Cinque Terre

Marco Levario Turcott

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Director de etcétera

Carlos Briseño Torres

Ya perdí la cuenta de las veces que he borrado en la pantalla el inicio de estas líneas. No sé cómo hacerlo o no tengo los arrestos para estructurar las estampas que se entrecruzan en la mente y en el ánimo.


Por eso es que resuelvo omitir el primer párrafo en el que habría podido recordar cuando lo conocí hace cinco años, y delinear su perfil como el de un hombre de espíritu vigoroso, de semblante rudo y de más acciones que palabras. Pero ésa era, sin duda, la primera capa de su piel, porque en la otra donde se halla el alma el rostro ceñudo se volvía ternura con sus hijos, se iluminaba también con su mujer y se transformaba del todo frente a su madre, a quien prodigaba admiración y un amor entrañable.


Carlos Briseño Torres y yo no fuimos amigos, pero nos unió una serie de circunstancias que hicieron inevitable nuestro aprecio. La primera fue cuando en julio de 2008 me invitó a impulsar reformas en la Universidad de Guadalajara, en particular, dentro de la vertiente de la transparencia en todas las áreas de la institución. La segunda fue cuando enfrentamos juntos la resistencia que eso generó; la tercera se suscitó cuando, el 29 de agosto de ese año, fue depuesto como Rector General, y la cuarta ocurrió cuando emprendimos la ruta legal para intentar que regresara al cargo. Si la evaluación de ese travesía se hiciera con el método de comparar intenciones con logros, la conclusión es que fuimos avasallados. Perdimos en toda la línea, y no sólo por la oposición de los detentadores privados de esa institución pública, que fue decisiva, sino porque no supimos, como lo dije al diario Mural en noviembre de 2008, tender los puentes de comunicación necesarios para una empresa de reforma como la que necesita la segunda institución más importante del país.


Buena parte de los medios de comunicación de Jalisco no creyeron en su disposición, y no lo hicieron porque, en efecto, pesó la trayectoria de Carlos Briseño que se desarrolló dentro de la nomenclatura del poder universitario. En mi opinión, y así lo expresé durante todo este trayecto, la ruta de cambios en la Universidad de Guadalajara será posible o no con los actores académicos y políticos que tiene, o sea, con los realmente existentes, no con entes o seres ideales y, sobre todo, sin el oprobio entre unos y otros. La descalificación que recibió Carlos Briseño fue brutal. Más aún, las injustas acusaciones de las que fue objeto, al igual que las que vivimos sus colaboradores más cercanos, dinamitó cualquier posibilidad de entendimiento entre nosotros y los otros.


Desde el 29 de agosto hasta la fecha, en los medios de comunicación de Jalisco, y en al menos un par de diarios del Distrito Federal, se halla el registro de distintas otras vicisitudes que fueron minando nuestro ánimo aunque al mismo tiempo moldeaban un temple emocional que le admiro a Carlos Briseño Torres, por ejemplo cuando al ser depuesto, todavía en su oficina optó antes por comerse una torta para luego tomar la mejor decisión que fue salir para evitar un enfrentamiento y colocarse en la oposición al instante, sin aspavientos ni frases grandilocuentes. Y desde ese momento, respeto también su convicción de que saldríamos adelante y ésa fue inquebrantable hasta el final (entre otras razones, por eso un periodista de La Jornada Jalisco lo llamó “El Quijote de la Barca”).


Pero un hombre con tanto amor por su familia y sus amigos no podía ser incólume frente a sus errores, ni a los de los otros ni a los excesos que sufrió ni a la soledad ni a dejar de ser quien fue, dentro de la parafernalia y los beneficios que suscita la imagen del poder. Entiendo el corazón cada vez más aridecido de Carlos Briseño y recuerdo que nuestro refugio fueron las oficinas de Libertad, su casa o las tortas ahogadas donde secábamos la ansiedad, el dolor, la impotencia y también, claro, nuestras encendidas discusiones. Nunca formé parte de la legión de aduladores que le rodearon y ahora menos en su ausencia. Me sorprende y me conmueve mucho su partida, pero el dolor se acompaña con la satisfacción de haber estado a su lado, en una causa que incluso a él lo rebasó. Pero sobre todo con el gusto de haber conocido a un hombre echao pa' lante, franco hasta el insulto y perseverante hasta la ingenuidad. Un hombre necio y noble al mismo tiempo, que no se arredró ante nada.


Me quedo entonces con su imagen de cabello negro rasurado y sus trajes con fragancia de perfume escandaloso, me quedo en los recuerdos con su pésima pronunciación del inglés y su afición por Internet, con la única y última borrachera que nos pusimos juntos, con su canto de "A mi manera" y sus ojos chispeantes por unas faldas seductoras. Guardo para siempre su alegría y su firmeza, su cariño a su mujer, a sus hijos, a sus hermanos y a sus amigos; les mando un abrazo fuerte. Incluso me quedo con su respeto por el adversario, como debe ser. Me quedo, en fin, con la lucha formidable que dimos (y con la derrota también).


Ya dije antes que según el método que compara dichos con hechos, no cabe duda: perdimos en la apuesta de reforma a la Universidad de Guadalajara. Pero también creo que hay otro manera de evaluar el asunto y es que, al menos para mí, es ya incontrovertible la necesidad de que haya cambios.


Primero porque los poderes fácticos no deben someter a las instituciones en el entorno de la democracia ni ser el negocio privado de una función pública central como lo es la educación. Y segundo, porque precisamente la razón de ser de una insititución como ésa es la academia y ahí, en dicha esfera, se requiere un nuevo andamiaje que atienda estructuras y prácticas educativas novedosas. Junto con eso creo que, además, ha quedado dramáticamente claro que la injuria o la descalificación del otro no es la manera para procesar las diferencias entre los universitarios ni entre nadie.


Carlos Briseño Torres entregó su vida a la Universidad de Guadalajara. Literalmente. Y con su vida rota, también se va un pedazo de la mía.

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