Héctor Feliciano, autor de El museo desaparecido, se refirió al valor y la necesidad de promover la
investigación periodística en la fuente cultural; y el hondureño Juan Ramón Martínez habló de su lucha constante como editor
de cultura por hacerse de un espacio en los medios.
Las sesiones plenarias del IV CILE arrojaron también reflexiones interesantes. Humberto López Morales, secretario general de la Asociación de Academias de la Lengua, fue el encargado de dilucidar la "Unidad en la diversidad lingüística" en el español, premisa en torno a la cual se construyeron las discusiones del congreso. Y presentó datos contundentes respecto a la saludable unidad y enriquecedora diversidad que goza nuestro idioma: el vocabulario común que comparten los países hispanos supera el 90%, un ejemplo claro de esto es que sólo se escuchan y escriben 25 regionalismos, por cada diez mil palabras que se escuchan en la televisión.
López Morales expuso que según un estudio elaborado por Raúl ávila, investigador de El Colegio de México, en el que se analizó un total de 430 mil palabras utilizadas en la radio y TV mexicanas, se "concluyó que el léxico general hispánico que se encontraba en ese corpus correspondía a 98.4% del total. Es decir que el vocabulario diferencial obtenía un porcentaje verdaderamente residual que ascendía a 1.6%". Y añadió la cifra de un estudio adicional, en el cual se hizo una revisión de 133 mil vocablos seleccionados del habla de Madrid y determinó que 99.9% del vocabulario es común al de México. Las diferencias estarían, de acuerdo con el académico, en "la diversidad inevitable del habla popular".
No obstante este diagnóstico, Juan Gossaín, miembro de la Academia Colombiana de la Lengua, preguntaría si ¿la diversidad nos une o nos fragmenta? "En la lengua castellana de estos días que corren, diversidad podría ser el nuevo nombre de la torre de Babel. La diversidad, tan seductora como suelen serlo las palabras femeninas, no sólo es engañosa sino paradójica".
Gossaín diría también que ante esta situación, "La prensa es nuestra mejor compañera de viaje porque la prensa hace entre la gente pedagogía del idioma, para bien o para mal. El lenguaje de los medios de comunicación tiene entre la masa un valor sacramental. Don Juan Grillín, poeta festivo de alto vuelo, sostiene que si la Real Academia 'pule, fija y da esplendor' al español, los medios de comunicación son su verdadera caja de herramientas. La prensa es el lenguaje activo".
A las puertas de Macondo
Viernes, 30 de marzo. El camino hacia Aracataca es largo. Desde Cartagena hay que pasar varias horas en el automóvil que recorre la angosta carretera, unos cuatro retenes militares que de cuando en cuando nos detienen para revisar el vehículo y el paisaje desolado y continuo de una ciénaga colombiana, que muestra uno de los rostros más paupérrimos y adustos de este país.
No fue posible alquilar un auto y hubo que recurrir a una camioneta que llegara hasta el lejano pueblo que sólo se encuentra dibujado en el olvido de muchos mapas. La primera travesía tuvo lugar precisamente con la búsqueda de una agencia en Cartagena que realizara el viaje hasta Aracataca por un presupuesto menor al medio millón de pesos colombianos, algo así como unos 250 dólares.
Con el andar del kilometraje, la cálida humedad y la brisa cartagenera comienza a menguar desde el paso por Barranquilla, Ciénaga y Fundación, mientras que el calor empieza a quedar suspendido y quieto en el ambiente, como un sopor morboso y persistente que agobia al paso del tiempo y pone una pesada carga en los párpados que inevitablemente terminan por cerrarse. Podría alegar que ha sido producto del cansancio derivado del trabajo y la rumba sin tregua que he vivido en Cartagena, donde la romería de sus calles empieza temprano, mientras que sus noches precoces pueden pasar por largas serenatas de mariachi, vallenato y tango. Podría alegar eso para explicar que de entre las plantaciones de bananos que anuncian la llegada a Aracataca, me ha parecido ver el rostro mulato del coronel Aureliano Buendía frente al pelotón de fusilamiento, el vuelo ligero de Remedios la Bella que ascendió al cielo y los pasos gitanos y montaraces de Melquíades envueltos en un intenso olor a solimán.
No hay mariposas amarillas en Aracataca. Macondo anuncia que es tal con un letrero colorido que saluda a los visitantes: "¡Bienvenidos al mundo mágico de Macondo! Tierra Nobel". La estación de trenes luce desierta y el
río otrora de aguas cristalinas y frías, conserva sólo su gélido aliento, aunque guarda la promesa de que quien beba
sus aguas, siempre volverá a este pequeño pueblo. No hay rastros, tampoco, de los almendros dulces. La casa número
619 de la calle Monseñor Espejo está cubierta por las redes de una remodelación que promete tenerla lista en
noviembre, fecha en que se convertirá el nuevo museo de García Márquez, según ha confirmado Rubiela Reyes, la amable
guía del lugar.
La oficina de la Administración Postal alberga en calidad de mientras los objetos, tesoros de los habitantes de Aracataca, que serán las piedras angulares del lugar que dedicarán para su premio Nobel: libros, fotografías, recortes de periódicos amarillentos, pinturas, una vieja máquina de escribir y un montón de anécdotas que de tarde en tarde, después de la hora de siesta, algún cataquero recuerda sobre Gabito y los muertos con los que convivió desde su infancia.
Aracataca, Macondo, es un pueblo en el que las horas se marcan diferente, al compás de la espera por descifrar la última página de los pergaminos mágicos de Melquíades, donde todo ha sido irrepetible desde siempre y para siempre.
Algún amigo colombiano me ha dicho que la historia de Macondo es la misma que la de su pueblo, la de una estirpe que desea asistir al último de sus años en soledad para tener una segunda oportunidad sobre la tierra.