Fernando Mejía Barquera
No recuerdo una marcha a la vez tan promovida y cuestionada en los medios como la de pasado mañana; una marcha que haya generado tanta discusión sobre la conveniencia o no de participar en ella. Claro, vivimos tiempos diferentes a los de hace 20 o 30 años, cuando el único que podía invitar a través de la propaganda mediática a estar presente en una marcha o un mitin era el gobierno (o los gobiernos), siempre y cuando la movilización fuera en su apoyo. Luego pudieron hacerlo partidos políticos mediante spots pagados en radio y TV o desplegados en la prensa. Pero, en general, las palabras “marcha” y “mitin” siempre tuvieron una connotación negativa (a los actos patrocinados por el gobierno se les llamaba “concentraciones populares”) y como sus principales promotores eran los grupos de izquierda, tales actos eran sistemáticamente impugnados en radio y televisión.
ROPA BLANCA, MANO NEGRA
Ejemplos hay muchos: recordemos, entre otros, las marchas y mítines de la Tendencia Democrática del SUTERM a finales de los setenta, los cuales generaron en medios electrónicos una abierta campaña para desprestigiar a su dirigente, Rafael Galván, con spots donde una voz como de ultratumba preguntaba: “¿Quién es Galván?” y achacaba a ese líder electricista una serie de pecados –“corrupto”, “traidor a la patria”, “promotor de intereses oscuros”– que seguramente no cometió, pues al paso del tiempo la imagen que permanece de él y otros dirigentes, como Valentín Campa, en la memoria colectiva, es la de haber sido tipos derechos, aunque cargados a la izquierda en su militancia política.
Ahora, la actitud de los medios con respecto a la marcha es distinta, y probablemente el procurador de Justicia del DF, Bernardo Bátiz, es quien mejor ha ilustrado metafóricamente los términos en que se ha dado mayoritariamente el debate sobre el evento del día 27: “(Los asistentes) van a ir vestidos de blanco –dijo Bátíz–, pero se percibe una mano negra atrás”.
Efectivamente, en esos términos tan estrechos –“blanco y negro”; “negro y blanco”– se ha dado en buena medida el debate en torno a la marcha del domingo. Con excepciones, la mayoría de los juicios van matizados por esos colores, de acuerdo al lugar donde, a juicio de cada quien, están lo blanco y lo negro. El gobierno del DF se ve a sí mismo como lo blanco y a los promotores de la marcha como lo negro, junto con algunos medios de comunicación o periodistas que habrían levantado campañas propagandísticas contra el gobierno de Andrés Manuel López Obrador; la marcha, por lo tanto, estaría dirigida a desestabilizarlo y a obstaculizar su candidatura para el 2006. Por su parte, algunos de los organizadores de la marcha, junto con varios comentaristas en los medios, piensan en el sentido inverso: la pureza, la blancura, está personificada por ellos y lo negro, la oscuridad, por las autoridades que no han podido frenar la delincuencia (quizá en el pensamiento de estos personajes sean más negras las autoridades ineficaces que los secuestradores, asaltantes, violadores etcétera).
POCA SENSIBILLIDAD
Al gobierno de López Obrador le ha faltado sensibilidad para entender que, independientemente de quién convoque a la marcha, muchos de los asistentes acudirán con una preocupación más allá del negro y el blanco, por el deseo genuino de participar en una acción ciudadana que, en su percepción, podría combatir la inseguridad. También le ha faltado más análisis al exponer –a través del secretario y el subsecretario de Gobierno, Alejandro Encinas y Martí Batres– la tesis de la conjura mediática en su contra.
¿Por qué la gran atención de los medios sobre el tema de la inseguridad y de la marcha? ¿Cubrir ampliamente el tema significa automáticamente ir contra el Gobierno del DF? Independientemente de que haya medios y periodistas a los que el gobierno de López Obrador no simpatice y se den vuelo en estos días impugnándolo (incluso, no se podría descartar, como contribuyentes a una hipotética campaña propagandística) hay otros elementos que el jefe de gobierno tendría que considerar antes de lanzar, sin pruebas, a través de subordinados, la tesis del complot mediático (López Obrador, cabe decirlo, no se expone a defender personalmente la tesis de la conjura en los medios, probablemente para no enemistarse con alguno de ellos, como Televisa, aludida por Encinas y Batres).
INTERÉS Y COMPETENCIA
Hay tres elementos que es importante considerar en el tema de la cobertura sobre la inseguridad y “la marcha”.
El primero se refiere a lo que ocurre dentro de los medios, a su decisión de otorgar espacios y atención al tema. Aquí es obvio considerar que la inseguridad, en cualquiera de sus expresiones, constituye actualmente uno de las principales preocupaciones de la sociedad mexicana, ámbito en el que los medios tienen su público. Si no hubiera problema no habría cobertura, si no hubiera preocupación y las acciones gubernamentales no fueran percibidas cada vez más como ineficaces, no habría la cobertura mediática que hoy tenemos.
En segundo lugar está la intensa competencia informativa que se da actualmente en los medios, elemento importante para entender la gran cobertura –exagerada para el gobierno– que se da al tema. Ningún medio desea quedar fuera de la cobertura, pero la competencia exige presentar cosas que los otros medios no tienen y también presentar la información de la manera más atractiva posible. En el mejor de los casos, un medio compite con exclusivas y profundización sobre el tema; en el peor con exageración y aun amarillismo. Pero todos luchan por estar en la jugada informativa. A quien hace amarillismo o exagera se le puede cuestionar desde la ética periodística, pero no significa, necesariamente, que sea parte de una conjura.
Hoy se vive en México una situación de gran libertad informativa. Hay medios y periodistas que tratan de profundizar en un tema a través de la investigación y abordarlo profesionalmente; hay quienes privilegian, en uso de su derecho, la opinión y la crítica por encima de la investigación; hay quienes utilizan una tribuna periodística para exponer sus animadversiones o sus inclinaciones ideológicas y hasta sus rencores personales o políticos.
Todo eso existe. La realidad de los medios actualmente va más allá del blanco y el negro. Así convendría verla antes de referirse a conjuras mediáticas que quizá puedan existir, pero, en todo caso, habría que probar.