Los malos se carcajean
Rafael Cordera Campos
Con el caso todavía inconcluso del artero asesinato de Paco Stanley, son varios los temas que han reaparecido y vuelven a ser subrayados para ser inscritos, algunos por enésima ocasión, en la agenda nacional. La legalidad, el narcotráfico, los medios de comunicación, las policías, entre otros, forman parte de las preocupaciones de la sociedad y la opinión pública.
Una cosa es que cualquier asesinato que se hace público a través de los medios cause seria indignación en las personas, sobre todo si se toma en cuenta el grado de inseguridad pública que existe en todo el país, y otra es que la histeria se convierta en el signo distintivo en la sociedad, particularmente alentada por la incidencia de aquéllos y, en el caso del que hablamos, por la televisión.
Ha habido suficientes comentarios acerca de este tema en los propios medios. Particularmente aquí, en etcétera, se han expresado diversas opiniones que analizan su papel en este caso y, de manera particular, su influencia en la sociedad. No vamos a abundar en ello, simplemente lo subrayamos. Es ese un tema crítico que habría que volver a discutir y también a legislar, aun cuando dueños y directivos no permitan ser tocados ni con el pétalo de una rosa en cuanto a sus intereses y ambiciones.
La legalidad fue otro tema y para prueba contundente habría que acudir al expediente que se abrió con el asesinato. Todavía no se tenía una sola pista de los asesinos y de las razones del crimen, y algunos conductores de la televisión ya habían decidido convertir la víctima en héroe social y causa para responsabilizar del asesinato a las autoridades de la ciudad. Por el lado contrario, haberle encontrado droga y hacerle la prueba al asesinado y a su compañero de trabajo, que resultaron "positivas", convirtió a las causas y causantes del hecho en algo secundario. Lo principal era, entonces, echar culpas y señalar y, por otro lado, deslindarse.
Politizado el asunto, ya no había para donde hacerse. La legalidad pasó a segundo término y, en primerísimo lugar, los hechos como razón principal para minimizar al contrario. O, como lo dijeron algunos, todo se fue al caño, la bañera y el niño.
La legalidad, el respeto irrestricto a ella por parte de las autoridades y los ciudadanos es una condición obligada de la vida en el Estado de derecho y del desarrollo democrático. No puede depender de ningún acto individual, colectivo o institucional que está por debajo de lo que manda la ley. Ni por "mordidas" ni por sugerencias de cualquier tipo, mucho menos por la manipulación que cada dueño o directivo de televisión decida, como se dice ahora: "en lo oscurito", se puede pasar por encima de nuestros ordenamientos legales.
Esta es una cuestión que, como la de los medios y su legislación actual y necesaria, reclama una definición puntual por parte de los partidos políticos. Es claro que el tema requiere de la incorporación de las autoridades y de los ciudadanos. Sin embargo, mi interés se centra ahora en los primeros.
Si los partidos políticos no son capaces de encontrar el mínimo de coincidencias y, por lo tanto, también de compromisos en estas materias, vale la pena preguntarse si ese deseo y motivo de su existencia, que es el de gobernar, tiene algún soporte o justificación. Para decirlo rápido, la sociedad está cansada de ser puesta en la tesitura, en materia de seguridad, de decidir quiénes son los culpables de la inseguridad: ¿El gobierno federal o el de la ciudad? ¿El PRI, el PRD u otro partido? ¿Televisa o Azteca?
Todo eso sucede y se vuelve duda en las personas informadas, se convierte en forma y método de alineamiento político e ideológico en el seno de la opinión pública, a cambio de no cumplir con la legalidad, respetar las leyes y encontrar a los culpables. No, aquí como en otros casos, los responsables del crimen desaparecen, siguen cometiendo delitos de cualquier tipo, mientras los demás hacen "política" cada vez menos productiva y la mayoría social vive en la inseguridad y, por lo menos en esta materia, con el miedo que cotidianamente la convierte prácticamente en carne de cañón de (casi) cualquier ocurrencia.
El crimen organizado, los agentes del narcotráfico, cualquier banda de delincuentes más o menos activa, entre otros, han encontrado en el servicio de la confusión y la manipulación, uno de los mejores vehículos para hacer de las suyas en todo el país. En Tepito, Culiacán o Guadalajara, los verdaderamente malos, los que lo son en serio y en serie, cuando pasan cosas como las que comentamos, se deben morir de risa y, sobre todo, hacen planes con mayor comodidad que si las cosas funcionaran como lo manda cualquier Estado de derecho, la ley, las autoridades, los agentes políticos y una sociedad menos confundida y manipulada. El problema está en quiénes serán los buenos que podrán pensar en poner orden. Y desde aquí no se ve otra que el acuerdo mínimo respectivo entre las autoridades todas, los partidos y los medios, para empezar. ¿Será posible?