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EL SANTO


Mito, leyenda y milagros en el cine



Raúl Alberto Criolo L.



Por las razones que sean, las máscaras en México, seducen. Y si precisamos más, podemos tener presente la existencia de un hombre famosísimo que, con el rostro cubierto, emprende la lucha por el bien de la humanidad en contra de los villanos que se empeñan en destruirla. El héroe es ágil y prudente, técnico, preciso y elocuente, aún tiene legiones de admiradores que intentan emular sus hazañas y se ponen la máscara como un símbolo de identidad. Ellos son y se reflejan en El Santo, icono de los encordados y testarudo combatiente de las mujeres vampiro, monstruos espeluznantes y marcianos aterradores.



Mis películas no serán obras de arte,
¡pero divierten!
A mí lo que más me gusta es la
acción...acción y más acción.

El Santo


El cine de luchadores concentra de un modo caótico y bizarro la pulsación del propio espectador de la lucha libre como catalizador, el proscenio que redime y ahoga fuerzas diversas representadas por rudos y técnicos, ying y yang de las pujas cotidianas con el buen vivir. El recinto de la arena es justamente el muro de las lamentaciones de todas las estelas sociales, políticas y religiosas de México, que en la lucha libre concentra la excelencia del divertimento y los ajustes de cuentas de la teatralidad y el contacto de los gladiadores conjuran para que abdiquemos de nuestro mal humor y tensión rutinaria; es una terapia colectiva que no exige más allá de los gritos y el libre cauce de la pasión.

El público es tan diferente en su raíz como unitario en su goce de los combates: del empleado que descarga frustraciones de fábrica o de oficina, pasando por la señora que despotrica todas las injurias acumuladas que no puede espetar a maridos opresivos y jefes insinuosos, hasta los niños que culminan el hechizo vetado a los héroes tradicionales de la historieta, porque los luchadores tienen una ventaja mayor: son de carne y hueso, se les puede ver en el encarnizamiento físico y absoluto del encordado; son reales, están ahí, y no necesitan de poderes para volar o transformarse, sudan y sangran, y uno puede acercarse para palpar el sudor que escurre de sus músculos resentidos, pedir el autógrafo, ver su mirada entre la sangre de la frente, entre las máscaras que destacan su personalidad mágica, la misma que se torna emblema de nuestras fantasías.

Los escasos presupuestos de las cintas de luchadores fueron notorios en cada encuadre. Preparadas y filmadas con poco tiempo y menos dinero, no podían aspirar a demasiado en términos de coherencia narrativa, propuesta visual, guiones rigurosos, es decir, no podían convertirse en cine de calidad. Más aquí cabe una valoración de todas las significaciones que estas películas legaron a una generación de cineastas que creció con ellas y, también, a los millones de espectadores que acapararon cuando menos en un par de décadas.

El fenómeno de El Santo es vigente y lo seguirá siendo porque, en un principio, el valor moral de un espectáculo como la lucha libre tiene un peso específico que no puede discutirse. Con más aficionados reunidos al año que los que acuden a ver otros deportes profesionales masivos como el futbol o el beisbol, este deporte-espectáculo tiene ángulos de una dimensión mayor para el gozo del espectador, aspectos en los cuales debemos detenernos antes de evaluar a destajo a propio cine de luchadores.

Por principio de cuentas México es un país donde la lucha libre tiene las condiciones ideales, y aquí entra toda la serie de estudios sociológicos y ensayos diversos que se han hecho al respecto, donde cuenta el grosor de nuestra clase popular, nuestro espíritu violento, nuestro realismo mágico prefigurado en atuendos y desplantes, en músculos y lances, en cabelleras y máscaras. La representación tiene un vigor que atrapa y se autoconfiere dimensiones épicas. Rudos y técnicos son buenos y malos, personajes, actos y acciones con que lidiamos en cada jornada, haciendo la lucha.

En el cuadrilátero se manifiestan nuestros ideales del éxito y la aplicación, a los temores del engaño y la traición, la patada trapera, la autoridad (referee)en nuestra contra, pero también la justicia que se impone, el desenfreno que no pone barreras para desgañitarse en largas retahilas, imposible de equipararse al desahogo menor de mentársela a un árbitro. Por eso México ha superado (pese a una discutible manipulación televisiva) a la centralización de una cultura del cuerpo que emblematiza a la lucha estadounidense o a la exaltación masoquista en que han derivado algunas luchas estelares de la lucha japonesa (combates con alambres de púas, entre otras lindezas, que han ido en detrimento de su reconocida técnica), para señalar a los mercados más grandes.

