Tomás Eloy Martínez
Somos hijos y nietos de la lengua que hoy venimos a celebrar, pero también somos padres y abuelos de esa madre por la que fuimos construidos y que a cada instante estamos construyendo. Nos alimentamos de sus raíces y de sus mudanzas. Por ella sabemos que cada relámpago de la realidad recibe un nombre y que, si el uso lo requiere, ese nombre se abre en un árbol de sentidos. Las costumbres nos rehacen el habla y, cuando no damos con la palabra justa para un sentimiento o para un objeto que nos desconcierta, la tomamos de otra parte, la adaptamos a las respiraciones de nuestra vida o simplemente la inventamos. He frecuentado más de cuatro lenguas y ninguna me ha resultado tan flexible, tan abierta como el castellano natal. En los muchos momentos de desolación que hubo en mi vida enfermedades, exilios, pérdidas irreparables de amores siempre encontré una palabra entrañable para ese sentimiento, y ella me dio consuelo, comprensión y estímulos para seguir adelante.
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Ilustración: Jan van Eyck |
Nací en una región del norte argentino donde se habla un idioma impregnado todavía por giros quechuas y por expresiones tornadas de El Quijote y de La Celestina, que han perdido en otras partes su fuerza de uso. Mi
bisabuela paterna decía maguer, no en el sentido italiano de magari u ojalá, sino en el más castizo de
aunque o a pesar de, cuyos orígenes se pierden en las sombras de la Edad Media. De las mujeres que atendían a mi abuela materna oí vocablos que no aparecen en los diccionarios y que designaban cosas concretas:
parullar, por ejemplo, que alude a las manchas amarillentas dejadas por la plancha en la ropa blanca, o
antarca, que designa el acto de caerse de espaldas por efecto de una sorpresa. Vaya a saber de cuáles páginas perdidas de Torres Villarroel, Quevedo o Santa Teresa aquellas mujeres habrían tomado la expresión "no se apunte el señor" por "no se enoje" o "van a espaciarse en esta plaza" en vez de "van a pasearse por esta plaza". Nuestra lengua ha cruzado el Atlántico muchas veces y ahora innumerables palabras madrileñas de uso corriente han sido adaptadas por los jóvenes argentinos: guapa, lista, prisa, movida, marcha, por no repetir las que sería indecoroso pronunciar aquí. ésas están todas.
A la vez, las telenovelas y los blogs han movido de un extremo a otro del continente expresiones y giros
lingüísticos que circulan sin extrañezas por México, Argentina, Ecuador o Colombia sin modificar la densidad y el peso de
su intención original.
Amo las impurezas de mi lengua, la gracia y la eficacia con que fertiliza otras lenguas y a la vez se deja fertilizar sin perder nunca su identidad de música y su libertad de viento. La he oído transfigurarse y ser la misma en
los viñedos de California y en las calles de Nueva York, o aun en las soledades últimas de mi país, donde a la tierra
del hielo la llaman Tierra del Fuego. Siento felicidad ante sus cambios de humor inesperados, según los cuales el mismo personaje que promete u ofrece más de lo que puede en Andalucía y Galicia es identificado con el castizo cantamañanas, mientras en el Río de la Plata toma prestado del italiano el improperio chanta.
En mi ya remota adolescencia nos apasionábamos, como si se tratara de una cuestión personal, por el duelo entre Jorge Luis Borges y Américo Castro, que alzaban banderas de batalla contra los barbarismos de la letra de los tangos en un caso y contra los nacionalismos lingüísticos en el otro. Ninguno de los dos tenía razón. En los tangos sigue alentando una poesía tan rica como la del Siglo de Oro. Así lo prueba la admiración que Ungaretti, Montale e Italo Calvino sentían por versos tan simples como los de El día que me quieras, de Alfredo Le Pera "El día que me quieras / no habrá sino armonía" o como las involuntarias lágrimas de Borges cuando oyó en Austin, Texas, la letra de una canción que abundaba en adjetivos orilleros y para él torpes: "Sola, fané, descangayada". Aunque aquellas voces ofendían su sentido del gusto, bastaban sin embargo para definir el destino cruel de una pobre milonguita, y exhalaban sentimientos más perdurables que el invocado por la fealdad de los sonidos.
A la vez, es injusto que Borges haya aludido con sorna a la prosa de Américo Castro, cuyo afinado olfato para la evolución histórica de nuestra lengua le permitió advertir que el habla expresa lo que somos mejor que nada. Fue don Américo quien descubrió las fuentes del cante jondo, del tango y del bolero al desenterrar las raíces más remotas del castellano y advertir que una de las primeras expresiones cultas en español fue el lamento de álvaro de Córdova en el siglo IX, cuando la seducción de la cultura y del poderío árabe inducía a los jóvenes cristianos a desconocer la calidez maternal de su castellano, contaminado aún por el latín de Isidoro de Sevilla: Heu! Proh dolor! Linguam suam nesciunt christiani! Ay! Oh dolor! Somos, por lo tanto, la queja, pero también la fuerza para no doblegarnos, la voluntad para renacer, la dignidad para recrearnos con belleza en las páginas de nuestros grandes escritores, de García Lorca a García Márquez.
La lengua a cuyo abrigo nacimos es siempre ella misma: no la cambian ni el vértigo de los lenguajes virtuales ni la impaciencia de los jóvenes cuando dialogan con palabras de ortografía quebrada ni las febriles imaginaciones con que la tecnología va vistiéndose casi a diario con ropas nuevas. Hace dos años hemos releído El Quijote como si hubiera sido escrito ayer y dentro de cien años los amantes seguirán amándose con los sonetos de Quevedo y en los teatros seguirán representándose
La Celestina y las comedias de Lope con el mismo asombro de hace medio milenio. La lengua nos hace iguales ante la realidad, pero la realidad nos devuelve desiguales a la lengua, sobre todo en este continente donde las dictaduras, la violencia y los fundamentalismos nos sumieron en la miseria y en una ignorancia de la que no nos es fácil salir.