Cinque Terre

Marco Levario Turcott

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Director de etcétera

Apuntes literarios

Este articulo fue publicado originalmente en la edición 181 (diciembre de 2015) de la revista impresa, lo abrimos de manera temporal para su consulta.


Coincido con Miguel de Unamuno, y con quienes lo dijeron antes y después de él:
“Puede uno tener un gran talento, lo que llamamos un gran talento, y ser un estúpido de sentimiento y hasta un imbécil moral”.

Acudo a Unamuno debido a su énfasis en “el hombre de carne y hueso” y, entonces, en las contradicciones y tensiones humanas que hay entre la búsqueda de la trascendencia –vale decir, la inmortalidad– que es tan añeja como el hombre mismo, y nuestra propia naturaleza: necesidades intelectuales, afectivas, sexuales y en general volitivas. Esas contradicciones y tensiones se expresan sobre la idea de que, como advirtiera Spinoza, cada ser se esfuerza en sí mismo.

Tengo en la mente a Víctor Hugo, pero no al universo literario con el que bruñó su nombre en la posteridad. Lo intento asir de carne y hueso, y en mi cuaderno de apuntes registro que su sentido de la trascendencia le hizo creer fervorosamente que tenía la facultad de hablar con los grandes personajes de la historia. De ello me ocuparé al final, sólo añado lo que subrayara Mario Vargas Llosa en La tentación de lo imposible: es una gran coincidencia: los espíritus de los grandes iniciados hablaban el mismo idioma del dramaturgo besanzonés y siempre coincidieron con sus posturas políticas.

Tal es el hombre concreto y su ilusión de inmortalidad, que signa Unanumo al ser humano, en particular a quienes tienen gran talento:
Hugo creyó ser el centro del universo y un clarividente, es decir, tener una superioridad respecto de los demás que, sin embargo, no correspondía con su babeo de verraco frente a doncellas y sirvientas a las que pagaba según sus favores. Pero detengámonos, la trascendencia del poeta está en su obra, en su capacidad para construir una realidad ficticia, una épica donde quien la narra, digamos Los miserables, es un dios inventado por el escritor, quien asigna el perfil y los actos de cada personaje (ese dios que proyecta al narrador que, de este modo, se desperdiga en la creación del universo literario). No interesa que en la novela Hugo condene la prostitución mientras que en la vida privada la aprovechara, lo que importa es que la órbita literaria lo cinceló para la posteridad. Tampoco tiene efecto que en la política, el artista estuviera siempre a lado de los vencedores, lo que interesa es que, libros como el mencionado o Nuestra señora de París lo nimbaron como emblema de la República y uno de los hombres de su siglo que lograron la posteridad.

Es el deseo ferviente de inmortalidad lo que también signó la vida de León Tolstoi, que escribió su diario junto a un secretario para dejar el legado de su estancia entre los vivos. El diario oficial, advierto, porque el otro lo empuñó en secreto y es donde constan, entre otras tantas cuitas, sus tormentos por la distancia existente entre los mandatos religiosos y su vida de lujos y dispendio.

Tolstoi parece una marioneta de teatro o un personaje de novela, como en Los Miserables: su comportamiento con Sofía su esposa, que su hija Tatiana relata con una crudeza insospechada pues da la razón al padre porque su madre no quiso obedecer todo lo que Tolstoi le mandató; Tatiana describe amorosamente a su padre mientras detalla que él nunca quiso que Sofía tuviera ayuda para atender a nueve hijos, a quienes debió amamantar sin nodriza ni cualquier otro tipo de auxilio. No obstante la sevicia del escritor, Tatiana afirma que su madre tuvo la culpa de los tormentos e incluso de la muerte de Tolstoi por no acatar las órdenes de su consorte. Le conturbó el alma y le hizo pasar muy mal sus años provectos, según esa versión. Como sea, pese a cualquier cosa que se diga, el autor de Guerra y Paz ostenta el blasón de ser, por su labor narrativa, uno de los más conspicuos defensores de la libertad de la mujer y uno de los grandes creadores del siglo XIX.

Naturalmente, el ser de carne y hueso no es un ser aislado, solo, diciéndolo con Ortega y Gasset, también está su circunstancia. En tal circunstancia, acota Rosa Montero, “Tal vez en realidad todos los escritores escribamos para cauterizar con nuestras palabras los impensables e insoportables silencios de la infancia”. En otra ruta E. M. Cioran advierte: “Escribo para aliviarme”, y lo he hecho para “injuriar a la vida y para injuriarme. ¿Resultado? Me he soportado mejor y he soportado mejor la vida”.

Está claro que aquellas anotaciones no son sentencias omniabarcadoras, pero estoy seguro de que no podemos explicar la obra sin conocer la infancia de los escritores. No se entiende el trabajo periodístico, poético y literario de Edgar Allan Poe, sin la falta que le hizo su madre y sin las desaveniencias que tuvo con sus padres adoptivos; sin la orfandad infantil y la falta de apoyo para emprender sus proyecto (entre otros anhelos, quiso fundar un periódico). Leo “El Cuervo” –convencido de que la trascendencia de los escritores se sitúa en los lectores– como un llanto amargo por la pérdida del otro, ignoro si ese otro es lo que nunca tuvo.

Creo que las anotaciones de Montero y Ciorán resultan reveladoras si atisbamos en James Joyce (paso por alto la reiterada paradoja de quien, exiliado de Dublín, puso de relieve la cultura de su ciudad en todo el mundo). Aludo al Retrato de un artista adolescente: al infante Stephen arrebujado en las sábanas casi clareando el alba, a quien despiertan sus padres abruptamente porque el casero los había echado por no pagar la renta; pienso en la algarada de ruidos de la escuela, en la burla dirigida al niño que perdió las gafas porque otro niño más grande quiso mostrar su superioridad a punta de puñetazos como lo hizo también un cura al pegarle en las manos con una tableta porque Stephen no llevaba puestas su gafas en el aula.

