Marco Levario Turcott
“Lucero, tu carrera está acabada.”
Más allá de las vicisitudes que dieron cuenta del ocaso de una estrella, esa frase es una de las estampas mexicanas más emblemáticas de 2003 porque retrata el poder de los medios para determinar agenda, personalidades y discursos. Aunque su poder es relativo -porque está acotado por el andamiaje institucional del país y por los sectores con altos índices de escolaridad- los medios son también un factor para entender los problemas de la consolidación democrática.
En un país crispado tiene relevancia el periodismo faccioso y los medios son actores que buscan dirimir la polarización según sus convicciones políticas e intereses económicos. La información ya no es primordial sino herramienta de propaganda y castigo para encumbrar y ensombrecer trayectorias según los designios de esta nueva vieja etapa dieciochesca donde faltan noticias, no hay explicaciones y sobran hogueras que se apagan o encienden según la “orden de inserción” o los renovados acuerdos políticos.
Con la particular influencia de los medios electrónicos, quien se mueve sin sus dictados o no paga no sale en la cámara y si no sale en la cámara no proyecta, “su carrera está acabada”, aunque como ocurrió con la famosa cantante aquella, siempre tiene la opción de pedir perdón. Si es “adversario”, entonces no existe o se editan sus palabras y sus imágenes sobre el piso de la frase “ver y oír para creer”. Por eso casi no hay analista o político que contradiga a los concesionarios del video ni vaya a contracorriente de las exigencias que manda la pantalla para construir la imagen (también hay exitosos empresarios revestidos de periodistas o analistas que dan templanza y madurez intelectual al régimen en turno).
El estudio de televisión convoca a (casi) todos y no sólo suple a las ideas, las mediatiza o las coarta con el maquillaje fulgurante y las claves de la sonrisa y el temple para demostrar capacidades. La política está en el canal de las estrellas y en sus aguas turbias se mezclan señas, muecas, poses, acentos, guiones, genuflexiones, frases, redenciones, gracejadas y chismes. Luego viene el rating que mide el éxito y luego a pulir gestos, peinado, vestido, holanes y refranes, dichos, firmeza, dulzura, ataques y defensas. El espectáculo es por el bien de México.
Este es el posmoderno imperio de la censura. Enfrascados en sus filias y sus fobias, los medios aluden y a través de ellos los políticos también, al proyecto del Presidente sin que los periodistas pregunten lo básico: cuál es ese proyecto, si es que existe. En cambio, vemos arengas apasionadas (y apoyos o denuestos de los medios) sobre el rumbo hacia el México maravilloso que apela a la continuidad en la carrera de “la pareja presidencial” o plantea un cambio de rumbo al rumbo que no se sabe cuál es. Las encuestas de los políticos no preguntan o responden eso, cifran su principal preocupación en si se es o no reconocido por los ciudadanos y qué posibilidades tiene para entrar en la batalla.
No importan los contenidos de las propuestas de reforma fiscal, en la insidia de cada diario o programa de televisión y radio, todos los gatos son pardos y las alternativas desastrosas. Los medios no informaron detalladamente de esas propuestas porque son parte de esas reyertas y porque asumen el papel de denunciar a los malos políticos que nos tienen en sus manos.
Nadie duda de la falta de capacidad de los partidos para ponerse de acuerdo, pero la mayor parte de los medios denuestan a la política porque buscan sustituirla (mientras, viven de la urna por las jugosas inversiones económicas que dejan las campañas electorales). Con las admonitorias consejas de siempre, ponen en su ruta el hartazgo generado por los discursos de siempre, decretan que todos los políticos son iguales y entonces crean líderes de opinión que apoyan o discrepan de alguien o de algo según la línea política y comercial de la casa editorial. Como en la política premoderna, en los medios modernos los matices no existen. Hay ataques y disputas por no se sabe qué.
La pluralidad mexicana se constata a través de los partidos, los movimientos sociales y los medios de comunicación que forman un amplio y complejo crisol donde los héroes de unos son los villanos de otros. Porque como sucede entre los partidos, entre los medios también hay disputas políticas dada su definición editorial que sería encomiable por su franqueza sino fuera en desdoro de la información de la que debieran ser los principales responsables.
¿Quién acota a los medios? Los anunciantes, ya lo dijo hace unos meses uno de los principales concesionarios de la televisión (más tiempo atrás, también lo comentó el director de un periódico, según él, con los clientes hay que ponerse de rodillas). Lo que no vende no está en la tele y lo que no está en la tele no existe y lo que no existe no se vende. La lucha por acotar a los medios está en los empresarios y los políticos que pagan a cambio de inmunidad. Eso explica que la mayoría de los medios operen por consigna y nunca expliquen sus respectivos cambios de parecer.
¿Quién acota a los medios? También los ciudadanos. Ahí está buena parte de las transformaciones que tendrá o no el país dentro de los próximos años.