Raymundo Riva Palacio
En el pasado, los políticos se comunicaban directamente con los electores a través de
discursos, propaganda y de los medios escritos y electrónicos que respondían a los intereses de sus
partidos. Es decir, controlaban los medios primarios de comunicación y por ello garantizaban que la
gente oyera exactamente lo que querían, y cómo y cuándo lo decidieran. El agotamiento de la gente
fue terminando con la atención a discursos y a la propaganda, mientras que los medios
fueron construyendo su independencia. Hoy, en muchas partes del mundo, los políticos se comunican
con la gente a través de medios que no controlan, topándose con un nuevo intermediario entre
ellos y la sociedad y viéndose forzados a hablar a los medios, y luego éstos redireccionar sus
mensajes y palabras a la gente.
La emergencia de esta doble vía en el flujo de la información alteró el comportamiento de los políticos y la relación de los ciudadanos con los procesos políticos. Numerosas sociedades vieron que la esfera pública se convirtió en la arena controlada por los medios, particularmente la televisión, donde los políticos tenían que entrar a debatir los asuntos públicos sin tener garantizado, como en el pasado, su resultado. Sin embargo, en una de esas paradojas
contemporáneas, al convertirse los medios independientes en los principales canales de comunicación política, los políticos fueron reduciendo los instrumentos de rendición de cuentas en la medida en que los iban manejando mejor. Teóricamente tendría que ser al revés, pero el fenómeno del darwinismo político produce que aquellos que son capaces de ir colocando y perfilando sus identidades dentro de la jungla mediática en la que se desarrollan, son los que sobreviven. Las sociedades con menor cultura política son las más vulnerables, pues como escribieron Shanto Iyengar y Donald Kinder en News That Matter: Television and American Opinion en 1987, «entre más lejos está un televidente del mundo de los asuntos públicos, mayor será el poder para establecer la agenda».
Quien establece la agenda normalmente la controla. La agenda se determina por medio de la intensidad y la forma como se da a conocer un tema o un acontecimiento. Estas características
le dan ventaja a los medios, principalmente la televisión, por el poder de las imágenes sobre la
gente. En países como México, donde casi nueve de cada diez personas reciben su información de la televisión, el poder de este medio tendría que ser abrumador. Pero no es así. No significa que la televisión mexicana carezca de poder, pues cuando han decidido ejercerlo han atropellado a quien desean. Significa que por una extraña razón la televisión ha permitido en las últimas semanas, en que la política se convirtió en una espejo de videos, que los actores políticos recuperen el control de la agenda y establezcan sus tiempos y formas. En un solo mes, los medios electrónicos sucumbieron ante los políticos, quienes nuevamente pasaron a controlar los medios primarios de comunicación con las más altas tecnologías puestas, involuntariamente quizá, a su servicio.
El caso paradigmático que se puede proponer es el de René Bejarano, quien el 3 de marzo fue políticamente acribillado en el noticiario de televisión El Mañanero del payaso Brozo, donde se exhibieron unos videos en los cuales aparece no sólo recibiendo decenas de miles de pesos del empresario Carlos Ahumada, presuntamente para campañas políticas, sino que se muestra retacándose patéticamente los bolsillos de su saco con los billetes. Del cenit, Bejarano bajó al nadir. Era operador político del jefe de Gobierno del Distrito Federal, Andrés Manuel López Obrador, y hoy está apestado. Era líder del Congreso local y hoy está defenestrado. Era influyente y hoy está apestado. Sin embargo, Bejarano inició un retorno jugando bajo las mismas reglas que lo empujaron por el precipicio. Al salir en su defensa aseguró tener pruebas que demuestran su inocencia y la culpabilidad de sus superiores en su ex partido, el PRD, pero que no iría por la vía legal o la política, como supondría un orden institucional, sino que se batiría en el campo de batalla mediático, que es en el cual lo ejecutaron.
Totalmente cristalino en sus intenciones, afirmó que tenía una serie de videos para
demostrar su dicho. Que los entregue, le exigió la prensa. Que los dará a conocer en la segunda semana
de abril, respondió. Las televisiones siguen rogándole que sean ellas las depositarias de su
primicia. Adelantó una cereza de su pastel luego que durante una entrevista con López Obrador, el
principal conductor de noticiarios de Televisa, Joaquín López-Dóriga, lo describió políticamente y se
sintió lastimado.
Por eso, un día después de sentirse agraviado, acudió a los noticiarios de radio que le abrieron sus micrófonos para afirmar que en el complot en su contra no sólo estaba Ahumada, sino
un altísimo ejecutivo de Televisa, Bernardo Gómez, quien había recibido el pago de 120 millones
de pesos del empresario para saldar cuentas comerciales del PRD. Bejarano no aportó prueba
alguna a su dicho, que no obstó para ser difundido a nivel nacional. En un mes, Bejarano pasó de
ser epítome de la corrupción, para convertirse en víctima de la corrupción de otros. La televisión
lo arrinconó en su agenda, y cuatro semanas después, se montó en la radio y la televisión
para imponer la suya.
La verdad sigue siendo irrelevante en estos días. La lucha se da en la jungla mediática, y los políticos vuelven a treparse en los medios electrónicos.
El propio López Obrador lo declaró en la larguísima entrevista televisada el jueves: iba a informar a la gente de lo que ha hecho no a que lo entrevistaran meramente, y fue a un programa de
alcance nacional, y no sólo al ámbito local que le correspondería porque en juego no está su
administración, sino su candidatura presidencial. Los políticos le han tomado la medida a los medios y
están actuando en los máximos niveles de manipulación en años. Están arrasándolos como intermediarios, y convirtiéndolos en altoparlantes. Los políticos se están comunicando con la gente a través de medios que no controlan financiera o políticamente, pero, en una aberración de los tiempos que vivimos, logran el mismo efecto: garantizar el control de los medios primarios de comunicación para que la gente oiga exactamente lo que quieren, y cómo y cuándo lo desean.