Trato de comprenderlo. Imagino los primeros trazos del libro de Joyce, en aquella búsqueda para cauterizar sus heridas, el alcoholismo de su padre, la rigidez religiosa y su peregrinar rumbo a la adolescencia, entre el remordimiento celestial y los apetitos de la carne. De ahí que quizá por eso las atmósferas de Joyce siempre producen sentimientos, olores y sabores, y enseguida que redacto esto lo pienso, primero, reconociendo en 1903 que aun era joven para escribir el Retrato de un artista adolescente y diez años después lo imagino deslizando la mano sobre sus propias anotaciones para sanar las heridas explorando sus recuerdos –entre otros, esa promesa del paraíso eterno si aceptaba ser cura– y, así, perfilando su propia trascendencia.

Quién sabe cómo, sólo supo que fue un proceso, pero ese joven irlandés ya no sentía el fervor religioso de antaño; y su descontento intelectual con las promesas y las amenazas celestiales, lo profería con palabras fuertes que aceptaban, más aún, amaban a su propio ser corrompido por las concupiscencias de la carne y los otros placeres de la vida. Él sabía que era un artista y que su fin era crear lo bello –lograrlo o no era cielo de otras aves– para lo cual abrió su corazón propicio a la amargura y aprendió a diluirlo en su escritura, a fluir en torno de sus personajes y la acción, “como las olas de un mar vital”, y así evaporar en las palabras su propia existencia y luego mirar su obra desde lejos, mientras fuma tabaco, bebe whisky, escupe al suelo y profiere groserías. La mañana estaba inundada de sol cuando ese artista adolescente concluyó su propio retrato: ahí se mira a Stephen convertirse en James Joyce. Y es que tenía ya la seguridad de que él, nada más quería ser escritor, un hombre de carne y hueso, que en sus propias palabras volvió a mirar su rostro infantil y tal vez, sólo tal vez, entonces rió cuando se burlaron del niño de las gafas, del hijo de un alcohólico o del hombre que ensució sus manos en las posaderas de aquella mujer que un día en la playa, le desguazó el corazón.
No tengo duda: al escribir, Joyce no sólo soportó mejor su vida sino que se develó así mismo.

II

El tormento es un fardo asfixiante. Lo traduzco como esas grietas del alma que describiera Joyce: resuman y supuran una corriente emponzoñada. Naturalmente cada quien tiene sus propias hendiduras a cual más profundas e infectadas. En el océano infinito de esas pulsiones quién sabe qué habrán pensado o sentido, por ejemplo Kafka poco antes de morir cuando quiso quemar su obra, o Borges que lo hizo con sus primeros libros. (Me parece que en otra dimensión están los impulsos de Flaubert –sí, el mismo que cierta ocasión dijo que si Balzac hubiera sabido escribir habría sido una mejor persona– cuando quiso quemar todos los ejemplares de su obra maestra al no resistir las acusaciones en su contra de promover la pornografía con Madame Bovary, y de ofender la moral pública y a la iglesia. Esto ejemplifica, en todo caso, que cada quien trata de elegir su trascendencia, trata, reitero, porque Flaubert trascendió gracias a la señora Bovary).

Entre aquellos artistas, quedémonos unos instantes con el escritor checo.
¿Es posible comprender El castillo, Metamorfosis y más aún Carta al padre sin las llagas que le dejó a Franz Kafka su padre implacable y autoritario? La respuesta es obvia, no hay musas sino dolor y eso acicatea a escribir, y a sentir que dentro de la vida rutinaria cualquier día alguien puede amanecer como un insecto o perderse en el laberinto de los sueños por la burocracia de la vida, y cuando el narrador fluye en sus historias también se funde en ellas: no extraña que en algún momento él mismo sea, digamos, algún escarabajo descolorido, el ser anónimo perdido en la mecánica social o el huérfano emocional al que casi siempre le duele la cabeza, que no concilia el sueño e ignora, y por ello se angustia, si desvaría o en su cabeza confabula la siguiente narración. De ahí que podría creerse que cuando Kafka intentó quemar su trabajo eso es lo que quería hacer con su vida y toda la hez social que a él lo carcomía. Repito: significaba incendiarse él, y a sus escritos, muchos de los cuales subrayan al mundo indiferente. Pero esa es una faceta entre otras más, porque el universo que delinea el yo del escritor es más vasto y complejo.

Es la carne y son los huesos de los escritores. Cada quien sus circunstancias, su humanidad. No es lo mismo necesitar el consejo del padre en lugar de la orden impacible y agresiva, que odiar a la madre y proferirlo sin tapujos, como lo hizo Hemingway; tampoco es igual morir de tuberculosis como el escritor praguense, que estallarse la cabeza con una escopeta desde la barbilla, como lo hizo el autor de El Viejo y el mar. Los matices nos distinguen: Hemingway odiaba a la madre porque le insistió a tocar el violonchelo y desechó a sus esposas como objeto de consumo para evitar ser él quien fuera abandonado, mas, con gran corazón religioso, donó al santuario de la Virgen en Cuba oriental –donde entonces vivía– todo el dinero que obtuvo del Premio Nobel.
Vale la pena transcribir a Kundera:

“Cada uno de nosotros teme desaparecer desoído y desapercibido en un universo indiferente y por eso
quiere transformarse a tiempo en un universo de palabras”.
Escribir es crear un universo alternativo –una especie de fuga a la fantasía– y ser leído implica la inmortalidad en el universo real.

