Milenio
El éxito que vino de la soledad
Como ha contado el propio escritor en diversas ocasiones, en 1965 sintió en
México la inspiración definitiva para escribir Cien años de soledad, una de
las obras más traducidas y leídas en español que relata la historia de la
familia Buendía a lo largo de varias generaciones en el legendario mundo de
Macondo.
Gabriel García Márquez celebra este año el cuadragésimo aniversario de la
publicación de su obra cumbre, Cien años de soledad (1967), y el cuarto de
siglo desde la recepción del Premio Nobel de Literatura en 1982.
A pesar de que huye de los actos multitudinarios, García Márquez no podrá
evitar ser objeto este año de diversos homenajes públicos como el que le
ofrecerá el IV Congreso Internacional de la Lengua Española que tendrá lugar
en la ciudad colombiana de Cartagena de Indias.
“Esos homenajes serán muy merecidos porque García Márquez ha hecho grandes
aportes a las letras del mundo y porque Cien años de soledad es una de las
obras maravillosas de la Lengua Española”, aseguró la crítica literaria y
profesora universitaria Leticia Sarmiento.
Como ha contado el propio escritor en diversas ocasiones, en 1965 sintió en
México la inspiración definitiva para escribir Cien años de soledad, una de
las obras más traducidas y leídas en español que relata la historia de la
familia Buendía a lo largo de varias generaciones en el pueblo ficticio de
Macondo.
Uno de los aspectos que más curiosidad despierta la elaboración del mítico
libro es el instante en el que el autor inventó el poderoso arranque de la
novela. “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel
Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo
llevó a conocer el hielo”.
La revelación se produjo durante el viaje en automóvil con su esposa
Mercedes y sus dos hijos desde la Ciudad de México a Acapulco, cuando, a la
altura de Cuernavaca, tuvo un percance y decidió desistir de la travesía.
Una de las múltiples conjeturas “macondianas” sobre el famoso episodio
indica que una res se le atravesó en el camino, le averió el vehículo y le
obligó a regresar a casa, pero todas la versiones, incluidas las contadas
por él, coinciden en que en ese instante de enero de 1965 vislumbró por fin
las claves que andaba buscando para escribir su primera gran novela.
“La tenía tan madura que hubiera podido dictarle allí mismo, en la carretera
de Cuernavaca, el primer capítulo, palabra por palabra, a una mecanógrafa”,
diría García Márquez mucho después, al evocar ese momento mágico de
iluminación.
Su colega del llamado “boom latinoamericano” y amigo de entonces, el
escritor peruano Mario Vargas Llosa, relató más tarde que Gabo se encerró
durante 18 meses en el estudio de su casa de Ciudad de México, “provisto de
grandes reservas de papel y cigarrillos”, para redactar Cien años de
soledad. El escritor colombiano pidió previamente a Mercedes Barcha, su
mujer, que no le molestara “con ningún motivo, sobre todo con menesteres
domésticos”, según Vargas Llosa.
La presencia del escritor colombiano en México en aquel momento de
inspiración no fue circunstancial. Gabriel García Márquez había llegado al
país el 2 de julio de 1961 – casualmente el mismo día en que se suicidó
Ernest Hemingway– con la pretensión de producir el cine que había aprendido
en Roma.
En la capital le esperaban algunos amigos de toda la vida, como el
novelista, poeta y ensayista colombiano Álvaro Mutis, quien no sólo dio
ayuda material a García Márquez, sino que le introdujo en la lectura de
Pedro Páramo, del mexicano Juan Rulfo, en un hecho que el autor de Cien años
de soledad consideró crucial para pulir su técnica narrativa.
Al igual que Mutis, el escritor mexicano Carlos Fuentes y el ya fallecido
novelista argentino Julio Cortázar conocieron los textos originales de la
novela cumbre de Gabo, según dijeron varios estudiosos de la obra del
escritor colombiano.
Mutis, Fuentes y Cortázar tuvieron la impresión de que su amigo y colega
estaba elaborando una obra inmortal desde las primeras líneas.
A finales de 1966, la editorial argentina Sudamericana aceptó, deslumbrada,
los textos mecanografiados de Cien años de soledad y en 1967 publicó la obra
con un éxito descomunal.
La novela vendió 15 mil ejemplares en las primeras semanas sólo en la
capital argentina; hasta la fecha se han vendido más de 30 millones y ha
sido traducida a 35 idiomas.
Ochenta o tres mil
Ángeles Mastretta
Leer a García Márquez y quererlo, es algo que sucede al mismo tiempo. Uno lo
admira con la misma naturalidad que a las jacarandas, y del mismo modo se
acerca a su prodigio.
¿Quién sabe qué mal quiso compensar la fortuna cuando puso en el siglo
veinte la vida y los milagros del Gabo García Márquez? ¿Quién sabe de dónde
sale el genio? ¿Quién la razón por la cual el destino nos lo acerca, como al
agua?
Que las estrellas lo adivinen, a nosotros nos tocó atestiguarlo.
Ver a García Márquez andar el mundo con sus ojos en vilo y sus palabras en
el aire, ha sido uno de los grandes prodigios que nos ha dado el siglo.
No se juega con el amor, ni con la historia, ni con los cuentos de la tierra
y el río. O se juega para ganarles, como ha hecho el Gabo. De semejante
triunfo hemos sido testigos sus lectores, que siempre somos sus amigos.
