Paul Newman
Reclinado en un enorme sillón, Paul Newman mira a través de una ventana hurgando en los jardines de la memoria. Tiene largo tiempo evocando su intensa juventud, llena de incidentes escolares fortuitos, que lo llevaron a hacer horas extra curriculares en ?el taller de teatro de su escuela. Ahí descubrió el encanto de la actuación. Las imágenes llegan nítidas, coloridas, emotivas. Algún día las llevarán a la pantalla grande, pero nunca será igual, de eso está seguro. Esboza una sonrisa.
Sus manos sudan, la ansiedad es mucha, pero está bien preparado. Tiene la experiencia escolar, su paso por una pequeña compañía en Wisconsin y sus personajes secundarios en televisión. Además, estudió en la Escuela de Teatro de la Universidad de Yale, y todo eso es suficiente. Suspira y se relaja. Está por de-?butar en Broadway, y no es para menos. La calle-capital del teatro no es fácil. Ahí la crítica lanza o sepulta prospectos en una noche, como ésta, la del 19 de febrero de 1953. Cierra los ojos. Saldrá a escena en la premier de la obra Picnic, de William Inge. No olvida las últimas palabras que le dirige su director Joshua Logan antes de que cada quien tome su lugar. Sale a escena y triunfa. La obra estuvo en cartelera más de un año, tiempo suficiente para que Inge reciba el Pulitzer y él, una oportunidad en cine.
Se mira en el espejo, gesticula. Su porte y su destreza escénica atrajeron la atención de Warner Brothers, empresa que le planteó el proyecto para interpretar a Basil, en The silver chalice (El cáliz de plata). Es diciembre de 1954 y aunque la producción es impresionante, el resultado no satisface a todos. Años después tendría que admitir que el filme no fue de lo mejor de aquella década. Pero es irrelevante: por este trabajo recibió el Globo de Oro en 1957, como la nueva estrella. ¿Y cómo olvidar Éxodo, filmada tres años después?
Paul se pone de pie. Los recuerdos son muchos y se ha cansado del sillón. Su memoria le trae aquella tarde lluviosa, en que recibe la invitación para interpretar a Rocky Graziano en Somebody up there likes me (cuyo título en español fue Marcado por el odio), dirigido por Robert Wise, quien lo volverá a dirigir el año siguiente en Mujeres culpables. Algo más grato fue el trabajo que realizó en 1958 cuando actuó al lado de Elizabeth Taylor en Cat on a hot tin roof (La gata sobre el tejado de zinc). Sonríe de nuevo. Tuvo su primera nominación al Oscar, la primera de diez, hasta que lo ganó en 1986 como mejor actor en El color del dinero. Un año antes obtuvo un Oscar ho-norífico. Su consagración definitiva llega en 1966, con ?Harper, detective privado. Su larga trayectoria como actor va más allá de 57 películas y otras tantas en televisión.
Regresa al sillón, y se reclina. No olvida tantas caras sonrientes, tantos aplausos, tanta gente que siempre estuvo al pendiente de sus cosas y enrojece.
La sonrisa desaparece rápidamente cuando el sonido lejano de un avión le trae algunas escenas de la guerra en que participó. ¿Y qué podía hacer? El país estaba en guerra, y él realizaba su servicio militar en la Marina.
Un movimiento brusco lo regresa a los documentos que tiene frente a él, en su escritorio. Son los originales del proyecto para la puesta en escena de Of mice and men, la magnífica obra de teatro de John Steinbeck, al que dolorosamente (en toda la extensión de la palabra) tendrá que decir que no. Su codirectora Joanne Woodward está triste. Tristes se quedarán también los del teatro Westport Country Playhouse. Tristes estamos todos. Era su debut como director de teatro.
Está enfermo. Sus médicos han confirmado el cáncer, pero no precisan dónde, y de todos modos, no importa, Paul Newman no se permite languidecer. ?No es sencillo. "Sea fuerte y nos sobrepondremos", le habrá dicho alguien. Vendrán tiempos mejores