Pensemos en Charles Lutwidge Dodgson, un individuo tartamudo, sordo de un oído y muy probablemente ultrajado por algún adulto durante las noches de su infancia escolar, debido a lo cual optó por cambiarse hasta el nombre, ser Lewis Carroll y escribir Alicia en el país de las maravillas y Alicia a través del espejo.

El taciturno y solitario sir Lutwidge trascendió desde diferentes ángulos gracias a su universo ficticio (hago de lado su afición por conseguir la posteridad suya y de sus nínfulas, a través de la fotografía). Alice Liddell de once años, le pidió escribir la narración que lo haría famoso, él se la regaló en la siguiente navidad y eso implicó algo más que un legajo de papeles, Liddell vivió toda su vida disfrutando de las regalías del libro; también trascendió porque si él consumía láudano, las fantasías de Alice eran más psicodélicas gracias al trozo de setas que Lewis le hizo comer en su universo literario que se expande hasta nuestros días, como si fuera una de esas grandes explosiones que integran al universo y sus galaxias.

¿Tiene algo que ver todo esto con la ética? No lo creo, la moral no es ni puede ser una ley universal, como quería Kant; en todo caso podríamos cobijarnos en Hegel, reconocer que el absoluto está en nosotros y, en ese camino junto con Aristóteles proclamar a la moral como la acción humana que busca la libertad y la felicidad, esa fue la que cinceló para sí Lewis Carrol.

III

Durante casi toda su vida, Goethe fue un cortesano, pero eso no descalificó su obra por más y que, coincidiendo otra vez con Vargas Llosa, en cualquier ficción pueden rastrearse las vivencias de quien la fraguó. En Fausto hay rastros claros de la vida del escritor, aunque el narrador sea un ser hecho de palabras, vale decir un personaje inventado. Realidad y ficción, los derroteros de la existencia que inspiran para fraguar senderos de búsqueda y situar la vida misma en otra dimensión.

Goethe renunció a pensar en el pensamiento que pretende comprender al mundo, por eso es que detestó a Voltaire aunque, en la esfera del arte, tradujo varias tragedias y comedias del poeta; lo consideró el mejor escritor francés hasta el momento. En contraste, Goethe pretendió razonar mediante sus sentidos la percepción de la naturaleza del hombre y, en consecuencia, simpatizó, con el Contrato Social de Jean-Jacques Rosusseau, como documenta Alfonso Reyes en su conocida biografía. Otro rasgo del poeta pionero del romanticismo es cuando él mismo se describió desde muy joven y hasta cuando era anciano de esta manera: “Tengo mucho de camaleón”, y eso le angustió. Al grado de temer que su vida podría consumir su obra. La vida es dolor porque es deseo, ya lo dijo alguna vez Schopenhauer, y en el poeta el anhelo de escribir se contrapuso a la fascinación por la alta aristrocracia. Así lo vio Alfonso Reyes: “El dolor, por magia del arte aprende a participar del gozo”. La trascendencia literaria de Goethe desemboca de esa tensión.

El camaleón cambió de color cuando señaló que el ansia de conocimiento pudre el alma tras haber estudiado precisamente a los colores –quiso contradecir a Isaac Newton (tan admirado por Voltaire)– y cambió de color en las circunstancias amatorias tantas veces como le dictaran la conveniencia, los impulsos de la carne o como se le agotaran la fantasía frente a la brutal vida cotidiana.
No obstante, el sendero amatorio, es decir, su vida, no consumió su obra sino estimuló las letras de Saludos y adioses, una de sus primeras grandes narraciones, que se comprende por el abandonó de Goethe a su amada Lili en pos del príncipe Carlos Augusto, a quien le rindió “mi servidumbre voluntaria”.
Lo dijo el mismo artista: “Mis libros son fragmentos de una gran confesión”. Y así lo han dicho otros, como Thomas Mann después de él: “En realidad cada obra constituye, ciertamente, una realización fragmentaria, pero cerrada en sí misma, de nuestro ser”.

A otras tragedias del corazón se deben, digamos, El capricho del enamorado y Las cuitas del joven Werther, pero sin duda su autorretrato no está en la biografía que Goethe escribió para ser eterno –en términos parecidos a lo que pretendió Tolstoi–. Su biografía se encuentra en Fausto: en aquella inquietud por la trascendencia que machacó Unamuno, en el caso de Goethe la búsqueda de la eterna juventud, en particular, a través de las mujeres (a quienes veneró más que a cualquier otro prodigio de la naturaleza su enlace con Cristina, la chica “ignorante encantadora”, cuando él tenía 57 años y ella 23 en una ruta vertiginosa que lo condujo al desaforado deseo de comprometer sus vahos provectos de 72 años a Ulrika, una niña de diecisiete, empresa a la que le ayudó su amigo el archiduque, quien le ofreció una jugosa renta vitalicia al momento de enviudar. Así describe el desenlace de este episodio Rosa Montero: “Ulrika no se dejó comprar. Es decir, hizo lo contrario de lo que había hecho Goethe en su juventud”.

En la urdimbre de la obra de su vida, no cabe duda: Goethe es Fausto. Lo es desde el niño que le escribe a su abuela que esas son las primeras letras que recibe de él pero que pronto su pluma tendrá más destreza, hasta el ser conmovido porque Napoleón le dijera “Usted es un hombre, señor Goethe”; lo mismo el adolescente que quiso desentrañar al mundo que el poeta conmovido que le agradece a Schiller, su gran amigo, el impulso para concluir aquel boceto de su vida que había empezado cincuenta años atrás. Fausto es el ser arrepentido por el ansia de saber que carcome el alma, el eterno enamorado de la mujer como expresión de su amor propio y el frívolo individuo que se hinca y quita el sombrero en señal de cortesía o vasallaje. Goethe es quien prefiere la injusticia que el desorden. También el que disfrutó casi hasta el llanto a ese milagro al piano llamado Mozart de tan solo siete años, el que se impresionó con el ardor de Beethoven (a quien decepcionó por su cortesanía). Así, es inevitable citar a Fausto: “con todo eso no podrás menos que confesar que tu viste los más grandes personajes de tu tiempo, que en proezas rivalizaste con el más ilustre y que, augusto como un semidiós, pasaste los días de tu vida”.Y no solo eso: Das Veilchen (La violeta) fue compuesta por Mozart a partir de un poema de Goethe.

