Jorge Medina Viedas
Se trata de empatar los hechos concretos en torno a La Gran Marcha del 27 de junio con argumentos universales: fue multitudinaria, los medios la protagonizaron, el gobierno federal y grupos privados pretenden capitalizarla y López Obrador la despreció.
La multitud, de cerca de 500 mil personas, emplazó al Estado mexicano a solventar el problema de la seguridad, y logró convertirlo en el tema número uno de la agenda política nacional. Fue una movilización triunfante que desbordó a las instituciones políticas; mostró la patética impotencia del gobierno ante el crimen, pero también le dio carta de naturalización a una sociedad civil cuyo impresionante poder demostrado el domingo no se puede asegurar que se utilizará para favorecer a la mayoría. Como la democracia que no garantiza automáticamente buenos gobiernos, la marcha no solventará de inmediato el déficit de seguridad que aqueja al país.
Pero no por eso se justifican los excesos de los medios de comunicación, en particular los de la televisión. A quienes no les provoca entusiasmo de fundamentalista el protestón del domingo, pero que entienden y respaldan el móvil que la convirtió en histórica, y que seguramente se sumarán a las posibles e inminentes medidas para frenar el crimen en la capital y en el país, es un hecho que les sigue preocupando el protagonismo de los medios y la conducta de varios de los convocantes.
No se trata de transigir con quienes a priori los condenan, como tampoco con quienes quieren persuadir a la gente de que su actitud es indolora e incolora ante la marcha y sus implicaciones. Esto no lo cree nadie. A lo de “sacar raja” o “llevar agua a su molino”, súmese la causa que como propia defienden. Transmitieron con frenesí antes y después de la marcha. Avivaron el ambiente, tocaron fibras sentimentales de la gente, echaron sal a las heridas, alentaron la marcha, pues.
Y todavía no se recuperaba del paseo por la Alameda rumbo al Zócalo cuando Joaquín López Dóriga, ya tenía a su lado a Carlos Monsiváis y a Héctor Aguilar Camín, junto con los líderes del Senado del PRI, PAN y PRD, en un programa especial para saber lo que cada uno de ellos pronostica que va a pasar, o piensa que se debe hacer después de la marcha. Un programa plural por su composición, precedido por el noticiario del famoso conductor, cuya adrenalina a causa de la inédita marcha se reflejaba en su incontinencia verbal, primero anunciando cada minuto la mesa él mismo, y luego interrumpiendo, acusando y hostilizando a lo largo de todo el programa de casi una hora y media, en especial a sus políticos invitados.
López Dóriga, inquisidor, exigió a Enrique Jackson, a Diego Fernández de Cevallos y a Jesús Ortega definiciones perentorias por unas reformas nunca bien precisadas, y digo una obviedad al referir que grabó sus compromisos, mas no una quimera si afirmo que quedaron fichados para siempre como presuntos responsables u omisos de algo en la videoteca del poderoso canal televisivo. Y ya casi al final, como de despedida sombría, don Joaquín les espetó a los políticos: “Es mejor que lo hagan, porque si no, no los vamos a perdonar”. Monsiváis, no sé si compadecido de los políticos o para atenuar la ofensiva del órdago conductor, dijo: “El compromiso de la sociedad es mantener el televisor prendido”.
La ironía de Monsiváis se hizo realidad. No sólo tenían el televisor prendido. Al día siguiente, una parte de ella pasaba la factura. El presidente del CCE y el presidente de Concanaco, en el diario Reforma, demandaban la renuncia de AMLO. Y éste, como si estuviera coludido en el complot contra sí mismo, lanzó una crítica inexplicable a la marcha. Ni la gran mayoría de los manifestantes ni otro gran número que sin acudir simpatizó con la movilización podrán admitir la insensata reacción de Andrés Manuel López Obrador, ni mucho menos sus propios seguidores pueden entender sus acusaciones contra los medios de la marcha. Ni unos ni otros entienden el por qué de su necedad. El que López Obrador haya cometido suicidio es un enigma.