El cine de luchadores concentra de un modo caótico y bizarro la pulsación del propio
espectador de la lucha libre como catalizador, el proscenio que redime y ahoga fuerzas diversas representadas
por rudos y técnicos, ying y yang de las pujas cotidianas con el buen vivir. El recinto de la arena
es justamente el muro de las lamentaciones de todas las estelas sociales, políticas y religiosas de
México, que en la lucha libre concentra la excelencia del divertimento y los ajustes de cuentas de la
teatralidad y el contacto de los gladiadores conjuran para que abdiquemos de nuestro mal humor y
tensión rutinaria; es una terapia colectiva que no exige más allá de los gritos y el libre cauce de la pasión.
El público es tan diferente en su raíz como unitario en su goce de los combates: del empleado
que descarga frustraciones de fábrica o de oficina, pasando por la señora que despotrica todas las
injurias acumuladas que no puede espetar a maridos opresivos y jefes insinuosos, hasta los niños que
culminan el hechizo vetado a los héroes tradicionales de la historieta, porque los luchadores tienen una
ventaja mayor: son de carne y hueso, se les puede ver en el encarnizamiento físico y absoluto del
encordado; son reales, están ahí, y no necesitan de poderes para volar o transformarse, sudan y sangran, y
uno puede acercarse para palpar el sudor que escurre de sus músculos resentidos, pedir el autógrafo,
ver su mirada entre la sangre de la frente, entre las máscaras que destacan su personalidad mágica,
la misma que se torna emblema de nuestras fantasías.
Los escasos presupuestos de las cintas de luchadores fueron notorios en cada encuadre.
Preparadas y filmadas con poco tiempo y menos dinero, no podían aspirar a demasiado en términos de
coherencia narrativa, propuesta visual, guiones rigurosos, es decir, no podían convertirse en cine de calidad.
Más aquí cabe una valoración de todas las significaciones que estas películas legaron a una generación
de cineastas que creció con ellas y, también, a los millones de espectadores que acapararon
cuando menos en un par de décadas.
El fenómeno de El Santo es vigente y lo seguirá siendo porque, en un principio, el valor moral
de un espectáculo como la lucha libre tiene un peso específico que no puede discutirse. Con más
aficionados reunidos al año que los que acuden a ver otros deportes profesionales masivos como el
futbol o el beisbol, este deporte-espectáculo tiene ángulos de una dimensión mayor para el gozo del
espectador, aspectos en los cuales debemos detenernos antes de evaluar a destajo a propio cine de
luchadores.
Por principio de cuentas México es un país donde la lucha libre tiene las condiciones ideales, y
aquí entra toda la serie de estudios sociológicos y ensayos diversos que se han hecho al respecto,
donde cuenta el grosor de nuestra clase popular, nuestro espíritu violento, nuestro realismo mágico
prefigurado en atuendos y desplantes, en músculos y lances, en cabelleras y máscaras. La
representación tiene un vigor que atrapa y se autoconfiere dimensiones épicas. Rudos y técnicos son buenos y
malos, personajes, actos y acciones con que lidiamos en cada jornada, haciendo la lucha.
En el cuadrilátero se manifiestan nuestros ideales del éxito y la aplicación, a los temores del
engaño y la traición, la patada trapera, la autoridad (referee)en nuestra contra, pero también la justicia
que se impone, el desenfreno que no pone barreras para desgañitarse en largas retahilas, imposible
de equipararse al desahogo menor de mentársela a un árbitro. Por eso México ha superado (pese a
una discutible manipulación televisiva) a la centralización de una cultura del cuerpo que emblematiza a
la lucha estadounidense o a la exaltación masoquista en que han derivado algunas luchas estelares
de la lucha japonesa (combates con alambres de púas, entre otras lindezas, que han ido en
detrimento de su reconocida técnica), para señalar a los mercados más grandes.
La lucha libre en México tiene un sitio inamovible, ganado desde que empezó en espectáculos
de carpa ambulante, de atracción para actos políticos, e incluso como distracciones para el
intermedio de algunos cines. Existen arenas de lucha prácticamente en todo el país, además construidas con
ese objetivo, no son recintos de boxeo o gimnasios de usos múltiples (que también se utilizan) sino
centros creados ex profeso para la práctica y disfrute de este espectáculo. Así que la lucha libre merece
una atención menos superficial y de desdén intelectual, pues tiene mucha importancia como
diversión, como regulador catártico, como estampa policroma de los muchos Méxicos que el país contiene.