Me gusta ese perfil de Goethe porque, a diferencia de Tolstoi y Víctor Hugo, él no buscó su purificación en su obra. Y aún por algo más, lo detalla profusamente Alain Finkielkraut en La derrota del pensamiento, porque Goethe avistó que:
“Nos encaminamos hacía una época de literatura universal, y cada uno de nosotros debe empeñarse en acelerar el advenimiento de esa época”.
De ahí que Goethe trazara así su propia trascendencia:
“Como hombre, como ciudadano, el poeta amara su patria; pero la patria de su fuerza y de su acción poéticas son la Bondad, la Nobleza, la Belleza, que no están ligadas a ninguna provincia en especial, a ningún país especial que él toma y forma allí donde los encuentra”.

En el Libro de la risa y el olvido, Milan Kundera recuerda esta pregunta de Goethe: “¿vive el hombre cuando los demás viven?” y luego agrega que en esa pregunta se esconde el secreto de toda literatura: “Al escribir libros, el hombre se transforma en universo”. No hay duda: Fausto es universal y acaso por eso, en uno de esos escondrijos de la literatura, veo ahora mismo a Mefistófeles moviéndose agitado de un lado a otro mientras promete a un escritor la fuente de la eterna juventud.
Como quiera que sea, en sus artilugios para crear otra vida, el poeta develó la suya propia y al develar su propia vida en su obra trascendió en la literatura universal. Como escribiera Alain Finkielkraut:
“Con la idea de literatura mundial, el propio Goethe no hacía más que reivindicar para las más bellas obras humanas el privilegio de universalidad reservado en otra época a la palabra divina”.
Larga vida a Goethe.

IV

A veces los narradores no sólo crean universos paralelos sino que incluso inventan su propia imagen: por ejemplo Óscar Wilde, un dandy que en sus atavíos y su refinamiento denostaba a hombres y mujeres mediocres, grises, al igualitarismo burgués del siglo XIX, en particular a la sociedad inglesa. El joven escritor quiso vivir el instante con total intensidad, diseñar su vida como si fuera una obra de arte, aunque al final de su vida se observara a sí mismo en el retrato de un hombre destrozado por el egoísmo y la frivolidad, que se llamó Dorian Grey.
En la cárcel sintió su imagen diluida; condenado a dos años de trabajo forzado por sodomía, Wilde escribe De Profundis, la conmovedora carta dirigida a Lord Alfred Douglas. En ésta, el escritor le reclama “Yo había sido creado para otras cosas”, pero ello no sucedió por el extravió que le significo su amor que ni siquiera podría ser mencionado y, sobre todo, porque ese amor no fue recompensado, sino, en todo caso, acicateado para modelar la vida del señor Douglas, tan deslumbrado por los buenos vinos y las comidas exquisitas: “Pediste sin delicadeza, y recibiste sin gratitud”, llora el poeta al del corazón aridecido.

No obstante, Wilde vio en esas relaciones “no sólo la mano del destino sino de la fatalidad”, y al destino se entregó como un ruiseñor que ensarta su corazón en la espina de la rosa. Y con pocas muestras de solidaridad porque, en esos tiempos era más fácil defender a un judío que a un homosexual y por eso Zola fue un entusiasta promotor de lo primero y un silente sin vergüenza de lo segundo (igual que Henry James). Como sea, es aquella sociedad de doble moral la que encendió en su hoguera a quien sólo quiso disfrutar de la finura de las ropas y los viajes extravagantes, así como construir su mundo (aunque haya sido incluso tan egoísta para casarse por dinero con Constance Lloyd, hija de un consejero de la reina, para con sus generosas dotes ayudarse y complacer a quien estaba con él por su fama y su dinero).

Dijo Julio Cortázar durante una de sus conferencias de Berkeley: “La novela es ese gran combate que libra el escritor consigo mismo porque hay en ella todo un mundo, todo un universo en que se debaten juegos capitales del destino… la literatura como indagación del destino humano”. Entre esos senderos, prosigue, lo real pasa a ser fantástico y lo fantástico pasa a ser real. Independientemente de que al padre de los cronopios abrió la posibilidad de que El retrato de Dorian Grey fuera una mala novela (que sin embargo a él le fascinaba), la narrativa delinea el individualismo acendrado, la decadencia de la mentira y el arte como una ruta de salvación al propio egoísmo.