Leer a García Márquez y quererlo, es algo que sucede al mismo tiempo. Uno lo
admira con la misma naturalidad que a las jacarandas, y del mismo modo se
acerca a su prodigio. Lo quiere como a la luna porque, como la luna, le
pertenece a cada quien de distinto modo y a todos tanto como quieran
gozarla. Ahí está. Es un escritor generoso y cercano como no hay otro. Nadie
ha sido tan pródigo con su talento y tan drástico con su audacia. Ahora
cumple ochenta años, como podría cumplir tres mil.
No sé si haya existido un tiempo en el que los humanos estuvieran orgullosos
de su especie, sé que el espejo que ha puesto García Márquez frente a
nuestros ojos nos asombra con los seres excepcionales que encuentra para
regalárnoslos. Sé que las palabras con que ha dicho el mundo lo mejoran, lo
alumbran, nos lo devuelven aliviado de sí mismo.
Sólo él sabe cómo le hace, sólo nosotros cuánto se lo agradecemos. Eso y la
serenidad con que vive, como si no le pesara el aire.
Nunca, lo he visto aburrido, ni siquiera a las cuatro de la mañana, cuando
tras una cena larga, repite, a petición popular y como por primera vez, un
soneto de Lope:
Suelta mi manzo, mayoral extraño,/pues otros tienes tú de igual decoro;
/deja la prenda que en el alma adoro,/perdida por tu bien y por mi daño.
Poesía de la edad de oro, es lo suyo y es él. Nunca está harto de andar en
la fiesta de vivir entre los demás, como los demás. No lo he visto ni una
vez hablando mal de alguien y le tiene paciencia a la tarde, a la música de
otros, al tiempo en que firma, por casualidad, en el lugar más inesperado,
cientos de libros en una hora.
Leerlo es quedar presos de él, encantados igual que estarán nuestros nietos
y sus descendientes y todo el que sobreviva al calentamiento global y a
cualquier otro cataclismo. Sólo que nosotros, los desaforados habitantes de
estos siglos, hemos compartido con él sus milagros, sabemos cómo son las
cucharas, la música y el arroz en sus años y los nuestros.
¿Quién gobernaba España mientras Cervantes escribía el Quijote? ¿Quién Viena
mientras Mozart hacía prodigios con la música que le cruzaba la imaginación?
¿Quién Florencia mientras Leonardo se preguntaba cómo volar? No importa. Ya
nadie se acuerda, nadie siente en su piel, ni las guerras ni los desafíos de
tales señores. En cambio, cada día y todos los días, algo de la estirpe de
estos genios arropa nuestra vida. Lo mismo sucederá con García Márquez.
¿Quién gobernaba nuestro mundo mientras él, niño pintando la pared en su
casa de pueblo, periodista, náufrago, testigo imaginario y presencial,
marido de Mercedes, genio y cómplice de todos nosotros, lo contaba? Tampoco
se sabrá.
En cambio cómo eran los hombres, los peces de oro, las mujeres de lumbre,
las piedras, los eclipses, las dichas y desdichas que cuenta el único
clásico vivo que conocemos, se sabrá para siempre. Y alguien, algún poeta
después de la siguiente era glacial, terminará una cena con amigos
repitiendo: “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el
coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota…”
El aniversario de un escritor con manos de mago
De cara a la fiesta por su vida y obra, algunos escritores mexicanos evocan
el primer encuentro con su literatura, la magia de sus historias y, en un
caso, la intimidad de la amistad, desde una urbe en la que, como dijo en un
ocasión, escribió sus libros, crió a sus hijos y sembró sus árboles.
Imagen del escritor y su esposa Mercedes Barcha (al frente), durante su
llegada a México en los años 60.
Jesús Alejo
Evocación del amigo: Ignacio Solares
Somos muy amigos y nos vemos por lo menos cuatro veces al año. Para mí es un
amigo entrañable, al que le puedes contar las cosas más íntimas y él
también, por lo que mi distancia con García Márquez es relativa. Entre las
cosas que nos ha enseñado es que escribe sus obras para sus amigos y me
jactó de serlo.
Este año, por ejemplo, voy a sacar un libro que tengo sobre Julio Cortázar,
cuyo prólogo es de García Márquez. Para mí es más que un escritor, es una
gente entrañable, muy buen amigo: solidario y cálido. Es una gente muy
tierna.
Un día estábamos en el palco del estadio de Ciudad de Universitaria y de
repente se acerca un chavo que le grita: don Gabriel vi que estaba aquí y
mandé a mi mamá a comprar un libro y vine para que me lo dedicara.
Puedo decir que hay un antes y un después de Cien años de soledad, nos
descubrió todo un mundo: la condición de ser latinoamericano la empezamos a
entender a partir de esa novela; es un asunto de identidad. Nuestra
identidad como latinoamericanos y nuestro inconciente colectivo forma parte
ya de García Márquez.
La mano del mago: Carmen Boullosa
Lo recuerdo como un flechazo que me cayó del cielo. Leí Cien años de soledad
cuando estaba todavía en la escuela de monjas. Me enamoré perdidamente de
esa novela. Era una bomba. Recuerdo que hicimos un trabajo colectivo, y que
los padres de familia interpusieron una queja a las ursulinas porque nos
daban a leer un libro tan poco conveniente. Ahora la verdad es que no
entiendo a qué tanto alboroto ni por qué el rechazo. Es una novela
magnífica, eso que ni qué.