El cine de luchadores y, especialmente, el cine de El Santo, no son menos de aquellas
consideraciones tan emparentadas con el hecho de que las cintas se intitularan Santo VS..., donde el
versus o contra, está derivado de las impresiones que se emplean en los programas de las arenas de lucha
libre, que anuncia de ese modo el cartel: fulano contra mengano.
A toda disciplina corresponde un aliento mayor, una figura principal, el icono que representa el
todo con sólo mencionarlo y la lucha libre no es excepción (¿cómo podría?), eso es precisamente El
Santo, el primer actor, un deportista destacado por sus habilidades físicas y técnicas(designado el
mejor luchador de México en 1943, 1946, 1955 y 1957 y considerado "la incógnita más apasionante de
las cinco décadas", durante la celebración del cincuentenario de la lucha libre en nuestro país,
según recuento de la extinta revista HALCON.
Sólo Lucha Libre que le hacen ganar máscaras y
cabelleras, campeonatos nacionales y mundiales pero, ante todo, la preferencia de un público que lo venera y
lo convierte en el luchador más taquillero. José G. Cruz apareció todas esas cualidades en él (sobre
todo la ultima) y confirmó visualmente (como un moderno Mélies) todas las fantasías que el público
vertía sobre su figura en la revista-historeta-fotonovela
Santo, El Enmascarado de Plata.
De hecho, G. Cruz concibió el argumento de la cinta del mismo nombre junto a René
Cardona, filmada con guión adaptado de Ramón Obón. El héroe posa para largas sesiones fotográficas en
las que combate villanos de todo rango de México y del extranjero, de este mundo y de los otros,
para todos hay. Se legaron a tirar 900 mil ejemplares a la semana de aquella saga. Años después en
1978, El Santo tendría un conflicto judicial con José G. Cruz cuando éste lanzó una segunda etapa de
la revista pero con el fisicoculturista Héctor Pliego haciéndose pasar por el plateado, con una
máscara similar a la que se le agregó una S en la frente. Pero los tiempos de la primera época del cómic
llevaron a El Santo a la cima de la fama y, sin saberlo, comenzó la edificación de su leyenda.
Su mitificación no habría sido tal de no haber pasado la prueba del celuloide. En realidad, esa
era una lucha ganada de antemano, n dos caídas al hilo in emplearse al máximo. El Santo está por
encima de las escenografías paupérrimas, de los penosos maquillajes y las dobles conciencias que lo
hacen parecer en el extranjero como un erotómano consumado que entre batalla y riesgo apuesta la
incógnita con bellas de pechos descubiertos, y que en la exhibición nacional suprime calenturas
terrenales para no restarle a su áurea de bondad en clasificación para todo público. Un clásico como
Santo vs las mujeres vampiro (Alfonso Corona Blake, 1962) prorrumpe con sus desnudos en su
exhibición internacional; para los espectadores mexicanos hay insinuaciones en rostros y escotes,
lesbianismos sugeridos, nada más.
En las películas de El Santo se identifica una serie de elementos recurrentes que de algún
modo hacen la estructura de un género y que, curiosamente, tendrían como guía la cinta
El Enmascarado de Plata de René Cardona, protagonizada no por El Santo (que iba a hacerlo originalmente) sino
por El Médico Asesino. Desde ese momento se hacen claras muchas características que el género
de luchadores, (más de 100 películas) ya no abandonaría pese a sus variantes. Entre esos elementos
casi inamovibles estaban soplarse al menos un par de luchas de los héroes en las arenas, usualmente mal filmadas, lo que impedía disfrutar del llaveo y los lances de gente como Ray Mendoza, El Angel
Blanco, Cavernario Galindo o Lobo Negro. Las arenas no tenían suficientes extras a pesar de que el
narrador nos insistía en el "lleno a reventar" y "la multitud que ruge". Otro hecho peculiar es que, como
había secuelas, se filmaban paralelamente, uno puede ver a los mismos públicos en películas diferentes.
Una lista larga de villanos eran científicos locos de origen extranjero, europeos de preferencia y,
si se podía, con apellidos indescifrables (curioso es el gordo desquiciado Le Blanc de
Neutrón contra el Dr. Caronte, cinta realizada por Federico Curiel en 1962, que habla de los "intereses de mi país",
para apoderarse de la bomba de neutrones, con un acento que no se define francés ni de ningún lado,
sin que jamás haya un solo indicio que nos aclare de qué país "conspirador" está hablando). la
corrupción policiaca prácticamente no existe, pues sus luchadores casi siempre rendían cuentas de sus éxitos
a comandantes de policía y agentes secretos de gobierno.
