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La autocracia mediática en México


(Tercera y última parte)


Otto Granados Roldán



Son varios los problemas que quizá expliquen la falta de profesionalismo de los medios mexicanos. Uno consiste en que, a diferencia de otras profesiones que son igualmente de interés público, para el periodismo no se exige requisito alguno para ejercerlo; esta es una vieja discusión que no debe ser resuelta mediante una regulación (como por cierto lo está intentando el muy de moda Lula en Brasil), por el riesgo de que las tentaciones autoritarias del Estado perviertan su sentido, pero es claro que los medios mismos deben autoimponerse la obligación de que sus periodistas cuenten con una preparación profesional adecuada, verificable y compatible con la que ofrecen otros medios en el mundo.

Otro subyace en esa especie de relación perversa entre los dueños de los medios y sus periodistas. Como cotidianamente son los primeros quienes dictan la política editorial de sus segundos en función de sus propios intereses pecuniarios, se produce inevitablemente una tensión en la que sale perdiendo la libertad del periodista, la calidad editorial, y, peor aún, la información que el público recibe.

En sus memorias, Katharine Graham, la presidenta de The Washington Post fallecida hace unos años, recuerda cómo evitó siempre que su amistad con alguien interfiriera en la calidad o el rigor de lo que publicaban sus medios. “La mayoría de los redactores —cuenta— no sabía a quién conocía yo y, si lo sabían, no les importaba. Y, sobre todo, yo tenía muy claras mis prioridades. En cualquier conflicto entre los periodistas y funcionarios que eran amigos míos, siempre defendí a los primeros. En ocasiones, si pensaba que habíamos sido injustos, planteaba mis dudas, pero sólo para intentar garantizar un tratamiento imparcial”. Difícilmente podría encontrarse una reflexión así, por lo menos pública, entre los editores mexicanos, primero porque no escriben y, segundo, porque prefieren moverse en otro rango: entre el encubrimiento y la extorsión. En suma, en todos los medios debiera existir una norma vinculante que preserve la objetividad, la independencia y la libertad de los periodistas, aun frente a las complicidades o intereses de sus jefes empresariales.

Una tercera fuente de falta de profesionalismo lo constituye la ausencia de una metodología del trabajo periodístico. Paoli se quejaba de que los medios distorsionan y no le falta razón. Sea por la abundancia y la velocidad con que se suceden los hechos, sea por arrogancia, sea por negligencia o sea por la franca intención de torcer los hechos, el caso es que los medios se ocupan y preocupan poco por verificar oportunamente el contenido, la veracidad y la calidad de lo que publican. Siguiendo el adagio de que “el periodismo no es ciencia exacta”, les importa poco contrastar las versiones de todas las partes involucradas y, cuando lo hace, la desproporción de los espacios es alarmante.

También aquí es válido, ni hablar, observar las experiencias internacionales. Muy cerca de cumplir su bicentenario, The Times, el venerable rotativo inglés, publicó un sorprendente anuncio en el que aseguraba que “hacer un buen periódico es fácil’’. La receta para ello, según el Times, era muy simple: “Sólo hay que informar, percibir, planear, explorar, descubrir, investigar, buscar, calcular, desenredar, probar, analizar, edificar, comprobar antecedentes, buscar en las fuentes, evaluar, volver a verificar, sopesar, autentificar, sintetizar, perfilar, ponderar, apreciar, juzgar, reflexionar, predecir, elogiar, aplaudir, deplorar, testificar, avisar, explicar, desmitificar, clarificar, examinar, ilustrar, advertir, aseverar, asombrar, entrevistar, confirmar, corregir y publicar’’.

El cuarto escenario de conflicto se relaciona con los ingresos que los medios obtienen de los gobiernos. El sexenio del llamado cambio se propuso racionalizar el gasto mediático y gestionar una asignación publicitaria basada en criterios de costo-beneficio, como lo hace cualquier empresa que desea llegar a los públicos que le interesan. Es perfectamente legítimo que el gobierno busque comunicarse con la sociedad bajo un esquema que le funcione; no lo es, en cambio, que el dinero de los contribuyentes vaya a parar a los bolsillos de editores o propietarios de medios que no circulan o, de plano, que no existen.

