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Vivir para contarlo
Gabriel García Márquez • 80 Años


Milenio

El éxito que vino de la soledad

Como ha contado el propio escritor en diversas ocasiones, en 1965 sintió en México la inspiración definitiva para escribir Cien años de soledad, una de las obras más traducidas y leídas en español que relata la historia de la familia Buendía a lo largo de varias generaciones en el legendario mundo de Macondo.



Gabriel García Márquez celebra este año el cuadragésimo aniversario de la publicación de su obra cumbre, Cien años de soledad (1967), y el cuarto de siglo desde la recepción del Premio Nobel de Literatura en 1982.

A pesar de que huye de los actos multitudinarios, García Márquez no podrá evitar ser objeto este año de diversos homenajes públicos como el que le ofrecerá el IV Congreso Internacional de la Lengua Española que tendrá lugar en la ciudad colombiana de Cartagena de Indias.

“Esos homenajes serán muy merecidos porque García Márquez ha hecho grandes aportes a las letras del mundo y porque Cien años de soledad es una de las obras maravillosas de la Lengua Española”, aseguró la crítica literaria y profesora universitaria Leticia Sarmiento.

Como ha contado el propio escritor en diversas ocasiones, en 1965 sintió en México la inspiración definitiva para escribir Cien años de soledad, una de las obras más traducidas y leídas en español que relata la historia de la familia Buendía a lo largo de varias generaciones en el pueblo ficticio de Macondo.

Uno de los aspectos que más curiosidad despierta la elaboración del mítico libro es el instante en el que el autor inventó el poderoso arranque de la novela. “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo”.

La revelación se produjo durante el viaje en automóvil con su esposa Mercedes y sus dos hijos desde la Ciudad de México a Acapulco, cuando, a la altura de Cuernavaca, tuvo un percance y decidió desistir de la travesía.

Una de las múltiples conjeturas “macondianas” sobre el famoso episodio indica que una res se le atravesó en el camino, le averió el vehículo y le obligó a regresar a casa, pero todas la versiones, incluidas las contadas por él, coinciden en que en ese instante de enero de 1965 vislumbró por fin las claves que andaba buscando para escribir su primera gran novela.

“La tenía tan madura que hubiera podido dictarle allí mismo, en la carretera de Cuernavaca, el primer capítulo, palabra por palabra, a una mecanógrafa”, diría García Márquez mucho después, al evocar ese momento mágico de iluminación.

Su colega del llamado “boom latinoamericano” y amigo de entonces, el escritor peruano Mario Vargas Llosa, relató más tarde que Gabo se encerró durante 18 meses en el estudio de su casa de Ciudad de México, “provisto de grandes reservas de papel y cigarrillos”, para redactar Cien años de soledad. El escritor colombiano pidió previamente a Mercedes Barcha, su mujer, que no le molestara “con ningún motivo, sobre todo con menesteres domésticos”, según Vargas Llosa.

La presencia del escritor colombiano en México en aquel momento de inspiración no fue circunstancial. Gabriel García Márquez había llegado al país el 2 de julio de 1961 – casualmente el mismo día en que se suicidó Ernest Hemingway– con la pretensión de producir el cine que había aprendido en Roma.

En la capital le esperaban algunos amigos de toda la vida, como el novelista, poeta y ensayista colombiano Álvaro Mutis, quien no sólo dio ayuda material a García Márquez, sino que le introdujo en la lectura de Pedro Páramo, del mexicano Juan Rulfo, en un hecho que el autor de Cien años de soledad consideró crucial para pulir su técnica narrativa.

Al igual que Mutis, el escritor mexicano Carlos Fuentes y el ya fallecido novelista argentino Julio Cortázar conocieron los textos originales de la novela cumbre de Gabo, según dijeron varios estudiosos de la obra del escritor colombiano.

Mutis, Fuentes y Cortázar tuvieron la impresión de que su amigo y colega estaba elaborando una obra inmortal desde las primeras líneas.

A finales de 1966, la editorial argentina Sudamericana aceptó, deslumbrada, los textos mecanografiados de Cien años de soledad y en 1967 publicó la obra con un éxito descomunal.

La novela vendió 15 mil ejemplares en las primeras semanas sólo en la capital argentina; hasta la fecha se han vendido más de 30 millones y ha sido traducida a 35 idiomas.


Ochenta o tres mil
Ángeles Mastretta

Leer a García Márquez y quererlo, es algo que sucede al mismo tiempo. Uno lo admira con la misma naturalidad que a las jacarandas, y del mismo modo se acerca a su prodigio.



¿Quién sabe qué mal quiso compensar la fortuna cuando puso en el siglo veinte la vida y los milagros del Gabo García Márquez? ¿Quién sabe de dónde sale el genio? ¿Quién la razón por la cual el destino nos lo acerca, como al agua?

Que las estrellas lo adivinen, a nosotros nos tocó atestiguarlo.

Ver a García Márquez andar el mundo con sus ojos en vilo y sus palabras en el aire, ha sido uno de los grandes prodigios que nos ha dado el siglo.

No se juega con el amor, ni con la historia, ni con los cuentos de la tierra y el río. O se juega para ganarles, como ha hecho el Gabo. De semejante triunfo hemos sido testigos sus lectores, que siempre somos sus amigos.