Diferentes parejas femeninas de El Santo tenían el nombre de Lina, mismo que identificaba a
la novia de Mil Máscaras en Las momias de Guanajuato
(Fernando Curiel, 1970): otro nombre repetido con frecuencia es Igor que lo mismo se otorga a un ayudante jorobado que a un doctor
desquiciado. Enrique Yanes fue el locutor oficial de al menos una veintena de cintas, mientras que el
"Mago" Septién narró todas las luchas de la serie del Huracán Ramírez (Daniel García). Era común que
los villanos trataran de dañar a los héroes mientras se encontraban en el ring, fuera con dardos
envenenados, polvos, llaves prohibidas, etcétera. La banda musical de al menos la mitad de las películas
fue obra de Gustavo César Carrión incluyendo el célebre y escalofriante teclado peliagudo de
Las momias de Guanajuato), y los gladiadores ¡jamás! se quitan las máscaras; no importa a quién combaten,
nadan en una alberca, hacen el amor... incluso se dice que El Santo viajaba con pasaporte en el que
lucía enmascarado.
Tantas coincidencias hacen evidente la premura de las producciones, la poca creatividad de
los guionistas y directores, pero también el agotador ejercicio de los éxitos probados, donde las
descomunales ganancias taquilleras hacían que los rodajes se prepararan no como proyectos de
películas sino con su secuela incluída o hasta trilogías. Se debe destacar lo que el género representó en
términos financieros, no sólo por la recuperación y ganancia de cada proyecto con las exhibiciones
domésticas, sino por la distribución internacional que en algunos sitios alcanzó récords de asistencia que
hicieron de El Santo el actor más taquillero de América Latina sin que se le viera el rostro. Un hecho
insólito se añade a su magnetismo legendario; en Líbano existía un cine con su efigie en la fachada (en
flor de loto), dedicado a proyectar únicamente películas del pateado.
El asunto e los doblajes y los dobles es cosa de auténtico culto y trivia obligada en el cine
de luchadores. A la mayoría de ellos nunca los doblaron en secuencias de acción, pero varios
luchadores profesionales entraron al quite de os actores que se enmascaraban para los momentos heroicos.
Por ejemplo: Fernando Osés (responsable directo de la participación fílmica del El Santo, cuando
lo convenció en 1958 para hacer sus dos primeras cintas:
Santo contra el cerebro del mal y Santo vs los hombres infernales,
ambas del director Joselito Rodríguez)fue La Sombra Vengadora, aunque el
galán sin máscara era Armando Silvestre; Huracán Ramírez lució su destreza en la larguísima saga con
su nombre, pero se perdió el crédito y los besos que le tocaron a David Silva; a El Santo, Blue Demon
y Mil Máscaras les doblaron las voces, pero mejor resultó el caso de Neutrón, el enmascarado negro
que se encapuchó vía Wolf Rubinskis (el verdadero para efectos dramáticos), Julio Alemán y
Armando Silvestre, pues no importaba quién de ellos fuera, en el momento que se ponían la máscara la voz
les salía de Narciso Busquets...misterio. En
Los Leones del ring contra la Cosa Nostra (ambas de
Chano Urreta, filmadas simultáneamente en 1972), e doble de Jorge Rivero es muy evidente, pero aún
peor resulta el de Rogelio Guerra, que es lacio, más rubio y con diez kilos más. Luis y Mario (los
gemelos que interpreta Rivero) no tienen ningún elemento que les dé una personalidad que los distinga,
salvo cuando están "juntos", da la impresión de que siempre vemos al mismo hombre, incluso usan
cinturón igual. Mazámbula lucha con el doble de Rivero y de un plano a otro pasa de tener calzoncillo
verde a uno rojo. Varios luchadores profesionales eran presentados con un nombre distinto cuando
luchaban en las películas (Coloso Colosseti entre otros) y algunos enmascarados de relleno fueron
creados para a ficción fílmica (El fantasma Blanco, El Avispón Escarlata).
Aquí es importante destacar que Huracán Ramírez nació de la imaginación del director
Joselito Rodríguez, creador del personaje y la serie; el luchador (Daniel García en la vida real) fue elegido
por el cineasta, un mérito que la lucha agradecería, pues Huracán Ramírez es uno de los grandes en
la historia el deporte, creador de la famosa "huracarrana". Similar es el caso de Mil Máscaras, otro
héroe legendario del cine del pancracio creado por el editor de lucha libre Valente Pérez, que lo eligió
por su físico impresionante (ex competidor del Mr. México) y sus sobradas aptitudes técnicas.
