Linchamiento y autoritarismo
Pedro Salazar Ugarte
Mal hacemos de vivir en los extremos. De la tranquilidad absoluta a la paranoia colectiva. De la Ciudad de los Palacios a la cueva de la polución y del desorden. De la imagen bondadosa, cálida y fraterna a la fama pública de brutalidad y salvajismo. De la entronización al vilipendio. Somos víctimas de nuestra incapacidad para recurrir a la sensatez y a la prudencia, de nuestra vocación por la maximización y el melodrama. Hartos de vivir en el mundo del terror empezamos a clamar por los excesos. Nada más peligroso para una sociedad que no ha terminado de adaptarse a sus nuevas circunstancias. Nada más tentador para los grupos que prefieren la cerrazón y la intolerancia. Si no entendemos que la ruta de escape es la prudencia, pronto nos veremos atrapados en un círculo asfixiante de controles desmedidos.
El artero y reprobable asesinato de Paco Stanley ha colocado a la sociedad mexicana en el borde del abismo. Nada importan las razones y las causas del fatídico acontecimiento, para una ciudadanía harta de vivir en medio de la jungla lo único que cuenta es la venganza. Después de meses de padecer el acoso de la delincuencia las voces que piden mano dura han encontrado un evento simbólico para dar rienda suelta a su discurso. Los medios de comunicación masivos encontraron una víctima que concentra todas las fibras sensibles de una sociedad harta y lastimada. Por desgracia el cauce que han decidido darle al descontento tiende más al linchamiento que al legítimo reclamo de seguridad y estabilidad por medio del derecho. Por esta ruta pronto encontraremos la espiral que, lejos de ordenar, aumente la violencia.
Es legítimo y real que los mexicanos estamos cansados de la impunidad, la corrupción y la inseguridad que nos acosan día con día. Es cierto que nuestras autoridades han fallado en su obligación primaria por garantizar condiciones de convivencia pacífica y ordenada. Es un hecho, constatable y agobiante, que la calidad de vida en el país ha disminuido dramáticamente en los últimos años. Lo que no es cierto es que la ruta para escapar del callejón sea la mano dura y el control extremo. Frente a la descomposición actual, desgraciadamente, sólo cabe la planeación a mediano y largo plazo. Pedir soluciones inmediatas es dar carta abierta al abuso y la represión de los cuerpos policiacos. Si queremos salir a respirar todavía tenemos que aguantar unos minutos bajo el agua.
La salida se encuentra en los programas integrales que, al mismo tiempo que ataquen a la delincuencia, formen a una ciudadanía capaz de contener los impulsos vengativos y apta para exigir la aplicación irrestricta del derecho. Necesitamos erradicar la corrupción desde los niveles más básicos (la mordida al policía, el pago de un trámite por debajo de la mesa, la compra de un lugar en la fila de los cines, el arreglo con el supervisor de nuestra empresa), aprender a denunciar con valor civil cualquier abuso y atrevernos a predicar con el ejemplo. Exigir la aplicación de la ley parece una fórmula genérica y cargada de retórica pero es, en realidad, el único medio para mejorar las condiciones de convivencia. O aprendemos a respetar la legalidad o mejor nos adaptamos a vivir en este ambiente de abuso, violencia y miedo.
Basta con ver las paradojas que acompañaron al asesinato del señor Stanley. No acaban de enterrarlo cuando ya sabíamos que consumía droga, tenía un lobero y contaba con una credencial expedida por una autoridad incompetente. El último mártir de la delincuencia vivía en un cuadro completo de ilegalidad. No me interesa juzgar los hábitos y la calidad moral del conductor asesinado, lo único que deseo subrayar es la inclinación a lo ilegal que flota en el mundo mexicano. Algo similar, que no tiene que ver con el mundo del derecho, ocurre con la hipocresía de los medios informativos. Muere el señor Stanley y comienza una campaña de acoso a las autoridades por no poder resolver un clima de violencia que, en gran medida, encuentra eco en las transmisiones televisivas. El tema va más allá de la autoridad y, aunque parezca una fórmula retórica, pasa por todos los ámbitos de nuestra vida.
Decir no a la mano dura para combatir la delincuencia es decir no a los intentos por resolver con sangre los hechos de sangre. Es dar la espalda a la simplificación, es invitar a la prudencia, es llamar a la mesura