Leer a García Márquez y quererlo, es algo que sucede al mismo tiempo. Uno lo admira con la misma naturalidad que a las jacarandas, y del mismo modo se acerca a su prodigio. Lo quiere como a la luna porque, como la luna, le pertenece a cada quien de distinto modo y a todos tanto como quieran gozarla. Ahí está. Es un escritor generoso y cercano como no hay otro. Nadie ha sido tan pródigo con su talento y tan drástico con su audacia. Ahora cumple ochenta años, como podría cumplir tres mil.

No sé si haya existido un tiempo en el que los humanos estuvieran orgullosos de su especie, sé que el espejo que ha puesto García Márquez frente a nuestros ojos nos asombra con los seres excepcionales que encuentra para regalárnoslos. Sé que las palabras con que ha dicho el mundo lo mejoran, lo alumbran, nos lo devuelven aliviado de sí mismo.

Sólo él sabe cómo le hace, sólo nosotros cuánto se lo agradecemos. Eso y la serenidad con que vive, como si no le pesara el aire.

Nunca, lo he visto aburrido, ni siquiera a las cuatro de la mañana, cuando tras una cena larga, repite, a petición popular y como por primera vez, un soneto de Lope:

Suelta mi manzo, mayoral extraño,/pues otros tienes tú de igual decoro; /deja la prenda que en el alma adoro,/perdida por tu bien y por mi daño.

Poesía de la edad de oro, es lo suyo y es él. Nunca está harto de andar en la fiesta de vivir entre los demás, como los demás. No lo he visto ni una vez hablando mal de alguien y le tiene paciencia a la tarde, a la música de otros, al tiempo en que firma, por casualidad, en el lugar más inesperado, cientos de libros en una hora.

Leerlo es quedar presos de él, encantados igual que estarán nuestros nietos y sus descendientes y todo el que sobreviva al calentamiento global y a cualquier otro cataclismo. Sólo que nosotros, los desaforados habitantes de estos siglos, hemos compartido con él sus milagros, sabemos cómo son las cucharas, la música y el arroz en sus años y los nuestros.

¿Quién gobernaba España mientras Cervantes escribía el Quijote? ¿Quién Viena mientras Mozart hacía prodigios con la música que le cruzaba la imaginación? ¿Quién Florencia mientras Leonardo se preguntaba cómo volar? No importa. Ya nadie se acuerda, nadie siente en su piel, ni las guerras ni los desafíos de tales señores. En cambio, cada día y todos los días, algo de la estirpe de estos genios arropa nuestra vida. Lo mismo sucederá con García Márquez.

¿Quién gobernaba nuestro mundo mientras él, niño pintando la pared en su casa de pueblo, periodista, náufrago, testigo imaginario y presencial, marido de Mercedes, genio y cómplice de todos nosotros, lo contaba? Tampoco se sabrá.

En cambio cómo eran los hombres, los peces de oro, las mujeres de lumbre, las piedras, los eclipses, las dichas y desdichas que cuenta el único clásico vivo que conocemos, se sabrá para siempre. Y alguien, algún poeta después de la siguiente era glacial, terminará una cena con amigos repitiendo: “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota…”



El aniversario de un escritor con manos de mago

De cara a la fiesta por su vida y obra, algunos escritores mexicanos evocan el primer encuentro con su literatura, la magia de sus historias y, en un caso, la intimidad de la amistad, desde una urbe en la que, como dijo en un ocasión, escribió sus libros, crió a sus hijos y sembró sus árboles. Imagen del escritor y su esposa Mercedes Barcha (al frente), durante su llegada a México en los años 60.

Jesús Alejo



Evocación del amigo: Ignacio Solares

Somos muy amigos y nos vemos por lo menos cuatro veces al año. Para mí es un amigo entrañable, al que le puedes contar las cosas más íntimas y él también, por lo que mi distancia con García Márquez es relativa. Entre las cosas que nos ha enseñado es que escribe sus obras para sus amigos y me jactó de serlo.

Este año, por ejemplo, voy a sacar un libro que tengo sobre Julio Cortázar, cuyo prólogo es de García Márquez. Para mí es más que un escritor, es una gente entrañable, muy buen amigo: solidario y cálido. Es una gente muy tierna.

Un día estábamos en el palco del estadio de Ciudad de Universitaria y de repente se acerca un chavo que le grita: don Gabriel vi que estaba aquí y mandé a mi mamá a comprar un libro y vine para que me lo dedicara.

Puedo decir que hay un antes y un después de Cien años de soledad, nos descubrió todo un mundo: la condición de ser latinoamericano la empezamos a entender a partir de esa novela; es un asunto de identidad. Nuestra identidad como latinoamericanos y nuestro inconciente colectivo forma parte ya de García Márquez.



La mano del mago: Carmen Boullosa

Lo recuerdo como un flechazo que me cayó del cielo. Leí Cien años de soledad cuando estaba todavía en la escuela de monjas. Me enamoré perdidamente de esa novela. Era una bomba. Recuerdo que hicimos un trabajo colectivo, y que los padres de familia interpusieron una queja a las ursulinas porque nos daban a leer un libro tan poco conveniente. Ahora la verdad es que no entiendo a qué tanto alboroto ni por qué el rechazo. Es una novela magnífica, eso que ni qué.

