Para un núcleo específico de los cultivadores de la nostalgia, recordar no es huir, sino garantizarse la posibilidad de una doble vida... Inofensivo y doloroso como todo lo entrañable, el juego de la nostalgia nos recuerda que tenemos memoria y que en esta conciencia de la posesión se halla nuestra facultad de enaltecer o degradar.
Este párrafo no es nuestro, sino de Carlos Monsiváis, lo escribió hace 35 años y lo recordamos para enaltecer sus crónicas en la revista él.
Nostalgia es, además, añoranza, uno de los principales arraigos en esa urdimbre inasible que llamamos sentimientos. Es recordar lo que fue y también lo que pudo haber sido; como si estuviéramos extraviados del tiempo y las cosas (y así, viviéramos más vidas) y también pudiéramos recrear lo que fue aunque no haya ocurrido o no nos haya sucedido. Pongamos sentir el beso que no diste o cantar lo que no cantaste como durante aquellas noches que no estuviste en la ciudad de México de hace 35 años. Y entonces revisas la edición 71 de Caballero y danzas en El Savoy o El Barba Azul, en El Molino Rojo o El Siglo XX, y abrazas a la gorda y escuchas “Tus Ojos” con José José, y cierras los ojos y la vuelves a abrazar en medio de la promesa del beso fingido cuya autenticidad será de 300 pesos la noche.
Otro de los encantos de la nostalgia tal vez esté en el sentido de lo irremediable y quizá por eso evocar es el verbo con el que ésta se conjuga para asirnos de las certezas que ni el presente ni el futuro tienen. Tan es así que entre las maneras más diáfanas de comprenderse a uno mismo está el mirarse en el pasado y saber lo que somos fuera de lo incierto cotidiano, y hasta le adocenamos aventuras: por eso en más de una ocasión ponemos varios trazos al lienzo de la niñez. O sea, al triciclo de hace 35 años le agregamos, por ejemplo, a Cuando era joven e indocumentado o Pantaleón y las visitadoras. Y como recordar es vivir, pues luego se disfrutan y entonces cambia el pasado y se vive otra vida, porque en la ficción nostálgica incluso podríamos imaginar que García Márquez y Vargas Llosa nunca se pelearon.
Pero si algo ha de quedar claro es que, para nosotros, la nostalgia no significa enaltecer al pasado sino recurrir a él para querer lo vivido o mejor, para recuperar eso que se ha vivido y hasta lo que no. Si el futuro no es nuestro sino el pasado que, vaya paradoja, por definición ha dejado de ser, la memoria es el soporte para entender que hay cosas que nunca cambian. Ahí está, por ejemplo, la permanente fascinación por el revival de la que Monsivais habla en aquella crónica de 1973. También se encuentran esos que llamamos clásicos, en la esfera de la música Juan Gabriel lo es, tanto para los nostálgicos de los amores tórridos como para los amantes de ahora. Y es que un clásico de esos se conforma con profecías auto cumplidas; así lo cantaba El divo de Juárez hace 35 años:
Será mañana o pasado mañana
El lunes o el martes
Será cualquier día
En cualquier instante
Vendrán a tocarme
Las puertas de mi corazón
Entre todo esto, la nostalgia es refugio de melancólicos, pero también fuente de inspiración de cambio que arroje un pasado con otro sabor para la nostalgia. Ese es el motor nuestro al ver a los medios de comunicación de esos tiempos, tan silentes de las necesidades sociales y tan serviles con los mecanismos de sujeción y control, entre lo que vale la pena subrayar y enaltecer las excepciones, como con la que iniciamos este comentario. Y es que, como cuando el propio Monsiváis citó a María Luisa Landín hace 35 años: “Cuando nadie se acuerde de ti tú volverás”. Sólo agregamos que él, Monsiváis, como un clásico, está en muchos que mañana serán fuente de la nostalgia, en la vertiente de los hombres que agradecen. Qué bueno que nos da la nostalgia con él presente y gracias a eso, esta vez, no le pidamos al tiempo que vuelva.