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4 de noviembre, 2004

La autocracia mediática en México


(Segunda de tres partes)


Otto Granados Roldán



Decíamos ayer que la información sobre la vida interna de los grupos empresariales mediáticos de México es uno de los secretos mejor guardados. Todos los agentes económicos —bancos, aseguradoras, laboratorios farmacéuticos, compañías de transportación, universidades privadas, hospitales, fabricantes de explosivos, empresas ambientales, entre muchas otras—, están sujetos a una permanente supervisión pública, entre otras cosas porque sus actividades afectan a la sociedad y el Estado tiene la obligación, en atención al interés público, de vigilar que cumplan con las normas que el poder público ha promulgado para que la sociedad en su conjunto las atienda. No se trata, desde luego, de insinuar siquiera que el Estado monitoree los contenidos de lo que los medios divulgan, materia harto movediza, sino de profundizar los niveles de transparencia con que esas empresas operan, sencillamente porque es bueno para la sociedad.

Los medios son, en cuanto sociedades mercantiles, entidades privadas —como varias de las ejemplificadas arriba—, pero lo que generan y su influencia en la sociedad, las convierte en entidades de interés público, sujetas, por tanto, a ciertos requisitos de transparencia. Por ejemplo, no hay ninguna empresa mexicana editora de publicaciones impresas que cotice en bolsa, lo que inhibe la posibilidad de que divulguen información exacta sobre sí mismos: quiénes son sus verdaderos dueños (no los que aparecen en los registros públicos), cuáles son sus tirajes reales verificables, cuáles son sus ingresos, cuáles sus costos de operación y de producción, cuáles sus tarifas publicitarias verídicas y un sinfín de información que elevaría los niveles de credibilidad y de confiabilidad que un lector deposita en los instrumentos que le permiten informarse y, más aún, formarse una opinión que es básica para integrar una cultura cívica de alta intensidad.

Peor todavía: en este aspecto concreto, en el antiguo régimen había entre los actores políticos y los propietarios mediáticos ciertos acuerdos que configuraban unas reglas del juego que ambas partes más o menos respetaban. En el nuevo régimen —por llamarlo de algún modo— ese marco desapareció y los medios aprovecharon eficazmente la ingenuidad de la nueva clase gobernante para apropiarse del nuevo protagonismo que la alternancia les asignó. En tal contexto, de ser aliados del gobierno en turno y de su partido, pasaron a ser aliados sólo de ellos mismos y de todos a la vez, a todos extorsionan, a todos ponen a competir para obtener más beneficios económicos, y el eje de la tensión política se movió del poder público al poder mediático.

Contra lo que podría suponerse, es ahora, en la era de la democracia electoral, cuando menos transparencia hay en el funcionamiento mercantil de los medios. Cuando se calculan los ingresos visibles que numerosos medios reciben por concepto de publicidad bajo la forma de gacetillas, anuncios o inserciones (ingresos que son los más importantes) y se comparan con los niveles de vida de sus propietarios, con los activos fijos con que cuentan o con otros negocios que poseen, no parece haber correspondencia racional alguna que soporte lo que ingresan y lo que gastan. La deducción lógica es que la gran mayoría percibe ingresos no documentados, bajo la forma de los llamados “convenios”, lo que no sólo es un delito fiscal sino que trastorna gravemente el funcionamiento profesional de los medios porque nunca se sabe cuáles son los intereses subyacentes reales que mueven a esos empresarios y a esos medios.

En otros países, los medios publican con gran despliegue su información financiera interna y la evolución de sus negocios. Tanto en sus sitos web como en las empresas listadas en la bolsa de valores de Nueva York se pueden encontrar las empresas editoras de The New York Times o The Wall Street Journal y saber con precisión y veracidad todos los datos trimestrales auditados de ingresos publicitarios, utilidades, dividendos, etc., lo que aumenta la transparencia y confiabilidad de los medios. En México, a excepción de varias empresas de comunicación electrónica, ningún diario proporciona este tipo de información.

Ello explica, en buena parte, la ordinariez con que hoy se sabe que, con la mano en la cintura, el dueño de un medio puede adquirir aviones de decenas de millones de dólares, o que otro despoja al padre del patrimonio familiar y se vuelve icono de la transparencia, o que uno más se desplaza cotidianamente en su helicóptero, o que el hijo de un legendario periodista chantajea con el sacrosanto nombre de su padre, o que uno más financió un diario con los contratos que recibió del gobierno capitalino, o que el afamado empresario electrónico ordena destruir a alguien porque no le ha dado publicidad, o que el magnate de moda será sancionado con cientos de millones de dólares por los reguladores bursátiles norteamericanos, y así un largo etcétera que describe con gran fidelidad la catadura moral de muchos de los miembros del salón de la fama periodística en México. ¿Tiene esta claque autoridad alguna para incomodarse con las opiniones de Paoli o las de mucha gente que piensa, aunque no lo diga, lo mismo? ¿Pueden sentirse sinceramente orgullosos de su integridad o del servicio que le prestan al país o de la forma en que conducen sus medios? Lo más probable es que no.

El segundo aspecto medular en los medios mexicanos es su falta de profesionalismo.

El oficio periodístico mexicano sigue siendo una actividad lírica, de escasísima formación académica o densidad intelectual, guiada más, con frecuencia, por los resentimientos hacia el poder, los prejuicios, la ignorancia o la gacetilla que por el rigor, la investigación, la documentación de los hechos o la calidad editorial.

El diarismo del país, con algunas raras y plausibles excepciones, se nutre mayoritariamente de declaraciones, boletines, avisos o filtraciones, pero pocas veces de investigación periodística como la que ha dado prestigio a numerosos medios en el mundo. Incluso los medios nacionales más sonoros, que de vez en cuando dan algún golpe exitoso, no es porque hayan desplegado sus artes investigativas sino por el modesto recurso de la filtración de un documento por aquí o un cheque por allá. Los reporteros reciben docenas de órdenes de trabajo al día y su misión es llenar el mayor número de cuartillas con la mayor notoriedad posible para hacerse merecedores, como dice Juan Luis Cebrián, “de los placeres y dignidades de la corte”, y son muy pocas las empresas mediáticas dispuestas a invertir tiempo y recursos en sus periodistas para que lean, estudien, se documenten, piensen, investiguen y escriban. No es una casualidad que cuando murió Karl Popper el diario más socorrido del DF haya publicado la nota en la sección de espectáculos o que prácticamente ningún medio mexicano tenga verdadero prestigio o influencia internacional o que no exista alguna versión autóctona de Seymour Hersh, Bob Woodward, Jean Daniel o Christopher Hitchens, o que la mejor periodista mexicana, Alma Guillermoprieto, de hecho no viva en México, publique esporádicamente en medios mexicanos y escriba en inglés. ¿En qué consiste que México tenga unos medios tan ruidosos pero de tan escasa densidad profesional e intelectual? Lo veremos mañana.

(Mañana tercera y última parte).


Otto Granados Roldán es periodista.
Correo: otto.granados@itesm.mx

Este texto se publicó el jueves 4 de noviembre de 2004 en el periódico La Crónica de Hoy.

Agradecemos a Otto Granados Roldán su autorización para reproducirlo.

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