Como sea, creo que la novela de Wilde logra una atmósfera encantatoria (para decirlo con una de las palabras inventadas por Cortázar) en donde el crápula termina aterrorizado por la vida vivida al mismo tiempo que condena la ruindad de esa sociedad implacable contra la humanidad de los otros, que se separan de la moral imperante. Pero además, cabe la ironía del destino que se cumple en la literatura porque el hermoso Grey no solamente llegaría a ser como el monstruoso amante Douglas sino como el propio Wilde. ¿Habría estado satisfecho el escritor? Creo que sí, lo creo nada mas porque a pesar de su acendrado egoísmo, Wilde amó, por encima de su propia entrega al arte, (y amó más que a él mismo hasta perderse):
He elegido, he vivido mis poemas y, aunque la juventud se fuera en días perdidos hallé mejor la corona del mirto del amante que la del laurel del poeta

V

La influencia de Wolfgan Amadeus Mozart en Ludwing van Beethoven fue tan decisiva, como la de Ígor Stravinski en Milan Kundera.
En la primera relación constato la cima aspiracional que el compositor austriaco le representó al muchacho alemán (que desde pequeño fue acicateado por su propio padre para emular las proezas del Mozart) tanto en la esfera emocional como en la creativa: las primeras de las 32 sonatas de Beethoven tienen la impronta de Mozart y luego innovó la sonata al esquema dramático y unido que le conocemos. Por cierto, cuenta la leyenda que durante un encuentro que ambos prodigios tuvieron en Viena, luego de escuchar una improvisación de Beethoven, Mozart exclamó: “¡Recuerden su nombre, este joven hará hablar al mundo!”, no sé si eso fue cierto, pero me gusta imaginar que sí, y desde esa imagen proyectar la emoción que sintió aquel hombre de ropa desaliñada y cabellos desperdigados. (Festejo la escena ahora mismo mientras oigo la Quinta sinfonía –que le debe tanto a la Sinfonía número 40 de Mozart).

Hablo de un influjo similar al que Stravisnki tuvo en Milan Kundera, un devoto de la música desde su más tierna infancia (por lo que también ha dedicado espléndidas piezas a Mozart y a Beethoven). En el caso particular del artista ruso, la revisión (y síntesis) creativa del pasado lo condujo a inventar sus propias melodías, sus armonías y sus tiempos, y ello significó una fuente de inspiración contínua en el escritor. Se entiende: la formación de Kundera en su niñez incorporó a Bach, Mozart y Beethoven, además de Janácek y más tarde Stravisnki, y ello le permitió ganarse la vida cuando sus obras fueron prohibidas en Checoslovaquia: como se sabe, además de elaborar cartas astrales para una revista donde no aparecía su nombre, Kundera al piano tocaba jazz. Una lectura pormenorizada de la admiración de Kundera por el compositor ruso se halla en Los testamentos traicionados. Ahora sólo me importa subrayar la obcecación de ambos creadores –Stravisnski y Kundera– por la originalidad que resulta de mirar las creaciones del pasado (es notoria la influencia que tiene Dostoievski en el perfil de los personajes del novelista o James Joyce en la creación de sus atmósferas, entre tantos otros creadores, como Franz Kafka y E.M.Cioran).

Milan Kundera sostiene que la originalidad de Stravinski está en que él construye, a partir de interpretar a los otros, una inventiva propia, así reinventó el ballet, por ejemplo. Algo similar ocurre con Jacques y su amo, que es un homenaje del escritor a Diderot, homenaje, repito, no reiteración o aliteración: vías alternas de interpretación, reconocimiento, polfonías con las historias de amor proyectados por el hombre del Siglo de las Luces y asimilados por Kundera desde su propia concepción de la vida y el amor (mucho más pesimista que la de Diderot, por cierto). Y ya en el camino de la influencia que he advertido anoto que La lentitud no se explica sin ese esfuerzo que en la música realizó Stravisnki (y que lo conformó como uno de los personajes más influyentes del siglo pasado). Eso es La lentitud en su estructura: hacer coincidir varias historias personales del pasado y el presente, entre el torbellino de la vida cotidiana, la peluca emblemática del romanticismo y el piafar de un caballo que anda lentamente. Ahora mismo recuerdo la novela mientras escucho “Pájaro de fuego”, de Stravinski.

La creación, entonces, comprende un ejercicio de memoria. En El Libro de la risa y el olvido (donde emula la estrategia de Chopin, que es la composición pequeña que no necesita de pasajes a-temáticos) Kundera señala que Franz Kafka fue el profeta del mundo sin memoria. Tiene razón, Kafka dio forma a un universo donde el individuo mira su entorno a través de mirarse a sí mismo y, en tal reconocimiento, emprende sus anhelos. Pero, cuidado, evitamos confusiones, dice el escritor, “Porque ¡Kafka no sufrió por nosotros! ¡Se divirtió por nosotros!”; creo que la capacidad de Milan Kundera para comprender eso, lo convirtió a él en el profeta de un mundo sin humor.
Como ocurre con Kafka, creo que a Kundera tampoco se le ha comprendido, al menos no en su envergadura más amplia. Así lo dice Kundera: “Si alguien me preguntara cuál es el motivo más frecuente de los malentendidos entre mis lectores y yo, no lo dudaría: el humor”. Donde sus lectores han visto una trama política, por ejemplo en La Broma, el escritor delineó una historia de amor hilvanada en el humor; ya lo señaló el propio escritor: “el novelista que escribe una novela para ajustar cuentas (ya sean cuentas personales o ideológicas) está destinado al total y asegurado naufragio estético”). Ah, el humor:
“el rayo divino que descubre al mundo en su ambigüedad y al hombre en su profunda incompetencia para juzgar a los demás; el humor la embriaguez de la relatividad de las cosas humanas; el extraño placer que proviene de la certeza de que no hay certeza”.

La ausencia de memoria del mundo se muestra, vaya paradoja, en el asiduo recuerdo con el que se olvida la obra de Kafka –entre la ignorancia y la pose– al reducirla a un extraño bicho entre escarabajo y cucaracha, o al emplearse el término “Kafkiano” para referirse al universo extraño. La desmemoria diluye el universo de Kafka tan lleno de humor y a veces construido sobre la base del humor, nada más tengamos presente que escribió América sin haber pisado el continente y basándose sólo en Dickens, y que El Castillo no existió ni de manera similar en algún rincón de la tierra.