Su narrativa representa la fuerza de la imaginación y también de la prosa
periodística, él no descarta ninguno de los dos filos del hacha literaria.
Sus novelas son una dicha. Las he amado todas, excepto la última, la verdad
es que no me hizo feliz, pero se la perdono.
Su prosa me encanta, escribe con mano de mago.
“Una iluminación”: Ignacio Padilla
Mi primer encuentro con su obra fue casi como una iluminación, más como un
encuentro hipnótico que como una lectura formal. Recuerdo haber leído Cien
años de soledad en una edición que tenía prácticamente mi edad y que formaba
parte de mi biblioteca paterna, por fortuna. Podría decirte aún a qué olían
las páginas, dónde leí cada pasaje, qué sueños y pesadillas tuve y sigo
teniendo después de aquella lectura.
Su obra, en especial El otoño del patriarca, representa ese libro o conjunto
de libros que nos golpean, marcan e iluminan en un momento preciso de
nuestra adolescencia lectora, y que llegan para quedarse. Pocos autores,
pocos libros han sido para mí tan importantes, tan estremecedores y
constantes en mi formación como los de Gabriel García Márquez.
Encuentro amoroso: A. Ruy Sánchez
El encuentro fortuito, en una misma sala de espera, de un ejemplar de Cien
años de soledad, una mujer de piernas espectaculares leyéndolo y una oleada
de feromonas llenando la sala y montándome a la nariz, determinó mi vida.
En el lento ocaso de los sesenta y el principio apresurado de los
espectaculares setenta, conocí a la mujer con la que vivo, canto y bailo más
que con ninguna. Estaba haciendo la misma antesala que yo para tratar de
entrar a la universidad. Llevaba unas medias algo plateadas como se usaban
en la época, una falda larga abierta de lado y estaba concentrada en un
libro que ya a muchos nos emocionaba desde hacía algunos años. No podía
imaginar que sus piernas indicaban el camino de mi vida pero tal vez en el
fondo eso fue lo que estaba deseando, perderme en ella... para siempre. O
por lo menos durante los próximos cien años. Así que, en nuestra primera
conversación estuvo Cien años de soledad y uno de los momentos iniciales del
libro: el del descubrimiento del hielo. Algo maravilloso para unos aunque
sea común para otros y nos encantaba a ambos. Estuvimos de acuerdo en que
eso no es realismo mágico sino la magia del asombro. Es real y subjetivo,
como la poesía misma leyendo al mundo. No apela a peces voladores, monjas
levitando, ángeles aparecidos. Algunos de los lugares comunes preferidos de
los cien mil imitadores de García Márquez que ya comenzaban a brotar por
todas partes como grave infección literaria, sin disminuir un ápice a los
méritos de Cien años de soledad.
Durante muchos años no pude dejar de relacionar el asombro ante el
descubrimiento del hielo y mi descubrimiento de sus piernas. Son tantas las
cosas importantes en la vida que nos llegan por azar. La persona con la que
uno se va a casar, por ejemplo. Pero el azar inducido por la azarosa lectura
es doblemente sabroso. Y más si dura y sabe apelar y rendirse a la tenacidad
del asombro.
Escritor de misterios: Daniel Sada
Lo empecé a leer casi cuando apareció Cien años de soledad. De hecho fue una
de mis primeras lecturas de literatura moderna y desde el primer momento
quedé deslumbrado. Acababa de leer Las mil y una noches y había un parangón
increíble entre un libro y otro. Ese fue mi primer contacto con García
Márquez y desde entonces lo sigo leyendo y lo sigo admirando.
Me gusta, en primer lugar, que es un escritor que ofrece muchos misterios,
no tantas certidumbres como otros escritores. Cuando leo a García Márquez me
pasa lo mismo que cuando leo a Rulfo, siempre hay un aura de misterio que me
deslumbra. Es un escritor que no concibe el arte como una tradición, sino
como un enigma. Eso siempre será novedoso para mí. Generalmente me enseñan
más los escritores que me ofrecen enigmas a los que me ofrecen verdades.
Imprescindible: Sabina Berman
Abrí el libro Cien años de soledad y sentí un placer incomparable con
respecto a lo que había sentido con otras obras. No sabía que el lenguaje
podía estar dedicado al placer. No paré de leer la novela hasta que lo
terminé, seguro tomé intermedios para dormir o para comer, pero no creo que
para algo más. Lo recuerdo como una larga sesión de lectura interrumpida
sólo por las urgencias biológicas.
Inventó una manera de narrar. Uno puede trazar las partes en donde se
origina esa manera, en el surrealismo mexicano, con Elena Garro, en Pedro
Páramo, en la exageración colombiana al contar, en la cadencia del bolero,
incluso uno encuentra a Neruda en García Márquez.
Pero él creó una manera que antes no existía. Con él nos dimos cuenta que
las obras de arte no son necesarias hasta que suceden. Así pasó con García
Márquez: no era necesario que hubiera inventado esta manera de escribir
hasta que lo hizo y, entonces, se volvió imprescindible para entender la
literatura del siglo XX.
Literatura que no suelta: Xavier Velasco
Tenía catorce años cuando me topé con la Increíble y triste historia de la
cándida Eréndira y su abuela desalmada, y me volví completamente loco: me
convertí en Ulises y también fui a esa hilera de quienes estaban a la espera
de copular con Eréndira y esperé hasta el final y dormí con ella. Fue la
primera prostituta con la que me encontré en la vida.
