Himno y figura
Yuriria Sierra
A Paco Stanley no lo voy a recordar ni por sus programas de variedades ni por su particular sentido del humor (ese que seducía o provocaba la más absoluta de las repulsiones). A Paco Stanley no lo voy a recordar por su fugaz carrera como reportero de Televisa, por el sublime desliz de grabar regularmente terribles discos de poemas y mucho menos por su estridencia intelectual. No voy a citar como el abogado que estuvo a nada de graduarse; ni como el psicólogo o el mercadólogo autodidacta.
A Paco Stanley no lo voy a recordar por su papada ni por sus espectaculares en Periférico ni por su guerra con Derbez, Menos por sus apariciones en eventos magnos como las visitas a nuestro país de personajes como Juan Pablo II, Miss Universo y ganadores varios de la OTI.
Pero a Paco Sanley tampoco lo voy a rememorar por las inconsistencias institucionales que hoy suscita "una tras otra": los tacos que comió o no comió en El charco de las ranas, los 26 impactos de bala que contabilizó un reportero mucho antes del arribo de los peritos y que dejaron al extinto como fabuloso material visual para nutrir el morbo de millones de mexicanos, el Jetta que llevaba o no matrícula, la ametralladora o las pistolas varias o la resortera. Tampoco por su póstuma voluntad de unir a dos televisoras, o la tardía difusión de un documento de la PGR fechado hace un año, que lo asociaba con Amado Carrillo. No lo recordaré como representante de una élite contaminada por la narcoastucia o por la coca que traía entra la ropa el día de su fallecimiento. Menos por su perturbador permiso para portar armas o por las gotas de sudor que hace rodar (desde el más allá) por la frente de un jefe de gobierno que no sabe lidiar ni con los muertos. La verdad, ni siquiera por estar a nada de convertirse en el nuevo misterio sin resolver de los expedientes secretos.
No; un ente postmoderno como yo, jamás recordaría a Paco Stanley por tanta intrascendencia. A él le voy a evocar sempiternamente por ser autor de una obra maestra, el himno que todos los megalómanos estamos prestos a elevar: Qué lindo soy, qué bonito estoy, cómo me quiero, sin mí me muero, jamás me podré olvidar.