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Raúl Trejo  Bart Simpson en riesgo


 

 Raúl Trejo Delarbre


La suspensión del programa Hasta en las mejores familias fue una decisión inteligente y a tiempo. Esa serie ya no le ofrecía suficientes réditos financieros y en cambio le ocasionaba crecientes costos políticos a la empresa Televisa.

TV Azteca no ha tenido la misma diligencia para atender a la solicitud de la Secretaría de Gobernación -antecedida por la exigencia de una comisión senatorial- para retirar del horario vespertino el programa Cosas de la vida. Su situación es distinta. El respaldo del rating cuenta más que las reconvenciones sociales y le permite a la señora Rocío Sánchez Azuara presentarse como defensora del interés público. Pero es el interés financiero lo que mantiene esa serie en la programación de la televisora del Ajusco.

La exigencia para que los llamados talk shows dejaran de ser transmitidos en horarios para niños, fue compartida por sectores demasiado diversos. Entre ellos además de legisladores, funcionarios y agrupaciones de padres de familia, se encontraban inopinados cruzados dispuestos a censurar antes que explicar y a la desaprobación tajante de todas las expresiones que contradigan sus peculiares concepciones estéticas o morales.

Hubo quienes exigieron que, de plano, esos programas fuesen cancelados. Arrancar de raíz esa fuente de contenidos desagradables para muchos parecía constituir una actitud pertinente, aunque puede llegar a ser autoritaria.

Esos talk shows suelen ser de mala calidad, ofensivos porque están hechos para injuriar al sentido común y a lo que la mayoría consideramos como buen gusto. Sin embargo las televisoras tienen derecho a transmitirlos y los televidentes a quienes les gusten esos programas tienen derecho a atiborrarse con sus grotescos contenidos.

A lo que no tenían ni tienen derecho, es a presentarlos en horarios abiertos a todo el público. Así que nos encontramos ante dos actitudes. La de quienes demandaron que los talk shows fuesen suprimidos y la de aquellos que propusimos que fueran transmitidos en otro horario.

Televisa canceló Hasta en las mejores familias, cuya despedida el viernes pasado fue una antología del kitsch y también, del realismo vuelto cinismo. Además del contenido estridente que hizo célebre a esa serie, en su programa final los productores y artistas, literalmente, se quitaron las máscaras.

Los panelistas de esa tarde acabaron exigiendo que les pagaran por haber fingido padecer desgracias, el hombre lobo se quitó las barbas, los deformes de rostro hinchado se despojaron de los implantes con que se disfrazaban, el amanerado salió de la mano de su novia y la conductora develó una placa por las “representaciones” que el programa había cumplido.

Todo era circo, se reconoció después de la suspensión anunciada por la empresa. En vez de reality show “Hasta en las mejores familias” resultó ser una enorme estafa: una forzada y ordinaria caricatura de la realidad. A los televidentes se les hizo creer que los hechos allí presentados eran auténticos. El show, en este caso, no pudo continuar.

El debate sobre esos programas, así como ha desembocado en propuestas diferentes para remediar la exposición de niños y jóvenes a tales contenidos, también ha tenido marcos de referencia ética distintos.

Uno, es el contexto de quienes consideran que los adultos, si les da la gana, tienen derecho a embobarse con tales series siempre y cuando sean transmitidas por la noche.

Otra, la posición de aquellos que demandan que tales programas desaparezcan.

Los propósitos de censura pueden ser incontenibles. Ese es un riesgo ante el que nos encontramos ahora.

El domingo pasado un sacerdote en Hidalgo iba a arrojar a una hoguera centenares de muñecos e imágenes de la serie Pokémon, a la que él y algunos otros consideran engendro diabólico. La exposición que ese asunto logró en varios medios llevó al sacerdote a modificar su iniciativa, que era literalmente inquisitorial. En vez de quemarlos, envió a los pokemones a la basura.

Al día siguiente y en una situación muy distinto, un senador de la República exigió que se revise el contenido de varias series de caricaturas. Los criticados pokémons, las Tortugas Ninja y hasta los simpáticos Simpson fueron colocados en el mismo e infamante saco. En una reunión con el subsecretario de Comunicación de la Secretaría de Gobernación, el senador panista Wadi Amar Shabshab se quejó de que esas series deterioran el respeto a la familia y a la autoridad.

Cada una de esas caricaturas tiene contenidos e implicaciones diferentes. Catalogarlas juntas, implica un riesgoso apresuramiento. Los pokémons son extravagantes y estridentes pero fomentan la cooperación. Las Tortugas Ninja pelean todo el tiempo y promueven las Pizzas Dómino. La familia Simpson es una caricatura para adultos y su personaje central, el joven Bart, propone una lúdica y desenfadada óptica para entender al mundo. Más que faltas de respeto a la autoridad, en Los Simpson se muestran las debilidades de las estructuras autoritarias.

Quizá el senador Amar Shabshab no ha visto esas series. O tal vez no le gustan, lo cual es su derecho. Pero enderezar una campaña contra ellas esgrimiendo el respeto a la familia puede conducir a posiciones de exaltada intransigencia. Hay que salir en defensa del pícaro Bart Simpson.


Raúl Trejo Delarbre es director de etcétera.
Correo electrónico: rtrejod@infosel.net.mx

Este artículo se publica en varios periódicos del interior de la República. Sociedad y poder es una columna escrita por Raúl Trejo Delarbre.

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