Lo que más me gusta de Gabriel García Márquez es lo que no se ve: lo
empiezas a leer y llega un momento en que se te olvida, las cosas comienzan
a pasar frente a ti porque ya te metiste en la historia. Cómo, quién sabe.
Todo eso que tiene para agarrarte y ya no soltarte es lo que me llama la
atención.
Estilo que no se inventa: Hernán Lara
Tuve el privilegio de ser amigo de Juan García Ponce y él me lo recomendó
antes de que se publicara Cien años de soledad. Creo que Juan fue uno de los
primeros amigos de García Márquez y tuve la oportunidad de leer obras que se
reivindicaron a la luz de Cien años de soledad. A él lo conocí personalmente
hasta muy tarde en mi vida.
De alguna manera su obra es un pináculo, porque en él convergieron muchas
cosas que venían desde épocas muy anteriores: Miguel Ángel Asturias, Juan
Rulfo, Alejo Carpentier… un grupo de escritores muy importantes, quienes
tomaron cuerpo en él, aunque con un estilo personal.
A mis alumnos les digo que el estilo no se inventa, se practica y se logra.
Cualquier novela que lea de García Márquez y en todos encuentro ese toque un
poco humorístico y sabio: en todo lo que cuenta siempre hay una sonrisa
oculta.
De Aracataca a Macondo
La nostalgia por la tierra que lo vio nacer recorre toda su obra. En sus
calles y ambientes se concentra, como el propio escritor ha confesado en
innumerables ocasiones, “la materia prima” de su literatura.
Aracataca, así, Aracataca, una palabra que retumba, pasó de ser una aldea
colombiana anónima perdida entre un verde que embruja y la arena en algunas
de sus calles, a tener celebridad mundial con la gloria de su más ilustre
hijo, el Nobel de Literatura de 1982, Gabriel García Márquez.
Aracataca, que no fue precisamente levantada “a orillas de un río de aguas
diáfanas con enormes piedras como huevos prehistóricos”, sí bebe de una
corriente, ahora no tan clara, que lleva su nombre y pasa por un lado del
pueblo. La localidad, que bien pudo engendrar el universo mítico de Macondo
en la obra de García Márquez, está a menos de hora y media de viaje desde la
caribeña Santa Marta, en el departamento del Magdalena, y aunque es
eternamente ardiente, ya no es tan polvorienta como la recuerda el escritor.
Desde la localidad, de no más de 30 mil habitantes, alcanza a divisarse una
mole azul verdosa que incluso llega al mar: la Sierra Nevada de Santa Marta.
Aún se aprecian enormes plantaciones de banano que cada día ceden más a los
cultivos de palma, “que traerá una nueva depresión”, según algunos de sus
habitantes. Y es que más de uno, como el propio García Márquez, han sido
testigos de las bonanzas de la “fiebre bananera”, del auge efímero del
cacao, lo mismo que de sus posteriores depresiones económicas.
Son los mismos lugareños, los más viejos, quienes relatan los años de la
bella época en que las vajillas eran traídas de París, los pianos de Italia,
las telas de oriente, y de Norteamérica las máquinas de hielo: los
refrigeradores, y el primer cinematógrafo cuando apenas apuntaba el siglo
pasado.
También son los que se topan en cualquier rincón, a las tres de la tarde,
con el coronel Aureliano Buendía o con una anciana que, pese a sus años, es
la siempre firme Ursula Iguarán. No sobra quien repita que acaba de ver cómo
Remedios La Bella subió al cielo en cuerpo y alma, y quien asegura que tiene
pescados de oro de los que fabricaba el coronel Buendía.
Es que en este municipio colombiano están lugares reales que figuran en las
novelas de García Márquez como La mala hora, El coronel no tiene quien le
escriba o Cien años de soledad. Pero tras esos tiempos de esplendor, lujo, y
progreso, después de que la United Fruit Company y posteriormente la
Compañía Frutera de Sevilla cerraran, llegaron los años del olvido.
Ese cosmos, el clima ardiente, la atmósfera caribeña, los aromas, incluso
los que llegaban desde el lejano mar, la humedad, la gente, el bullicio de
las calles, los techos de palma, la sombra de los árboles de almendro y
mango sobre los corredores de las casas, persisten en el pueblo. En ese
punto real de la geografía en el que muchos críticos, no sin razón, sitúan a
Macondo, se adivina un antiguo esplendor y sus habitantes así lo rememoran.
No sólo es el pueblo en el que nació el 6 de marzo de 1927 García Márquez, o
Gabito como le dicen muchos aquí, sino que hay sitios que parecen detenidos
en el tiempo, y tal como están “pintados” en la obra garciamarquiana. Ahí
están la estación del tren, la gallera, una legendaria casa de citas, el
“puente de los varados” (en el que esperaban trabajo los obreros agrícolas
desempleados), algunos cafés y billares, o “la calle de los turcos” (del
comercio).
Un sol abrasador, que reverbera al medio día con casi 40 grados centígrados
cuando alguien se aventura a caminar por los travesaños de la vía férrea y
sin lugar para guarecerse, distorsiona la realidad. A lo lejos, en la línea,
aparece una construcción fantasma: es la abandonada estación del tren, el
mismo tren en el que esperó por años el paciente coronel a que le llegara la
orden de jubilación. La línea férrea sigue siendo usada decenas de veces
cada día por cientos de vagones de carbón que se extraen de los yacimientos
de La Jagua y La Loma, en el vecino departamento del César al sur del
Magdalena, y que van al puerto de Santa Marta.