Su narrativa representa la fuerza de la imaginación y también de la prosa periodística, él no descarta ninguno de los dos filos del hacha literaria. Sus novelas son una dicha. Las he amado todas, excepto la última, la verdad es que no me hizo feliz, pero se la perdono.

Su prosa me encanta, escribe con mano de mago.



“Una iluminación”: Ignacio Padilla

Mi primer encuentro con su obra fue casi como una iluminación, más como un encuentro hipnótico que como una lectura formal. Recuerdo haber leído Cien años de soledad en una edición que tenía prácticamente mi edad y que formaba parte de mi biblioteca paterna, por fortuna. Podría decirte aún a qué olían las páginas, dónde leí cada pasaje, qué sueños y pesadillas tuve y sigo teniendo después de aquella lectura.

Su obra, en especial El otoño del patriarca, representa ese libro o conjunto de libros que nos golpean, marcan e iluminan en un momento preciso de nuestra adolescencia lectora, y que llegan para quedarse. Pocos autores, pocos libros han sido para mí tan importantes, tan estremecedores y constantes en mi formación como los de Gabriel García Márquez.



Encuentro amoroso: A. Ruy Sánchez

El encuentro fortuito, en una misma sala de espera, de un ejemplar de Cien años de soledad, una mujer de piernas espectaculares leyéndolo y una oleada de feromonas llenando la sala y montándome a la nariz, determinó mi vida.

En el lento ocaso de los sesenta y el principio apresurado de los espectaculares setenta, conocí a la mujer con la que vivo, canto y bailo más que con ninguna. Estaba haciendo la misma antesala que yo para tratar de entrar a la universidad. Llevaba unas medias algo plateadas como se usaban en la época, una falda larga abierta de lado y estaba concentrada en un libro que ya a muchos nos emocionaba desde hacía algunos años. No podía imaginar que sus piernas indicaban el camino de mi vida pero tal vez en el fondo eso fue lo que estaba deseando, perderme en ella... para siempre. O por lo menos durante los próximos cien años. Así que, en nuestra primera conversación estuvo Cien años de soledad y uno de los momentos iniciales del libro: el del descubrimiento del hielo. Algo maravilloso para unos aunque sea común para otros y nos encantaba a ambos. Estuvimos de acuerdo en que eso no es realismo mágico sino la magia del asombro. Es real y subjetivo, como la poesía misma leyendo al mundo. No apela a peces voladores, monjas levitando, ángeles aparecidos. Algunos de los lugares comunes preferidos de los cien mil imitadores de García Márquez que ya comenzaban a brotar por todas partes como grave infección literaria, sin disminuir un ápice a los méritos de Cien años de soledad.

Durante muchos años no pude dejar de relacionar el asombro ante el descubrimiento del hielo y mi descubrimiento de sus piernas. Son tantas las cosas importantes en la vida que nos llegan por azar. La persona con la que uno se va a casar, por ejemplo. Pero el azar inducido por la azarosa lectura es doblemente sabroso. Y más si dura y sabe apelar y rendirse a la tenacidad del asombro.



Escritor de misterios: Daniel Sada

Lo empecé a leer casi cuando apareció Cien años de soledad. De hecho fue una de mis primeras lecturas de literatura moderna y desde el primer momento quedé deslumbrado. Acababa de leer Las mil y una noches y había un parangón increíble entre un libro y otro. Ese fue mi primer contacto con García Márquez y desde entonces lo sigo leyendo y lo sigo admirando.

Me gusta, en primer lugar, que es un escritor que ofrece muchos misterios, no tantas certidumbres como otros escritores. Cuando leo a García Márquez me pasa lo mismo que cuando leo a Rulfo, siempre hay un aura de misterio que me deslumbra. Es un escritor que no concibe el arte como una tradición, sino como un enigma. Eso siempre será novedoso para mí. Generalmente me enseñan más los escritores que me ofrecen enigmas a los que me ofrecen verdades.



Imprescindible: Sabina Berman

Abrí el libro Cien años de soledad y sentí un placer incomparable con respecto a lo que había sentido con otras obras. No sabía que el lenguaje podía estar dedicado al placer. No paré de leer la novela hasta que lo terminé, seguro tomé intermedios para dormir o para comer, pero no creo que para algo más. Lo recuerdo como una larga sesión de lectura interrumpida sólo por las urgencias biológicas.

Inventó una manera de narrar. Uno puede trazar las partes en donde se origina esa manera, en el surrealismo mexicano, con Elena Garro, en Pedro Páramo, en la exageración colombiana al contar, en la cadencia del bolero, incluso uno encuentra a Neruda en García Márquez.

Pero él creó una manera que antes no existía. Con él nos dimos cuenta que las obras de arte no son necesarias hasta que suceden. Así pasó con García Márquez: no era necesario que hubiera inventado esta manera de escribir hasta que lo hizo y, entonces, se volvió imprescindible para entender la literatura del siglo XX.



Literatura que no suelta: Xavier Velasco

Tenía catorce años cuando me topé con la Increíble y triste historia de la cándida Eréndira y su abuela desalmada, y me volví completamente loco: me convertí en Ulises y también fui a esa hilera de quienes estaban a la espera de copular con Eréndira y esperé hasta el final y dormí con ella. Fue la primera prostituta con la que me encontré en la vida.

