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Mario Guillermo Huacuja

Mario Gullermo Huajuca

La nueva novela de Tom Wolfe

¿Es la televisión un mirador indiscreto, donde se pueden espiar las vidas ajenas como si estuviésemos en una cámara de Gesel o en un agujero de peep show? Al inicio de Emboscada en Fort Bragg, la nueva novela de Tom Wolfe, una pareja de avezados comunicólogos que laboran en un programa sensacionalista de una importante cadena televisiva observan los monitores de una cabina con una atención suprema, hechizados como cobras. El hombre es un productor ejecutivo capaz de inventar el mundo desde una gélida cabina con sus máquinas de edición, y la mujer es una rubia incandescente de las pantallas, una conductora estrella con la imantación de un icono que pontifica con su seductora voz.

Lo que aparece en el monitor es la conversación ocasional de tres jóvenes soldados atrincherados en un tugurio de bailarinas semidesnudas, que al estar fuera de servicio se comportan como jaurías de presa dispuestas a la persecución y al ataque. Ninguno de ellos sabe que los magos de la televisión colocaron un mi-crófono diminuto en la maltrecha lámpara de la mesa que comparten, y que todos sus movimientos son grabados por un cámara oculta que los sigue desde la penumbra. El telón de fondo de la trama es el asesinato de un cadete homosexual en una base militar donde se entrenan las élites del ejército, y lo que buscan el productor y la conductora son las pistas que los lleven, en labor de detectives, a descubrir a los autores del crimen y, sobre todo, a la obtención de un material lo suficientemente inflamable como para elevar el ra-ting de su programa a la estratósfera.

Siguiendo sus pálpitos de periodista, y asumiendo la paternidad original del reportaje de investigación, Tom Wolfe se adentra en el laberinto de lo que pueden hacer los medios no solamente para transmitir hechos y retazos de la realidad en sus noticiarios, sino para modificar la verdad al presentarla a su antojo. Porque, en efecto, tanto la prensa como la televisión pueden magnificar acontecimientos insignificantes y mostrarlos como si fuesen crepúsculos de la historia, olvidar con una amnesia deliberada los asuntos importantes, crear ídolos que arroban a las multitudes y posan para la posteridad, inculpar y satanizar personajes inocentes, hacer leña del tótem caído, edificar una esperanza efímera en asuntos intrascendentes y dinamitar confianzas labradas con esfuerzos de cíclope a lo largo de muchos años.

La emboscada de la novela es algo mucho peor que una celada militar para liquidar al pelotón entero: bebiendo cerveza y vodka, los incautos soldados pasan sus últimas horas inadvertidas hablando de nalgas y enfermedades venéreas, mientras desde una cabina ambulante los artífices del programa televisivo les han tendido una trampa ineludible utilizando a una provocativa tailandesa como señuelo. En una escena que mezcla los artilugios más sofisticados del espionaje moderno con una visión apocalíptica de la manipulación de los individuos a manos de los medios masivos de comunicación, los artífices de la emboscada se frotan las manos frente a los monitores mientras la joven oriental entra a cuadro desplegando sus aretes seductores, se sienta con los soldados para compartir las sandeces de una charla deshilvanada y, paulatinamente, los va embrollando en una conversación que los excita y los conduce tiernamente a la mortífera cueva del lobo feroz que, en este caso, está representado por las fauces abiertas de la televisión.

Como en sus anteriores trabajos, desde los pioneros reportajes literarios sobre Cuba para el New York rald Tribune hasta el salto del periodismo a la literatura con La hoguera de las vanidades, detrás de la intrincada trama del relato están los apetitos humanos más triviales, esos afanes narcisistas de maquillar la propia imagen para cosechar el aplauso, impresionar al mundo con un poder que se mide en dólares, buscar el amor no correspondido con desplantes pueriles, desafiar a la derecha norteamericana utilizando el arma refulgente de las pantallas televisivas o echar a correr con todo y cámaras cuando estalla la violencia. Al contrario de los personajes que retrata en La izquierda exquisita, para Wolfe la historia no la hacen las masas sino los in-dividuos, y detrás de los individuos hay un cúmulo de pa-siones que los determinan y los rebasan, y que terminan por convertir a la historia en una comedia delirante.

En un corto relato que nos imanta desde el principio, lo que el autor nos dice es que la televisión es un engaño multitudinario, donde quienes están detrás de las pantallas se pasan la vida jaloneándose para salir a cuadro como si fueran héroes, y donde los cretinos de segunda fila se pelean para ver su nombre momentáneamente en los créditos. Mientras tanto, los protagonistas de cada trama se convierten en la carne del cañón que dispara las imágenes más convenientes para los editores, y los dueños de los canales saborean las ventas de publicidad en cada lance. Los demás, los que alojamos en nuestros hogares a ese huésped autónomo que nos inunda con el caleidoscopio de sus canales, somos los ingenuos que creemos ver la realidad mientras observamos pasivamente las imágenes editadas y creemos pensar por cuenta propia mientras digerimos pacientemente todos los artificios. Al final de la novela, mirándo-nos de soslayo, el autor nos desea buen provecho

Mario Guillermo Huacuja es autor del libro El viaje más largo (FCE), entre otros.
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