Pasa el tren con el mineral y el maquinista hace sonar su estridente pito.
Los barrios de Aracataca se sacuden con el desfile de los carros de hierro y
carbón, y sus habitantes aseguran que el polvillo negro que se levanta de
los vagones “enferma los pulmones.”
También se quejan de cómo la palma de aceite gana cada día más terreno,
literalmente, al tradicional banano.
Y cómo, pese a toda la gloria literaria que ha hecho universal el nombre de
Aracataca, centenares de sus habitantes, especialmente los mozos, viven de
transportar personas en las pintorescas bicicletas-taxis y de la venta de
minutos de llamadas por teléfonos móviles en las calles, lo que desata una
competencia de precios “porque no hay empleo.” Aún así, García Márquez ha
repetido que se siente “latinoamericano de cualquier país, pero sin
renunciar nunca a la nostalgia de mi tierra: Aracataca, a la cual regresé un
día y descubrí que entre la realidad y la nostalgia estaba la materia prima
de mi obra.”
Aracataca, Colombia • EFE
Su relación con el cine, un matrimonio “mal avenido”
El vínculo entre el Nobel de Literatura y el cine se puede definir como una
pasión entre dos amantes donde los encuentros y desencuentros son una
constante, un maridaje en el que la unión nunca se ha consolidado. En
palabras de Gabo, su vínculo con el séptimo arte es como un “matrimonio mal
avenido, es decir, como el de quien no ha podido vivir ni con el cine ni sin
él”.
Muchos años después, aunque por suerte no ante un pelotón de fusilamiento,
Gabriel García Márquez había de recordar aquella tarde remota en que sus
amigos lo llevaron a ver Miracolo a Milano (“Milagro en Milán”, 1951), film
de Vittorio de Sica cuya mezcla de neorrealismo y fantasía anticipa el
realismo mágico tan propio de la obra de el escritor colombiano.
“Entonces hablábamos casi tanto como hoy del cine que había que hacer en
América Latina, y de cómo había que hacerlo, y nuestros pensamientos estaban
inspirados en el neorrealismo italiano, que es -como tendría que ser el
nuestro- el cine con menos recursos y el más humano que se ha hecho jamás”,
evocaba García Márquez en 1986.
Los primeros acercamientos de García Márquez con esta manifestación
artística se dieron a finales de los años 40 y principios de los 50, con los
breves comentarios cinematográficos que realizó como periodista de los
diarios colombianos El Universal, El Heraldo y El Espectador. Estos
artículos fueron definidos por el novelista y profesor de cine y literatura
Jaime García Saucedo como “el reflejo de un manifiesto deseo por enseñar a
ver, formar el gusto y contagiar su pasión por el cine sin dejar de lado la
severidad del análisis”.
Años más tarde, el escritor realizó estudios cinematográficos en el Centro
Experimental de Cinematografía de Cinecittá, en Roma. Por aquellos días, ha
dicho el literato, “viví mi única aventura en un equipo de dirección de
cine. Fui escogido en la escuela como tercer asistente del director
Alexandro Blasetti en la cinta Peccato che sia una canaglia (1954), y esto
me causó una gran alegría al brindar la ocasión de conocer a la primera
actriz de la película, Sofía Loren”.
“Pero nunca la vi, porque mi trabajo consistió, durante más de un mes, en
sostener una cuerda en la esquina para que no pasaran los curiosos”,
remachaba con humor. Un humor que, sin embargo, deja entrever cierta
frustración, como siempre que habla de esa época que resume en esta frase:
“No quería nada más en esta vida que ser el director de cine que nunca fui”.
Desde esta academia empezó a rondar en su cabeza el sueño de crear una
escuela de cine. Ese anhelo se materializó en 1986, año en que inauguró,
junto a Julio García Espinosa y Fernando Birri, la Escuela Internacional de
Cine y Televisión, en San Antonio de los Baños, Cuba.
Del papel al celuloide
El guión cinematográfico del cortometraje surrealista Langosta Azul (1954),
de Álvaro Cepeda Samudio, es el primer libreto de una película que realiza
García Márquez. Diez años más tarde escribiría con el mexicano Carlos
Fuentes el guión de El gallo de oro, dirigida por Roberto Gavaldón. En 1966
realiza el texto de la primera versión de Tiempo de Morir, ópera prima de
Arturo Ripstein. En 1985 esta obra fue llevada de nuevo al cine, y de aquí
en adelante una serie de más de 20 películas y adaptaciones de sus obras
fueron trasladadas a la pantalla grande, entre ellas La viuda de Montiel, El
coronel no tiene quien le escriba, Un señor muy viejo con unas alas enormes,
Edipo alcalde, El verano de la señora Forbes, Crónica de una muerte
anunciada y La mala hora, por mencionar algunas.
Ese vínculo con el cine, que le llevó en 1982 a ser miembro del jurado del
Festival de Cannes, se reforzará este 2007 con la versión estadounidense de
El amor en los tiempos del cólera protagonizada por el español Javier Bardem
y la colombiana Catalina Sandino. Bajo la dirección del británico Mike
Newell, la cinta fue filmada en la ciudad colombiana de Cartagena de Indias
y actualmente se encuentra en postproducción.
