Alejandro López
La noche del 31 de julio salimos de la crujía; pensé que íbamos a Lecumberri. Para mi sorpresa, nos dejaron libres. Enfrente en la Plaza Tlaxcoaque nos esperaban maestros, amigos y familiares. Estaba contento y sorprendido, pero también cansado y hambriento. En el trayecto a la casa de mi madre me pusieron al día de lo acontecido: la movilización estudiantil; la actitud de Barros Sierra que izó la bandera a media asta y declaró luto en la UNAM, de los saldos de la represión que había dejado decenas de muertos y cientos de heridos (algunos a ballonetazos y bazucazos).
Al día siguiente me fui a CU, en la mayoría de los planteles de la UNAM había mucha indignación por la violenta represión a los estudiantes y por la violación de la autonomía universitaria y de los planteles del Poli. Economía estaba en asamblea permanente. Nos declaramos en huelga activa, hubo un maratón de intervenciones, protestas, propuestas y acuerdos. Se formó el Comité de Lucha. Por la tarde de ese viernes hicimos un mitin frente a rectoría y quemamos varios ejemplares del Sol de México al grito de "¡Prensa vendida!".
En un acto paternalista, Díaz Ordaz desde Guadalajara, envío un mensaje de comprensión a los "desmanes propios de la algarabía estudiantil". De los muertos y heridos por la represión, nada. La respuesta fue unánime y anónima: "a la mano tendida… la prueba de la parafina".
El sábado 3, lo dedicamos a preparar volantes para la marcha del lunes.
El 5 en la tarde, desde el Casco de Santo Tomás marchamos en un trayecto emocionante, alegre y combativo más de 100 mil personas (reconocidos oficialmente) y llegamos hasta el Zócalo.
En pocos días universidades públicas y privadas de todo el país se unieron al movimiento; el Consejo Nacional de Huelga, el pliego de los seis puntos y el diálogo público eran los temas pero los ejes de la movilización eran las asambleas y las brigadas. Estuve en la comisión de propaganda, finanzas y logística. Participé en asambleas, pinté mantas y carteles, redacté y mimeografié volantes; salí a las calles a informar, botear y agitar. Habíamos ganado la simpatía de buena parte de la población. Todos los días había mítines en camiones, mercados y plazas, pintas en bardas y camiones. Regresábamos en la noche a realizar guardias, cansados pero eufóricos, con las alcancías llenas y la seguridad de que la población estaba de nuestro lado.
Las inéditas mega marchas del 13 y 28 de agosto en el DF pusieron al régimen en aprietos. Invitábamos a unirse a miles que nos veían con asombro y entusiasmo. ¡Únete Pueblo¡ ¡Únete Pueblo, te están explotando! La gente nos aplaudía, nos lanzaba papel picado desde los balcones y nos daba ánimo para seguir adelante con la lucha. Toda la energía contenida tanto tiempo se volcó en combatividad y capacidad de organización. Esos días no los olvidaré jamás, la imaginación había tomado el poder.
Empero al terminar la marcha del 28, Sócrates Campos, propuso quedarnos en el Zócalo hasta que se diera el exigido diálogo público, la multitud enardecida grito ¡Sí! La respuesta gubernamental fue pronta, a media noche decenas de tanques empezaron a llenar la plaza y los soldados a golpearnos. Nos replegamos a las escuelas...
Al día siguiente volvimos al Zócalo donde los burócratas iban a un desagravio a la bandera, de pronto comenzaron a gritar "Somos borregos de Díaz Ordaz" y también nuestras consignas "Presos políticos libertad"; a los pocos minutos otra vez las tanquetas. Era un escena surrealista, los acarreados eludiendo tanques y mentando madres al gobierno y sus esbirros. De lágrimas y risas.
Ahí se terminó la posibilidad de diálogo. Las amenazas de represión a toda escala las expresó GDO el 1 de septiembre.