Marco Levario Turcott
Imagine este montaje de un solo actor montado en una sola tarima. Una niña sonriente. Una niña de 14 años sonríe con una sonrisa radiante como un cáliz que sostiene al sol bañado de una cascada negra larga; es su rostro y su cabello entrelazado. Se llama Lucero y cuando habla su lengua da vueltas y vueltas a las palabras, como si fueran caramelos que comunican vida sabor a fresas y color de rosa.
Piense en la niña vuelta mujer exitosa, donde éxito significa fama y todos los prodigios que lleva consigo y que acompaña y nutre además con la impronta inconmovible de su amor a Dios, la ayuda al prójimo, el canto a la Virgen y sus sólidos lazos de amor con la familia y la amistad. Pero su sonrisa ya no se sostiene sólo en los valores infalibles de su naturaleza y en la expectativa de otros que quisieran ser igual, también encuentra peldaño y cauce en el acrónimo llamado Televisa, que es canal de las estrellas donde se entrecruza la sonrisa con un estupendo negocio llamado Teletón.
Esta vez tenga usted en cuenta que ella no puede ni quiere bajarse del peldaño porque se derretirían aquel cáliz y aquellos caramelos. Primero promovió el canto de sus lazos de amor y a través del ya dicho canal lo proyectó a las multitudes para formar un ejemplo de pareja bendita por la iglesia, luego puso sábanas blancas en su casa para ocultar su embarazo, lo que ni la virgen pudo si seguimos con sus creencias, fuma sin que nadie la vea para no desvanecer su imagen y, además, se reconoció no perfecta por aquellos los dedos de sus pies que en las orillas tienen la forma rugosa de las patas de los canarios.
Ella dijo todo eso y más, lo ostentó y sustentó y así exhibió sus entrañas dentro de aquel infausto mundo de eso que llamamos periodismo de espectáculos que la convirtió en una de sus principales beneficiarias hasta que escuchó de sus labios, casi literalmente a mansalva, lo de su sonrisa fingida y su alma infectada por la turba que vuela con alas de cámaras y micrófonos y que no pide permiso para transformar el caramelo en graznidos con sabor a mentiras, invasión de la privacidad e injurias.
"¡Lucero tu carrera está acabada!"
Ese fue el escupitajo amenazador, el desplante del poder de la prensa que ella escuchó antes de que bajara el telón, lo oyó con toda su humanidad sostenida ya no en la boca sino en las cejas corvas, el signo inequívoco de la ira y el extravío de la razón. Tal vez, en uno de sus éxitos como cantante, Lucero haya escuchado su propio epitafio, el aviso de que hay que bajarse de la tarima, que el costo ha sido muy alto: “Ya no, lo siento, tu hora pasó, ya no queda más que decir...”
Alguna vez le preguntaron a Lucero qué haría si tuviera a Dios enfrente. Ella dijo que le preguntaría por qué a mí me ha regalado cosas tan bonitas desde el día que nací hasta hoy y se lo agradecería eternamente, tan eternamente, cabría suponer, como lo que dura la vida, si es que no se mira al lado de él por siempre y en una de sus conversaciones le pregunta qué paso en su relación con la prensa. Pero los designios divinos pueden ser prescindibles si ella se entiende como una pequeña tuerca, fulgurante si quiere, pieza perfecta si no acepta otra cosa, pero pequeña tuerca al fin de una maquinaria que produce ilusiones y que cuando se desgasta hay otra tuerca y otra y otra.
Puede ser una tuerca terca para que la maquinaria no funcione así o una dócil y maleable que pida disculpas para dar muestra de que hasta en sus errores es perfecta y volverse a someter a su sonrisa y a las preguntas ofensivas, que inquieren, juzgan y explotan las flaquezas más flacas del ser humano como es la de enterarse de lo que les sucede a otros, de sus excrecencias reales o inventadas, de sus lágrimas y sus estrías, de su vejez o su calvicie e incluso de sus delirios, como cuando los periodistas difundieron ampliamente las declaración del cantante Rigo Tovar, quien dijo que su ceguera fue producto de un complot de Carlos Salinas para acabar con su carrera.
Tal vez Lucero no esté hecha para los matices y de su boca sólo salgan caramelos color de rosa o vahos de cólera que enfrenta, acusa y menosprecia. Si es el caso, será un ejemplo más del pisotón inclemente de los medios, que ahora sólo hacen escarnio de ella frente al sometimiento de las otras estrellas que le piden a los medios darle a Lucero su merecido, pues qué se cree, si aunque formen una avalancha imprudente e incontenible, ellos sólo hacen su trabajo, aunque a uno le llamen homosexual sin serlo o a otra le estallen una cámara en el rostro o a otra u otro le tomen fotografías sin su consentimiento o le insulten o lo acosen buscando una declaración o un desliz de la piel que para eso y por eso viven, del chisme, de los dichos y no del rigor de los hechos.
Antes beneficiaria, ahora víctima, Lucero es una muestra más de la compleja relación que hay entre los medios y los actores, incluidos los de la política. Ni la sonrisa complaciente ni la pistola empuñada pueden sustituir esa reflexión para la que, acaso, el canto está de más.