Ciro Gómez Leyva
Si CNI/Canal 40 tuviera que elegir la emisión esencial en sus ocho años de vida, creo que no tendría duda. Escogería la del 27 de enero del 2003, el día del regreso al aire, los programas que pusieron fin al mes de abusos, los que le dieron el tiro de gracia a la ofensiva de TV Azteca para quedarse con el 40 a punta de pistola. Hoy se cumple un año del día por el que valió la pena haber existido como canal de televisión.
TV Azteca ocupó la planta de CNI en el cerro del Chiquihuite con el pretexto de que sus directivos decían tener en la mano un laudo de la Corte de Comercio de París que les daba derecho de operar el Canal 40. ¿Qué fue de ese laudo? Los directivos de TV Azteca, impunes, mintieron entonces, como mienten hoy.
Pero el México del cambio es generoso con Ricardo Salinas Pliego. Hoy, a un año de la emboscada, valiéndose de la inacción y desmemoria de las autoridades, el dueño de TV Azteca ha iniciado una cuarta embestida para apoderarse del Canal 40. La primera (verano de 1998-verano del 2000) partió del viejo método de asfixiar desde adentro a través del engaño. Una resolución de la Secretaría de Comunicaciones y Transportes y la decisión de Javier Moreno Valle de aprovechar la circunstancia para romper con TV Azteca (“Me equivoqué de socio”), cancelaron ese intento de toma a la mala.
La segunda (otoño del 2000-diciembre del 2002) se dio mediante una avalancha de juicios y presiones judiciales que TV Azteca terminaría perdiendo uno a uno. La tercera fue el multirreferido caso del Chiquihuite. Dos decisiones de dos jueces y el repudio de miles de personas contra la acción criminal (repito, hoy todavía impune) de Salinas Pliego y sus secuaces, hicieron lo que el gobierno de Vicente Fox (“¿Y yo por qué?”) no se atrevió a hacer: perseguir un despojo a mano armada.
La negativa de Salinas Pliego a tomar los 44.5 millones de dólares que Moreno Valle le pagaría para terminar el pleito, abrió el cuarto momento: el sitio del 40. Cercarlo para que no pase dinero, ni un socio, anunciante, aliado, amigo. Matar de hambre a Moreno Valle y a los que se queden con él. Sentarse a contemplar cómo cae el testarudo y suicida Canal 40. Llenar de angustia a los empleados con noticias falsas y orillarlos a que se coman entre sí.
A la resistencia extrema, Salinas Pliego ha decidido oponer el cerco. Para él, el cadáver de Moreno Valle, la concesión y el aplauso por la audacia y brillantez de su estrategia. Para el 40, la benevolencia de los buitres.
Javier Solórzano me preguntó con razón en su programa de radio si el gobierno debería intervenir en el asunto. Le dije que “deber” no tenía. Pero que un gobierno ocupado en ayudar a resolver conflictos sabría aprovechar que el dinero por el que tanto clamó TV Azteca estaba en la mesa, para promover una negociación y, de paso, quitarse esa jaqueca. Debí agregar que eso hacen los gobiernos sólidos en las democracias fuertes, y no los que temen a los empresarios poderosos.
Comenzó el sitio, pues. “El cerco de Numancia”, lo llama el abogado de CNI, Javier Quijano. “Quieren matarnos de hambre y que, como los numantinos sitiados por las legiones de Roma, según cuenta maravillosamente Carlos Fuentes, ‘escarbemos nuestros anos inútilmente para saber si queda una costra de excremento para comer’. Por supuesto que eso no ocurrirá”.
Coincido plenamente con Javier Quijano, eso no ocurrirá. Después de tres fracasos, no sé por qué Ricardo Salinas Pliego cree que esta vez sí sabrá y podrá destruir al Canal 40.