Pero, no obstante su afinidad con el séptimo arte, el Nobel de Literatura no
ha permitido que su hija más reconocida a nivel mundial, la legendaria Cien
años de soledad, sea llevada al cine. “Gabo ha expresado públicamente que no
está interesado en llevar al cine Cien años de Soledad; es una decisión que
él tomó y no creo que sea porque él tenga su propio guión cinematográfico
para su obra literaria”, manifestó a la agencia DPA Jaime García Márquez, el
octavo de once hermanos del Nobel
Los libros del colombiano han sido la tentación de muchos cineastas. Algunos
ven como un recurso a su favor la exuberante descripción que el escritor
realiza en sus narraciones a la hora de planificar sus producciones. Empero,
los productores audiovisuales que se dejan tentar por las obras de Gabo
enfrentan un reto, que es igualar o superar la versión literaria.
Al respecto, el libretista y director de cine Heriberto Fiorillo aseguró
recientemente en una entrevista concedida a medios colombianos que ninguna
de las películas inspiradas en la obra del escritor ha sido exitosa o
taquillera en el cine, porque “la mejor película la arma uno en su propia
cabeza cuando lee sus magistrales historias”.
Pese a los acercamientos que García Márquez ha tenido con el cine, nunca se
ha involucrado de lleno en este arte. Una de las razones las expresó el
escritor en una entrevista radial en 1994. En el cine “mis palabras deben
convertirse en imágenes y en ese proceso sale algo totalmente diferente que
quizás no produzca el mismo efecto que produce cuando es leído”, dijo.
Los amores entre Gabo y el cine continuarán su devaneo, así como sus obras
seguirán siendo por años la inspiración de imágenes para muchos cineastas.
Tal vez el mejor fruto de ese “matrimonio” sea su hijo Rodrigo García
(“Cosas que diría con sólo mirarla”), quien sí ha dedicado su vida al cine y
es muy reconocido en el sector independiente de Estados Unidos.
México • DPA, EFE
En medio de la polémica
Diversos son los intelectuales que se han dado a la tarea de desacreditar,
sin éxito, a Gabriel García Márquez durante su vida; aquí un breve recuento
de sus críticos más severos y las acusaciones que se han lanzado contra el
escritor.
El año de mis noventa años quise regalarme una noche de amor loco con una
adolescente virgen”, decía el anciano en Memoria de mis putas tristes. Hoy
García Márquez no cumple noventa, sino ochenta años y sabrá dios si querrá
festejarlo al estilo de su personaje. Lo que sí sabemos es que hay muchos
que no están dispuestos a darle un abrazo ni cantarle el happy birthday por
considerarlo, entre otras cosas, un cómplice de la dictadura cubana o un
plagiario.
Una de las caras más polémicas del Gabo es su amistad con el comandante
Fidel Castro. Se le ha reprochado en varias ocasiones protagonizar una
temeraria complicidad con el gobernante de Cuba y el de soslayar la libertad
de presos políticos. Varios intelectuales reconocen su calidad narrativa,
pero repudian su inclinación por el gobierno castrista. “Es cómplice de una
tiranía que se ha convertido en holocausto”, escribió por ejemplo, el
escritor cubano Carlos Wotzkow.
Otro escritor y analista político, Alberto Acereda no se queda atrás y en un
ensayo afirma que “su sectarismo político y su activismo en favor de la
tiranía resultan tan vergonzosos como reprochables”. Este español asevera
que García Márquez ha utilizado a su favor las polémicas que en que se ha
envuelto para aumentar las ventas de sus libros.
Pero quien no podía dejar de acusarlo es el peruano, nacionalizado español,
Mario Vargas Llosa, y quien presuntamente en 1976 golpeó a Gabo a la salida
de un cine en México e inició una rivalidad que perdura hasta la fecha.
Asegura que el colombiano: “Se ha acomodado hasta ahora muy bien con todos
los abusos y los atropellos a los derechos humanos que ha cometido la
dictadura cubana, diciendo que, en secreto, él consigue la liberación de
algunos prisioneros políticos”.
García Márquez protagonizó otra controversia al asegurar en un congreso
internacional de la Lengua celebrado en Zacatecas, que es necesario jubilar
a la ortografía, “terror del ser humano desde la cuna”.
Luego de esta sugerencia –que según él fue malinterpretada–, el ganador del
Premio Nobel fue blanco de varias impugnaciones como la de Joaquín Segura,
miembro de la Academia Norteamericana de la Lengua Española: “parece querer
atropellarnos con su bicicleta de contrasentidos lingüísticos, y no logra
sino confundirse y confundirnos”.
Como todo escritor exitoso, el plagio es otra de las acusaciones que han
rondado a García Márquez.
Su paisano, el también escritor Fernando Vallejo, por ejemplo, lo acusa de
plagiar la novela Búsqueda del infinito de Honore de Balzac, en donde uno de
los personajes fabrica un diamante y a quien compara con Aureliano Buendía,
que hacía pescaditos de oro en el laboratorio de alquimia de su padre, en
Cien años de soledad.
“No es una prosa inspirada, dignificada por el habla, no es un escritor que
tenga un conocimiento al escribir, con procedimientos sintácticos, con un
léxico deslumbrante, no hay nada de eso” despotrica Vallejo.
Pero el colmo viene cuando hay quien lo acusa directamente de plagiar una
obra completa, como el poeta colombiano Germán López Velásquez quien publicó
en la revista Mefisto, que él dirige, un ensayo en donde analiza la última
novela de García Márquez, Memoria de mis putas tristes, y lo enfrenta con La
casa de las bellas durmientes del japonés Yasunari Kawabata, y según él las
similitudes en la historia y la estructura son sorprendentes.
