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 Raymundo Riva Palacio


ALLÁ por 1996, cualquiera que penetrara en el universo de Canal 40 era tocado por una mística, ese estado de ánimo que permite hacer cosas más allá de los límites. Conductores, técnicos y asistentes vivían entre estudios rentados por hora y con un equipo precario. Había poco dinero y la nómina era reducida, una constante que no variaría mucho en los años siguientes de la novel televisora. Sin embargo, resultaban ser provocadoramente innovadores, obcecadamente diferentes, en la búsqueda permanente hacia lograr lo que no se había hecho antes en México.

Ciro Gómez Leyva era el autor intelectual de esa nueva manera de hacer televisión, de incitar para nuevos encuadres, para registrar más allá del primer plano, de las ediciones rápidas y con movimientos a diferente velocidad, de las secuencias editorializadas y la musicalización perfecta. Estaba peleado a muerte con el lugar común y le provocaban náuseas las obviedades. Su hijo no fue una copia de la aburrida televisión estadounidense, pero tampoco una de la televisión comercial europea. Era vanguardista y no pocas veces rozaba los linderos de lo marginal. La antisolemnidad y la audacia acompañaban ese nuevo proyecto televisivo que arrojaba bocanadas de oxígeno sobre los esquemas obsoletos que abundaban en las pantallas y que alguna vez habían sido eficientes como vehículos de comunicación política.

Javier Moreno Valle, un empresario seductor más adorable que efectivo, que había sido cofundador de El Financiero , con Rogelio Cárdenas uno de los grandes directores de periódicos en la época en la que tener valor incluía arriesgar todo, y que tiempo después construyó un sueño irrealizable llamado El Independiente , cuajó finalmente un medio y permitió a una nueva generación de periodistas que experimentaran. Pertenecían al post baby boom , y nacieron con un mundo en technicolor donde la tecnología había comprobado la tesis de Marshall MacLuhan sobre la aldea global. Pertenecían a esa nueva división de periodistas bien educados cuyos referentes con el poder no eran las de la sumisión, en aquella cultura del presidente-rey y sus súbditos que era el viejo sistema político mexicano, sino que sudaban beligerancia e independencia.

Cuando comenzaron en el Canal 40, la televisión mexicana era bastante arcaica. Políticamente excluyente, había sido una aliada cínica y prosaica del poder. Parecía estar dedicada a la estupidización del mexicano en la contribución al sostenimiento del régimen, del cual abrevaba favores y privilegios. Respondía muy bien, como en las elecciones de 1988, cuando montaron en Televisa un bochornoso juego propagandístico urdido en Los Pinos para desacreditar a Cuauhtémoc Cárdenas, y junto con TV Azteca le dieron seis veces más tiempo-aire al candidato del PRI en las elecciones presidenciales de 1994, que al resto de los candidatos juntos. Quizás por esas condiciones tan deplorables, la irrupción del Canal 40, con todas sus precariedades, fue tan notoria.

Ahí se pusieron los primeros ladrillos de lo que ha sido una larga y atropellada transición democrática dentro del medio televisivo. Ahí se abrieron las pantallas que se les cerraban sistemáticamente a los políticos de oposición. Cárdenas primero, y Fox después, fueron beneficiarios importantes de ese espacio abierto. Ahí fue el primer debate de candidatos a puestos de elección popular, forzando a las grandes televisoras a caminar por el mismo sendero. Canal 40 se adelantó seis años al escándalo mundial de la denuncia de sacerdotes pederastas, que le provocó un boicot publicitario que continúa, y llevó a conducir programas a mujeres, como la doctora en ciencias políticas Denisse Mearker, que revaloró la capacidad intelectual y profesional del género, tan socavado por una sociedad machista.

Canal 40 cometió errores en sus innovaciones periodísticas en su deseo por darle voz a quienes censuraban en otros medios, que fueron corregidos. Y en sus noticieros, la falta de reitalicasos técnicos y materiales siempre fue suplida por el talento de sus conductores con la pregunta correcta y la réplica inteligente. Sus entrevistas se convirtieron más bien en diálogos entre pares que frecuentemente se convertían en polémica. Tardaron poco en convertirse en una opción periodística real, demostrando que la televisión no siempre se ajusta al viejo cliché de la caja idiota. Chestertorianos indómitos ("lo serio no va reñido con lo divertido sino con lo aburrido"), Canal 40 ha dejado una fuerte huella en la transición política de los medios electrónicos mexicanos, y desde su modestia, su aportación en el último lustro ha sido fundamental para el debate de las ideas. Hoy, un agrio pleito mercantil entre empresas y un vacío de poder de la autoridad que lo ha agravado, le ha ido mutilando poco a poco las piernas al Canal 40 que en el valle de México, el principal mercado del país, se ha quedado sin pantallas. Es una desgracia que un proyecto editorial exitoso, por provocador y refundador, que ha jugado tan importante papel en la nueva política mexicana, esté siendo demolido por la polarización y el conflicto, que nos ha hecho olvidar cuánto, periodísticamente, le debemos a ese joven equipo que construyó Canal 40.


Raymundo Riva Palacio es periodista. Este artículo se publicó el miércoles 8 de enero de 2003 en el diario El Universal.
Correo: r_rivapalacio@yahoo.com

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