En el caso de Rayo de Jalisco (Max Linares), el gran luchador tapatío, él tomó el nombre de su
amigo Fili Espinoza, que lo había usado sin fortuna y con otro equipo: a recomendación e Fili, Rayo de
Jalisco tomaría su nuevo nombre de batalla dejando a un lado el de Doc Curtis, y haciéndose de un
equipo como el de La Sombra Vengadora, el personaje del cien; así, Rayo de Jalisco es quien aparece
en Vuelven los campeones justicieros (Federico Curiel, 1970), donde vemos en acción a La
Sombra Vengadora; en esta película apareció otro luchador célebre e imponente por su físico atlético
y estatura (1.91 m.): Tinieblas.
Por su parte, el célebre luchador-sacerdote Fray Tormenta, retirado recientemente, tomó su
nombre (y su oficio) inspirado en la cinta El señor
Tormenta (Fernando Fernández, 1962), en la que
un sacerdote (Eric del Castillo) se hace luchador para allegarse recursos para sostener una casa-hogar
de niños huérfanos; é levó la ficción a la vida real. Una trivia singular es la de los luchadores
René "Copetes" Guajardo y Karolff Lagarde, dos de los grandes maestros del costalazo nacional (a
pesar de que García Riera los califique de "luchadores segundones" en la
Historia documental del Cine Mexicano) que aparecen
¡enmascarados! en Los endemoniados del ring y La mano que
aprieta, interpretando a Satán y Angel, respectivamente, películas filmadas al mismo tiempo en 1964, bajo
la dirección de Alfredo B. Crevenna, donde el galán era Jorge Rivero.
Hubo intentos por darle a los luchadores un aire de intelectualidad que subrayara su
capacidad cerebral antes que la física, trazados levemente en la agudeza de algunos diálogos o escenas
particulares. Baste recordar el ostentoso e "hipertecnológico" laboratorio de El Santo con probetas,
tubos, foquitos y humo, muchísimo humo), o los conocimientos científicos de Neutrón y el Dr. Caronte,
quien sabe demasiado de física nuclear y parapsicología, con refinados gustos que incluyen un oído
educado que se regocija con la Quinta Sinfonía de Beethoven.
El Santo y Blue Demon vs Drácula y el
Hombre Lobo (Miguel M. Delgado, 1972); Mil Máscaras se distingue por su educación desde la forma de
hablar, y qué decir de sus botas lanza cohetes usadas en
Las momias de Guanajuato, diseñadas por él mismo.
En varias cintas se ve a El Santo ocupado con un libro, y todos ellos, cuando el momento
dramático lo requiere, hacen cita de libros clásicos o culturas antiguas. Sus amigos son profesores,
doctores, arqueólogos, científicos (que trabajan con recursos indiscernibles y con propósitos que sólo se
sabe son "para el bien de la humanidad"). Sin embargo, y también lamentable, nunca se profundizó en
esos intentos para darles una dimensión que los asemejara a El Fantasma, Fantomas o Batman,
personaje de la historieta a los que distinguía su cultura y que, en las mejores ediciones de su saga, pulieron
con su personalidad historias hoy clásicas del octavo arte, como se ha dado en llamar al cómic en
los últimos años. Para la película
Santo y Bue Demon en la Atlántida (Julián Soler, 1969) se
utilizaron escenas de las cintas japonesas Monster
Zero (1965) y Godzilla contra Ebirah (o Godzilla contra
el monstruo marino, 1969) con una disparatada estructura de edición que hubiera envidiado Ed
Wood. Es una de las películas de la era del color que gozó de mejores elementos de producción, lo que
no impidió los saltos de eje, las rupturas narrativas y los elementos surrealistas, de algún modo,
inherentes. Aquí se repite la suplantación de luchadores, algo muy socorrido en el género, donde los
rufianes tratan de burlar a la justicia suplantando a los héroes, por lo que El Santo y Blue Demon se
enfrentan a sucesivos "clones" de sí mismos. La primera suplantación fue de otro corte y se vio en su
clásico: El ladrón de cadáveres
(1956), de Fernando Méndez, donde el científico desquiciado interpretado
por Carlos Riquelme roba cuerpos de atletas para ponerles (con sofisticada trepanación) cerebros
de animales.
