Hace unos años, cinco, seis, diez, la radio en la ciudad de México era un patito feo donde sólo se ponía música, comerciales y saludos. Nadie daba un peso por la Amplitud Modulada y la preeminencia que tenía la televisión por sobre la radio era enorme. Pero pinpianito comenzó a tomar vida. Periodistas procedentes de la televisión y de los medios impresos comenzaron la aventura de la radio informativa, y de ahí, a la radio hablada.
Por su parte, estaciones dedicadas al rock comenzaron a jugar y a experimentar con el lenguaje radiofónico. Poco nuevo bajo el sol, pero era tal el letargo de las radiodifusoras que el lenguaje radiofónico y sus géneros (tan vitales en los años 30 y 40) era casi materia olvidada o piezas de museo. Rock 101, WFM, Espacio 59 y Dimensión 1380 abrevaban de lo mejor de aquella Radio Educación de los 70 e iban más allá, justo donde la radio cultural se había anquilosado. Justo en el punto donde, por no querer "competir", no ganó un público más allá del círculo de los "comprometidos" y se fue marchitando junto con su público, descuidando, sin comprender, a las nuevas generaciones y sus vitales manifestaciones musicales, políticas y culturales.
Y como seguía siendo un medio barato para los anunciantes y con costos de operación muy bajos, el boom no se hizo esperar. Como los empresarios mexicanos de los medios electrónicos no arriesgan, fórmulas como las de Gutiérrez Vivó y Luis Gerardo Salas fueron copiadas inmediatamente en cada núcleo.
Por eso, a pesar de las varias decenas de estaciones de radio que existen en el cuadrante del DF, en realidad las opciones en radio comercial se reducen a cinco o seis formatos: noticiosas, habladas, gruperas, tropicales, baladas, música bailable de moda en inglés, rock y música del recuerdo. Esos son los géneros; los estilos y las variantes tampoco son muchos y una vez que uno pega se repite y copia hasta el exceso: los programas deportivos que llevan a la radio la guerra de las televisoras por medio de sus respectivos cronistas; los programas de chismorreo, horóscopos, "medicinas alternativas" y consejos, programas para taxistas y traileros, programas de espantos, etcétera.
Vistos así, parece que los medios son plurales, indudablemente más abiertos que hace unos años, el lenguaje más relajado e incluso perturbador. Pero qué tan identificado se siente usted con la radio que tenemos en México. ¿Basta el teléfono abierto para quejarse (o el correo de voz donde lo hay, o el fax o el e-mail), pedir una canción o participar en un concurso baladí para satisfacer su necesidad de tener acceso a un medio de comunicación? ¿Es eso suficiente? ¿Las radios culturales son públicas? ¿Quién decide sus políticas de comunicación, quién los programas que salen al aire o los que salen del aire? ¿Les interesan acaso los radioescuchas, sus necesidades, sus inquietudes, sus ansias de expresión? ¿Les interesa siquiera aumentar sus escuchas? ¿Es su programación un rehén de trabajadores apoltronados, de sindicatos burocratizados y apáticos?
En las interminables discusiones de la reforma política hace mucho que se olvidó algo fundamental para oxigenar la vida política, social y cultural del país: la democratización de las frecuencias de radio y tv. Algo así como un reparto agrario del éter, la redistribución de las frecuencias, la repartición entre la sociedad de los latifundios hertizianos. ¿Podrán las radios culturales dejar de ser radios de Estado para volverse radios públicas, con consejos editoriales plurales, abiertas a cualquier ciudadano que tenga algo que decir? ¿No es deseable que las radios culturales puedan hacer que sus patrocinadores deduzcan de impuestos sus contribuciones para hacerlas autosuficientes y competitivas?
Arturo Ortega es productor de la serie Acá los chilangos, de Radio Educación.