Indignación telenovelesca
Renward García Medrano
Por tu vida, amigo, que se quede en este punto este negocio; que me parece muy áspera esta medida, y será bien dar tiempo al tiempo; que no se ganó Zamora en una hora.
Como muchos, deploro el asesinato de Francisco Stanley y las circunstancias como se produjo. Me apena y alarma que las dos cadenas de televisión comercial hayan convertido el homicidio en recurso en su batalla por el rating.
Las pantallas televisivas crearon un mártir de la inseguridad pública, donde sólo había un conductor de programas de distracción. En unas cuantas horas, si no es que en minutos, Stanley adquirió virtudes que nadie, ni él, se imaginó que tuviera. Su velorio y sepelio fueron multitudinarios con no pocos hechos de histeria colectiva e indignación pública inducida por las televisoras. La manipulación de las emociones quedó a la vista de todos, pero eso no importa a los propietarios y directivos de dichas empresas, pues ellos actuaron correctamente en pos de ganar la aceptación del gran público, no en busca de méritos morales. Negocio es negocio.
Y en esto del negocio, don Ricardo Salinas, usted ha encontrado una veta incomparable en las familias pobres y de clase media baja. La cadena de tiendas departamentales que fue su primer gran éxito se basó en la vieja técnica de los "aboneros": vender bienes duraderos a familias con muy bajo poder de compra, en abonos que ni "se sienten" por pequeños, y aunque duran toda la vida, permiten a los clientes tener y cambiar el televisor, la lavadora, la licuadora.
Ese mismo mercado fue aprovechado para otro negocio quizá más rentable: el envío de fondos de los trabajadores migratorios mexicanos en el sur de Estados Unidos a sus familias. Como muchos de los migrantes entraron ilegalmente a ese país y viven con el temor de caer en manos de las autoridades, nada más seguro y cómodo que confiar a la empresa de usted, don Ricardo, el envío del dinero a sus familiares, aunque las comisiones sean desmedidas.
Usted, como Televisa, se ha dirigido al mismo "nicho" comercial: el amplísimo público formado por "los jodidos" que, sin embargo, no son tan pobres que no puedan pagar cómodos abonos. Personajes como Paco Stanley o Pati Chapoy, y muchos otros del mismo linaje "artístico", son los productos más vendedores en ambas empresas. Son eso, productos, no personas, ¿verdad?
Nada hay de ilegal en todo eso, por supuesto. En un sistema económico y con una cultura de mercado donde el objetivo supremo es triunfar sobre los demás en la competencia libre de regulaciones burocráticas, todo está permitido mientras no contravenga las leyes. Y ni las ventas en abonos ni el correo de dinero ni los arquetipos vulgares están prohibidos por nuestras leyes.
Exprimir hasta la última gota una desgracia ocurrida a alguien de casa, como fue el caso del señor Stanley para las dos televisoras, es actuar con toda racionalidad en la competencia, ser congruentes con las exigencias del negocio. La moral y los principios no existen ni en los textos ni en la práctica de esa cultura y ese sistema económico.
No metamos, pues, a la moral en este enredo. Pero veamos si la lógica del mercado es aplicable a los medios de comunicación. Dice la ortodoxia, amigo lector, que la libre competencia premia al más apto y elimina a los ineficientes, y que al hacerlo, obliga a los competidores a elevar la calidad y bajar los precios de sus productos, en beneficio del consumidor y de la modernización de la planta productiva.
El escándalo televisivo montado a raíz del homicidio de Stanley movió de inmediato los resortes de la competencia. La parafernalia vestida de negro y la indignación telenovelesca inundaron las pantallas televisivas en busca de ganar las preferencias del público. Las cifras del rating dirán cuál de los dos grupos de "creativos" fue el más apto, la empresa ganadora tendrá mayor audiencia, al menos por un tiempo, y eso se reflejará positivamente en las utilidades del ejercicio.
¿Triunfó el competidor que ofreció mayor calidad, o el que fue más audaz, rápido e imaginativo para aprovechar el homicidio? ¿Logró algún beneficio el consumidor de programas televisivos? ¿Son menos perniciosos estos y otros excesos, que el más mínimo intento de regulación, como se afirma desde hace muchos años en México?