Raúl Cremoux
Cuando termine la administración del señor Fox, el asalto al Chiquihuite será recordado como una ominosa afrenta consentida por su gobierno y servirá como referente para advertir a las generaciones futuras, del cómo la falta de oficio gubernamental y de manera subrayada, la carencia de principios terminaron por traicionar primero y echar por la borda después, la esperanza de millones de mexicanos que creyeron en el cambio.
Nadie que tenga dos dedos de frente puede hoy sentirse seguro en el goce de sus derechos ciudadanos y responsable total de su obligaciones. Cualquiera que haya creído que en este sexenio el país alcanzaría los anhelados mínimos de armonía necesarios para hacer del nuestro, un territorio de intercambio de ideas que nos permitieran un desarrollo equilibrado, sabe que esto no será posible.
Una vez más, nuestras luchas por la democratización de los medios concesionados por el Estado a particulares, tendrán que ser pospuestas.
Se repite el viejo, milenario esquema de la injusta celebración en que el gobernante disfrazado de árbitro, sabedor de que la engullirá, sienta a negociar al tiburón con la sardina. Presenciamos hoy los mexicanos, en un marco de retórica hueca y falsos aplausos a la patética intervención gubernamental, la derrota del elemental respeto al derecho y el aplastamiento de la razón. Todo ello con el descrédito de medios difusores que debieran ser la vanguardia del pensamiento, el talento, la creatividad y el esfuerzo sostenido para alimentar el civismo, los alientos culturales y el intercambio profundo de elementos informativos que nos lleven -como sociedad- a la elaboración de juicios maduros.
Es menester comenzar con preguntarnos: ¿cómo es que CNI Canal 40 rompió “unilateralmente” con los compromisos contraídos con Azteca; fue una actitud caprichosa o fue el refugio falso y equivocado que encontraron los abogados de esa emisora al comprobar no se cumplían los acuerdos entre ambas? Ese detonante no ha sido explicado ni con claridad ni con suficiencia. Lo acaecido posteriormente es ya una historia plagada de acusaciones mutuas que pavimentaron el sendero que a las dos, ha llevado al leprosario.
Que no haya duda, todos hemos perdido. El gobierno que ofreció el cambio, empeña su ser en retroceder vertiginosamente hasta épocas del autoritarismo y el desprecio a la inteligencia. TV Azteca el escasísimo margen de credibilidad que tenía; pero el gran perdedor es la entidad llamada sociedad. En el terreno de la televisión comercial, no hay más que la visión de Televisa y Azteca impregnadas de intereses económicos y políticos que son los de siempre. Los efectos están a la vista de quien tenga ojos para ver y cerebro para entender: los contenidos generales que día con día y año tras año, se regocijan en la chabacanería, la violencia, la información superficial, el desdén a lo complejo, los juicios rapiditos, el trastocamiento de la realidad y la defensa del statu quo.
Para las amplias capas de la población que pudieran haber participado en la elaboración de contenidos afines a sus necesidades de crecimiento y desarrollo, la posibilidad se ha alejado nuevamente. Si dejamos para otra ocasión la tarea de las televisoras públicas como son los canales 11 y 22 para ocuparnos únicamente de las emisoras comerciales, Canal 40 representó la última oportunidad.
Sin recursos económicos para operar con autonomía, ¿por qué CNI Canal 40 no se abrió a la posibilidad de ser sostenida por suscripción de sus televidentes? La imaginación no acompañó a sus directivos para haber hecho de esa emisora “un canal de 40 millones de mexicanos” carentes de voz e imagen. Por compleja y difícil que parezca la idea, en lugar de buscar refugio con otros socios, ¿por qué no acudió a los miles, cientos de millares y hasta millones de quienes deseamos y necesitamos una televisión inteligente, amable, provocativa, digna y necesaria de los tiempos actuales? La demostración de que eso pudo ser posible está en las páginas de los diarios y revistas así como en los noticiarios de algunas radioemisoras. Las numerosísimas opiniones y los análisis vertidos por todo tipo de personas, dejan constancia de la vasta participación de todo género que pudo haber despertado una convocatoria a la sociedad. ¿De dónde salió la idea de que se podía tener una televisora diferente aliada a socios tradicionales cuyo interés es fundamentalmente económico? Los resultados y los costos ya demostraron la inoperancia.
Los mexicanos necesitamos cada vez más, televisoras y medios difusores en general, respetuosos de la inteligencia y de la sensibilidad individual y colectiva; urgen oportunidades a la avalancha de jóvenes deseosos de participar en el diseño de nuestro país. Y esto no pasa por el gobierno, está en las manos de cada uno de nosotros. La oportunidad que ofrecía Canal 40 fue desperdiciada; Azteca por valerse de formas reprobables y CNI por carecer de la confianza en una sociedad a la que pudo servir con mayor amplitud e imaginación.