La lucha libre en México tiene un sitio inamovible, ganado desde que empezó en espectáculos de carpa ambulante, de atracción para actos políticos, e incluso como distracciones para el intermedio de algunos cines. Existen arenas de lucha prácticamente en todo el país, además construidas con ese objetivo, no son recintos de boxeo o gimnasios de usos múltiples (que también se utilizan) sino centros creados ex profeso para la práctica y disfrute de este espectáculo. Así que la lucha libre merece una atención menos superficial y de desdén intelectual, pues tiene mucha importancia como diversión, como regulador catártico, como estampa policroma de los muchos Méxicos que el país contiene.

El cine de luchadores y, especialmente, el cine de El Santo, no son menos de aquellas consideraciones tan emparentadas con el hecho de que las cintas se intitularan Santo VS..., donde el versus o contra, está derivado de las impresiones que se emplean en los programas de las arenas de lucha libre, que anuncia de ese modo el cartel: fulano contra mengano.

A toda disciplina corresponde un aliento mayor, una figura principal, el icono que representa el todo con sólo mencionarlo y la lucha libre no es excepción (¿cómo podría?), eso es precisamente El Santo, el primer actor, un deportista destacado por sus habilidades físicas y técnicas(designado el mejor luchador de México en 1943, 1946, 1955 y 1957 y considerado "la incógnita más apasionante de las cinco décadas", durante la celebración del cincuentenario de la lucha libre en nuestro país, según recuento de la extinta revista HALCON. Sólo Lucha Libre que le hacen ganar máscaras y cabelleras, campeonatos nacionales y mundiales pero, ante todo, la preferencia de un público que lo venera y lo convierte en el luchador más taquillero. José G. Cruz apareció todas esas cualidades en él (sobre todo la ultima) y confirmó visualmente (como un moderno Mélies) todas las fantasías que el público vertía sobre su figura en la revista-historeta-fotonovela Santo, El Enmascarado de Plata.

De hecho, G. Cruz concibió el argumento de la cinta del mismo nombre junto a René Cardona, filmada con guión adaptado de Ramón Obón. El héroe posa para largas sesiones fotográficas en las que combate villanos de todo rango de México y del extranjero, de este mundo y de los otros, para todos hay. Se legaron a tirar 900 mil ejemplares a la semana de aquella saga. Años después en 1978, El Santo tendría un conflicto judicial con José G. Cruz cuando éste lanzó una segunda etapa de la revista pero con el fisicoculturista Héctor Pliego haciéndose pasar por el plateado, con una máscara similar a la que se le agregó una S en la frente. Pero los tiempos de la primera época del cómic llevaron a El Santo a la cima de la fama y, sin saberlo, comenzó la edificación de su leyenda.

Su mitificación no habría sido tal de no haber pasado la prueba del celuloide. En realidad, esa era una lucha ganada de antemano, n dos caídas al hilo in emplearse al máximo. El Santo está por encima de las escenografías paupérrimas, de los penosos maquillajes y las dobles conciencias que lo hacen parecer en el extranjero como un erotómano consumado que entre batalla y riesgo apuesta la incógnita con bellas de pechos descubiertos, y que en la exhibición nacional suprime calenturas terrenales para no restarle a su áurea de bondad en clasificación para todo público. Un clásico como Santo vs las mujeres vampiro (Alfonso Corona Blake, 1962) prorrumpe con sus desnudos en su exhibición internacional; para los espectadores mexicanos hay insinuaciones en rostros y escotes, lesbianismos sugeridos, nada más.

En las películas de El Santo se identifica una serie de elementos recurrentes que de algún modo hacen la estructura de un género y que, curiosamente, tendrían como guía la cinta El Enmascarado de Plata de René Cardona, protagonizada no por El Santo (que iba a hacerlo originalmente) sino por El Médico Asesino. Desde ese momento se hacen claras muchas características que el género de luchadores, (más de 100 películas) ya no abandonaría pese a sus variantes. Entre esos elementos casi inamovibles estaban soplarse al menos un par de luchas de los héroes en las arenas, usualmente mal filmadas, lo que impedía disfrutar del llaveo y los lances de gente como Ray Mendoza, El Angel Blanco, Cavernario Galindo o Lobo Negro. Las arenas no tenían suficientes extras a pesar de que el narrador nos insistía en el "lleno a reventar" y "la multitud que ruge". Otro hecho peculiar es que, como había secuelas, se filmaban paralelamente, uno puede ver a los mismos públicos en películas diferentes.