En ambas tramas el protagonista es un anciano que se relaciona con
prostitutas jóvenes; las dos novelas tienen cinco capítulos y en ninguna de
ellas muere el personaje central. Ambas novelas se desarrollan en ciudades
costeras y la muerte siempre ronda atemorizando al anciano. Por si fuera
poco, aventura López Velázquez, el Gabo cita a La casa de las bellas
durmientes en un epígrafe de Memoria de mis putas…lo que sugiere, dice el
poeta, que todo esto no es una coincidencia.
En este, el año de García Márquez, los homenajes sin duda abundarán pero
también las descalificaciones, pedradas e insultos. Al margen de todo lo que
mueve e incita la mayor figura viva de las letras españolas, este escritor
no tuvo problema en declarar recientemente que es admirador de Shakira, y
que suele visitarla en su camerino cada que ofrece un concierto en México,
¡qué envidia!
Polifonía sobre Gabo
Álvaro Mutis
Cien años de soledad es la muestra perfecta o el ejemplo cumplido de un
clásico. Tiene la condición fundamental de un libro clásico: el tiempo no lo
deja de lado, no lo perturba. Siempre es un libro nuevo. Es un libro en
donde los cambios que ha habido en la civilización humana no pueden tocarlo.
Eso es Cien años de soledad.
Yo leí el primer borrador de la novela y me quedé asombrado de haber leído
un clásico.
La edición francesa de Cien años… está dedicada a mi esposa Carmen y a mí.
Pero nunca le he preguntado a Gabo por qué.
Fidel Castro
Su literatura es la prueba fehaciente de su sensibilidad y adhesión
irrenunciable a los orígenes, de su inspiración latinoamericana y lealtad a
la verdad, de su pensamiento progresista.
De Gabo siempre me han llegado cuartillas aún en preparación, por el gesto
generoso y de sencillez con que siempre me envía, al igual que a otros
quienes mucho aprecia, los borradores de sus libros, como prueba de nuestra
vieja y entrañable amistad.
*Publicado en revista Cambio, 6 de octubre de 2002.
Emmanuel Carballo
Tenía mucha amistad con Gabriel García Márquez. Me lo había presentado
Vicente Rojo justo cuando tenía el gran proyecto de Cien años de soledad.
Gabo hizo una cosa muy bella: vendió todo lo que tenía, dejó de trabajar,
pidió dinero prestado y se puso a escribir durante un año. Todos los sábados
me dejaba lo que había escrito en la semana y yo le comentaba lo que
pensaba. Siempre le dije que estaba haciendo una obra maestra, una de las
grandes novelas del siglo XX. Sólo que uno sea muy tonto o envidioso, no ve
en Cien años... una obra maestra. Con esa novela todo lo anterior
desaparecía. Es el punto final de una forma de hacer literatura y la primera
fase de una nueva etapa. Uno cree esa historia, aparentemente imposible, y
eso sólo lo hace un gran escritor.
Pero también vi que Gabo sería vanidoso, porque sus grandes logros lo iban a
cambiar. Y no volvió a ser el mismo. Recuerdo que poco antes de que saliera
la novela nos reunimos y le dije:
—Gabo, te vamos a perder, te va rodear la fama y únicamente estarás rodeado
de gente “importantísima”.
Él dijo que no sería así, que seguiría siendo siempre la misma persona
sencilla. Pero eso ya era imposible: en unos cuantos días se convirtió en
una celebridad a escala mundial.
Ahora es un hombre que a mí no me agrada moralmente, por su amistad con
Fidel Castro, por ejemplo. Aunque si Gabo llegara a escribir una biografía
de Fidel... ¡Imagínate lo mucho que tiene que decir después de todo lo que
el cubano le habrá contado!
"Soy uno de los seres más solitarios que conozco"
Cien años de soledad se publicó en 1967 en Buenos Aires: ocho mil
ejemplares. Cuando supe que la editorial Sudamericana había editado tantos
les escribí diciendo que estaban locos, que se iban a arruinar. La semana
siguiente a publicarlo, la editorial decidió lanzarlo con un gran reportaje
en la revista Primera Plana, y fue un periodista a México a hacerme una
entrevista. Querían darme la portada, pero estalló la guerra de los Seis
Días y a última hora pusieron una foto de Dayan. Sin embargo, ya no se
podía —como hubieran querido— recoger la edición, que estaba en librerías,
para lanzarla después. Cuando salió la revista, a la semana siguiente, ya no
quedaban libros en la ciudad. Como en la editorial no había precedentes de
esto, no tenían ningún proyecto, ni cupo de imprenta, ni papel, y creo que
ni dinero, para reimprimir. Y durante varios meses, como unos seis, no había
libros.
He explicado muchas veces, en torno a Cien años de soledad, qué papel juega
esta última palabra. No sé si con razón o sin razón, es la soledad de
América Latina. El discurso de Estocolmo explica todo eso. Y no es una
salida fácil. Diría que es difícil. El título del libro lo puse al final, no
lo tenía hasta la penúltima línea. De pronto creo que... las estirpes
condenadas a cien años de soledad... ¡paf! ¡Pero si éste es el título! Pegué
un grito. El libro saltó como un torrente, como yo creía que era la vida
real nuestra. Y luego, al final, me di cuenta de que todo lo que estaba
sucediendo en él es que se trataba de una estirpe condenada a la soledad...
