Cinque Terre

Aurelio Contreras Moreno

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Periodista, autor de Rúbrica.

Aute

Este texto fue publicado el 4 de octubre de 2013

Reivindico el espejismo
de intentar ser uno mismo 
Ese viaje hacia la nada 
que consiste en la certeza 
de encontrar en tu mirada 
la belleza…

La belleza. Luis Eduardo Aute

Conocí tarde la obra de Luis Eduardo Aute, hacia 1996, siendo universitario, cuando visitó México para presentar uno de los mejores discos de su carrera: “Alevosía”.

Las únicas canciones que habría escuchado antes de eso probablemente fueron “Aleluya no. 1”, un tema de protesta de mitad de los 60 con el cual debutó en el mundo de la música, y el gran éxito “Rosas en el mar”, pero interpretado por la cantante española Massiel, que seguramente sonaron alguna vez en la radio en casa de mis padres.

En aquel entonces, ya había descubierto la ironía mordaz de Joaquín Sabina, la crítica social aderezada con poesía de Joan Manuel Serrat, el compromiso revolucionario de Silvio Rodríguez, el romanticismo militante de Pablo Milanés, y la alegría desbordante de Ana Belén y Víctor Manuel San José, la pléyade de ídolos que eran interpretados en las peñas de lo que se clasificaba en conjunto como música de trova.

Pero Aute es diferente. Su lirismo descarnado y sutil a la vez, me cautivó. Sólo él puede hacer que una canción dedicada al onanismo (“Dentro”) se convierta en una oda a la pasión carnal. O describir la belleza con el hermoso desgarro de inconformidad con que lo hace en el tema que lleva ese mismo nombre (“La belleza”). U homenajear a sus ídolos de juventud de la manera tierna, sentida o vibrante con que lo lleva a cabo en “Slowly”, “Imaginación” y “Hemingway delira”.

Foto: Dani Pozo / El Español

Escuchar las canciones de Aute cambió mi forma de entender a los cantautores y su mensaje, y las incorporé al soundtrack de mi vida naturalmente. “Sin tu latido” me acompañó al llorar la pérdida de un amor obsesionado. “Me va la vida en ello” me hizo atreverme a ofrecer el corazón en sacrificio. Con “Las cuatro y diez” flirtee con aquella muchacha de ojos pícaros. “Anda” me inspiró a enamorarme sin contratiempo. Y cada que lo escucho cantar “Al alba”, me estremezco hasta las lágrimas, con una emoción que me truena los huesos.

En el transcurso de los últimos diez años, he tenido el honor de entrevistar a Luis Eduardo Aute en tres ocasiones, la más reciente hace poco, durante su participación en el Hay Festival Xalapa 2013. Sus convicciones son más firmes que nunca. Su calidez no se apaga. Y no es ingenuo. Se queja del estado de cosas. “Hay más espinas que rosas en el mar”, dice con voz pausada cuando opina sobre la desesperanza de este mundo moderno que sigue “buscando la razón de tanta falsedad”.

Pero no se desalienta. Está convencido de que, como en su generación, en estos tiempos hay una nueva utopía que alcanzar, que nos lleve a “encontrar una manera de sobrevivir que tenga que ver con el sentido de la vida”.

Estas líneas son un pequeño tributo a un hombre que prefiere no pensar en lo que su música, sus letras y su figura representan en la vida de muchísimas personas que reímos, lloramos, amamos, nos enamoramos y desenamoramos mientras lo escuchamos cantar. “Algunos me dicen ¿sabes que has sido la banda sonora de mi vida? Y me asusta, espero que sea una buena película, que el final haya sido feliz”, afirmó en una de esas entrevistas, que me han marcado en lo profesional y lo personal.

Luis Eduardo, ¡cómo no quererte con alevosía!

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