Una lista larga de villanos eran científicos locos de origen extranjero, europeos de preferencia y, si se podía, con apellidos indescifrables (curioso es el gordo desquiciado Le Blanc de Neutrón contra el Dr. Caronte, cinta realizada por Federico Curiel en 1962, que habla de los "intereses de mi país", para apoderarse de la bomba de neutrones, con un acento que no se define francés ni de ningún lado, sin que jamás haya un solo indicio que nos aclare de qué país "conspirador" está hablando). la corrupción policiaca prácticamente no existe, pues sus luchadores casi siempre rendían cuentas de sus éxitos a comandantes de policía y agentes secretos de gobierno.

Diferentes parejas femeninas de El Santo tenían el nombre de Lina, mismo que identificaba a la novia de Mil Máscaras en Las momias de Guanajuato (Fernando Curiel, 1970): otro nombre repetido con frecuencia es Igor que lo mismo se otorga a un ayudante jorobado que a un doctor desquiciado. Enrique Yanes fue el locutor oficial de al menos una veintena de cintas, mientras que el "Mago" Septién narró todas las luchas de la serie del Huracán Ramírez (Daniel García). Era común que los villanos trataran de dañar a los héroes mientras se encontraban en el ring, fuera con dardos envenenados, polvos, llaves prohibidas, etcétera. La banda musical de al menos la mitad de las películas fue obra de Gustavo César Carrión incluyendo el célebre y escalofriante teclado peliagudo de Las momias de Guanajuato), y los gladiadores ¡jamás! se quitan las máscaras; no importa a quién combaten, nadan en una alberca, hacen el amor... incluso se dice que El Santo viajaba con pasaporte en el que lucía enmascarado.

Tantas coincidencias hacen evidente la premura de las producciones, la poca creatividad de los guionistas y directores, pero también el agotador ejercicio de los éxitos probados, donde las descomunales ganancias taquilleras hacían que los rodajes se prepararan no como proyectos de películas sino con su secuela incluída o hasta trilogías. Se debe destacar lo que el género representó en términos financieros, no sólo por la recuperación y ganancia de cada proyecto con las exhibiciones domésticas, sino por la distribución internacional que en algunos sitios alcanzó récords de asistencia que hicieron de El Santo el actor más taquillero de América Latina sin que se le viera el rostro. Un hecho insólito se añade a su magnetismo legendario; en Líbano existía un cine con su efigie en la fachada (en flor de loto), dedicado a proyectar únicamente películas del pateado.

El asunto e los doblajes y los dobles es cosa de auténtico culto y trivia obligada en el cine de luchadores. A la mayoría de ellos nunca los doblaron en secuencias de acción, pero varios luchadores profesionales entraron al quite de os actores que se enmascaraban para los momentos heroicos. Por ejemplo: Fernando Osés (responsable directo de la participación fílmica del El Santo, cuando lo convenció en 1958 para hacer sus dos primeras cintas: Santo contra el cerebro del mal y Santo vs los hombres infernales, ambas del director Joselito Rodríguez)fue La Sombra Vengadora, aunque el galán sin máscara era Armando Silvestre; Huracán Ramírez lució su destreza en la larguísima saga con su nombre, pero se perdió el crédito y los besos que le tocaron a David Silva; a El Santo, Blue Demon y Mil Máscaras les doblaron las voces, pero mejor resultó el caso de Neutrón, el enmascarado negro que se encapuchó vía Wolf Rubinskis (el verdadero para efectos dramáticos), Julio Alemán y Armando Silvestre, pues no importaba quién de ellos fuera, en el momento que se ponían la máscara la voz les salía de Narciso Busquets...misterio. En Los Leones del ring contra la Cosa Nostra (ambas de Chano Urreta, filmadas simultáneamente en 1972), e doble de Jorge Rivero es muy evidente, pero aún peor resulta el de Rogelio Guerra, que es lacio, más rubio y con diez kilos más. Luis y Mario (los gemelos que interpreta Rivero) no tienen ningún elemento que les dé una personalidad que los distinga, salvo cuando están "juntos", da la impresión de que siempre vemos al mismo hombre, incluso usan cinturón igual. Mazámbula lucha con el doble de Rivero y de un plano a otro pasa de tener calzoncillo verde a uno rojo. Varios luchadores profesionales eran presentados con un nombre distinto cuando luchaban en las películas (Coloso Colosseti entre otros) y algunos enmascarados de relleno fueron creados para a ficción fílmica (El fantasma Blanco, El Avispón Escarlata).

