Marco Levario Turcott
“La televisión no tiene que ver para que un sistema democrático funcione", comentó hace un década, sonriente y seguro, el joven empresario de 38 años, Ricardo Benjamín Salinas Pliego, luego de obtener la concesión de los canales 7 y 13. A su lado, Moisés Saba no dudó frente a la pregunta y sostuvo que la audiencia es sobre la calidad, así fuera ofrecer lo mismo que Televisa.
Cuatro años después Pedro Padilla -actual director general de TV Azteca- dijo que "la televisión es un negocio masivo, igual que Elektra, Biper y Hecalli y los otros servicios en las tiendas como la transferencia de dinero o el revelado de fotografías. Todo lo que hacemos es masivo". Por esos días, el 11 de agosto de 1997, Salinas Pliego pulía sus convicciones: "El duopolio es lo más cercano al paraíso, porque el paraíso es el monopolio", dijo a un grupo de empresarios.
¿De qué sirve la democracia?
Con aquellas definiciones, llegó el 7 de junio de 1999, cuando el homicidio de Francisco Stanley. Entonces el dueño de Azteca a través de la televisión cuestionó a la democracia y también lo hicieron los espacios informativos de esa televisora. Las críticas recibidas, aunque intensas y documentadas, provenían de un sector pequeño: las encuestas que mandó hacer le decían que el negocio iba bien: "el 72% de los entrevistados opinó que el manejo de la información de TV Azteca fue valiente y estuvo de acuerdo con él".
Ese fue el momento cúspide de otra convicción empresarial: el gran público es, antes que nada, consumidor -el foro verde- el otro es una pequeña porción crítica que no incide en el país y se encuentra fundamentalmente en los diarios y las revistas -el foro rojo-. La divisa fue, desde entonces, influir comercial y políticamente en el país a través del foro verde. Y la línea tuvo una afortunada (para las causas de la televisora) colusión con el gobierno. Esto fue lo que dijo el presidente Vicente Fox, el 5 de junio de 2001:
Existe un pequeño círculo rojo (periodistas, analistas, comentaristas, columnistas) que no representa a más de dos millones de personas en México... y tenemos el círculo verde, que son 98 millones de ciudadanos que piensan libre, que piensan en el cambio.
(Ahora, uno de los funcionarios de Azteca trabaja en el área de comunicación social de la Presidencia de la República)
¿Y la ley?
Con esos arrestos ideológicos y con esa franca simpatía del gobierno con los medios electrónicos, el dueño de Azteca ordenó, el 27 de diciembre de ese año, la (ilegal) toma del centro de transmisión de CNI-Canal 40, conocido como El Chiquihuite. (Por cierto, en esa ocasión, las encuestas de la televisora dijeron que el "foro verde" no estuvo de acuerdo con esa decisión ni tampoco con el manejo informativo -tan lleno de omisiones y distorsiones- que al asunto le dio la televisora del Ajusco).
Ahora, en agosto de 2003, Salinas Pliego afirma haber entendido "pronto" que hacer televisión "era mucho más que gestionar un negocio" y dice haber aprendido que "hacer televisión tiene un gran impacto en lo humano, lo social, lo político, lo cultural y lo económico".
Fábrica de estrellas
"De un hombre como él", dijo Ricardo Rocha refiriéndose a Salinas Pliego, "se puede esperar cualquier cosa". Lo comentó el 26 de enero de 1997, cuando entre otras injustas y terribles acusaciones afirmó que el dueño de Azteca lo había mandado matar. Ahora Rocha trabaja en la televisora del Ajusco y es parte de la línea editorial de Salinas Pliego, señaladamente, forma parte del sistemático denuesto de Azteca contra Diego Fernández de Cevallos, por su participación como mediador entre esa empresa y CNI-Canal 40.
El caso de Rocha es paradigmático más allá de su evidente insolvencia ética y profesional. Ejemplifica la visión que Ricardo Salinas tiene de los trabajadores de la empresa porque, sabedor del "impacto" que, en "lo humano" (y en lo económico) tiene la televisión, dio forma a una maquinaria donde los "comunicadores, que no periodistas" -advierte el empresario- sólo son y aceptan ser pequeñas tuercas de un engranaje complejo y poderoso (y que sirve incluso para convocar a nuevos "comunicadores" cuando se trata de mejorar la credibilidad).
Esas pequeñas tuercas que en la pantalla son estrellas se aceitan según la ocasión: una campaña en contra o en favor de alguien; un escenario de análisis dentro del contexto electoral para captar anunciantes o para justificar acciones tan reprobables como la ya dicha toma del Chiquihuite (difícilmente, y esa es una vertiente de la censura, Salinas Pliego aceptaría que el asunto se discutiera con voces disonantes de aquella acción). Esa es la señal con valor que ahora cumple diez años.
Indispensable colofón
Hace poco más de tres años trabajé en TV Azteca. A Ricardo Salinas Pliego y a varios de sus funcionarios como a Tristán Canales y a Sergio Sarmiento, por ejemplo, les guardo gratitud y estima, no obstante nuestras diferencias que, por cierto, durante ese tiempo expresé sin cortapisas ahí. Ellos decidieron acentuar el perfil que siempre critiqué (en público y en privado, en Azteca y en otros medios) y entonces fue cuando, civilizadamente, terminó esa, al menos para mí, fructífera relación laboral. Por eso no hay contradicción en mandarles un abrazo y felicitarlos, junto a las pocas líneas que siguen: el rumbo que han resuelto no es ni el mejor negocio ni el mejor aporte que pueden hacer al país.