Si las palabras ignorar y añorar provienen de una misma raíz, como sugiere Kundera en La ignorancia, podemos ignorar la prosa versatil de Kafka, su sentido del humor y la capacidad para proyectar a sus personajes desde la propia introspección, o esa aventura (que también emprendió Joyce) para pisar los primeros terrenos del erotismo en la novela del siglo pasado. Además, sumido en el olvido, Kafka puede ser el santo patrono de los neuróticos o los histéricos. Pero aún sumidos en la ignorancia podemos intentar adentrarnos, en esos momentos en que la prosa de Kafka “levanta el vuelo y se convierte en canto”, como dice Kundera, en la melodía con sus silencios de los cuerpos fundidos, el crimen que K acepta haber cometido agobiado por quienes lo acusan o en el hombre que pierde la conciencia entre el destino y el camino, son sólo algunos de los senderos con los que el escritor irrumpe como si fuera una sinfonía de Beethoven.

No obstante, en la memoria “hay momentos en que la prosa de Kafka levanta el vuelo y se convierte en canto”, la melodía de la entrega de los cuerpos fundidos, el crimen que K acepta cometer agobiado por quienes le acusan o el hombre que extravía la conciencia entre el destino y el camino, son algunos de los senderos con los que irrumpe, impetuoso, como una sinfonía de Beethoven. De este modo, al comprender que no podemos dejar atrás a Kakfa, lo empezamos a añorar, sobre todo en su vuelo por la libertad individual. Y para ello, como dice Kundera, “no hay más que un único método para comprender las novelas de Kafka: leerlas como se leen las novelas”.

La fiesta de la insignificancia es la constatación de que el mundo olvida al instante en tanto que La Broma (su primera novela, que es por cierto, una sátira) le dice al mundo que, con la invasión del ejército ruso, olvidó una vez más (como en ese eterno retorno de Nietzche que tanto le ocupa a Kundera) que nada debe situarse, y este es otro punto de coindiencia con Franz Kafka, por encima de la libertad individual. Pero hay que repetir: la literatura de Kundera tiene en el humor su impulso vital, y en el reconocimiento de los otros y sus entreveramentos –malentendidos, pasiones, autoegaños y mentiras– la estructura para delinear sus obsesiones –la tierra donde nació, el amor, los celos y otros intercambios lúbricos y lúdicos– así como sus reflexiones: el erotismo, la literatura, el siglo de las luces y, claro está, la música.

Con aquella formación, hubo una vez, a mediados de los años sesenta, en que un hombre dispuso de su yelmo y su lanza al combate del mundo indiferente y carente de humor, y es que, como él señaló, “cada uno de nosotros teme desaparecer desoído y desapercibido en un universo indiferente y por eso quiere transformarse a tiempo en un universo de palabras”.

Todos estos años después sabemos que el escritor lo consiguió: se transformó en universo de palabras y ha sido escuchado en este mundo indiferente.

Recordemos que Kundera fue expulsado del partido comunista y que los rusos prohibieron sus obras en su propio país, Checoslovaquia, y ahora imaginémoslo de nuevo ganándose la vida tocando el piano en alguno de los cafés escondidos de las calles de Praga. Lo pienso en este instante como el célebre músico que con tanto humor dibujo en La despedida, esta vez huyendo de algún devaneo amoroso del mismo modo a como corría despavorido Tomás, el personaje suyo que al fin pudo soportar la levedad de aquel ser tan abrasador como el sol en otoño. (Es curioso: Stravinski incursionó en la literatura y la poesía cuando más arreciaron las críticas contra él. También salió de su país cuando ocurrió la revolución bolchevique y vivió en la misma ciudad donde se alojó Kundera: Francia).

Ahí está Kundera frente al piano, en algún café de la Plaza Wenceslas. Es extraño, pero no lo escucho tocar a Stravisnki, en realidad, no lo escuchó tocar, sólo miro sus dedos cómo se deslizan frente al piano mientras agacha a cabeza, frunce el ceño y desliza su lengua entre los labios. Parece una escena de cine mudo. El escritor cierra los ojos y se diluye entre las imágenes que le llegan a la cabeza, al ritmo de la música. Entonces surge entre las calles una mujer delgada de estatura mediana, su cabello lacio y negro lleva el ritmo de su andar ligero. Kundera abre los ojos y la mira a través de una ventana; no deja de tocar y no deja de verla. Ella lo mira también. Conoce al escritor y él a ella, tan es así que él balbucea su nombre, Teresa, le llama. Ahora la describe con su pluma imaginaria: trae un bolso colgado del hombro con una correa larga y en la mano izquierda un libro, le parece al escritor que es Ana Karenina, de Tolstoi. Sus miradas se vuelven a encontrar, veo a Teresa y a Kundera sonreirse bajo la mirada celosa de Tomás, que la espera en la esquina de la calle. Entonces Teresa se despide del escritor levantando la mano izquierda, con aquel donaire que ocurre entre los amigos entrañables.

Ahora se oye la música. Kundera toca jazz y acompaña al ritmo con un feliz entrecerrar de ojos y un dulce rostro que nos recuerda que él, es un escritor.

VI

Me parece que Shakespeare acertó al proferir esta proclama en forma de pregunta: “¿Crees que por ser virtuoso no habrá más pasteles y alcohol?”.

Ya lo dije antes, ahora detallo: Víctor Hugo tuvo un irrefrenable antojo mujeriego, dándole lo mismo si ellas eran garbosas y bien proporcionadas o únicamente mozuelas esmirriadas; para esos aquellares tuvo su ritual de pagos que lo mismo compensó a la que nada más le enseñó las bombachas que a quien le permitió observar los senos u horadar el musgo de entre la juntura de los muslos, además de otra variedad de menesteres que él, con papel y tinta a la mano, registró meticuloso entre sus gastos. Además, Hugo estuvo seguro de ser un médium que, en varias sesiones espiritistas, conversó con grandes personajes, en francés claro, quienes coincidían con sus ideas políticas, Jesucristo, Mahoma, Sócrates y Platón –aunque en aquellas lides el poeta hubiera sido pragmático: fue incondicional de la monarquía y luego, cuando le convino, un revolucionario.