Lo que más me gusta de Gabriel García Márquez es lo que no se ve: lo empiezas a leer y llega un momento en que se te olvida, las cosas comienzan a pasar frente a ti porque ya te metiste en la historia. Cómo, quién sabe. Todo eso que tiene para agarrarte y ya no soltarte es lo que me llama la atención.



Estilo que no se inventa: Hernán Lara

Tuve el privilegio de ser amigo de Juan García Ponce y él me lo recomendó antes de que se publicara Cien años de soledad. Creo que Juan fue uno de los primeros amigos de García Márquez y tuve la oportunidad de leer obras que se reivindicaron a la luz de Cien años de soledad. A él lo conocí personalmente hasta muy tarde en mi vida.

De alguna manera su obra es un pináculo, porque en él convergieron muchas cosas que venían desde épocas muy anteriores: Miguel Ángel Asturias, Juan Rulfo, Alejo Carpentier… un grupo de escritores muy importantes, quienes tomaron cuerpo en él, aunque con un estilo personal.

A mis alumnos les digo que el estilo no se inventa, se practica y se logra. Cualquier novela que lea de García Márquez y en todos encuentro ese toque un poco humorístico y sabio: en todo lo que cuenta siempre hay una sonrisa oculta.



De Aracataca a Macondo

La nostalgia por la tierra que lo vio nacer recorre toda su obra. En sus calles y ambientes se concentra, como el propio escritor ha confesado en innumerables ocasiones, “la materia prima” de su literatura. Aracataca, así, Aracataca, una palabra que retumba, pasó de ser una aldea colombiana anónima perdida entre un verde que embruja y la arena en algunas de sus calles, a tener celebridad mundial con la gloria de su más ilustre hijo, el Nobel de Literatura de 1982, Gabriel García Márquez.

Aracataca, que no fue precisamente levantada “a orillas de un río de aguas diáfanas con enormes piedras como huevos prehistóricos”, sí bebe de una corriente, ahora no tan clara, que lleva su nombre y pasa por un lado del pueblo. La localidad, que bien pudo engendrar el universo mítico de Macondo en la obra de García Márquez, está a menos de hora y media de viaje desde la caribeña Santa Marta, en el departamento del Magdalena, y aunque es eternamente ardiente, ya no es tan polvorienta como la recuerda el escritor.

Desde la localidad, de no más de 30 mil habitantes, alcanza a divisarse una mole azul verdosa que incluso llega al mar: la Sierra Nevada de Santa Marta. Aún se aprecian enormes plantaciones de banano que cada día ceden más a los cultivos de palma, “que traerá una nueva depresión”, según algunos de sus habitantes. Y es que más de uno, como el propio García Márquez, han sido testigos de las bonanzas de la “fiebre bananera”, del auge efímero del cacao, lo mismo que de sus posteriores depresiones económicas.

Son los mismos lugareños, los más viejos, quienes relatan los años de la bella época en que las vajillas eran traídas de París, los pianos de Italia, las telas de oriente, y de Norteamérica las máquinas de hielo: los refrigeradores, y el primer cinematógrafo cuando apenas apuntaba el siglo pasado.

También son los que se topan en cualquier rincón, a las tres de la tarde, con el coronel Aureliano Buendía o con una anciana que, pese a sus años, es la siempre firme Ursula Iguarán. No sobra quien repita que acaba de ver cómo Remedios La Bella subió al cielo en cuerpo y alma, y quien asegura que tiene pescados de oro de los que fabricaba el coronel Buendía.

Es que en este municipio colombiano están lugares reales que figuran en las novelas de García Márquez como La mala hora, El coronel no tiene quien le escriba o Cien años de soledad. Pero tras esos tiempos de esplendor, lujo, y progreso, después de que la United Fruit Company y posteriormente la Compañía Frutera de Sevilla cerraran, llegaron los años del olvido.

Ese cosmos, el clima ardiente, la atmósfera caribeña, los aromas, incluso los que llegaban desde el lejano mar, la humedad, la gente, el bullicio de las calles, los techos de palma, la sombra de los árboles de almendro y mango sobre los corredores de las casas, persisten en el pueblo. En ese punto real de la geografía en el que muchos críticos, no sin razón, sitúan a Macondo, se adivina un antiguo esplendor y sus habitantes así lo rememoran.

No sólo es el pueblo en el que nació el 6 de marzo de 1927 García Márquez, o Gabito como le dicen muchos aquí, sino que hay sitios que parecen detenidos en el tiempo, y tal como están “pintados” en la obra garciamarquiana. Ahí están la estación del tren, la gallera, una legendaria casa de citas, el “puente de los varados” (en el que esperaban trabajo los obreros agrícolas desempleados), algunos cafés y billares, o “la calle de los turcos” (del comercio).

Un sol abrasador, que reverbera al medio día con casi 40 grados centígrados cuando alguien se aventura a caminar por los travesaños de la vía férrea y sin lugar para guarecerse, distorsiona la realidad. A lo lejos, en la línea, aparece una construcción fantasma: es la abandonada estación del tren, el mismo tren en el que esperó por años el paciente coronel a que le llegara la orden de jubilación. La línea férrea sigue siendo usada decenas de veces cada día por cientos de vagones de carbón que se extraen de los yacimientos de La Jagua y La Loma, en el vecino departamento del César al sur del Magdalena, y que van al puerto de Santa Marta.

