Mientras el venturoso castellano vierte sobre nosotros océanos de información por procesar y de libros por leer, la globalización engendra a la vez abismos de desigualdad que antes eran imposibles de imaginar, porque lo que se globaliza es el mercado, no las personas. Una quinta parte de la población de habla hispana sigue sin tener acceso a forma alguna de educación, y más de los dos quintos restantes no puede comprar libros, porque la comida, la vivienda y la ropa están primero en la lista básica de las familias y, con frecuencia, lo que se gana ni siquiera alcanza para eso. La mitad de los habitantes de nuestra América carece hoy de agua potable y vive hacinada en casas miserables,indignas de la condición humana. Aquí mismo, en la gloriosa Cartagena de Indias, un desolador 80% de la población es pobre, según las estadísticas oficiales. Un quinto de los hispanos de este hemisferio no sabe leer ni escribir o sólo disponen de herramientas elementales para entender un texto. Allí donde el silencio reemplaza a la lengua, los seres humanos están condenados a ser menos humanos.
 |
Foto: Naruto Chan |
En el pasado Congreso de Rosario, Argentina, conmemoramos los 500 años de la primera edición de Don Quijote de la Mancha, que en 1615 contenía ya todas las novelas que se han escrito y todas las que van a escribirse en
este vasto mundo. En este Congreso de Medellín y Cartagena de Indias celebramos los 40 años de otro clásico,
Cien años de soledad, que abrió para nuestro español todas las puertas y ventanas de la imaginación, enriqueció y
sigue enriqueciendo nuestra manera de ver el mundo e influye de manera indeleble sobre narradores de otras lenguas y
otras culturas. Tuve la fortuna de asistir en Buenos Aires al nacimiento de Cien años de soledad y de ver la instantánea
luz de gloria que cayó sobre el libro y sobre el autor, llevándoselos a "los altos aires donde no podían alcanzarlos ni
los más altos pájaros de la memoria".
Más de una vez me pregunté qué habría sucedido si hubiéramos leído Cien años de soledad con la ortografía simplificada que nos propuso García Márquez en el Congreso de Zacatecas, sin los desconciertos de las ásperas jotas y de las ges de música indecisa, sin las haches menesterosas y avergonzadas, y con las eses y las ces fundiéndose en los abismos de ninguna parte. Así leí de niño el libro fundador de la literatura de mi país, Facundo o Civilización y Barbarie, y así llegué por primera vez a la Silva a la Agricultura de la Zona Tórrida, porque tanto Andrés Bello como Domingo Faustino Sarmiento confiaban en que una ortografía menos enredada nos acercaría más al espíritu secreto de la lengua. Tuve que volver a leer el
Facundo y la Silva con la ortografía que imponía el uso y no el afán docente de sus autores, y habría vuelto a leer muchas veces Cien años de soledad aun con las haches ausentes y sin las jotas musicales, pero la novela entrañable para mí es la otra, aquella que salió del corazón y del deseo de su autor en 1967, y no la que habría sido modificada por la escritura de la razón.
Somos hijos y padres de una lengua que, como el agua, va y viene por todas partes sin renunciar a su
ancestral naturaleza. Somos, los hablantes de América y los de la maternal España, un mismo cuerpo en el que todas las
voces se comunican, se hacen guiños, se reconocen en la diversidad y se enriquecen en la identidad. La lengua es
nuestra patria común, nuestra costumbre, nuestro modo de ser y, si no fuera como es, abierta a los múltiples horizontes de
la realidad y de la historia, tampoco nosotros seríamos como somos. Nuestra lengua es-tá viva y no cesa de moverse,
de levitar, de aspirar todos los aires y de beber todos los vientos. Nos desplazamos con ella, la seguimos como a
nuestra sombra. Es una lengua mestiza, en cuya sangre hay vetas árabes, visigodas, celtas, quechuas, guaraníes, destellos
del náhuatl, del chibcha y del aymara, relámpagos de El Quijote y de Macondo, sones cubanos y corridos de México, vallenatos de Barranquilla y romanceros gitanos. Aun fijándola y dejándonos alimentar por su esplendor,
siempre correrá más rápido que nuestros pies ligeros y siempre nos mostrará lo que seremos en el espejo donde todavía
no estamos. Madre española, hija de la Mancha y del mar Caribe, abuela de las pampas, de las sabanas de Bogotá y de
las lagunas de México, madre, mamá, Mamá Grande.