apareciera como jurada antijuarista y con rasgos de hermosa dama de compañía de la emperatriz Carlota en la novela del sacerdote Verdeja Soussa, cuando se editó por primera vez hacia 1978, el poeta guanajuatense Efraín Huerta hizo un comentario breve y desdeñoso de la obra, basada, según él ‘en una realidad imaginada’ (Huerta, 1978). Sin embargo, dado el antigobiernismo de esta (anti)heroína abajeña, el poeta la comparaba con Agripina Montes, de quien también se ocupó entonces”.

A pesar de que Razo señala que se trata de una “novela”, sí cree en su veracidad, por eso critica a Huerta. Ignora que esa obra de ficción existe desde 1941, por eso afirma erróneamente: “cuando se editó por primera vez hacia 1978”, lo que altera sus percepciones del asunto. Tampoco sabemos de dónde saca la información de que el autor es un sacerdote”.

La historia de Verdeja, en gran medida, sustituye a otra leyenda de moda en las primeras décadas del XX: la de que Juárez fue asesinado por masones (creada a partir del libro del presbítero Francisco Regis Planchet: La cuestión religiosa en México. Roma. 1906)

Los infartos… desde 1870

Aunado a ello, la mayoría de los que hablan de la muerte de Juárez, señalan que es a principios de 1872 cuando su corazón comienza a fallar; esto da pie para justificar el supuesto envenenamiento con “veintiunilla”.

Incluso historiadores muy respetados, como Josefina Zoraida Vázquez, afirman: “En marzo de 1872 sufrió el primer ataque al corazón. Aunque pareció superarlo […]”. (Juárez El Republicano).

En realidad el primer ataque al corazón lo sufrió Benito el 17 de octubre de 1870, y fue atendido por el doctor Ignacio Alvarado. La información que se publicó al día siguiente en El Siglo Diez y Nueve fue que el presidente tuvo una “fuerte congestión cerebral”, y el 19 del mismo mes, ese medio y El Monitor Republicanodivulgaron que Juárez había superado el trance. Posteriormente se dijo que fue “parálisis del gran simpático”. [El gran simpático es el encargado de la aceleración del ritmo cardiaco].

Este provocó temor en la Cámara de Diputados (Juárez se hallaba en funciones para el periodo 1867-1871 por lo que los legisladores solicitaron al diputado michoacano, doctor Francisco Menocal, que valorara la enfermedad de Benito Pablo. El diagnóstico fue que su estado era grave. Los síntomas se repitieron el 24 de octubre, pero con menor gravedad.

Algunos biógrafos consideran que el problema de Juárez se debió a que, en abril de 1870, se recrudeció el padecimiento de su esposa: Margarita Eustaquia tenía cáncer y su fin estaba pronto. Al indio oaxaqueño le dieron otros ataques antes de que falleciera su mujer (2 de enero de 1871). Es probable que Benito tuviera otros ataques en 1871, que no vieron la luz pública ese año porque el Presidente lo había prohibido.

Un día antes de su cumpleaños, el 20 de marzo de 1872, Juárez tuvo otro cuadro de riesgo. El doctor Alvarado diagnosticó “angina de pecho”; sin embargo el oaxaqueño superó el trastorno. Según su hijo Benito, ese ataque fue tan fuerte que “cuando volvió en sí no se daba cuenta absolutamente de lo que había pasado”. Los ataques siguieron. (Si la ”veintiunilla” le fue suministrada desde 1870, actuaba con una lentitud desesperante).

El 8 de julio, mientras Juárez hablaba con el abogado Emilio Velasco, de nuevo presentó dolores en el corazón; como otras veces, lo superó. El 17 de ese mes, Darío Balandrano, redactor en jefe del Diario Oficial, le leía al Presidente las notas más importantes de los diarios cuando Juárez se comenzó a sentir mal. Por la noche despertó con fuertes náuseas y algunos dolores, pero no permitió que su hijo Benito, que dormía en la misma recámara, avisara a nadie.

Al día siguiente por la noche “a las once y media en punto, sin agonía […], exhaló el último suspiro… El Dr. Alvarado dijo esta sola palabra: —¡Acabó!” (El Federalista, 20 de julio de 1872).

El Benemérito falleció de un infarto agudo al miocardio, término que aún no se usaba en ese siglo, por lo que en el acta de defunción se especifica “Neurosis del gran simpático” como causa de la muerte.

Infarto contra veneno

María del Carmen Vázquez Mantecón, en Muerte y vida eterna de Benito Juárez: El deceso, sus rituales y su memoria (México, UNAM. 2006), en el capítulo muy bien titulado “Infarto contra veneno”, señala que:

“Toda la prensa liberal que difundió la noticia, fuera fiel seguidora del presidente o no, se refirió a esos motivos [neurosis del gran simpático] como los que habrían ocasionado su muerte—y agrega algo importante—: fue también la versión de los abiertos oposicionistas La idea católica y la Voz de México.

“Sin embargo ha corrido la versión de que Benito Juárez falleció envenenado —continúa María del Carmen—. De hecho se puede comprobar que ésta es la hipótesis más gustada de repetir cuando se toca el tema de las causa del deceso del Benemérito”. (Pág.20).

Vázquez Mantecón se refiere a La cuestión religiosa en Mexico de Planchet: “editado por primera vez en 1906 —en 2003 había alcanzado siete reimpresiones— encontramos una breve historia de la masonería en México y de paso un ataque absoluto a todas las actividades políticas emprendidas por Benito Juárez. Sostiene, con respecto a la muerte repentina del Benemérito, que hay ‘fuertes indicios’ de que la causó el veneno que le suministraron los del bando masónico-liberal. Sin embargo, él mismo es consciente de no tener pruebas ‘plenas y verdaderas’, sino solo conjeturas que cree encontrar en la prensa que, bien leídas, no dicen ni prueban nada a pesar de que él insista en que ‘tiene la certeza moral’ de que Juárez fue víctima de un asesinato masónico” (Pág.20).

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