Soy uno de los seres más solitarios que conozco, y de los más tristes,
aunque resulte increíble. Fundamentalmente solitario y triste. Pero no yo
sólo, la gente del Caribe es muy así aunque tienen fama de todo lo
contrario, de gregarios, de pachangueros, de parranderos, de fiesteros, pero
tú los ves en plena fiesta y están con unos ojos de melancolía... No sé si
esa soledad es también la desesperanza.
*Tomado de Retrato de Gabriel García Márquez. Juan Luis Cebrián,
Barcelona, Galaxia-Gutemberg-Círculo de Lectores, 1997.
Carlos Fuentes
Yo me fui a vivir una larga temporada a París y Gabo se encerró a escribir
Cien años de soledad. Mercedes cerró las puertas de la casa, cortó las
líneas de teléfono y abasteció el refrigerador. Un año más tarde, me
llegaron las primeras 50 páginas de Cien años de soledad. Las leí con
emoción, asombro y sobre todo gratitud por tener un amigo de tan inmenso
talento y de tan inmensa generosidad. Porque ésta era una novela generosa.
En muchos sentidos. No sólo daba y se daba. No sólo poseía ese don de
reconocimiento —la anagnórisis que da titulo a un hermoso libro de Tomás
Segovia, gran poeta de nuestra generación— sino que, magistralmente,
generosamente, demostraba la compatibilidad de los géneros en una época de
sequía literaria determinada por la dictadura del nouveau roman francés,
empeñado en convertir la literatura en desierto. Frondoso por generoso,
García Márquez nos volvía a ubicar a todos en el territorio de La Mancha, la
gran provincia trasatlántica de Cervantes, donde se dan cita la épica de
caballería, la picaresca, la novela bucólica, la trama bizantina, la novela
dentro de la novela, la cárcel de amor, la generosidad literaria que García
Márquez recupera para América Latina a partir de una tradición compartida y
de una ubicación geográfica amorosa.
*Publicado en Babelia (suplemento cultural de El País) 6 de octubre de 2002.
Milán Kundera
Cien años de soledad fue el primer libro de Gabo que leí. Y quedé
deslumbrado: pensé en el anatema que el surrealismo había lanzado sobre el
arte de la novela al que había estigmatizado como antipoético, y cerrado por
completo a la libre imaginación. Y resulta que la novela de García Márquez
no era más que eso: imaginación libre. Una de las más grandes obras de la
poesía que conozco, en cada una de cuyas frases brillaba la fantasía, y cada
una era una sorpresa, maravillosamente: una respuesta contundente al
menosprecio por la novela proclamado en el Manifiesto del surrealismo (y al
mismo tiempo un gran homenaje al surrealismo, a su inspiración, a su aliento
de un extremo al otro del siglo).
Leí esa novela en una sola jornada y de inmediato le escribí un postfacio
(para la edición checa), que recibí impreso en las segundas pruebas, pero
que nunca fue publicado. Qué azar maravilloso: el postfacio de Cien años de
soledad fue mi primer texto prohibido (a causa de mi nombre) por los nuevos
amos del país. Esa prohibición dio inicio a la segunda mitad de mi vida, que
es la de un escritor proscrito en su propio país.
*Publicado en revista Cambio, 6 de octubre de 2002.
Darío Gallo
Al fondo del callejón de los Nísperos, en un barrio apacible de Cartagena de
Indias, vive Luisa Santiaga Márquez Iguarán (92), hija de un coronel y madre
de un premio Nobel, aunque esto la tiene sin cuidado. La niña Luisa, así le
dicen desde que era niña, está sentada como ausente en la mecedora del patio
delantero, recién la bañaron, huele a colonia. Tiene las manos entrelazadas
y los pulgares girando sobre sí mismos en innegable espera. Desde hace un
tiempo, la memoria le naufraga y suele desconocer a algunos de sus 11 hijos.
Es el último sábado del año y un suspiro de brisa aligera el crepúsculo
cuando sus hijas Ligia, la charlatana; Rita, la suave; y Aída, que fue
monja, gritan trío: “¡Niña Luisa, viene Gabito!” Pero Luisa ni parpadea.
Desde el portal, vestido para el partido de tenis de las siete, Gabriel
García Márquez (70), saluda sonriente, pantalón corto y zapatillas blancas.
Se acerca a la madre: “¿Y usted cómo anda?”, pero nada. Por la casa del
callejón de los Nísperos transitan nietos, bisnietos, primos y vecinos, pero
ni la gritería ni el movimiento alteran a Luisa. Entonces, Aída, la que fue
monja, desafía: “Niña Luisa, ¿Gabito es su hijo?” Sí, contesta a secas la
madre. “¿Su primer hijo?” Sí, responde firme. “Y dígame, niña Luisa, usted
quiere a Gabito?” Sin dejar de girar los pulgares, niña Luisa sorprende:
“No”. Entonces Gabo, Gabito, el Nobel, el colombiano más famoso del mundo,
levanta los brazos en señal de rendición: “Tanto que ha hecho uno, tanto
esfuerzo, para que la madre no le pare bolas...!” Todos sueltan la
carcajada.
*Publicado en la revista Noticias (Buenos Aires, Argentina), 3 de enero de
1998.
Entrevistas y selección de textos: Víctor Núñez Jaime