Jorge Kahwagi apareció en el lugar número uno de la lista de diputados plurinominales del Partido Verde sin tener mayor experiencia política. Era un joven carismático, dócil y entrón. Virtudes de sobra para quedar al frente de la cuarta bancada de San Lázaro. Los verdes necesitaban un mayordomo que también pudiera hacer tareas de capataz. Nadie se preocupó siquiera por guardar las apariencias. Tampoco nadie protestó.
El partido quiso reconvertirlo en político durante los primeros días de la campaña de 2003. Le diseñó un plan de entrevistas en los medios. Pero en la primera o segunda de ellas, cuando se atrevió a improvisar, no tuvo mejor respuesta que afirmar que el político al que más admiraba era Carlos Salinas de Gortari. Los jóvenes verdes encerraron a Kahwagi en el armario para que ya no abriera la boca.
Pero, en fin, llegó a San Lázaro y fue coordinador de 17 diputados. No se distinguió por sus habilidades legislativas ni discursivas. Simplemente flotó y sirvió. Para eso lo contrataron, para obedecer órdenes y meter en cintura cualquier disidencia. Eso era lo que necesitaba el presidente del partido, Jorge Emilio González.
Supongo que juntos imaginaron que la participación de Kahwagi en Big Brother ayudaría a disipar los restos del escalofriante episodio del video en el que Jorge Emilio González se preparaba para servirse un banquete de dos millones de dólares. Supongo que calcularon, además, que la presencia del boxeador en un programa tan taquillero generaría simpatías juveniles para el Partido Verde. Kahwagi lo expresó así: “La política necesita novedosas formas de oxigenación”.
Como de costumbre, los verdes no se preocuparon siquiera por cubrir las formas. Kahwagi llegó a la casa de Big Brother contradiciéndose, engañando con la verdad, anunciándole a Verónica Castro que ya había pedido licencia al cargo que el partido le regaló. Una exclusiva que sorprendió incluso a los diputados del Verde que, por razones únicamente imputables a Big Brother, se quedaban sin coordinador.
En algún otro momento podría pensarse que semejante falta de pudor frente al electorado y el dinero público, semejante insulto a las formas elementales de la política, conllevaría un costo para el Partido Verde. Pero en nuestra circunstancia, el episodio de Kahwagi es, si acaso, una estampita en el álbum de las toallas de 4 mil 500 pesos, los colchones parisinos, las primeras damas que hacen sketches sobre el 2006 en prime time.
Tiene razón Jorge Emilio González cuando, enfermo de prosperidad, dice que se exagera al criticar la presencia de su amigo en el reality show. Tiene toda la razón: Kahwagi en Big Brother es puro paisaje natural. Un fresco de los años del cambio.
Creo que era Jorge Volpi quien decía que no hay nada tan peligroso como las almas simples con poder.
Ciro Gómez Leyva es periodista.
Este texto se publicó el viernes 21 de mayo de 2004 en el periódico Milenio Diario.
Agradecemos a Milenio Diario y al periodista Ciro Gómez Leyva su autorización para reproducirlo.