Pasa el tren con el mineral y el maquinista hace sonar su estridente pito. Los barrios de Aracataca se sacuden con el desfile de los carros de hierro y carbón, y sus habitantes aseguran que el polvillo negro que se levanta de los vagones “enferma los pulmones.”

También se quejan de cómo la palma de aceite gana cada día más terreno, literalmente, al tradicional banano.

Y cómo, pese a toda la gloria literaria que ha hecho universal el nombre de Aracataca, centenares de sus habitantes, especialmente los mozos, viven de transportar personas en las pintorescas bicicletas-taxis y de la venta de minutos de llamadas por teléfonos móviles en las calles, lo que desata una competencia de precios “porque no hay empleo.” Aún así, García Márquez ha repetido que se siente “latinoamericano de cualquier país, pero sin renunciar nunca a la nostalgia de mi tierra: Aracataca, a la cual regresé un día y descubrí que entre la realidad y la nostalgia estaba la materia prima de mi obra.”

Aracataca, Colombia • EFE



Su relación con el cine, un matrimonio “mal avenido”

El vínculo entre el Nobel de Literatura y el cine se puede definir como una pasión entre dos amantes donde los encuentros y desencuentros son una constante, un maridaje en el que la unión nunca se ha consolidado. En palabras de Gabo, su vínculo con el séptimo arte es como un “matrimonio mal avenido, es decir, como el de quien no ha podido vivir ni con el cine ni sin él”.



Muchos años después, aunque por suerte no ante un pelotón de fusilamiento, Gabriel García Márquez había de recordar aquella tarde remota en que sus amigos lo llevaron a ver Miracolo a Milano (“Milagro en Milán”, 1951), film de Vittorio de Sica cuya mezcla de neorrealismo y fantasía anticipa el realismo mágico tan propio de la obra de el escritor colombiano.

“Entonces hablábamos casi tanto como hoy del cine que había que hacer en América Latina, y de cómo había que hacerlo, y nuestros pensamientos estaban inspirados en el neorrealismo italiano, que es -como tendría que ser el nuestro- el cine con menos recursos y el más humano que se ha hecho jamás”, evocaba García Márquez en 1986.

Los primeros acercamientos de García Márquez con esta manifestación artística se dieron a finales de los años 40 y principios de los 50, con los breves comentarios cinematográficos que realizó como periodista de los diarios colombianos El Universal, El Heraldo y El Espectador. Estos artículos fueron definidos por el novelista y profesor de cine y literatura Jaime García Saucedo como “el reflejo de un manifiesto deseo por enseñar a ver, formar el gusto y contagiar su pasión por el cine sin dejar de lado la severidad del análisis”.

Años más tarde, el escritor realizó estudios cinematográficos en el Centro Experimental de Cinematografía de Cinecittá, en Roma. Por aquellos días, ha dicho el literato, “viví mi única aventura en un equipo de dirección de cine. Fui escogido en la escuela como tercer asistente del director Alexandro Blasetti en la cinta Peccato che sia una canaglia (1954), y esto me causó una gran alegría al brindar la ocasión de conocer a la primera actriz de la película, Sofía Loren”.

“Pero nunca la vi, porque mi trabajo consistió, durante más de un mes, en sostener una cuerda en la esquina para que no pasaran los curiosos”, remachaba con humor. Un humor que, sin embargo, deja entrever cierta frustración, como siempre que habla de esa época que resume en esta frase: “No quería nada más en esta vida que ser el director de cine que nunca fui”.

Desde esta academia empezó a rondar en su cabeza el sueño de crear una escuela de cine. Ese anhelo se materializó en 1986, año en que inauguró, junto a Julio García Espinosa y Fernando Birri, la Escuela Internacional de Cine y Televisión, en San Antonio de los Baños, Cuba.



Del papel al celuloide

El guión cinematográfico del cortometraje surrealista Langosta Azul (1954), de Álvaro Cepeda Samudio, es el primer libreto de una película que realiza García Márquez. Diez años más tarde escribiría con el mexicano Carlos Fuentes el guión de El gallo de oro, dirigida por Roberto Gavaldón. En 1966 realiza el texto de la primera versión de Tiempo de Morir, ópera prima de Arturo Ripstein. En 1985 esta obra fue llevada de nuevo al cine, y de aquí en adelante una serie de más de 20 películas y adaptaciones de sus obras fueron trasladadas a la pantalla grande, entre ellas La viuda de Montiel, El coronel no tiene quien le escriba, Un señor muy viejo con unas alas enormes, Edipo alcalde, El verano de la señora Forbes, Crónica de una muerte anunciada y La mala hora, por mencionar algunas.

Ese vínculo con el cine, que le llevó en 1982 a ser miembro del jurado del Festival de Cannes, se reforzará este 2007 con la versión estadounidense de El amor en los tiempos del cólera protagonizada por el español Javier Bardem y la colombiana Catalina Sandino. Bajo la dirección del británico Mike Newell, la cinta fue filmada en la ciudad colombiana de Cartagena de Indias y actualmente se encuentra en postproducción.

