Denise Dresser
Escribe Maquiavelo que un príncipe está obligado a saber actuar como una bestia y, para ello, debe imitar al zorro y al león. El león no puede protegerse de las trampas y el zorro no puede defenderse de los lobos. Por eso es necesario que un líder aprenda a emular a ambos animales; que sepa ser zorro para reconocer las trampas que encuentre en el camino y que sepa ser león para ahuyentar a los lobos que lo acechan allí. Ése es el reto hoy para Felipe Calderón ante la derrota de la llamada Ley Televisa y sus secuelas. Ante el Presidente, una prueba sobre el tipo de liderazgo que debe demostrar. El tipo de capitalismo competitivo que México necesita inaugurar. La oportunidad histórica -difícil, sin duda- para introducir "un nuevo orden de cosas", en palabras del sabio florentino.
Porque después de la euforia inicial sobreviene la realidad recalcitrante. Lo que falta por hacer y lo que costará trabajo cambiar. Las trampas ocultas y los lobos hambrientos que aún pululan, con las fauces abiertas y la voracidad de siempre. La dependencia de un Poder Legislativo que los medios intentarán -nuevamente- explotar cuando se retome la legislación pendiente y cómo reformarla. Frente a ello, la tentación presidencial de ignorar las trampas en vez de destruirlas, y congraciarse con los lobos en lugar de promover su domesticación. La tentación de dejar hacer y dejar pasar, esconderse detrás de un árbol y guardar silencio desde el resguardo que ofrece. Argumentar, como lo ha hecho Luis Téllez -secretario de Comunicaciones y Transportes- que no es imperativo hacer algo de gran envergadura en torno a la ley de medios, ni es necesario que el Ejecutivo tome una decisión sobre cómo llenar los vacíos legislativos que ahora contiene. Sugerir, como lo ha hecho Héctor Osuna -el presidente de la Cofetel- que la inconstitucionalidad declarada por la Suprema Corte es algo "cosmético" y por lo tanto, de poca trascendencia.
Posicionamientos tendientes a apaciguar a la industria, reconfortar a los concesionarios, restaurar el statu quo, desperdiciar la oportunidad para que el Ejecutivo se vuelva león y actúe como tal. En Los Pinos aún se debate si el Presidente debe asumir una posición pública o rehuirla como lo ha hecho hasta el momento; si debe enviar una iniciativa propia para reformar la Ley de Radio o Televisión o dejar que el Congreso lo haga; si Héctor Osuna debe quedarse al frente de la Cofetel o si se ha vuelto necesario promover su remoción; si sería conveniente enviar a Gonzalo Martínez Pous y a Rafael del Villar al órgano regulador o seguir aceptando su captura. Actitudes dubitativas alimentadas por quienes asumen que la pelea principal debe ser contra el narcotráfico y no contra los monopolistas. Por quienes creen que importa más una reforma fiscal capaz de darle recursos al Estado, que una legislación procompetencia capaz de fomentar el crecimiento de la economía. Por quienes dicen "para qué nos metemos en problemas" y preguntan "¿para qué abrir otro frente?"
El problema con estas posturas es que eximen al Poder Ejecutivo de su responsabilidad. Eluden un problema central al clasificarlo como secundario. Contribuyen a institucionalizar reglas del juego que estrangulan a la economía y explican su falta de dinamismo. Hoy la atención de Calderón está puesta sobre la posibilidad de una reforma fiscal y cómo lograr su aprobación. La energía del equipo económico está centrada en mecanismos para aumentar la recaudación y cómo obtener apoyo político con ese objetivo. Y si lo logran, los mercados aplaudirán, los empresarios sonreirán, la popularidad presidencial continuará aumentando. Pero el esfuerzo fiscal no será suficiente para desatar el crecimiento más allá del 4-5 por ciento, porque la trampa que atrapa a los leones -sexenio tras sexenio- seguirá allí.
La trampa producida por jugadores dominantes en sectores clave, que vuelven poco competitiva a la economía mexicana y contribuyen a su retraso. La visión feudal que prevalece en las cúpulas del sector empresarial y explica su rechazo a la competencia. La debilidad institucional que permite la extracción de rentas por parte de un manojo de privilegiados, a costa de los consumidores. La complicidad del gobierno que ha permitido y se ha beneficiado de esa rapacidad. Todo aquello que impide el funcionamiento de mercados modernos, competitivos, innovadores, plurales, dinámicos. Todo aquello que explica por qué algunos países son ricos pero la mayoría siguen siendo pobres, como afirma el economista John Kay en su libro Culture and Prosperity. Todos los problemas con el funcionamiento del capitalismo mexicano, que tanto la forma como el fondo de la Ley Televisa evidenciaron.
Por eso es tan importante que Felipe Calderón aproveche el ímpetu desatado para hacer algo "revolucionario", en palabras de Mary Anastasia O'Grady de The Wall Street Journal: usar el poder del Estado para acotar la discrecionalidad del Estado; usar las herramientas de la Presidencia para establecer las condiciones de la competencia; usar la autoridad de quien ocupa la punta de la pirámide para nivelar el terreno de juego debajo de ella. Algo similar a lo que hiciera Ernesto Zedillo cuando promovió las reformas electorales de 1996 que desmantelaron el monopolio político del PRI. En pocas palabras, actuar para cambiar. Actuar pero no para restaurar "la rectoría del Estado" sino para asegurar que otros jugadores entren al mercado. No nada más para colocar a su gente en la Cofetel, sino para beneficiar a los consumidores en cuyo nombre debe regular. No para aumentar el poder del Presidente sino para ejercerlo de otra manera.
Como lo hacen el zorro y el león: evadiendo trampas y ahuyentando lobos. Entendiendo que la Ley Televisa es su Atenco; una coyuntura definitoria en la cual quienes rodean a Felipe Calderón le tomarán la medida y sabrán de qué está hecho. Un parteaguas patente donde el Presidente que inició su periodo hablando de la competencia deberá demostrar si -de verdad- está dispuesto a fomentarla. A través de iniciativas que beneficien a los ciudadanos y no sólo a la industria que los ha defraudado. A través de un marco regulatorio que nivele el terreno para todos los que quisieran correr a lo largo de él. A través de reglas que contengan a quienes distorsionan a la economía e impiden que crezca como podría. Pocas cosas tan difíciles, pero que marcarán la diferencia entre un político y un estadista, entre alguien que controla eventos o es controlado por ellos, entre la bestia que deambula por el camino trillado o el zorro que desmantela las trampas colocadas allí.