Ignacio Herrera Cruz
A aquellos telespectadores de comienzos de los setenta se nos permitió atisbar el futuro en los dos principales eventos deportivos que ocurren cada cuatro años.
Fue una revelación ver en el verano de 1974 a la Naranja Mecánica de Johann Cruyff masacrar inmisericordemente de forma sucesiva a los gigantes sudamericanos Uruguay, Argentina y Brasil con su futbol total, apoyados por miles de fanáticos que utilizaban playeras con los colores de su equipo; descubrir otra forma de entender un deporte que parecía circunscrito a ciertos límites, involucrando al público uniformado, era algo inédito. No se ha vuelto a admirar una selección que deslumbre de esa forma, no el Brasil de 1982, vencido por la marcación de Conti y los goles de Rossi, ni la Francia de 1998 que sólo en la gran final se vio como un equipo completo bajo la batuta de Zidane, aunque ahora lo normal en las tribunas es observar a los espectadores enfundados en la camiseta de sus amores.
Dos años antes, en los Juegos Olímpicos de Munich había habido otra iluminación: la de la pequeña Olga Korbut. Con borrosos recuerdos de 1968, refrescados ahora por los videotapes, teníamos la idea de las gimnastas olímpicas bien formadas, gráciles y artísticas ejemplificadas por la monumental checa Vera Chalavska, que en su rutina de manos libres se permitió bailar compases mexicanos y enloquecer a los asistentes al Palacio de los Deportes.
De pronto, en unos Juegos Olímpicos que muchos recuerdan por los terroristas que asesinaron atletas isralíes o las siete medallas doradas de Mark Spitz, para todos aquellos que nos acercamos a los deportes que no son de masas gracias a la convocatoria de la televisión, surgía una adolescente soviética que parecía desafiar las leyes de la física, sin dejar de ser una pequeña que soltaba lágrimas cuando sus ejecuciones no alcanzaban la perfección y que opacaría en nuestra memoria para siempre a la representante de la escuela tradicional, la de las mujeres curvilíneas que privilegiaban la estética al espectáculo, Ludmila Turisheva. Con Korbut comenzó una nueva dimensión, en la televisión y en la gimnasia.
Supongo que a partir de ese momento, la gimnasia femenil pareció absorber y simbolizar los cambios de la forma de transmitir los eventos olímpicos, a pesar de que en los demás deportes la evolución de la tecnología de la televisión ha sido evidente. Recordemos, por ejemplo, lo que el columnista de The New York Times Richard Sandomir escribe al comparar la cobertura televisiva y la moda de 1972 con la del 2008 en la natación olímpica: “No había cámaras submarinas, ni gráficas digitalizadas con los nombres de los nadadores y las banderas de sus países en cada carril, ni constantemente el tiempo de la competencia en la pantalla, ni repeticiones en supercámara lenta ni reporteros al borde de la piscina.
Los nadadores estadunidenses utilizaban pequeños trajes de baño rojo, azul y blanco, los que un hombre con cuerpo decente hubiera utilizado en esos días, no los de alta tecnología de cuerpo entero Speedo LZR Racer de Michael Phelps”.
Cuatro años después, en Montreal, aguardábamos de nueva cuenta la hora de la Korbut y “de la nada” brotaba la gracia de Nadia Comaneci, la adolescente de los dieces y la perfección en las barras asimétricas, los ejercicios a manos libres, el salto de caballo y la viga de equilibrios. La Comaneci parecía llevar los avances de Korbut a un nivel que creíamos imposible de superar.
En 1980 intuíamos que las soviéticas en sus Olimpiadas boicoteadas, afortunadamente no por las cadenas televisivas nacionales, para recuperar su orgullo nacional y reforzar una tradición iniciada en Helsinki 1952, intentarían destronar a Nadia, comenzando por Nellie Kim la gran atleta a quien el carisma de la Comaneci había opacado, como a todo el equipo soviético, en Montreal, como lo haría de nueva cuenta en Moscú, incluyendo al nuevo producto genial del sistema soviético, la grácil Elena Davidova; desconocíamos sin embargo, por haber sucedido fuera del ojo de las cámaras, que la futura gran estrella soviética de este deporte, Elena Mujina, yacía en una silla de ruedas, paralizada al quebrarse la espina dorsal, al intentar en una práctica desplegar una acrobacia casi imposible, en vísperas de la cita moscovita.
Esa lesión era una parte de la gimnasia que preferíamos omitir, al testimoniar las evoluciones que suspenden la descreencia y cerrar los ojos a los tratamientos inclementes a los que sus entrenadores, en nombre de la gloria y las medallas, sometían y someten a casi niñas para que adornen las horas estelares cada cuatro años.
Los Ángeles 1984 fueron los Juegos cocinados y devorados por los estadunidenses. Sin las soviéticas y otras notables ausentes, Mary Lou Retton, piernona, fuerte, sin tanta gracia pero con mucha potencia, convenció a los estadunidenses que tenían a la nueva soberana de la gimnasia. Lo importante de Retton fue sembrar en sus compatriotas la idea de que podían competir y vencer con/a las mejores, sus semillas las disfrutaríamos en años subsecuentes.
En Seúl, Barcelona, Atlanta y Sidney vimos actuaciones de Elena Shushunova, Daniela Siliva, Tatiana Gutsu, Shannon Miller, Lilia Podkopayeva, Simona Amanar que hacían aparecer lo hecho unos años antes por Korbut y Comaneci como algo sencillo y lo de las divas de los cincuentas y sesentas como ensayos de damas mayores, jugando a ser profesionales de verdad. Sin embargo, pese a sus innegables dotes atléticas, carecían de ese algo especial que había consagrado en su instante en el tiempo a Vera Chalavska, Olga Korbut y Nadia Comaneci como reinas de este deporte hecho para la televisión.
Tendríamos que esperar a Atenas 2004 a que madurara Svetlana Jokina, la rubia de leotardo negro y carácter explosivo, para recobrar una diva de este deporte. Su duelo con la estadunidense Carly Patterson fue memorable y uno de los puntos fuertes de esos Juegos Olímpicos, al otorgarle drama a algo que de por sí ya es muy tensional, ya que en estas competencias de alto rendimiento cada gimnasta compite contra los demás y contra sí misma, en la soledad absoluta.
Ahora en Pekín, encarando a chinas perfeccionistas, pero semianónimas por intercambiables y probablemente menores de la edad obligatoria de 16 años, tenemos a la fusión de las escuelas rusa y estadunidense en Nastia Liukin, que ejecuta sus evoluciones de un alto grado de complejidad con la gracia con la que ejecutaba sus ejercicios Natalia Kuchinskaya o Zinaida Voronina, las soviéticas que querían robarle los reflectores a la Chalavska, a la vez que lo hace con la fiereza de puro músculo heredada de Olga Korbut y asimilada a través de la Retton en los gimnasios estadunidenses.
La gimnasia femenil es un deporte en el que perdimos a las mujeres y obtuvimos a las niñas, nos separamos de la danza y nos acercamos a lo imposible; pero al que cada cuatro años nos acercamos para ver la magia que la televisión nos lleva directamente a nuestras salas. Le recomendaría a Televisa o a otra televisora que editara las mejores actuaciones de las grandes gimnastas para ver la evolución paralela de un deporte y de la televisión y de esa manera, en su convergencia, ver cómo hemos llegado a ser los telespectadores que somos en este 2008 y los que seremos en el 2012.