En una espléndida y pionera investigación de la revista etcétera, Laura Islas documenta cómo se compone una parte del gasto publicitario del gobierno federal. Hasta junio del 2004, por ejemplo, Hacienda tenía presupuestado para su oficina de comunicación social 245 millones de pesos, Presidencia 148 millones, y así sucesivamente. Pero cuando se desagregan los datos de diversas dependencias aparecen cifras por completo inexplicables. Por ejemplo, la Secretaría de Seguridad Pública le dio en 2003, 954 mil pesos a Ovaciones, un diario que sólo circula en el DF, 215 mil al unomásuno, otro medio que circula pero no existe, 285 mil a una cosa llamada Trailer: la pasión en el camino, un bodrio impreso, y 253 mil a Saber Ver, una revista de arte muy interesante pero con un puñado de lectores de élite. La SCT le dio a Letras Libres en 2003, 229 mil pesos, pero a Nexos, una publicación que está en el mismo mercado, sólo 96 mil pesos. ¿Cuáles son los criterios de eficacia con que el gobierno federal gasta el dinero de los contribuyentes en los medios de comunicación social? ¿Tiene alguna idea de lo que es anunciarse con un sentido de eficacia y de penetración en ese magma que son los medios? ¿Pueden los actuales funcionarios decidir su gasto publicitario en atención a una mínima racionalidad y no por la amistad, las relaciones, las filias o fobias que pueden experimentar temporalmente?

La conclusión es que hace falta en México una verdadera y profunda reforma en su estructura de medios de comunicación. Si México ha vivido ya una transición económica; ha pasado también por la alternancia electoral y la normalidad democrática; ha empezado a tener una presencia cultural internacional mucho menos folklórica —con un cine de mejor factura, con nuevas generaciones de novelistas premiados en otras partes, con excelentes académicos mexicanos incorporados en comités internacionales de alto prestigio—, ¿cuándo tendrá México en consecuencia medios internacionalmente competitivos, que cumplan con altos estándares profesionales, éticos y de transparencia, que divulguen con detalle los orígenes de sus ingresos y su estructura accionaria, o que disputen por los recursos en un mercado libre, abierto y competido?

Ese es el meollo de la cuestión. No hay duda de que en la actualidad los medios mexicanos están cambiando sobre todo en términos de sus relaciones políticas o económicas; dicen ejercer mayores grados de independencia y de libertad, y están surgiendo generaciones más jóvenes de periodistas algo más profesionales que sus antecesores. Todo eso está muy bien. Pero el dilema no es ya si los medios son dependientes o independientes de los intereses reales de poder económico o político, sino si son profesionales, rigurosos, creíbles, exactos, veraces, transparentes y de calidad.

Esta es la transición pendiente. Cuando las encuestas muestran que es creciente el desinterés de los mexicanos por la política, el desencanto con la democracia como forma de gobierno o la indiferencia por participar en la vida comunitaria, cívica o política; cuando los tirajes de los diarios siguen estando bajo mínimos, o cuando el 78% de la población declara no leer noticias políticas, entonces se produce un fenómeno altamente corrosivo que mina las posibilidades de construir un elevado capital social, columna vertebral de una democracia fuerte y desarrollada. Puede alegarse que no todo ello es responsabilidad de los medios sino también de la escuela y otros agentes de socialización, y es verdad. Pero en una sociedad que vive con la expansión intensa y vertiginosa de las nuevas tecnologías, el papel de los medios es mucho más influyente, al menos para el corto plazo, en la formación de una ciudadanía de alta intensidad.

La democracia mexicana no será moderna, sustentable, homologable internacionalmente, mientras no tenga medios y periodistas más profesionales, con sentido del humor, rigurosos, sofisticados, cultos, creíbles, capaces de rendir cuentas al público de lo que hacen y dicen, y menos arrogantes.


Otto Granados Roldán es periodista.
Correo: otto.granados@itesm.mx

Este texto se publicó el viernes 5 de noviembre de 2004 en el periódico La Crónica de Hoy.

Agradecemos a Otto Granados Roldán su autorización para reproducirlo.

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