Ciro Gómez Leyva
El diccionario dice que tregua es la suspensión de armas, descanso, momento de templaza. También, buena oportunidad para recuperar frases maravillosas.
No soy optimista sobre la suerte de las pláticas entre CNI Canal 40 y Televisión Azteca. No tendría por qué serlo después de repasar esta historia: la larga, 30 meses, y especialmente la corta: 12 días de espanto. De mirar y volver a mirar al adversario. De revisar las imágenes. De releer la prensa. De calcular el tamaño de las órdenes judiciales. De hacer un primer recuento de daños y echar un primer vistazo al futuro inmediato. Pero, en fin, dejemos que los nuestros hagan su trabajo y, mientras, que la adrenalina se disipe porque hemos entrado a los días de la tregua.
Curiosa la tregua. El diccionario dice que es la suspensión de armas, la cesación de hostilidades por determinado tiempo entre enemigos que tienen rota o pendiente la guerra. Doce días de metralla a discreción y, de repente, a eliminar los adjetivos, a omitir los sustantivos, a hacer como que uno cree que después de tanto fuego llegó la hora de sentarse en una mesa, porque es lo mejor.
Espero que lo que se acuerde en esa mesa sea altamente favorable para CNI Canal 40, para su público, para sus incomparables trabajadores. Espero, asimismo, que no se negocie lo que no se debe negociar (me guardo las referencias, las descripciones, los sustantivos y los adjetivos: estamos en la tregua). Pero, insisto, no tengo por qué ser optimista. Ojalá me equivoque una vez más.
El diccionario dice, también, que tregua es descanso. Que es templarse por algún tiempo el dolor u otra cosa que mortifica. Así es que “a callarse la boca”. Esa es la orden. Callarse: un gran costo a pagar por haber actuado en asuntos distintos de los que me debía ocupar, los periodísticos.
Mientras, en lo que se llega a un acuerdo o se reanudan las hostilidades tengo tiempo para recuperar algunas de esas frases cardinales que aparecen, salvadoras, en estos días en que uno se mueve más por intuición que por otra cosa.
Por ejemplo: “Ya no tiene lucidez, tiene demasiada ternura”, de Elías Canetti.
Me gusta mucho una frase del australiano Peter Carey: “Si uno no afronta con valentía la posibilidad del fracaso jamás logrará nada”.
Hay una mejor. Es del gran artista y crítico, pero sobre todo observador, John Berger: “Siempre, siempre, desde el principio, la vida ha jugado con el absurdo. Y dado que el absurdo es dueño de la baraja y del casino, la vida no puede hacer otra cosa que perder”. Bueno, bueno.
Más optimista, siempre más decidido y reconfortante en lo esencial, el gran Kapuscinski no parece estar tan seguro del triunfo eterno del escepticismo y da un buen tip para apreciar las pequeñas experiencias cotidianas: “El verdadero periodismo es intencional, a saber: aquel que se fija un objetivo y que intenta provocar algún tipo de cambio. No hay otro periodismo posible”.
A propósito. Hace tres, cuatro meses leí una historia sin pretensiones literarias que es un extraordinario testimonio. Se llama El pianista del Gueto de Varsovia. El autor es un pianista reconocido, sobreviviente del genocidio en Polonia que en algún momento interpretó a Rachmaninof y a Chopin en un miserable bar del gueto: Wladyslaw Szpilman. La historia es tan fría y estremecedora que Roman Polansky la llevó al cine con el nombre llano de El pianista. La película se estrenó hace unas semanas en Europa y Estados Unidos y parece estar destinada a ganar los grandes premios y a recaudar las grandes bolsas. De ahí subrayé esta frase: “En todas las guerras se señalan pequeños grupos, minorías demasiado cobardes para luchar a las claras, demasiado insignificantes para desempeñar un papel independiente, pero lo suficientemente despreciables para actuar como unos verdugos a sueldo de una de las potencias. En esta guerra fueron los fascistas ucranianos y lituanos”.
El protagonista de El embaucador, sabrosa novela de, otra vez, Peter Carey, clasifica a los seres humanos en dos grandes grupos: los que saben mentir y los que no.
Y qué decir de las reflexiones sobre la verdad de Jorge Volpi en En busca de Klingsor: “Una idea es válida sólo si se tiene poder para afirmar su veracidad. Si los demás lo creen, las pruebas experimentales no tardan en aparecer”. ¿Será?
Jorge Valdano, el filósofo del futbol, le decía a sus jugadores algo así como que les agradecía las horas de esfuerzo conmovedor, pero que se las cambiaba todas por un segundo de genialidad.
Y qué tal esta de Robert Altman, pérdida por ahí como recorte de periódico: “El éxito de una película se mide por la felicidad que aporta a su público”.
Frases maravillosas para paliar, en algo, el silencio obligado en una tregua. Tres días de rígida tradición confusiana. Tres días para “domesticar” el conflicto. Tres días que ¿servirán para algo?
Del mítico Giorgio Armani: “El auténtico lujo es decir lo que uno piensa”.
De la maravillosa Toni Morrison: “En algunas sociedades hay gente cuyo trabajo es precisamente recordar”.
De Ángeles Mastretta: “El destino es un juego de azar y paciencia”.
De Kundera: “Con el corazón sobrecogido pienso en el día en que Panurgo ya no haga reír”.
Y, desde luego, el optimismo mágico, extraído de las cuevas, de mi favorito, Bohumil Hrabal: “Yo realmente fui alumno del maitre señor Skrivanek, que había servido al rey de Inglaterra, y yo tuve el honor de servir al emperador de Abisinia y él me condecoró para siempre al concederme esa medalla, y esa medalla me dio la fuerza de escribir a los lectores esta historia... de cómo lo increíble se hizo realidad”.
Lo verán.