Aquí es importante destacar que Huracán Ramírez nació de la imaginación del director Joselito Rodríguez, creador del personaje y la serie; el luchador (Daniel García en la vida real) fue elegido por el cineasta, un mérito que la lucha agradecería, pues Huracán Ramírez es uno de los grandes en la historia el deporte, creador de la famosa "huracarrana". Similar es el caso de Mil Máscaras, otro héroe legendario del cine del pancracio creado por el editor de lucha libre Valente Pérez, que lo eligió por su físico impresionante (ex competidor del Mr. México) y sus sobradas aptitudes técnicas.

En el caso de Rayo de Jalisco (Max Linares), el gran luchador tapatío, él tomó el nombre de su amigo Fili Espinoza, que lo había usado sin fortuna y con otro equipo: a recomendación e Fili, Rayo de Jalisco tomaría su nuevo nombre de batalla dejando a un lado el de Doc Curtis, y haciéndose de un equipo como el de La Sombra Vengadora, el personaje del cien; así, Rayo de Jalisco es quien aparece en Vuelven los campeones justicieros (Federico Curiel, 1970), donde vemos en acción a La Sombra Vengadora; en esta película apareció otro luchador célebre e imponente por su físico atlético y estatura (1.91 m.): Tinieblas.

Por su parte, el célebre luchador-sacerdote Fray Tormenta, retirado recientemente, tomó su nombre (y su oficio) inspirado en la cinta El señor Tormenta (Fernando Fernández, 1962), en la que un sacerdote (Eric del Castillo) se hace luchador para allegarse recursos para sostener una casa-hogar de niños huérfanos; é levó la ficción a la vida real. Una trivia singular es la de los luchadores René "Copetes" Guajardo y Karolff Lagarde, dos de los grandes maestros del costalazo nacional (a pesar de que García Riera los califique de "luchadores segundones" en la Historia documental del Cine Mexicano) que aparecen ¡enmascarados! en Los endemoniados del ring y La mano que aprieta, interpretando a Satán y Angel, respectivamente, películas filmadas al mismo tiempo en 1964, bajo la dirección de Alfredo B. Crevenna, donde el galán era Jorge Rivero.

Hubo intentos por darle a los luchadores un aire de intelectualidad que subrayara su capacidad cerebral antes que la física, trazados levemente en la agudeza de algunos diálogos o escenas particulares. Baste recordar el ostentoso e "hipertecnológico" laboratorio de El Santo con probetas, tubos, foquitos y humo, muchísimo humo), o los conocimientos científicos de Neutrón y el Dr. Caronte, quien sabe demasiado de física nuclear y parapsicología, con refinados gustos que incluyen un oído educado que se regocija con la Quinta Sinfonía de Beethoven. El Santo y Blue Demon vs Drácula y el Hombre Lobo (Miguel M. Delgado, 1972); Mil Máscaras se distingue por su educación desde la forma de hablar, y qué decir de sus botas lanza cohetes usadas en Las momias de Guanajuato, diseñadas por él mismo.

En varias cintas se ve a El Santo ocupado con un libro, y todos ellos, cuando el momento dramático lo requiere, hacen cita de libros clásicos o culturas antiguas. Sus amigos son profesores, doctores, arqueólogos, científicos (que trabajan con recursos indiscernibles y con propósitos que sólo se sabe son "para el bien de la humanidad"). Sin embargo, y también lamentable, nunca se profundizó en esos intentos para darles una dimensión que los asemejara a El Fantasma, Fantomas o Batman, personaje de la historieta a los que distinguía su cultura y que, en las mejores ediciones de su saga, pulieron con su personalidad historias hoy clásicas del octavo arte, como se ha dado en llamar al cómic en los últimos años. Para la película Santo y Bue Demon en la Atlántida (Julián Soler, 1969) se utilizaron escenas de las cintas japonesas Monster Zero (1965) y Godzilla contra Ebirah (o Godzilla contra el monstruo marino, 1969) con una disparatada estructura de edición que hubiera envidiado Ed Wood. Es una de las películas de la era del color que gozó de mejores elementos de producción, lo que no impidió los saltos de eje, las rupturas narrativas y los elementos surrealistas, de algún modo, inherentes. Aquí se repite la suplantación de luchadores, algo muy socorrido en el género, donde los rufianes tratan de burlar a la justicia suplantando a los héroes, por lo que El Santo y Blue Demon se enfrentan a sucesivos "clones" de sí mismos. La primera suplantación fue de otro corte y se vio en su clásico: El ladrón de cadáveres (1956), de Fernando Méndez, donde el científico desquiciado interpretado por Carlos Riquelme roba cuerpos de atletas para ponerles (con sofisticada trepanación) cerebros de animales.