También Julio Cortázar dijo que era vidente, aunque sus alcances no eran tan portentosos como los arriba referidos, dado que sus cualidades extrasensoriales sólo habrían atizado la fantasía literaria. Nada más, porque no tenía las mismas, miríficas facultades al momento de estar frente al plato de comida porque la pasaba un buen tiempo, impulsado por una extraña obsesión, revisando si éste tenía cucarachas o no; le aterraba la posibilidad de llevarlas a la boca. Lo que sí observó, mediante una visión interior, según comentó, fue a aquellos seres encantatorios que paseaban por el aire como globos verdes.

También ya lo expuse hace varios párrafos. Ahora puntualizo. León Tolstoi era un misógino y destrozó la vida a su esposa, Sofía, quien fue decisiva para la obra del escritor, en particular para la hechura de Guerra y paz (además de que ella soportó el peso del trajín cotidiano de la familia, y de que a ella le hiceron responsable por la muerte de al menos dos de sus hijos). A esto hay que agregar los sueños bucólicos que de pronto entraron en el decrépito Tolstoi para renunciar a bienes y lujos, atormentado por las advertencias religiosas, y sustituirlo por fragorosas labores campesinas de todos los integrantes de la casa. No es casual que, en el inicio de Ana Karenina, Tolstoi señalara que las familias felices no tenían historias interesantes que contar.

Goethe también fue un misógino y tuvo un irrefrenable apetito por las pieles más diversas, le daba igual la euritmia femenina que las exiguas redondeces, y en esas andanzas coleccionó mujeres como trofeos de guerra, incluso, como ya dije, cuando ya era un viejo decrépito pretendió comprar a una jovencita. Quizá estos febriles deseos sólo fueron superados por la vanidad del escritor para pretender dejar huella en la posteridad y vivir la suntuosidad de esos tiempos, aunque ello lo postrara como vasallo de la monarquía, lo delineara como un esclavo del poder y mereciera la repulsa de otros grandes de su tiempo.

J. J. Rousseau también se sintió predestinado y por ello con aptitudes de adivino afirmó que era víctima de un complot para asesinarlo y, así, anduvo de un lado al otro con la mira de frustrar la confabulación en contra suya. Además de paranoico era hipocondríaco. No obstante, la mayor fuente de desconfianza podría surgir de que Rousseau igual que Locke, y como antes Platón, quería desterrar de este mundo a los dramaturgos y a los poetas (cosa curiosa en él siendo escritor de teatro y su Emilio tan aclamado). Es muy probable que la obra poética y dramaturga del pensador ginebrino tenga poca relevancia en la actualidad, pero no cabe duda de su aporte a las teorías del Estado contemporáneas.

Qué decir del formidable adversario de Rousseau que fue Voltaire: el hombre que concibió a la libertad como el acto de hacer lo que le plazca a cada quien. El frívolo usurero de gustos baladíes y de aquellos humos suyos en forma de guirnaldas que sintió en la cabeza cuando decenas de miles coreaban su nombre mientras él entraba el Louvre desprendido del piso. Ah, el hombre de 84 años que aprovechó las fallas de cálculo de la lotería francesa para incrementar su fortuna, el locuaz terrateniente que transcurrió los últimos días tomando litros de café y pellizcando las partes más sinuosas femeninas, y alardeando arrestos que ya no tenía para tales placeres (fue tan ineficaz que su compañera de siempre, su amiga la marquesa de Chatelet, requirió de los servicios de un musculoso mancebo –aunque él lo comprendió desde luego e incluso quiso a su amante–).
Así podría seguir zambullido en los entresijos de las vidas ajenas, pero estas se hallan en un mar infinito. Podría registrar la orfandad emocional de Honorato de Balzac o aquel intento de suicidio sino es que a su disposición de alquilarse al mejor postor para escribir basura. También podría referirme a las malandanzas de Baudelaire en tabernas de baja estofa, presa de amores contrariados, o a la proclividad de Lewis Carroll por las niñas. Al notable desquiciamiento de Rimbaud, su máxima de que el poeta deber hacerse vidente, y su desenfrenó para herir a la persona amada, entre gotas de sangre y juramentos de pasión. Al ferviente deseo de Dostoievski porque su padre muriera pero sobre todo a sus penurias, que desembocaron en un escritor que, muchos como Ciorán, consideran el mejor de todos los tiempos. O al silencio de Zola cuando encarcelaron a Óscar Wilde por sodomita, al propio Wilde tan despreciativo del ser que no busca el relumbrón. Margueritte Durás encantada de empinar el codo con singular alegría como Edgar Allan Poe, otro ser atormentado a quien lo denuncia el propio latido del corazón en la escritura, y en estos terrenos dionisiacos a Francis Scott Fitzgerald. Podríamos atisbar en Gabriel García Márquez como el gran amigo de un dictador de quien recibió prebendas o en Alejo Carpentier, quien incluso fue funcionario de aquella dictadura en la isla, pero…