Pero, no obstante su afinidad con el séptimo arte, el Nobel de Literatura no ha permitido que su hija más reconocida a nivel mundial, la legendaria Cien años de soledad, sea llevada al cine. “Gabo ha expresado públicamente que no está interesado en llevar al cine Cien años de Soledad; es una decisión que él tomó y no creo que sea porque él tenga su propio guión cinematográfico para su obra literaria”, manifestó a la agencia DPA Jaime García Márquez, el octavo de once hermanos del Nobel

Los libros del colombiano han sido la tentación de muchos cineastas. Algunos ven como un recurso a su favor la exuberante descripción que el escritor realiza en sus narraciones a la hora de planificar sus producciones. Empero, los productores audiovisuales que se dejan tentar por las obras de Gabo enfrentan un reto, que es igualar o superar la versión literaria.

Al respecto, el libretista y director de cine Heriberto Fiorillo aseguró recientemente en una entrevista concedida a medios colombianos que ninguna de las películas inspiradas en la obra del escritor ha sido exitosa o taquillera en el cine, porque “la mejor película la arma uno en su propia cabeza cuando lee sus magistrales historias”.

Pese a los acercamientos que García Márquez ha tenido con el cine, nunca se ha involucrado de lleno en este arte. Una de las razones las expresó el escritor en una entrevista radial en 1994. En el cine “mis palabras deben convertirse en imágenes y en ese proceso sale algo totalmente diferente que quizás no produzca el mismo efecto que produce cuando es leído”, dijo.

Los amores entre Gabo y el cine continuarán su devaneo, así como sus obras seguirán siendo por años la inspiración de imágenes para muchos cineastas. Tal vez el mejor fruto de ese “matrimonio” sea su hijo Rodrigo García (“Cosas que diría con sólo mirarla”), quien sí ha dedicado su vida al cine y es muy reconocido en el sector independiente de Estados Unidos.

México • DPA, EFE



En medio de la polémica

Diversos son los intelectuales que se han dado a la tarea de desacreditar, sin éxito, a Gabriel García Márquez durante su vida; aquí un breve recuento de sus críticos más severos y las acusaciones que se han lanzado contra el escritor.

El año de mis noventa años quise regalarme una noche de amor loco con una adolescente virgen”, decía el anciano en Memoria de mis putas tristes. Hoy García Márquez no cumple noventa, sino ochenta años y sabrá dios si querrá festejarlo al estilo de su personaje. Lo que sí sabemos es que hay muchos que no están dispuestos a darle un abrazo ni cantarle el happy birthday por considerarlo, entre otras cosas, un cómplice de la dictadura cubana o un plagiario.

Una de las caras más polémicas del Gabo es su amistad con el comandante Fidel Castro. Se le ha reprochado en varias ocasiones protagonizar una temeraria complicidad con el gobernante de Cuba y el de soslayar la libertad de presos políticos. Varios intelectuales reconocen su calidad narrativa, pero repudian su inclinación por el gobierno castrista. “Es cómplice de una tiranía que se ha convertido en holocausto”, escribió por ejemplo, el escritor cubano Carlos Wotzkow.

Otro escritor y analista político, Alberto Acereda no se queda atrás y en un ensayo afirma que “su sectarismo político y su activismo en favor de la tiranía resultan tan vergonzosos como reprochables”. Este español asevera que García Márquez ha utilizado a su favor las polémicas que en que se ha envuelto para aumentar las ventas de sus libros.

Pero quien no podía dejar de acusarlo es el peruano, nacionalizado español, Mario Vargas Llosa, y quien presuntamente en 1976 golpeó a Gabo a la salida de un cine en México e inició una rivalidad que perdura hasta la fecha. Asegura que el colombiano: “Se ha acomodado hasta ahora muy bien con todos los abusos y los atropellos a los derechos humanos que ha cometido la dictadura cubana, diciendo que, en secreto, él consigue la liberación de algunos prisioneros políticos”.

García Márquez protagonizó otra controversia al asegurar en un congreso internacional de la Lengua celebrado en Zacatecas, que es necesario jubilar a la ortografía, “terror del ser humano desde la cuna”.

Luego de esta sugerencia –que según él fue malinterpretada–, el ganador del Premio Nobel fue blanco de varias impugnaciones como la de Joaquín Segura, miembro de la Academia Norteamericana de la Lengua Española: “parece querer atropellarnos con su bicicleta de contrasentidos lingüísticos, y no logra sino confundirse y confundirnos”.

Como todo escritor exitoso, el plagio es otra de las acusaciones que han rondado a García Márquez.

Su paisano, el también escritor Fernando Vallejo, por ejemplo, lo acusa de plagiar la novela Búsqueda del infinito de Honore de Balzac, en donde uno de los personajes fabrica un diamante y a quien compara con Aureliano Buendía, que hacía pescaditos de oro en el laboratorio de alquimia de su padre, en Cien años de soledad.

“No es una prosa inspirada, dignificada por el habla, no es un escritor que tenga un conocimiento al escribir, con procedimientos sintácticos, con un léxico deslumbrante, no hay nada de eso” despotrica Vallejo.

Pero el colmo viene cuando hay quien lo acusa directamente de plagiar una obra completa, como el poeta colombiano Germán López Velásquez quien publicó en la revista Mefisto, que él dirige, un ensayo en donde analiza la última novela de García Márquez, Memoria de mis putas tristes, y lo enfrenta con La casa de las bellas durmientes del japonés Yasunari Kawabata, y según él las similitudes en la historia y la estructura son sorprendentes.

