El 1 de enero del año 2000 los lectores habituales de periódicos presenciaremos el nacimiento de un nuevo diario, que repite la trayectoria de otro proyecto que se incubó en el ámbito local del norte del país y más tarde rindió frutos a nivel nacional. En este caso se trata del periódico Milenio, que será la versión en formato diario del semanario del mismo nombre, que a dos años y medio de aparición se ha ganado una presencia considerable en el mapa del periodismo político en México.
El diario Milenio aparece entonces como el nuevo producto de una prolongada y fructífera competencia entre dos emporios mediáticos con sede en la capital de Nuevo León, que tras su éxito local buscaron proyección a nivel nacional. Hablamos del periódico El Norte y del Diario de Monterrey, dos verdaderos fenómenos del nuevo periodismo mexicano en esta década.
En 1993 los dueños de El Norte lanzaron el periódico Reforma para la capital del país, y ya en plena expansión más adelante fundaron diarios similares en otras plazas del país como Guadalajara y Saltillo, e incluso un diario para la ciudad de México de corte popular al estilo de La Prensa. Más allá de sus fobias y de sus filias políticas, lo cierto es que en el lapso de un sexenio el periódico Reforma logró convertirse en un medio de referencia en el sentido estricto de dicho atributo, si bien para ello hubieron de acudir repetidas veces al sensacionalismo voraz que se alimenta del escándalo y la especulación para asegurarse un lugar protagónico en el mercado de la información. Hay que reconocer, por otra parte, que con el tiempo los editores de Reforma han bajado el tono amarillista de sus páginas, y disminuido considerablemente esa pulsión febril de ofrecer a sus lectores menos información puntual que revelaciones y hallazgos las más de las veces efímeros o desatinados. Entre sus aciertos habrá que considerar la creación de un departamento propio de estudios demoscópicos, que con el tiempo ha contribuido a darle credibilidad y normalidad al uso -y no al abuso- de las encuestas en México; también se debe reconocer su tenacidad para reclutar en sus filas a opinadores de peso y prestigio, con un sentido de la pluralidad que no se había visto con frecuencia en nuestros diarios; así como su talento natural y sorprendente para hacer del periodismo escrito un negocio boyante.
Lo cierto es que en la todavía corta trayectoria del periodismo político de Reforma se advierten dos etapas distintas, y tal vez estos cambios en su temperamento inicial motivaron la salida gradual de un grupo de periodistas que destacaron en su primera etapa de construcción, quienes finalmente se reagruparon para fundar, con los auspicios del Diario de Monterrey, el semanario Milenio, cuyos objetivos en un inicio planteaban, por un lado, restituir el espíritu disruptor e innovador de Reforma y, por otro, incursionar en un formato y un género que hasta entonces eran patrimonio casi exclusivo de Proceso, con sus más de dos décadas de vida y su incesante apego al periodismo como un acto de denuncia, y al análisis como anunciación interminable del caos. Ambos objetivos se cumplieron parcialmente. Si bien el talento de sus editores les granjeó en poco tiempo el interés de un círculo selecto y privilegiado de lectores, no pudieron en toda esta etapa competir con el tiraje, las ventas y la tradición de Proceso, por muy contrastante que fuese la frescura de aquél, frente al flematismo de éste. Tal vez por ello los dueños del Diario de Monterrey decidieron orientar sus baterías hacia lo que se entiende será su más desafiante reto: desplazar a su rival histórico en la capital del país, o bien ganar terreno en un ámbito donde El Universal, que también se ha visto obligado a reformarse, sigue dominando por su volumen de ventas y tiraje. Para ello prepararon el terreno de su nueva incursión comprando el diario deportivo La Afición, así como al joven periódico Público, de Guadalajara, que fue a su vez resultado de una escisión del diario tapatío con mayor tradición de independencia.
Estamos, entonces, ante un fenómeno cada vez más visible en el cual, dentro de los cánones de la competencia empresarial y en el tablero calculador de los negocios, se mueven las piezas de unos medios que se acogen a las reglas y demandas del mercado. No hay en su fundación la proclama de un nuevo tipo de periodismo -pues ciertamente la novedad ya quedó demostrada- sino la convicción de que la calidad de la oferta y la habilidad en la competencia redundarán en un negocio próspero. No es un mal principio.