VII

Me parece que Shakespeare erró al decir que: “El mal que los hombres hacen les sobrevive, el bien es a menudo enterrado con sus huesos”.
Los artistas trascienden por su obra (eso es lo que buscan incluso), como ha ocurrido con el propio dramaturgo británico -y aunque el mismo Tolstoi al criticar a Shakespeare por ejemplo, la hubiera puesto en entredicho. Estoy seguro: las carnes y los huesos de los escritores poco o nada importan en relación con los universos creados por ellos.
Qué ironía, Víctor Hugo revaloró su dramaturgia a partir de recuperar a Shakespeare, pero sobre todo él es un referente indispensable de la novela francesa del siglo antepasado dadas aquellas atmósferas realistas en la que, por primera vez en la novela clásica, el narrador se desprende de los personajes y las historias como si fuera el propio demiurgo quien delineara los destinos.
En Dostoievski, comenta Cioran, “hablan todos los tipos de humanidad posibles, todas las experiencias, de todos sus personajes al que admiro y comprendo mejor, añade el escritor rumano, es a Stavroguin, un personaje romántico que padece el tedio”. Creo que no exagero si digo que la vida de Cioran hubiera sido distinta sin Dostoievski igual que la de muchos otros lectores suyos. Con Shakespeare sucede lo mismo.

Cortázar es un referente de la literatura latinoamericana (me parece que más por su forma de imaginar que por la destreza de su prosa) igual que ese prodigio de la lengua castellana que es Alejo Carpentier y sus recorridos por las tierras preñadas de esclavos negros, el mar encabritado del caribe, y de bailes eróticos colmados de rozones donde coinciden las ganas de los cuerpos, las calles de buhoneros y los platillos de perniles aderezados con vainilla y acompañados de batatas. Lo mismo sucede con el testigo que narró a ese poeta soñador, a quien el olor de las almendras amargas le recordaba el sentido de los amores contrariados, o describió los umbrosos techos de Macondo, donde las hamacas mecían a Pilar Ternera cabalgando en su potro que daban escondite a Rebeca para arañar las paredes y comer la tierra.

Ahí está el viejo Goethe aplaudiendo a Balzac y los deseos irrefrenables de ese otro mundo que se entrecruza con el nuestro, y que se achican poco a poco, al final inexorablemente de la vida. El mismo Goethe y el drama que lacera el alma cuando se abandona al deseo mismo de inmortalidad. El inmortal Voltaire, tal vez no por su prosa y su poesía sino por blandir a la ironía como la más fiera de las espadas, por el denuesto de la intolerancia y su cargada contra el fanatismo nos sobrevive entre sus bienes más apreciados. A propósito, sus restos fueron hurtados junto con los de Rousseau, debido a lo cual los bienes del hombre, en este caso, no están enterrados con sus huesos. No obstante acrece la figura del filósofo ginebrino como precursor de la soberanía del pueblo y el diseñador de otras tantas ideas centrales para los sistemas políticos modernos. Y la de Voltaire naturalmente: ¡A la carga contra los fanáticos y los bribones!

Ah, el poeta maldito, el Dante de aquellos sus propios tiempos, el hombre perdido entre vino y putas. El de las flores del mal y la huida de este mundo por el arte y la poesía. Baudelaire, él y su creación que nos hizo más humanos porque, como dijera Octavio Paz: “la sexualidad es animal, el erotismo humano”, nuestra “ración de paraíso”. Búsqueda incesante, oleaje del mar persistente que entre las humos del opio Rimbaud pensó como el nido de besos oculto en los rincones, besos risueños, que indagan y horadan, en el recorrido de las manos y los labios que los prodigan.

Tengo frente a mí, quiero decir, en el retrato de aquel escritor, al monstruo de la vida disipada que se entrega solamente al aquí y al ahora, y ríe del hombre taciturno y austero; a ese ser despechado porque el otro le desguazó el corazón, tiñendo en su poesía el rojo de su dolor y su pasión, acto delirante que busca sosiego en la narrativa de la vida propia, brutal disolución de los huesos, trascendencia en las palabras y en los versos.

Son mundos sin promesas de fuga, son mundos de promesa vívida, fantástica entre gatos hablantines y conejos andarines, entre dimensiones colosales o diminutas proporciones. Ante todo, tal vez el trazo mejor abocetado de Caroll sea la sonrisa en innumerables facetas, aquella que surge como un relámpago cuando la idea colma la mente, la que tatúa al rostro maravillado por eso que pensamos increíble o la montada en plenitud por lo que sea, como una jugosa rebanada de sandía.

Hay otras sonrisas, por supuesto. Tengo conmigo esa sonrisa apacible de Duras, satisfecha de haber sido parte de un desenlace de amor, la que se traza con el recuerdo del otro, como si el otro se hiciera presente ahí mismo, en aquella sonrisa. Recuerdo y presencia, anhelo y consuelo: el amante de la China del norte o luego de ese otro amante que abandona a la otra en medio de un baile o de cuando aquel hombre extraño no la pudo poseer porque solo era capaz de recibir caricias fingidas. ¿Cuál habrá sido la sonrisa de Allan Poe al imaginarnos en medio del terror cuando un asesino se devela a sí mismo o, me pregunto, cuál habrá sido la sonrisa de Fitzgerald al narrar el desenfreno, sorber un Martini y describirnos a nosotros como héroes y malditos? Lo ignoro, y sonrío frente a mi ignorancia.

Lo que sí sé es que el artista nimba su humanidad para siempre a través de sus obras y que, como dijera Víctor Hugo frente al funeral de Balzac:

“A partir de ahora los ojos de los hombres se volverán a mirar los rostros, no de aquellos que han gobernado, sino de aquellos que han pensado”.

Sí, entre luces y sombras, estos artistas con su obra nos impulsan a trascender la carne y los huesos del hombre concreto, en universos alternativos. Ahí donde está el drama, la fantasía y el sueño o alguna otra epifanía entre sentimientos tan diversos. Las novelas no cambian al mundo, pero estoy seguro de que nos han hecho más humanos, porque ante todo, en efecto, somos seres de palabras. Un invento de la historia.

 

 

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