En ambas tramas el protagonista es un anciano que se relaciona con prostitutas jóvenes; las dos novelas tienen cinco capítulos y en ninguna de ellas muere el personaje central. Ambas novelas se desarrollan en ciudades costeras y la muerte siempre ronda atemorizando al anciano. Por si fuera poco, aventura López Velázquez, el Gabo cita a La casa de las bellas durmientes en un epígrafe de Memoria de mis putas…lo que sugiere, dice el poeta, que todo esto no es una coincidencia.

En este, el año de García Márquez, los homenajes sin duda abundarán pero también las descalificaciones, pedradas e insultos. Al margen de todo lo que mueve e incita la mayor figura viva de las letras españolas, este escritor no tuvo problema en declarar recientemente que es admirador de Shakira, y que suele visitarla en su camerino cada que ofrece un concierto en México, ¡qué envidia!



Polifonía sobre Gabo


Álvaro Mutis

Cien años de soledad es la muestra perfecta o el ejemplo cumplido de un clásico. Tiene la condición fundamental de un libro clásico: el tiempo no lo deja de lado, no lo perturba. Siempre es un libro nuevo. Es un libro en donde los cambios que ha habido en la civilización humana no pueden tocarlo. Eso es Cien años de soledad.

Yo leí el primer borrador de la novela y me quedé asombrado de haber leído un clásico.

La edición francesa de Cien años… está dedicada a mi esposa Carmen y a mí. Pero nunca le he preguntado a Gabo por qué.



Fidel Castro

Su literatura es la prueba fehaciente de su sensibilidad y adhesión irrenunciable a los orígenes, de su inspiración latinoamericana y lealtad a la verdad, de su pensamiento progresista.

De Gabo siempre me han llegado cuartillas aún en preparación, por el gesto generoso y de sencillez con que siempre me envía, al igual que a otros quienes mucho aprecia, los borradores de sus libros, como prueba de nuestra vieja y entrañable amistad.

*Publicado en revista Cambio, 6 de octubre de 2002.



Emmanuel Carballo

Tenía mucha amistad con Gabriel García Márquez. Me lo había presentado Vicente Rojo justo cuando tenía el gran proyecto de Cien años de soledad. Gabo hizo una cosa muy bella: vendió todo lo que tenía, dejó de trabajar, pidió dinero prestado y se puso a escribir durante un año. Todos los sábados me dejaba lo que había escrito en la semana y yo le comentaba lo que pensaba. Siempre le dije que estaba haciendo una obra maestra, una de las grandes novelas del siglo XX. Sólo que uno sea muy tonto o envidioso, no ve en Cien años... una obra maestra. Con esa novela todo lo anterior desaparecía. Es el punto final de una forma de hacer literatura y la primera fase de una nueva etapa. Uno cree esa historia, aparentemente imposible, y eso sólo lo hace un gran escritor.

Pero también vi que Gabo sería vanidoso, porque sus grandes logros lo iban a cambiar. Y no volvió a ser el mismo. Recuerdo que poco antes de que saliera la novela nos reunimos y le dije:

—Gabo, te vamos a perder, te va rodear la fama y únicamente estarás rodeado de gente “importantísima”.

Él dijo que no sería así, que seguiría siendo siempre la misma persona sencilla. Pero eso ya era imposible: en unos cuantos días se convirtió en una celebridad a escala mundial.

Ahora es un hombre que a mí no me agrada moralmente, por su amistad con Fidel Castro, por ejemplo. Aunque si Gabo llegara a escribir una biografía de Fidel... ¡Imagínate lo mucho que tiene que decir después de todo lo que el cubano le habrá contado!



"Soy uno de los seres más solitarios que conozco"

Cien años de soledad se publicó en 1967 en Buenos Aires: ocho mil ejemplares. Cuando supe que la editorial Sudamericana había editado tantos les escribí diciendo que estaban locos, que se iban a arruinar. La semana siguiente a publicarlo, la editorial decidió lanzarlo con un gran reportaje en la revista Primera Plana, y fue un periodista a México a hacerme una entrevista. Querían darme la portada, pero estalló la guerra de los Seis Días y a última hora pusieron una foto de Dayan. Sin embargo, ya no se podía —como hubieran querido— recoger la edición, que estaba en librerías, para lanzarla después. Cuando salió la revista, a la semana siguiente, ya no quedaban libros en la ciudad. Como en la editorial no había precedentes de esto, no tenían ningún proyecto, ni cupo de imprenta, ni papel, y creo que ni dinero, para reimprimir. Y durante varios meses, como unos seis, no había libros.