Los guión de las cintas del Enmascarado de Plata incluyen soluciones hechas con hormonas de animales, inducción de tumores para hacer fórmulas de restauración pictórica, telepatía, "materia lunar inteligente", extraterrestres, seres infernales (con el propio Lucifer a la cabeza), cazadores de cabezas, momias (destacando una variación de la increíble y ya objeto de culto "Momia Azteca"), vampiros, monstruos de lagunas indómitas, mafias internacionales, secuestradores, la Llorona, etcétera. También alternó con todas las bellas posibles: Elsa Cárdenas, Elizabeth Campbel, Lorena Velázquez, Eva Norvind, Gina Romand, Sasha Montenegro, Irma Serrano, y otro largo etcétera.

En muchas de sus cintas el Enmascarado de Plata tiene que rehacer los entuertos de sus antepasados, por lo que se ve precisado a viajar a otras eras o dimensiones. En El hacha diabólica (1964) enfrenta a oscuras fuerzas de una pasado ignominioso en que, en siniestro combate, debe encarar al propio príncipe de las tinieblas para resarcir una historia ancestral. En El barón Brácula (sic), película dirigida por José Díaz Morales en 1965, el vampiro despierta de su letargo para vengar la muerte de la chupasangre Rebeca, muerta hace dos siglos por el Enmascarado de Plata, caballero del cual desciende; El Santo se muestra como un esgrimista consumado. En Las momias de Guanajuato, el plateado batalla para vencer a Satán, momia revivida que trata de cobrarse la afrenta de una derrota en el cuadrilátero a manos de un antepasado suyo. En Santo en la venganza de las mujeres vampiro (Federico Curiel, 1970), el héroe se las ve negras con el doctor Brankof y Mayra, que trata de matarlo por descender del hombre que venció en 1730.

El universo del cine de luchadores dejó espacio amplio para el debate y los involuntarios seguidores, entre quienes el análisis estricto de las películas es materia solamente de "iniciados" en el medio del pancracio. Nunca se justificaron las operaciones internacionales desarrolladas en México, o que el "deber universal" de Mil Máscaras es su primera cinta (Mil Máscaras, dirigida por Jaimes Salvador, 1966) se limitara a evitar el control de un empresario de lucha libre en una arena del Distrito Federal, o que Blue Demon pudiera bucear sujetando el conector de oxígeno por la ranura de tres centímetros de su máscara en Blue Demon y las invasoras (Gilberto Martínez Solares, 1968); o que El Santo no recibiera un reconocimiento nacional ni mundial por arriesgar el físico contra tantos villanos, dándose tiempo para cumplir los compromisos de las arenas (que nunca se cancelan, aunque un día antes haya peleado con una docena de hombres lobo). Esa aglutinación de estilos e historias inconexas entre sí es lo que hace mágico el cine de luchadores, ese desfachatado vigor conque rompe todo los academicismos posibles, prodigándonos historias e imágenes imborrables con El Santo como su máximo símbolo, como también lo es para la historia de la lucha libre mexicana.

Vale mencionar un par de historias y estadísticas de estas estrellas del cine de luchadores en su historia real: El Santo es el luchador con más récords, pues fue quien obtuvo más campeonatos, máscaras y cabelleras; se habla de que participó en cerca de 15 mil combates y es el luchador más taquillero de la historia desde su retiro en 1982; el propio Hijo del Santo es el único que se le acerca en imán taquillero. Blue Demon tuvo un palmarés impresionante como luchador activo y, de hecho, fue de los pocos que venció a El Santo en dos caídas al hilo en una lucha de campeonato (por el mundial de peso welter); ellos dos, junto a Rayo de Jalisco, hicieron una tercia memorable.

Demon y Rayo prácticamente se retiraron después de su histórico match de máscaras (30 de julio de 1989 en la Monumental de Monterrey, tierra natal del azul); si, máscara contra máscara después de años de combatir en el mismo bando; el Rayo de Jalisco perdió la incógnita . Mil Máscaras sigue luchado y llenando; entre los logros de su mejor época se cuenta la victoria en su batalla campal en Estados Unidos en donde venció a Hulk Hogan (ampliamente conocido por su participación en la farándula, sobre todo en Rocky III). Huracán Ramírez se retiró y se quitó la máscara a ojos del público; fue un gran amigo de El Santo y participó en su lucha de retiro en el Toreo de Cuatro Caminos; es invitado a múltiples eventos del medio de la lucha libre. Tinieblas tuvo una fama notable en los 80, cuando se vendió su historieta y aparecía continuamente en televisión; se mantiene activo en los encorados.


Raúl Alberto Criollo L. es egresado de Comunicación de la Universidad Veracruzana.

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