Una empresa periodística es justamente eso, la organización de uno o varios empresarios que quieren hacer negocio ofreciendo para ello un producto atractivo y vendible, delimitado según sus gustos y sus expectativas económicas; quienes concurren en esa perspectiva saben también la influencia que tienen en la circunstancia del debate y la reflexión nacional. Pocas cosas habrá más elementales que las líneas antes expuestas.
El asunto comienza a cobrar matices cuando una empresa periodística, en aras de hacer negocio, empobrece el trabajo periodístico y cuando en la perspectiva de la influencia llega a lesionar la ética y el profesionalismo. Ese ha sido el caso de Reforma, un rotativo elaborado con el intento de traducir al papel la simplificación de los hechos y los dichos como una fórmula para captar lectores no habituados o desinteresados en la información de contexto o en la expectativa de entender las razones de los acontecimientos, que es o convendría que fuera labor central del oficio periodístico. Entre informar y vender, Reforma prefiere vender haciendo como que informa.
Reforma es un producto fácil de consumir si nos atenemos a la enorme brevedad de sus notas y, en algunos casos, a los recuadritos de explicación que las acompañan como sacados de un manual para entender el abc de la cuestión. Sus páginas tienen muchas imágenes y sus notas son breves -por cierto, casi siempre están tituladas y escritas con enorme desprecio por la gramática en aras de hacer más "digerible" la información-. Esa forma de hacer periodismo enmarca la definición de fondo que es, a juzgar por lo que durante casi siete años ha publicado ese rotativo, una oferta impresa hecha no para lectores sino para consumidores de líneas breves que los hagan sentir que están informados, más aún cuando también se les ofrece la sección de "Bartolomé", seudónimo empleado para dar "adelantos", "detallar sobre los subterráneos en que se desenvuelve la política" e incluso publicar mensajes crípticos para que los entienda quién sabe quién. Y si a esto se le adocena con algunos columnistas prestigiados (algunos de ellos lo son con merecimientos intelectuales y periodísticos, sin duda) el producto es atractivo.
El autollamado "Corazón de México" es un rotativo que no tiene una expresa definición editorial y sus dueños, desde luego, están en su derecho de no exponerla con la franqueza y claridad que muchos lectores podrían agradecer, entre ellos este articulista. Llama la atención, empero, que sólo hayan existido tales definiciones editoriales cuando los dueños de la empresa han creído ver lesionados sus intereses, tal y como ocurrió cuando ese diario, a los pocas semanas de fundado, entró en litigio con la Unión de Voceadores y Expendedores de Periódicos. Sin definición editorial clara, Reforma, en cambio, ha dejado testimonio de su proclividad por el escándalo en detrimento del sustento informativo e incluso de la ética y la ley, como cuando sus editores publicaron acusaciones sin pruebas en contra de algunos personajes públicos; en esta columna hemos detallado varios episodios que documentan al respecto.
Sus portadas seducen a cierto público interesado en informarse desde la primera plana lo mismo sobre el más reciente concierto de Luis Miguel o la nueva película de Antonio Banderas, que sobre el aumento del precio internacional del petróleo, por ejemplo. Quién sabe cuántos de sus lectores reparen en las recurrentes pifias en que incurre ese periódico al respecto de los más variados temas (a este columnista le resulta memorable la confusión en que incurrieron sus editores cuando confundieron la fecha del deceso de Renato Leduc al proporcionarla como una noticia de actualidad). En cambio, los dueños de Reforma tienen visión empresarial.
La crítica al rotativo viene a cuento en virtud de que este articulista de primera plana quiere alertar sobre el éxito empresarial de una oferta de no lectura que, ojalá no, puede constituirse en un ejemplo de cómo hacer buenos negocios deteriorando la información y establecer entonces una "novedosa" forma de entender la comunicación. Con todo, y esta es una profesión de fe, la utilidad del periodismo escrito estará delimitada por el ofrecimiento de una lectura inteligente y de contexto, que intente explicar las razones de los hechos y, en la medida de lo posible, establezca coordenadas probables del impacto que tales acontecimientos tienen en el futuro inmediato o de largo plazo. El periodismo en los diarios no está, al menos no para este lector, en el video traducido en cuadratines.
Marco Levario Turcott es subdirector del semanario etcétera
correo electrónico: mlevario@etcetera.com.mx