He explicado muchas veces, en torno a Cien años de soledad, qué papel juega esta última palabra. No sé si con razón o sin razón, es la soledad de América Latina. El discurso de Estocolmo explica todo eso. Y no es una salida fácil. Diría que es difícil. El título del libro lo puse al final, no lo tenía hasta la penúltima línea. De pronto creo que... las estirpes condenadas a cien años de soledad... ¡paf! ¡Pero si éste es el título! Pegué un grito. El libro saltó como un torrente, como yo creía que era la vida real nuestra. Y luego, al final, me di cuenta de que todo lo que estaba sucediendo en él es que se trataba de una estirpe condenada a la soledad... Soy uno de los seres más solitarios que conozco, y de los más tristes, aunque resulte increíble. Fundamentalmente solitario y triste. Pero no yo sólo, la gente del Caribe es muy así aunque tienen fama de todo lo contrario, de gregarios, de pachangueros, de parranderos, de fiesteros, pero tú los ves en plena fiesta y están con unos ojos de melancolía... No sé si esa soledad es también la desesperanza.

*Tomado de Retrato de Gabriel García Márquez. Juan Luis Cebrián, Barcelona, Galaxia-Gutemberg-Círculo de Lectores, 1997.



Carlos Fuentes

Yo me fui a vivir una larga temporada a París y Gabo se encerró a escribir Cien años de soledad. Mercedes cerró las puertas de la casa, cortó las líneas de teléfono y abasteció el refrigerador. Un año más tarde, me llegaron las primeras 50 páginas de Cien años de soledad. Las leí con emoción, asombro y sobre todo gratitud por tener un amigo de tan inmenso talento y de tan inmensa generosidad. Porque ésta era una novela generosa. En muchos sentidos. No sólo daba y se daba. No sólo poseía ese don de reconocimiento —la anagnórisis que da titulo a un hermoso libro de Tomás Segovia, gran poeta de nuestra generación— sino que, magistralmente, generosamente, demostraba la compatibilidad de los géneros en una época de sequía literaria determinada por la dictadura del nouveau roman francés, empeñado en convertir la literatura en desierto. Frondoso por generoso, García Márquez nos volvía a ubicar a todos en el territorio de La Mancha, la gran provincia trasatlántica de Cervantes, donde se dan cita la épica de caballería, la picaresca, la novela bucólica, la trama bizantina, la novela dentro de la novela, la cárcel de amor, la generosidad literaria que García Márquez recupera para América Latina a partir de una tradición compartida y de una ubicación geográfica amorosa.

*Publicado en Babelia (suplemento cultural de El País) 6 de octubre de 2002.


Milán Kundera

Cien años de soledad fue el primer libro de Gabo que leí. Y quedé deslumbrado: pensé en el anatema que el surrealismo había lanzado sobre el arte de la novela al que había estigmatizado como antipoético, y cerrado por completo a la libre imaginación. Y resulta que la novela de García Márquez no era más que eso: imaginación libre. Una de las más grandes obras de la poesía que conozco, en cada una de cuyas frases brillaba la fantasía, y cada una era una sorpresa, maravillosamente: una respuesta contundente al menosprecio por la novela proclamado en el Manifiesto del surrealismo (y al mismo tiempo un gran homenaje al surrealismo, a su inspiración, a su aliento de un extremo al otro del siglo).

Leí esa novela en una sola jornada y de inmediato le escribí un postfacio (para la edición checa), que recibí impreso en las segundas pruebas, pero que nunca fue publicado. Qué azar maravilloso: el postfacio de Cien años de soledad fue mi primer texto prohibido (a causa de mi nombre) por los nuevos amos del país. Esa prohibición dio inicio a la segunda mitad de mi vida, que es la de un escritor proscrito en su propio país.

*Publicado en revista Cambio, 6 de octubre de 2002.



Darío Gallo

Al fondo del callejón de los Nísperos, en un barrio apacible de Cartagena de Indias, vive Luisa Santiaga Márquez Iguarán (92), hija de un coronel y madre de un premio Nobel, aunque esto la tiene sin cuidado. La niña Luisa, así le dicen desde que era niña, está sentada como ausente en la mecedora del patio delantero, recién la bañaron, huele a colonia. Tiene las manos entrelazadas y los pulgares girando sobre sí mismos en innegable espera. Desde hace un tiempo, la memoria le naufraga y suele desconocer a algunos de sus 11 hijos. Es el último sábado del año y un suspiro de brisa aligera el crepúsculo cuando sus hijas Ligia, la charlatana; Rita, la suave; y Aída, que fue monja, gritan trío: “¡Niña Luisa, viene Gabito!” Pero Luisa ni parpadea. Desde el portal, vestido para el partido de tenis de las siete, Gabriel García Márquez (70), saluda sonriente, pantalón corto y zapatillas blancas. Se acerca a la madre: “¿Y usted cómo anda?”, pero nada. Por la casa del callejón de los Nísperos transitan nietos, bisnietos, primos y vecinos, pero ni la gritería ni el movimiento alteran a Luisa. Entonces, Aída, la que fue monja, desafía: “Niña Luisa, ¿Gabito es su hijo?” Sí, contesta a secas la madre. “¿Su primer hijo?” Sí, responde firme. “Y dígame, niña Luisa, usted quiere a Gabito?” Sin dejar de girar los pulgares, niña Luisa sorprende: “No”. Entonces Gabo, Gabito, el Nobel, el colombiano más famoso del mundo, levanta los brazos en señal de rendición: “Tanto que ha hecho uno, tanto esfuerzo, para que la madre no le pare bolas...!” Todos sueltan la carcajada.

*Publicado en la revista Noticias (Buenos Aires, Argentina), 3 de enero de 1998.

Entrevistas y selección de textos: Víctor Núñez Jaime

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