Los guión de las cintas del Enmascarado de Plata incluyen soluciones hechas con hormonas
de animales, inducción de tumores para hacer fórmulas de restauración pictórica, telepatía,
"materia lunar inteligente", extraterrestres, seres infernales (con el propio Lucifer a la cabeza), cazadores
de cabezas, momias (destacando una variación de la increíble y ya objeto de culto "Momia Azteca"), vampiros, monstruos de lagunas indómitas, mafias internacionales, secuestradores, la Llorona,
etcétera. También alternó con todas las bellas posibles: Elsa Cárdenas, Elizabeth Campbel, Lorena
Velázquez, Eva Norvind, Gina Romand, Sasha Montenegro, Irma Serrano, y otro largo etcétera.
En muchas de sus cintas el Enmascarado de Plata tiene que rehacer los entuertos de sus
antepasados, por lo que se ve precisado a viajar a otras eras o dimensiones. En
El hacha diabólica (1964) enfrenta a oscuras fuerzas de una pasado ignominioso en que, en siniestro combate, debe encarar
al propio príncipe de las tinieblas para resarcir una historia
ancestral. En El barón Brácula (sic),
película dirigida por José Díaz Morales en 1965, el vampiro despierta de su letargo para vengar la muerte
de la chupasangre Rebeca, muerta hace dos siglos por el Enmascarado de Plata, caballero del
cual desciende; El Santo se muestra como un esgrimista consumado. En
Las momias de Guanajuato, el plateado batalla para vencer a Satán, momia revivida que trata de cobrarse la afrenta de una
derrota en el cuadrilátero a manos de un antepasado suyo. En
Santo en la venganza de las mujeres vampiro (Federico Curiel, 1970), el héroe se las ve negras con el doctor Brankof y Mayra, que trata de
matarlo por descender del hombre que venció en 1730.
El universo del cine de luchadores dejó espacio amplio para el debate y los involuntarios
seguidores, entre quienes el análisis estricto de las películas es materia solamente de "iniciados" en el medio
del pancracio. Nunca se justificaron las operaciones internacionales desarrolladas en México, o que
el "deber universal" de Mil Máscaras es su primera cinta
(Mil Máscaras, dirigida por Jaimes
Salvador, 1966) se limitara a evitar el control de un empresario de lucha libre en una arena del Distrito
Federal, o que Blue Demon pudiera bucear sujetando el conector de oxígeno por la ranura de tres
centímetros de su máscara en Blue Demon
y las invasoras (Gilberto Martínez Solares, 1968); o que El Santo
no recibiera un reconocimiento nacional ni mundial por arriesgar el físico contra tantos villanos,
dándose tiempo para cumplir los compromisos de las arenas (que nunca se cancelan, aunque un día antes
haya peleado con una docena de hombres lobo). Esa aglutinación de estilos e historias inconexas entre
sí es lo que hace mágico el cine de luchadores, ese desfachatado vigor conque rompe todo
los academicismos posibles, prodigándonos historias e imágenes imborrables con El Santo como
su máximo símbolo, como también lo es para la historia de la lucha libre mexicana.
Vale mencionar un par de historias y estadísticas de estas estrellas del cine de luchadores en
su historia real: El Santo es el luchador con más récords, pues fue quien obtuvo más
campeonatos, máscaras y cabelleras; se habla de que participó en cerca de 15 mil combates y es el luchador
más taquillero de la historia desde su retiro en 1982; el propio Hijo del Santo es el único que se le
acerca en imán taquillero. Blue Demon tuvo un palmarés impresionante como luchador activo y, de
hecho, fue de los pocos que venció a El Santo en dos caídas al hilo en una lucha de campeonato (por el
mundial de peso welter); ellos dos, junto a Rayo de Jalisco, hicieron una tercia memorable.
Demon y Rayo prácticamente se retiraron después de su histórico
match de máscaras (30 de julio de 1989 en la Monumental de Monterrey, tierra natal del azul); si, máscara contra máscara
después de años de combatir en el mismo bando; el Rayo de Jalisco perdió la incógnita . Mil Máscaras
sigue luchado y llenando; entre los logros de su mejor época se cuenta la victoria en su batalla campal
en Estados Unidos en donde venció a Hulk Hogan (ampliamente conocido por su participación en
la farándula, sobre todo en Rocky
III). Huracán Ramírez se retiró y se quitó la máscara a ojos del
público; fue un gran amigo de El Santo y participó en su lucha de retiro en el Toreo de Cuatro Caminos;
es invitado a múltiples eventos del medio de la lucha libre. Tinieblas tuvo una fama notable en los
80, cuando se vendió su historieta y aparecía continuamente en televisión; se mantiene activo en
los encorados.